Y entro en clase a media res. El huracán chino está contando historias de alcoba en tierra china. Trato de ubicarme mirando la pizarra. Tang, Zhou, s. XI, 618, Tang, Sui, Qin, 221ac, Luofu, dinastía, zen, y una sutil mancha de tiza volando aún sobre el fondo verde-crepúsculo, en forma de dragón alado, nebuloso y etéreo, entre mariposas simbólicas y espirales materiales. Rimas; un rectángulo tachado, el nirvana, enigmas, los cuentos de difusión budista, mi voz se levanta en clase para engañar la soledad, digo piedad filial, digo realismo mágico, digo Confucio. Llueve sobre mi hoja que se llena de trazos urgentes y precisos. Mi mente, para llenar el vacío apuntalado entre los muros del aula estrecha, vuela hasta la biblioteca y se lleva El libro de la almohada. Entretanto el huracán chino ha cambiado de tema, se ha sumergido en la poesía cortesana para emerger inmediatamente, como presa de cierta asfixia temporal y retórica; anoto: preciosismo literario en la poesía cortesana, y no hay nada más, porque nace una literatura nueva, el relato de fenómenos extraordinarios y la metamorfosis en el Bianwen. Mientras cuenta la historia de la paradoja del budismo chino respecto del confucianismo y las maravillas narrativas de la fantasía rasgando el frágil pergamino de la realidad, suena un extraño eco alrededor de las voces que irrumpen en el vacío. La próxima clase te encantará, volverá a levantar la dinastía donde “las hierbas son como hilos verde-azul” *, se erigirá la riqueza literaria de Tang ante nuestros ojos que “fascinados, se fijan en el nido de los ibis, /aparta de la sombra de la lámpara el alfiler de jade/ y desvía solícita la llama para salvar la vida de una mariposa”**.
*Li Bai
**Chang Huo







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