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Archivo de la Categoría “literatura china”


Y entro en clase a media res. El huracán chino está contando historias de alcoba en tierra china. Trato de ubicarme mirando la pizarra. Tang, Zhou, s. XI, 618, Tang, Sui, Qin, 221ac, Luofu, dinastía, zen, y una sutil mancha de tiza volando aún sobre el fondo verde-crepúsculo, en forma de dragón alado, nebuloso y etéreo, entre mariposas simbólicas y espirales materiales. Rimas; un rectángulo tachado, el nirvana, enigmas, los cuentos de difusión budista, mi voz se levanta en clase para engañar la soledad, digo piedad filial, digo realismo mágico, digo Confucio. Llueve sobre mi hoja que se llena de trazos urgentes y precisos. Mi mente, para llenar el vacío apuntalado entre los muros del aula estrecha, vuela hasta la biblioteca y se lleva El libro de la almohada. Entretanto el huracán chino ha cambiado de tema, se ha sumergido en la poesía cortesana para emerger inmediatamente, como presa de cierta asfixia temporal y retórica; anoto: preciosismo literario en la poesía cortesana, y no hay nada más, porque nace una literatura nueva, el relato de fenómenos extraordinarios y la metamorfosis en el Bianwen. Mientras cuenta la historia de la paradoja del budismo chino respecto del confucianismo y las maravillas narrativas de la fantasía rasgando el frágil pergamino de la realidad, suena un extraño eco alrededor de las voces que irrumpen en el vacío. La próxima clase te encantará, volverá a levantar la dinastía donde “las hierbas son como hilos verde-azul” *, se erigirá la riqueza literaria de Tang ante nuestros ojos que “fascinados, se fijan en el nido de los ibis, /aparta de la sombra de la lámpara el alfiler de jade/ y desvía solícita la llama para salvar la vida de una mariposa”**.

*Li Bai

**Chang Huo

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Creía que la luz era aquello que se destilaba líquida y silenciosamente sobre mis persianas a las ocho de la mañana, la hora punzante como una estrella demasiado precisa. Creía que era aquello que matizaba los claroscuros de los muebles, de mis manos tecleando, de mi pensamiento. Pero nada de eso era luz. Sucedió una mañana de octubre, en un marco cotidiano, en un aula miméticamente colegial pero con mesas de hombre. Era el último minuto de clase, y entonces el vendaval asiático, la china albina, se giró hacia mí y me dijo: Florie -acentuando la r francófona-, lee. Me sorprendió -por un instante- porque teóricamente no estoy allí, me manifiesto en ese aula como un fantasma, pero traté de concentrarme en el alfabeto y las combinaciones silábicas problemáticas que podrían hacerme tropezar en la lectura. Empecé a leer, tranquila; era Lao Zi. El Dao estaba siendo nombrado bajo la prohibición de ser nombrado; su pureza, su existencia, estaba en juego. El dao que puede expresarse, no es el dao permanente y de pronto me acordé de Shakespeare. Mientras me adentraba en la épica del universo metafísico taoísta, sentí súbitamente una ráfaga de luz, una luz que emergía cálida pero intensa, un cúmulo de partículas invisibles pero increíblemente luminiscentes, deteniéndose sobre mi rostro, que se había convertido en un óvalo tangible y blanco como un cuadrante de luna. Dudé un segundo, porque estaba inclinada en dirección opuesta a la ventana y, entonces, comprendí. Aún conservo nítido el recuerdo de la luz: casi podía tocarla.

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