Siento que tengas que leer esto, porque no pretendo que te sientas mal. Daño no te hará, pero de todas formas quiero que conste que eres la persona que menos querría dañar en todo el mundo. Frase tópica supongo, pero lo siento realmente así. Por eso de hecho me callé durante tanto tiempo. Por eso no te hablé enseguida de sentimientos, por eso después de haber hablado no renové mis votos, por eso guardé silencio. Por si acaso no era el momento. Por si acaso te hiciera daño la idea del amor.
Tengo que llorarte; es un proceso emocional y fisiológico que esta vez tengo que pasar sin saltarme ningún ciclo, yo que antes no tenía la lágrima demasiado fácil; y cuando me duermo exhausta y ahogada entre mis trenes de perlas y lágrimas ya silenciosas y parsimoniosas, lentas y cálidas como el placer vuelto del revés, al despertar no hay otra manera de calmar el dolor si no es llorándote escribiendo. Escribiéndote tengo que llorarte entero, desde la primera voluta irregular en tu cabello hasta el último pensamiento que has compartido conmigo. Tengo que llorarte, empezando por tus estallidos de risa, que en mi cuerpo-ánima siempre producían una revolución de gloria. En mi vida que ya estaba tan llena no viniste a darme la luz, sino a intensificarla hasta la euforia. Y ahora tengo que llorar tu risa, no puede haber una paradoja más inmensa.
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Archivo de la Categoría “memorias”No fue rápido, pero sí por descuido, así que me marché de camino al Hades libre de toda culpa. Cruzaba la calle, sonó esa canción, me detuve una milésima de segundo y un tranvía hizo el resto. Al menos, un tranvía era lo suficientemente poético, de modo que agradecí que no me hubiera matado un autobús o un taxi. Aunque a veces me digo que quizás había sucedido antes, mucho antes, mientras dormía, sin que me diera cuenta; quizás estuviera muerta hacía mucho pero, ciega y cegada por la luz de la vida, no había sabido comprender lo evidente. De todas formas tenía que pasar por el mismo sitio para ir a casa; el error estuvo más bien en detenerme en el semáforo del paso de peatones que cruzaría para regresar a la suya; un error anecdótico y sin grandes consecuencias: el semáforo llegó a ponerse en rojo y en verde una docena de veces antes de que lograra marcharme al fin, de modo que llegué un poco tarde allá hacia donde me dirigía, eso es todo, -y todo por cortesía-, rió. Un par de horas antes, la conversación, improvisada, inesperada, había sido fluida e interesante; me enteré de que me parecía a una actriz, demasiado conocida como para querer parecerme a ella, y que tenía aspecto de gustarme el canto lírico, asunto que desmentí más que nada porque no era cierto. Hablamos de libros, de cantautores, de chicos, de recetas, de Inglaterra, de videojuegos vampirescos, de los enanos de jardín de Amélie Poulain, de nuestras respectivas novelas en ciernes, del relato corto, de atajos para escribir -como inspirarse en los sueños-, de las editoriales, de la suya en particular, de que su popularidad era real pero su extroversión sólo fachada (”mi timidez es tan enfermiza que con el paso de los años se ha convertido en todo lo contrario, es cuestión de supervivencia”), de su infancia deliberada y metafóricamente solitaria porque no le gustaba jugar con los demás, ni colorear, sino inventarse historias, decía. Era difícil, en algunos pasajes de su discurso, distinguir entre la sinceridad más pura y la estrategia razonada que utilizaba para construirse como personaje -quizás en todo momento fuesen ambas cosas-. Ya lejos de la cafetería oscura iluminada por el humo, lejos de dos asépticas infusiones, nos dispusimos a despedirmos en el ya mencionado semáforo; y entonces me confesó algo que no me esperaba ni por asomo: mientras yo miraba el reloj inquieta, mientras me reía no obstante por sus constantes bromas, me dijo, en un extraño, quizás