Archivo de la Categoría “música clásica”
Nada que decir, salvo que, dicen, las niñas grandes no pueden permitirse una lágrima. Que esperar fumando vaho de primera hora al pie de un monumento hace que te encuentres de bruces con japoneses armados de cámaras digitales. Que saldré de fondo de pantalla en sus fotografías improvisadas y apresuradas, como la minúscula sombra vestida de negro, que esperaba por vocación, porque el domingo la ciudad está quieta como en las postales que la retratan. Este frío me abraza como un abrazo. Ce froid m’étreint comme dans un écrain. I, I can stand under my umbrella.
Las cosas no van mal, en mi otra vida tengo una mansión junto al lago de Constanza y por la mañana desayuno zumo de naranja de mis propios naranjos. No pido mucho más en cuanto a lujo se refiere, no pido Chanel nº5, mi vieja ropa de Dior descansa en naftalina; no pido una nariz de porcelana. Pido un invierno frío a la sombra de un libro, y a la sombra de diciembre. Una primavera que refleje en sus paredes toda esta luz que acostumbro a acumular en la memoria cuando duermo. La lluvia cae como una cortina de vapor; la ciudad húmeda me recuerda el fondo del mar que un día conocí, el mar salino y tormentoso que acostumbraba a susurrar mis noches. Mar que se hizo tormenta barroca y dulce et procella est, ‘y se hizo la tormenta’, es decir, la revolución, la metamorfosis. Y mis manos acariciando Bach; y mi mente tejiendo mi novela, la que no he escrito. La que no se dice ni se ve, ni se siente.
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Hay algo muy reconfortante en las películas de miedo: el contraste. El contraste entre la desazón más allá del límite de la pantalla y la comodidad oscura y acogedora del otro lado, del salón, de la sala de cine.
Pero la sensación no es la misma cuando lo que te protege es la puerta de un viejo ascensor. El cine de terror tiene varios tópicos; uno de ellos es el de los camisones blancos. A mí me asustan más bien las figuras asépticamente calladas en algún rincón de la pantalla.
Fue algo meramente anecdótico. Llegaba tarde a clase, con el chelo a cuestas, que sólo pesa cuando tienes prisa; hacía un extraño calor escalofriante, pre-primaveral, y el reloj avanzaba a la velocidad de la luz. Luz solar también en mis ojos; y delante de mí, la lentitud calmada o forzada de una anciana que subía la acera ocupando todo el ancho con su cadencia asimétrica. Al cabo de unos cuantos metros, pude sobrepasarla y seguir corriendo: ese armario-ataúd donde guardo el violonchelo no pesa tanto como parece, o quizás me haya acostumbrado al peso cálido de la madera y del aire, el ritmo acompasado y misterioso de la música silenciosa, sobre mi espalda.
Llegué a la casa de la música, llamé al interfono, un silencio humano me abrió la puerta tácitamente. Penetré la entrada, fresca en todas las épocas del año, respiré el frío para confortarme después de la carrera y me dirigí sin dilación hacia el ascensor que hay justo en frente, subiendo unos peldaños. Llamo el ascensor, espero unos segundos y oigo súbitamente crujir la puerta metálica de la entrada. Silencio. Un presentimiento me trae la verdad en una bandeja de oro: es ella. En efecto, con su paso lento que me impedía el paso, ha logrado alcanzarme antes de que llegara el ascensor: paradoja; se dirigía al mismo lugar que yo, ya era casualidad, pero sería imposible que también a la misma planta; apreté varias veces, en un reflejo absurdo, el botón del aparato. Sonreía para mis adentros. Recordaba conversaciones y películas, y tardes en sofás oscuros ante pantallas parpadeantes de historias y enigma. Dejé de moverme. Súbitamente veloz, me alcanzaría. Lo hizo justo cuando me deslicé, con mi carga de ocho kilos, en el interior del ascensor. Pulsé el número 10 y me asomé al cristal del antiguo ascensor. La anciana hacía lo mismo, desde el promontorio moderno de su propio ascensor, que hacía frente al mío. Dispuesta de perfil, seria, gris, me miraba fijamente, hasta que mi ascensor me arrancó verticalmente de allí. Riendo para mis adentros del miedo apócrifo y social que creamos para entretenernos, pienso en la anécdota que voy a contarle a B. en unos minutos. Cuando el ascensor se detiene, ya me espera en la puerta con Y. Sin embargo no los veo. Del ascensor de en frente una figura rápida se abalanza en el pasillo. Me sobresalto, se sobresalta. Miro a la cara el miedo personificado, asustado, y le deseo muy buenos días. Es Maravillas, la vecina de B., del poeta, y también mía por unas horas.
