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Archivo de la Categoría “Monólogo con el lector”


No importa que esté del mismo humor que la miel dulce y dorada. No importa que sienta el aire atravesar mis pulmones como novelas atravesando mi mente. No importa con quien esté y que la compañía sea acogedora. En estos días la tarde siempre es agridulce y grisienta, grasienta del calor artificial de los establecimientos y gris de ese frío tajante y metálico que ha sido desterrado del invierno y vaga vagabundo como alma en pena por los laberintos y las corrientes de aire. La ciudad se deshace igual que un universo recortado en papel, vulnerable y con un equilibro precario, falsamente oculto bajo una urna de cristal.
Las horas se vuelven líquidas como hidromiel moderna, es decir, amarga, ácida, edulcorada con fenilamina o algún otro azúcar químico. Las luces crepitan como en el instante previo a un apagón en los cincuenta y el aire se llena de libélulas verdes y turquesas. Haga lo que haga, estas tardes, cada año, son macilentas y densas, y los cuerpos evolucionan por las aceras empujados por una especie de vértigo atrayente y terrorífico a la vez. Es un tiempo que no pertenece a ninguna estación, a ningún calendario, como un 29 de febrero que durase días y nos dejara en blanco, exentos de referencias en nuestra memoria de caminantes. No hay metaliteratura posible y los cánticos saben a luz inerte y ámbar. Hay una mezcla de bienestar y melancolía, de olor a hierba recién cortada y último estertor del invierno. Pero yo tengo el estado de ánimo de la miel dulce y dorada que se derrama en espiral en mi taza de café.

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Es curioso como el mundo, la naturaleza disfrazada de ciudad, llega a conocerte en cierta manera; como puede parecerte que esa naturaleza urbana comunia contigo, desde las irregularidades de las aceras bajo tus pasos, dispuestas con la misma cadencia que la música que escuchas, hasta la mirada de un anónimo que cruzaba la calle y cruzaba por un instante tu mirada con la suya, una mirada triste que en realidad no le pertenece sino que es expresión plástica de tu propia mirada triste; como las ciudades acaban conociendo tus costumbres, igual que la gente del ciber exclama al  unísono, al verme entrar con batidos de chocolate, tú y tus manías; después, la ciudad habla, a través de fechas de caducidad impresas en objetos comestibles, que marcan alguna fecha memorable, a través de la coincidencia escrita en la cara de un libro y de mi reflejo, que me observa de reojo en los escaparates. El mundo vestido de ciudad te conoce y te aprehende; o tú aprendes a leerlo con tus propias palabras.

Vuelvo a encontrarme en caída libre y horizontal por las calles de la ciudad, envuelta en las terribles prisas que, en cuanto desaparezcan, cambiarán desde lejos los días en horas lentas como en una textura perfecta pero artificial; miro la ciudad conmocionarse con mis estados de ánimo como la naturaleza salvaje frente a un poeta romántico; camino en un anonimato deseable, ahora es la ciudad quien ciuda de todos nosotros como una canción de Nina Simone.

Desde el otro lado de la pantalla no pueden ver si lloro o dejo de llorar. No es que quiera ocultarme, es que es físicamente imposible que puedan hacerlo. Sí pueden notar las gotas resbalando en el canto de algunas letras, el pulso débil al construir una metáfora. No pueden oír el crujido del papel empapándose. Pueden creer en la serenidad de las letras pero se trata de magia de teclado y ciencia de tipografía. Puedo hablar de la claridad de la mañana y pensar en los melancólicos árboles desnudos de la plaza, aunque el atardecer se haya tornado oscuro o la noche demasiado fría.

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René Magritte. Fuente: Wikipedia

Adivina quién es…

a. Dr. John H. Watson

b. René Magritte

c. Alfred Hitchcock

Siguiendo en la línea del estudio del retrato, qué mejor presentación para el pintor belga y surrealista René Magritte que el juego metapictórico al que se prestó: el retrato fotográfico, de la mano de Lothar Wolleh.

Como no puedo elegir una sola obra de Magritte, te propongo un juego. Teclea René Magritte en Google imágenes y disfruta, que es domingo; y si vuelves por aquí para contarme cuál es tu obra favorita, mejor…

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