Archivo de la Categoría “memoria reciente”
Hay algo muy reconfortante en las películas de miedo: el contraste. El contraste entre la desazón más allá del límite de la pantalla y la comodidad oscura y acogedora del otro lado, del salón, de la sala de cine.
Pero la sensación no es la misma cuando lo que te protege es la puerta de un viejo ascensor. El cine de terror tiene varios tópicos; uno de ellos es el de los camisones blancos. A mí me asustan más bien las figuras asépticamente calladas en algún rincón de la pantalla.
Fue algo meramente anecdótico. Llegaba tarde a clase, con el chelo a cuestas, que sólo pesa cuando tienes prisa; hacía un extraño calor escalofriante, pre-primaveral, y el reloj avanzaba a la velocidad de la luz. Luz solar también en mis ojos; y delante de mí, la lentitud calmada o forzada de una anciana que subía la acera ocupando todo el ancho con su cadencia asimétrica. Al cabo de unos cuantos metros, pude sobrepasarla y seguir corriendo: ese armario-ataúd donde guardo el violonchelo no pesa tanto como parece, o quizás me haya acostumbrado al peso cálido de la madera y del aire, el ritmo acompasado y misterioso de la música silenciosa, sobre mi espalda.
Llegué a la casa de la música, llamé al interfono, un silencio humano me abrió la puerta tácitamente. Penetré la entrada, fresca en todas las épocas del año, respiré el frío para confortarme después de la carrera y me dirigí sin dilación hacia el ascensor que hay justo en frente, subiendo unos peldaños. Llamo el ascensor, espero unos segundos y oigo súbitamente crujir la puerta metálica de la entrada. Silencio. Un presentimiento me trae la verdad en una bandeja de oro: es ella. En efecto, con su paso lento que me impedía el paso, ha logrado alcanzarme antes de que llegara el ascensor: paradoja; se dirigía al mismo lugar que yo, ya era casualidad, pero sería imposible que también a la misma planta; apreté varias veces, en un reflejo absurdo, el botón del aparato. Sonreía para mis adentros. Recordaba conversaciones y películas, y tardes en sofás oscuros ante pantallas parpadeantes de historias y enigma. Dejé de moverme. Súbitamente veloz, me alcanzaría. Lo hizo justo cuando me deslicé, con mi carga de ocho kilos, en el interior del ascensor. Pulsé el número 10 y me asomé al cristal del antiguo ascensor. La anciana hacía lo mismo, desde el promontorio moderno de su propio ascensor, que hacía frente al mío. Dispuesta de perfil, seria, gris, me miraba fijamente, hasta que mi ascensor me arrancó verticalmente de allí. Riendo para mis adentros del miedo apócrifo y social que creamos para entretenernos, pienso en la anécdota que voy a contarle a B. en unos minutos. Cuando el ascensor se detiene, ya me espera en la puerta con Y. Sin embargo no los veo. Del ascensor de en frente una figura rápida se abalanza en el pasillo. Me sobresalto, se sobresalta. Miro a la cara el miedo personificado, asustado, y le deseo muy buenos días. Es Maravillas, la vecina de B., del poeta, y también mía por unas horas.
En clase, una pieza de G. Marie (1852-1928) derivaba por el mero deslizamiento de un dedo en la cuerda de re, en melodías del antiguo y entrañable cine de terror. No me digas eso, que es mi vecina y me la imagino luego por la noche merodeando en mi habitación. Mientras decía esto, me la imaginaba yo también y se lo dije. Nos quedamos en silencio, con una nota sostenida deshaciéndose en el aire con tristeza enigmática e insuflando el horror de lo desconocido. Lo desconocido unilateral, porque la anciana, en su apartamento al otro lado del pasillo, seguramente nos observaba en su bola de cristal: el crepúsculo caía lentamente sobre Maravillas
Está mañana volví a vestir mi abrigo con el violonchelo. Caminé tranquila, tenía tiempo, llegaría en punto. Me dirigí a la casa de la música, llamé al interfono, penetré en el portal fresco y líquido, pensando en la partitura que apenas recordaba ya, salvo en algún ensayo soñado antes de despertarme aquella mañana. LLegaría incluso con minutos de antelación, el ascensor estaba libre. Me arrimé a la puerta para abrirla, pero se resistió. Entonces levanté la vista y, al otro lado del cristal estrecho y vibrante de gris, había una cabeza, seria y blanca, inmóvil como una estatua de cera, hasta que desvió la mirada de la nada y me miró sin reconocerme. Maravillas.
