Tengo tiempo, lo que no sé es si tengo palabras.
Tienes palabras, me dijo. Y ahora estoy aquí tratando de destilar 365 palabras, tratando perifrásticamente de dar nombre a lo inefable. Tanto hablo de la nostalgia por la infancia, y hace un año todavía era una niña: el treinta de diciembre de 2006 escribía en mi primer blog, que fue mi irreflexiva isla secreta, una entrada titulada de forma tan poco original como ‘Pequeña crónica del paso de un año a otro’. A lo largo de ese texto me proponía tener una larga conversación conmigo misma, conversación que se redujo a una lista bífida en la que dividía lo positivo y lo negativo de mi balance bajo las etiquetas, metafóricas a más no poder, Eros y Tánatos. Continúo mi lectura, curiosa por conocer aquella niña que soñaba con escribir y con pasar el invierno, que se preocupaba aún por una beca o una canción a capella, por haber roto unos candelabros o tener pesadillas premonitorias; el bienestar residía en cosas como terminar un manuscrito, estrenar agenda y oír el concierto de año nuevo. Era una niña. De mis propósitos de año nuevo, dicho sea de paso, no he cumplido el de hacer un ángel en la nieve ni el de sacar los manuscritos de los cajones, pero sí he pintado -o empezado- un cuadro en un lienzo demasiado grande. En cuanto a mis previsiones para el 2007, no he acertado en absoluto, pues ni el periodo de enero a marzo estuvo sumergido en el vacío, ni tuve que enfrentarme al mes de abril, ni mayo trajo nerviosismo e insomnio, viento cálido sí. Realmente, el año comenzó a finales del invierno, a principios de una primavera catártica en que pude sentir la metamorfosis y el corazón latiendo de nuevo, esas ganas de despertarme pronto cada mañana, de dejarme llevar, al descubrir que la verdad no estaba donde la había buscado años anteriores y que la angustia había dejado de existir por siempre jamás tal y como la conocía. Porque yo no estaba allí donde me busqué en 2006, ni era capaz entonces de entender como ahora entiendo los versos de Juan Ramón, Li Qingzhao y Neruda.
Revista de Cultura | Blogs LdF | Foro LdF
|
|
Archivo de la Categoría “memorias”
21
11
2007
Antes de dormirmeEscrito por: Florie en antes de dormir, caleidoscopio, fantasma luminoso, ideografía, memoriasHace tiempo pensé que es posible que el mundo me esté escribiendo con la mano izquierda -con la mano diestra si al final resulta que soy zurda-. Al mismo tiempo penetro el camino de losas amarillas. Sabiendo o creyendo que soy la misma que en la infancia, es decir que no ha cambiado el tono de mi voz interior, me pregunto qué abrecartas hiriente está abriendo en canal mis páginas blancas. Me pregunto cómo los días me atraviesan en las mil direcciones cardinales y cómo las horas se convierten en horas, la razón en madurez. Me pregunto por Lu Ji, que camina por bosques de literatura. Todos los versos se cruzan en mi mente dando lugar a hijos híbridos de poesía y luz diurna -la luz artificial es otra, es la que matizo, la que puedo tocar, la que resplandece en mi pantalla-. Elijo cuidadosamente un vestido azul oscuro, aunque mañana me pondré otra cosa, porque por encima de la ropa estaré desnuda y cuando me dé la luz seré transparente. Leo las palabras que me hablan a mí y también las que no me hablan, las que creo que me hablan y sí lo hacen y las que creo que me hablan pero no. Me pregunto si lloverá mañana, si volverá a gustarme el viento, que empieza poéticamente y termina como un hálito de despedida. Despedida efímera que salva la meteorología, amaré la lluvia mañana también. Me pregunto cómo lograré atravesar los días con mis accesos de somnámbula selectiva. Me pregunto por el destino de mi palabra dicha, la que descansa en la piel desde hace meses y se renueva en silencio. Y cómo es que teniendo el cerebro en juego lo único que me importa es mi corazón. No le cuento tanto mis penas como él a mí las suyas. Jacqueline no ha contestado a mi carta, me dice apenado. Espera, le digo, ten paciencia. Al final Jacqueline siempre contesta a sus cartas, a sus emails, a sus mensajes, y Jérôme regresa contento a la pantalla para contármelo. No sé cuantos años hace que no nos vemos; quizás más de veinte. Compartimos a medias un recuerdo, las aulas de un colegio de jardín de infancia al que ninguno de los dos ha asistido realmente. Y cuando hace una pausa de contarme sus amores con Jacqueline, observa una similitud superficial entre nosotros, compara fechas de nacimiento, y me pregunta si estoy segura de que no somos hermanos.Yo te recuerdo del jardín de infancia, hablabas con frenillo, tenías la misma cara que ahora y jugábamos al escondite con toda la clase en el gran árbol, tus padres eran protestantes y tenías un hermano. No recuerda del todo, pero me pregunta en qué hospital he nacido. En el de Nois, ¿y tú?, yo en el de Enreyap, me contesta decepcionado; pero aún así, eres mi hermana pequeña, añade, lo sé, le digo, y acto seguido regresa a las lamentaciones por las cartas de Jacqueline: ten paciencia, estará ocupada, le aseguro, y en ese momento recibe un email confirmando que conservo cierto sentido común, porque tengo razón. ¿Lo ves? te lo dije, le regaño maternalmente, te preocupas demasiado, Jacqueline siempre te contesta. Sonreímos virtualmente, y entonces hablamos de recetas, porque si hay algo que me ata a mi tierra helvética, es el olor de la cocina materna elaborada con ruibarbo azucarado o beschamel especiada. Vainilla de postre, siempre. |
|







Entradas (RSS)