excesivo, arrebato de empatía, es que no puedo parar de hablar, con cada tema se me abren ramificaciones y con cada ramificación más ramificaciones, anoto mentalmente lo que tengo que contarte, lo que quiero contestar a lo que me cuentas, conversaciones así sólo las he tenido con otra amiga y con él, pensaba que el resto de la humanidad no era capaz de tener una conversación conmigo, por el placer de hablar por hablar, así que de un brochazo has salvado la humanidad y siguió hilando palabras con toda naturalidad, tejiendo lo que ya se había convertido en un monólogo. Son palabras textuales, en la medida que un lustro de pasado me permite recordarlo con mayor o menor nitidez; y quien me conoce lo sabe, para bien o para mal suelo recordar con nitidez. Como breve epílogo, curiosamente, además de haber sido nuestra primera verdadera conversación, también fue la última; supongo que habíamos hablado demasiado de una sola vez. La memoria, precisamente, es la culpable de que una se acuerde de anécodotas intrascendentes como ésta, y que las redacte para entretener a sus escasos lectores; la memoria es la culpable de que estén leyendo estas palabras, porque recordé que ya había salvado la humanidad aquella vez cuando hace unas horas un lector llamémosle anónimo me amenazó de la manera más original e incomprensible que había oído nunca: “o escribes, o me doy a la absenta”; y teniendo en cuenta que la absenta, el líquido esmeralda o la fée verte, contiene un 89′9º de alchool, ahí van estas palabras; espero que su supuesto efecto balsámico, que no acabo de encontrar, no decepcione demasiado el horizonte de expectativas. A veces uno encuentra sus lectores en el lugar más inesperado; en gente que nunca te ha leído y probablemente nunca te leerá, y en quienes simplemente te leen con buenos ojos. A veces salvas a la humanidad, son cosas que pasan, seguro que os ha pasado; pero a veces te preguntas cuando vendrá la humanidad a salvarte. Caer en el vórtice de la memoria ajena es un viaje en el tiempo con todas las de la ley; he caído en un instante del pasado, sin necesidad de utilizar la máquina de H.G.Wells, que de todas formas aún no sé utilizar, ni la máquina de Wolf, que descansa en un rincón de mi biblioteca. Aquella tarde estaban nostálgicas; de hecho, hacía tiempo de nostalgia, un frío azul invadía la entrada con viento ácido y azúcar glass; hacía un tiempo trágico que se disfrazaba de tarde corriente. Cuando la nostalgia de quince años de trabajo en equipo hubo inundado sus ojos y sus mejillas, sacaron los álbumes; y yo echaba un ojo por encima de sus hombros, sonriendo con sus anécdotas magnimizadas por el recuerdo. Pasaban las páginas y reconocía algunos rostros, o los adivinaba; y de pronto, en medio de una conversación que versaba sobre todo y sobre nada, apareció como un fantasma. La fotografía no se parecía a ninguna otra: tres figuras en un primer plano, entre las que destacaba, de pie, en una posición central subjetiva. Frente a la risa fotográfica y frívola de sus compañeros, captados en pleno movimiento, él estaba absolutamente quieto, con los brazos cruzados, con los ojos cerrados, sereno y libre como si su imaginación le hubiese llevado a mil años luz; pensé que tenía el don de aislarse en una isla de paz en plena multitud, y que era justo como lo había imaginado: los mismos rasgos, conservados intactos hasta hoy; la piel más blanca, o será por la luz, los labios definidos, la frente despejada. Ahí estaba, fotografiado, fijado en un instante del pasado, imberbe, silencioso, con rastros de infancia en las mejillas; firme bajo el peso de su tocado de Sioux, caracterizado con leves rayas rojas y amarillas pintadas en la frente, en las mejillas, en el mentón. No es que la fotografía haya sido tomada en un parpadeo, no, tiene de verdad los ojos cerrados; parece que dormía y soñaba, parece que un beso le cerraba la boca.