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Sueño entre las irregularidades del cardiograma. Es la hora de dejar entrar a Morfeo hasta lo más profundo. Después de un día que ha amanecido de noche, en que la lluvia licuó, brillante, el sol de la mañana y la tarde se deshizo en susurros en mi oído: Franz Kafka contándome historias inverosímiles.
Música, música en mis oídos en este día que ha sido como una larga noche, trabajo frenético, calmada serenidad en mi mente sin vacío; en mi rostro sin hoyuelos. Autorretrato fotográfico, autocardiograma, me miro fijamente, ya no soy Alicia Carroll porque supongo que nunca lo he sido realmente: no acostumbro a caer al fondo del interior de los árboles ni a discutir con la reina de corazones.
Vértigo de las horas que pasan lentamente, de la lluvia que cae lánguidamente, con cuidado, gota a gota, como un collar que en un instante se rompe, como por arte de magia, o por arte de manos, de libros, de tiempos, y acto seguido está cayendo, irregular y disperso, golpeando el suelo como un xilófono en sordina, imitando la respiración somnolienta, el sonido del arpa y los versos donde encuentro destellos tan intensos que no puedo repetir sus palabras con palabras.
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No importa que esté del mismo humor que la miel dulce y dorada. No importa que sienta el aire atravesar mis pulmones como novelas atravesando mi mente. No importa con quien esté y que la compañía sea acogedora. En estos días la tarde siempre es agridulce y grisienta, grasienta del calor artificial de los establecimientos y gris de ese frío tajante y metálico que ha sido desterrado del invierno y vaga vagabundo como alma en pena por los laberintos y las corrientes de aire. La ciudad se deshace igual que un universo recortado en papel, vulnerable y con un equilibro precario, falsamente oculto bajo una urna de cristal.
Las horas se vuelven líquidas como hidromiel moderna, es decir, amarga, ácida, edulcorada con fenilamina o algún otro azúcar químico. Las luces crepitan como en el instante previo a un apagón en los cincuenta y el aire se llena de libélulas verdes y turquesas. Haga lo que haga, estas tardes, cada año, son macilentas y densas, y los cuerpos evolucionan por las aceras empujados por una especie de vértigo atrayente y terrorífico a la vez. Es un tiempo que no pertenece a ninguna estación, a ningún calendario, como un 29 de febrero que durase días y nos dejara en blanco, exentos de referencias en nuestra memoria de caminantes. No hay metaliteratura posible y los cánticos saben a luz inerte y ámbar. Hay una mezcla de bienestar y melancolía, de olor a hierba recién cortada y último estertor del invierno. Pero yo tengo el estado de ánimo de la miel dulce y dorada que se derrama en espiral en mi taza de café.
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No soy una máquina sin vida ni emociones. No soy una Galatea mitológica. Pero Elena no debe de saberlo: parece que piensa que no tengo vida propia, porque pretende que escriba aquí y en su lugar lo que pasa por su cabeza. Necesito desahogarme de alguna manera me dijo, y acto seguido me pidió que le prestara mi voz. Es algo que no puedo hacer; pero puedo escribir hasta la saciedad si es necesario; si no es necesario, más aún; y creo que la palabra es un derecho; no es algo que se pueda negar.
Quedamos en que en estas páginas se llamaría Nélida, porque así preservaríamos su anonimato. Nélida es una variante de Elena que significa cualquier cosa salvo Elena. Así es la lengua, o lo que sea que influya en los nombres propios, y así es Elena.
Habla, dije-y sonó un extraño eco-, haré cuanto pueda.