En clase, una pieza de G. Marie (1852-1928) derivaba por el mero deslizamiento de un dedo en la cuerda de re, en melodías del antiguo y entrañable cine de terror. No me digas eso, que es mi vecina y me la imagino luego por la noche merodeando en mi habitación. Mientras decía esto, me la imaginaba yo también y se lo dije. Nos quedamos en silencio, con una nota sostenida deshaciéndose en el aire con tristeza enigmática e insuflando el horror de lo desconocido. Lo desconocido unilateral, porque la anciana, en su apartamento al otro lado del pasillo, seguramente nos observaba en su bola de cristal: el crepúsculo caía lentamente sobre Maravillas
Está mañana volví a vestir mi abrigo con el violonchelo. Caminé tranquila, tenía tiempo, llegaría en punto. Me dirigí a la casa de la música, llamé al interfono, penetré en el portal fresco y líquido, pensando en la partitura que apenas recordaba ya, salvo en algún ensayo soñado antes de despertarme aquella mañana. LLegaría incluso con minutos de antelación, el ascensor estaba libre. Me arrimé a la puerta para abrirla, pero se resistió. Entonces levanté la vista y, al otro lado del cristal estrecho y vibrante de gris, había una cabeza, seria y blanca, inmóvil como una estatua de cera, hasta que desvió la mirada de la nada y me miró sin reconocerme. Maravillas.
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Entré quedamente en la habitación de la muerta. Entreabrí los labios para despejar una exclamación que me quemaba la garganta, pero me hicieron una señal: tres dedos sobre tres pares de labios; callé. La habitación vivía, ya autónoma y salvaje, como en la quietud de un lugar cualquiera después de una tormenta. Todos los objetos eran vestigios de vida. La camisa azul doblada sobre la escalera de la biblioteca; una novela del siglo XIV, bocabajo. Una mandarina. Una botella de licor esmeralda, llena. Una columna de vinilos, Dvorak, Marie Laforet, Elgar y su concierto de chelo (tercera versión), Adamo, Schumann, Haydn, “La muerte y la doncella” de Schubert y sonatas de Shostakovich. La agenda abierta por el mes de febrero. La agenda abierta, por el mes de febrero. Un vaso de agua medio lleno. Un diccionario en miniatura donde las palabras carecían de sentido y una manta roja, yaciente al borde de la cama. Después de la primera etapa de curiosidad al conocer de forma obligada la intimidad doméstica de una desconocida, pregunté si por fin podía marcharme. Se giraron todos para mirarme: sentimos mucho su pérdida. Les miré atónita, me devolvieron la mirada. Lo sentimos mucho. Me giré hacia la desconocida; tendida sobre el diván, estaba muy seria. Pulmonía, dijeron unos, y el término médico me sobresaltó. Me llevé la mano a la garganta, la dejé caer hasta los pulmones, y entonces otra voz dijo Nada de eso, simplemente cayó, agotada de melancolía; quizás solo esté dormida. Ya que, con tácitas tan disuasorias como la cortesía conversacional y el protocolo de luto, impedían que me marchase, me acerqué a la desconocida. Analicé su rostro, la caída de los párpados, el trazado de las venas en el cuello; miré su rebeca roja desabotonada, los anacronismos de sus pulseras, el reflejo de crepúsculo en la triste sien dormida, la cicatriz blanca y estrecha. No había duda, la muerta era yo misma.
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(violín eléctrico).
Algunos estudios dicen que escuchar a Mozart en un momento concreto aumenta en un diez por ciento la capacidad intelectual, y especialmente la concentración y la lógica.
Sin embargo, es escuchando a Bach cuando siento esa adecuación con el pensamiento, ese incremento de energía, esa necesidad de actividad frenética muy parecida a la que produce la cafeína. Es como si acelerase las ondas cerebrales de once hertzios a veintitantos, descargando automáticamente la versión 2.0. de nuestros cerebros.
Porque su ritmo y su mensaje se construye sobre el patrón de las escalas, de tal manera que la filigrana de complejidad se construye en un mecanismo global que regula cada incidencia rítmica, que cuida cada motivo armónico hasta la milésima de segundo.
Algunas piezas de Bach, por ejemplo, sus Preludios, la Toccata y Fuga en re menor y las suite para violonchelo, en ese orden, equivalen a metros cúbicos del entusiasmo intelectual y emocional provenientes de la idea que surge -aparentemente- de la nada, del buzón lleno de cartas, de la palabra que de pronto surge con fluidez, de tu compañía en tres dimensiones, de una buena tormenta de lluvia, de granizo, de aguanieve, de arena, o de una taza de café humeante de azúcar y mañana.