24
01
2008
LeyendasEscrito por: Florie en Edad Media, caleidoscopio, memorias, relatos improvisadosMe miró largamente mientras atravesaba el pasillo; caminaba con extremada lentitud, lánguido, sostenía la mirada, murmuraba como suyos estos versos ajenos: “Por fin te he visto. Los recuerdos regresan en forma de efecto en cadena: he comprado en el quiosco un portaminas, amarillo por el anillo de los Nibelungos -avatares del subconsciente: es uno de mis libros preferidos-, lo que me recordó evidentemente la leyenda de Sigfrido, que por su parte me trajo a la memoria aquella clase de literatura III o IV: literaturas impersonales nombradas por números. Hace casi diez años, en la puerta de ese aula, aún nos cruzábamos en el cambio de clase. Clases vespertinas donde podían oírse los vientos de tierras literarias sucederse banalmente y por fascículos. Dejó de escribir y aún así sobrevivió: ahora se le vuelve a ver por los pasillos, a veces, alguna mañana silenciosa; me mira de lejos con esa mirada profunda y herida del amor que no fue correspondido; yo solo puedo guardarle un sitio en mi memoria, y detenerme alguna vez ante el ventanal de la biblioteca, porque el único recuerdo vívido que conservo es aquello que llamaba su ‘aforismo’: justo ahí es donde los pájaros vienen siempre a morir, o a caer; si cerrasen este jardín, serían inmortales, decía. Construyó así una costumbre, la de mirar por el ventanal con el estómago encogido, esperando que al otro lado no haya más que hojas muertas; si no, si hay un pájaro muerto, una tristeza inevitable y visceral atraviesa el cristal hasta alcanzar el cuerpo insepulto del ave tendida en la intemperie. Tienes costumbres tan extrañas, le dije hace muchos años: asintió en silencio y huyó hacia el frío de un país paradójicamente cervantino, evitando a su paso los lugares donde no hay gorriones, como la Antártida. * Poema de A. Rubio Flores Por alguna extraña razón, si hubiese sabido que la palabra escritorio provenía del latín scriptorium me habría parecido más un objeto mágico que una simple mesa. En todo caso, era un objeto imprescindible: no se podía respirar en una habitación sin un lugar donde sentarse a garabatear lo que fuera. No es que no siga pensando lo mismo, pero ahora me basta un alféizar, una despensa, una escalera, un cuaderno en el vacío, un teclado tomado prestado o el propio silencio selectivo de la mente: hoy, cualquier superficie es buena para escribir. Por alguna extraña razón, si en mi niñez hubiese sabido que escritorio en otros idiomas venía íntimamente unido a la palabra secreto (por ejemplo secrétaire, que en francés denomina un escritorio con compartimentos privados), me habría parecido más un refugio que un lugar donde detener el tiempo. Mi escritorio fue durante muchos años un mueble enano y manierista, de madera clara, con una pátina dorada en algunos rincones -dada por un ebanista demasiado generoso, o demasiado creativo-. La mezcla de olor a nuevo y aspecto arcaizante chocaba sin duda, al menos los primeros diez años…; pero crecí en la anatomía de ese escritorio y el escritorio crecía conmigo. Se ensuciaba de tinta y de grafito; se giraba hacia la ventana, donde podía oler el mar. Delante del escritorio no había una pared opaca, ni una fotografía inmóvil, sino la superficie acuática de un espejo y, por lo tanto, la evolución voluble de las luces y las sombras sobre la geografía inquieta de los otros muebles. Me vi crecer año tras año -día tras día- porque mi padre había colocado uno de esos artilugios especulares frente al escritorio. Me pregunté durante largo tiempo si lo había hecho para ampliar el espacio visual de la habitación o simplemente porque esa porcelana blanquecina y retorcida iba bien con el ambiente frío del invierno marino. No pensé hasta muchos años más tarde que quizás él no supiera que para mí era un escritorio: por eso adornaría la mesa de utilidad, como se hace con una cómoda de tocador. Me acostumbré a escribir al otro lado del espejo, en esa habitación del revés que me devolvía, impertérrita, mi reflejo, hora tras hora. Lo importante era llenar cuadernos (léase empezar) con apresurada caligrafía. Cualquier superficie es buena para escribir. Pero hace quince años, el escritorio me parecía un símbolo o, incluso, una promesa.