Es un dolor aquí dentro; se debe a la inmaterialidad de la presencia, no sé si me entiendes. No sé si me explico: un instante está ahí, sentado frente a mí, sentado a mi lado, y estoy despierta; pero súbitamente, ya estoy lejos, y entonces el dolor de la ausencia me atraviesa de golpe. El paso del tiempo me lo arrebata en los encuentros breves. Así de sencillo. Física o Kant, no lo sé; no importa demasiado, la sensación es demasiado real para filosofar sobre ella. No es un dolor demasiado intenso, no es un estado de ánimo excesivamente trágico. Es darse cuenta de que el silencio es tan inmenso que me ensordece, que me invade por los ojos, que anula mi piel; porque mientras estoy caminando por la calle, alejándome, cuando ya ni las ciudades ni las estaciones me tocan, mientras camino hacia lejos, no mucho, pero lo suficiente como para notar como el hilo de Ariadna vibra hasta romperse, mientras él no está ahí para mediar entre el mundo y yo con palabras cotidianas, con su risa, con su mirada grave, es como si el universo me llenara para dejarme vacía en un segundo. Tengo que recuperar toda la memoria en un instante, recuerdo, y al mismo tiempo, la nada se abre un hueco a través de mí. Cierro mi mano y no hay más que aire. Cierro mi mano y no hay más que aire. Creo que no puedo seguir adelante con esto de desahogarme, no tengo más palabras que decir. Él es lo inefable. Con los ojos me pidió que le pidiera que callara. Lo hice. Un largo silencio se instaló en la casa. Tomé algunas notas, sin mediar palabra.
Creo que lo has hecho bien, Elena: tu palabra es la de todos; también lo es tu dolor .
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Voy a escribir sobre ti en la nueva novela -me dijo. Levanté la mirada de los apuntes, sorprendida;- porque eres lo más literario que he conocido últimamente. Nos conocemos desde hace siglos, protesté. Sí pero hace cinco años todavía no te habías convertido en el ángel eléctrico. No acababa de encontrar la razón por la que se había creado esa imagen de mí; en realidad, no sabía qué significaba. Sólo sabía que sonaba bien y que pretendía nombrarme. El mundo es extraño. Cuando conocemos algo o creemos conocerlo, le damos un nombre. Antoine de Saint-Exupéry decía que era para apropiarse de ello. No lo sé, puede ser. Pero como las personas no se poseen, yo pienso que es más bien para recordar. Era rara esa sensación de ser un personaje. Me imaginaba con un cuerpo nuevo, de pura retórica, intangible, hecho de sinestesias y paradojas. Me preguntaba cómo sería esa metamorfosis y si dolería el momento de convertirse en personaje por unas páginas; ¿será como morir o renacer?, quise preguntarle, pero no dije nada.
¿Y qué vas a escribir?, pregunté al fin. Aún no lo sé, me dijo, me apetece hacerte brillar sobre el papel. Nos quedamos en silencio. Siguió leyendo su borrador y permanecí un buen rato mirando al vacío, con la mente puesta en la otra extremidad de la ciudad. Cuando nos cansamos de trabajar, nos despedimos. Que pases una buena tarde, angelillo eléctrico, añadió. Entonces, todas las preguntas sobre la vida que se habían reunido potencialmente en esta anécdota un par de horas antes, y que había dejado en barbecho en mi garganta, salieron a la superficie: ¿por qué quieres escribir sobre mí, y por qué me llamas de ese modo, cuando yo no te quiero a ti y lo sabes?. Y no se le ocurrió otra cosa que citar a Auden: no nos vamos a querer por igual, solamente me tienes amor de hermana, así que deja que el más quiera de los dos sea yo.
Así es como me convertí en una musa eventual para mi amigo D., una breve musa de poemario para el cándido Antonio años ha y para Ángeles, mi hermana, parece que seré un personaje en una novela que habla veladamente de ella misma (Aunque te llamarás Sara, especificó, espero que no te importe). Para él tan solo fui unas líneas; pero sagradas líneas sobre estrellas y dragones, que guardo en mi memoria.
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