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01
2008
Primera memoriaEscrito por: Florie en descripciones, geografía doméstica, memorias, álbum
Recuerdo también los almuerzos esporádicos en la mesilla del salón, ovalada, cristalina como una fuente: cubría de transparencia una estatua inclinada, un personaje de Andersen o un vegetal acuático y, de fondo, la sonoridad opaca de la televisión y de la voz materna explicando el mundo en sordina. Me pregunto porqué recuerdo esto precisamente ahora ; quizás se deba, de nuevo, al poder de las palabras: he visto pasar en algún texto el término prehistoria, y la imagen de la sala iluminada por las cuatro de la tarde, de los dibujos deambulando algodonosos al otro lado de la pantalla y del vestido que quería llevar hasta el fin de mis días, me ha asaltado bruscamente. Aunque es una memoria temprana y, de tan pura, nítida y sencilla, no es la primera memoria*. Nunca sabré cual es la primera palabra que aprendí en el silencio de la más temprana infancia, ni cuando empecé a recortar objetos en las revistas con la idea de que el papel y la sugerencia de la imagen eran mejores que el plástico, la madera y la evidencia de la forma. Nunca sabré cual fue mi primer pensamiento, aunque probablemente se materializara en forma de olor a abrigo azul, a manzanilla o a alguna de las diez o doce clases de manzana que habitaban la cocina. Como los recuerdos se agolpan en cadena en mi cerebro, como quiero calmarlos en el silencio de la luz del día, te cedo la palabra. ¿Cuál es tu primer recuerdo?
14
01
2008
Oh, for the sake of the momentumEscrito por: Florie en Linterna mágica, alucinaciones, deslumbramientos, memorias
Fue algo ligero y tenso, como un graznido. Después, fue una quimera, como el sonido de un copo estrellándose suavemente contra un denso lecho de nieve. Finalmente, silencio. Un silencio tan fuerte que podía percibirse a miles de kilómetros a la redonda, por encima de los gritos del trafico, de las ambulancias, las sirenas, y los Tritones en los ríos encolerizados por la reciente tormenta. Al día siguiente, volví a oírlo. Golpeó contra el cristal con los nudillos helados y sonó como una cristalería desvaneciéndose estrepitosamente contra el suelo. Me giré, nada. Silencio. Pasaron tres días, durante los que estuve acechando cada desfallecimiento del silencio: la voz en apariencia quebradiza de Björk, el vaporizador de la colonia, mis propios pasos sobre las geometrías del suelo, los trinos de Pau Casals, el crujir de las ventanas entreabiertas al frío del invierno. Entreabiertas por si volviera. Sucedió al fin la quinta noche. Sonó como una hilera de líquenes de seda arrastrándose al borde de mi cama. ¿Tan cerca?, era imposible: el sonido provenía, como siempre, de la ventana. Me levanté, me arropé de mantas nocturnas y diurnas y me recogí el pelo en un lazo negro, para postergar el momento. Avancé en la oscuridad taciturna, hacía frío, apreté los brazos contra mí y volvió a sonar al otro lado del cristal; pero la niebla guardaba en su seno todos los secretos. A medio camino, me detuve: el silencio crepitaba contra la ventana, y cien manos acuáticas rozaron el cristal hasta murmurar como un coro de ángeles azules: abrí la ventana despacio, cayeron dos gotas sobre el alféizar, después cien, cien mil, y me bañaron entera: mi intuición había sido certera cuando oí el graznido hace cinco días: el mar me ha seguido hasta aquí. Epílogo: y la belleza está en el mar.
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01
2008
Noche de ReyesEscrito por: Florie en Celebraciones, Reyes Magos, caleidoscopio, deslumbramientos, memorias, relatos improvisados
Para los años cincuenta Luis era un niño corriente. Se levantaba algo antes de ir a clase para poder estudiar con la luz del día y a menudo regresaba a casa con las rodillas manchadas de tarde al aire libre. Jugaba con balones de cuero y juguetes metálicos, que cada invierno pedía en su carta a los Reyes Magos. Pero un año rechazó la oferta de piezas nuevas de Meccano y dejó de perder el tiempo soñando en vano con una bicicleta Orbea. Sólo unas monedas, pidió como un titiritero tiritando en la ciudad del invierno, bajo la nieve. Sólo unas monedas, ¿para qué?, es un secreto. Algunos pensaron que quería ser un cuarto Rey Mago para sus hermanas, para la pequeña sobre todo, que estaba enferma; otros pensaron que quería un ramo de claveles para su compañera de pupitre; algunos llegaron a pensar en un tirachinas o algún otro objeto prohibido. Sin embargo la respuesta era mucho más banal. Guardó su secreto todo el mes de diciembre; pero el día 4 de enero, ante la amenaza impaciente de los adultos te traerán carbón y nada más, confesó con el rencor de quien se traiciona a sí mismo: con las monedas quería comprarme una linterna; quiero jugar con la luz. El 6 de enero, después del chocolate, desenvolvió un juego de piezas de Mecanno …y nada más. Al año siguiente, Luis pidió otra vez la linterna, alegando esta vez que el recuerdo de Drácula (1931) que había visto pocos meses antes desde un balcón que daba al cine de verano, no le dejaba dormir: los dientes blancos que imaginaba en la oscuridad, la capa colgando de la puerta o las manos trepando al fondo de la cama, la sombra, en definitiva, del temible Bela Lugosi. Fue obsequiado con una linterna. Por la noche, esperó que apagaran las luces concentrándose en la linterna que descansaría por poco tiempo debajo de su almohada. Al fin se hizo la oscuridad y entonces un cerco lunar y dorado atravesó la habitación de Luis, acarició los muebles, pobló la colcha de universos luminosos en miniatura. Contará años más tarde, perdido en la emoción del pasado, que aquella luz compensaba el malestar del silencio súbito, en una casa que crepitaba todo el día de fuego y voces. La luz sonaba suavemente en medio de la oscuridad, cara a cara con el silencio; aunque lo que realmente buscaba en la linterna, era la posibilidad de crear, en un lugar donde solamente la imaginación tenía sentido: allí las formas de la habitación a oscuras adquirían nuevos significados y las piezas de Meccano de otros años cobraban vida en inauditas arquitecturas.
03
01
2008
31 de diciembreEscrito por: Florie en Celebraciones, descripciones, deslumbramientos, geografía doméstica, memorias, álbum
Un camino entre los álamos, brisa mezclándose con la niebla… pero no, las mesas, en las celebraciones de invierno, se parecen más bien a un bosque soleado, dorado, fotografiado en plena mañana; porque al igual que tenemos una lista mental de especies imprescindibles, y de otras que jamás conocerán nuestra alacena, hay algo en la decoración de una mesa que regresa siempre a las tradiciones familiares más antiguas (o redundantes). En mi casa la nochevieja se adereza de burdeos y un dorado que apenas se percibe, porque tratamos de recuperar la mesa de la bisabuela, híbrida de nochebuena, misterio y año nuevo: una imagen fijada y fantástica que ha pasado de generación en generación simplemente por el hecho de ser la primera referencia recordada -y acordada-, como una idealización tácita. Después vendrá la cantidad precisa de azúcar en los dulces, la forma de los moldes, la rama de canela flotando en el filtro púrpura del té de escaramujo, el rito en los gestos, el silencio cómplice en la cocina y, más tarde, las máscaras y los disfraces. Aquellos que sacamos de los baúles y que lustramos un poco, contando siempre las mismas anécdotas acerca de la tía abuela Ana: el vestido de seda amarilla, talla de avispa, los antifaces, las orejas de gato negro. Objetos metafóricos, prendas que no utilizaremos nunca, pero que sacamos cada año por el placer de contar historias que ya conocemos. Sonando de fondo la caja de música y el recuerdo de la tía abuela que nunca tuvo hijos, que hacía cremas de café y sirope de menta, verde esmeralda, brillante, oloroso, aquella que pasaba las noches leyendo novelas en alemán para luego traducirlas a su lengua materna y a su propio imaginario, y contárselas a los niños por decenas: fue la primera de la familia en tener televisión, allá en los cincuenta, y aún así, junto al aparato negro y apagado, lograba mantener su atención durante horas, como una narradora perfecta disfrazada de cuentacuentos casual: y nuncá podrá contarme su secreto. En la mesa, junto con el pan de gengibre y la vela suspirando fuego, es imprescindible hablar de los mitos personales de infancias propias, ajenas y adyacentes, contar las historias de siempre, dejarse llevar por la palabra sencilla, que cuenta cosas de la misma manera que sirve un pedazo de pan de azúcar sobre un plato heredado, sin aparente valor. |
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