La belleza estética, valga la redundancia, el instante jugando a su antojo con la trilogía pasado-presente-futuro en el interior de la partitura, la máquina del tiempo intangible, el barroco trascendental, el escalofrío en la columna vertebral que es tan real como el dolor y sus antagonistas, el sonido que avanza paralelo a la corriente de pensamiento como si le perteneciera, hacen que al cabo de unos minutos ya no haya ninguna diferencia entre el sonido y el cuerpo, en una espiral de memoria pasada y memoria futura uniéndose en imágenes que todavía no habíamos imaginado.
¿Qué sientes cuando escuchas algo de Bach?
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Hace muchos años, un amigo que no era Borges se perdió peligrosamente en el camino de la ciencia ficción, abandonando por un momento su exagerada racionalidad cartesiana habitual, para elaborar la teoría -tomada prestada a retazos de sus excesivas horas de lectura (no exagero)- de que cuando uno toma una decisión se abren dos caminos potenciales. En el estricto campo de la metáfora puede resultar muy interesante, e incluso tener cierta lógica; sin embargo, iba mucho más lejos, afirmando que en cierta manera esos caminos paralelos, esas decisiones potenciales no elegidas, se desarrollaban paralela -u oblicuamente- a la realidad que conocemos.
No he podido evitar recordar la arriesgada teoría ayer por la tarde cuando, de camino a casa con ocho kilos de chelo y todo su atrezzo a cuestas, me pregunté qué habría sido si lo hubiera sabido antes.
Saber qué. Pues que si hubiese comenzado a tocar el chelo un 15 de noviembre de 1988 -quizás un 10 de septiembre de 1989 me habrían dicho algo tan espeluznante como: esta partitura que estás estudiando ahora, normalmente se prepara en quinto grado. ¿Qué derecho hay de decirme semejante cosa a estas alturas de la vida? Si esta clase de cosas sucede una tarde de 2007, una siente que es demasiado tarde, y que en algún momento ha tomado una decisión errónea: por ejemplo, la de empezar por aprender a tocar el piano.
Aunque por supuesto, todo es muy relativo; que consiga sacar algunas notas de este instrumento no quita mi episodio de progresiva apatía con el piano hace muchos años y mi estrepitoso fracaso con el violín; que consiga dominar una partitura no significa en absoluto que ya domine la madera. Mi interpretación todavía se manifiesta sin ninguna clase de adorno, sin vibrato o apenas, sin esa suavidad vehemente que caracteriza una pieza de chelo bien tocada. Todo es relativo. Pero precisamente por eso puedo permitirme hacerme esta pregunta: ¿qué hubiera sucedido si hace veinte años hubiera pensado en el chelo? Un instrumento que, por cierto, no recuerdo en absoluto cómo acabó irrumpiendo en mi existencia; conservo el vago recuerdo del verano de los veinte años y una composición llamada El cisne de Camille Saint-Saëns (por cierto, antes de El cisne, recomiendo encarecidamente su Aquarium, que no tiene nada que ver con el chelo) y también un comentario que hice en el coche, en la calle San Antón, a los quince o dieciseis años: cuando deje de torturarme con el violín, quizás pruebe con el violonchelo (como diciendo ’si sobrevivo al violín soy capaz de cualquier cosa’: por cierto, no sobreviví) e inmediatamente después me pregunté de dónde había salido semejante idea. Sigo sin saberlo; y me temo que tampoco sabré qué habría sucedido si hubiese comenzado a tocar antes, mucho antes.
No hablo de haberme preparado para ser concertista: teniendo en cuenta las coordenadas A y B, y A’, creo que es un trabajo que me habría causado más sufrimiento que satisfacción personal. Hablo simplemente del sendero bifurcado en el que me habría volcado en este instrumento, en el que le habría dedicado estas dos-que-se-convierten-en-cinco horas diarias desde hace diez o quince años, en el que habría superado mi timidez selectiva en las extenuantes audiciones del conservatorio, en el que ahora podría dar clases de iniciación a gente con más talento -o directamente a gente con talento- y a niños obligados por sus padres, que no saben la suerte que tienen al haber recibido un chelo en sus manos con cierta precocidad cronológica.
Porque es un placer simplemente sentir esa tensión en el trapezoide y cálidos escalofríos de esfuerzo muscular recorriendo el dorsal, observar en los dedos las pequeñas heridas que son fruto del trabajo, ver cómo el mástil se destiñe poco a poco y cómo mi cuerpo va cediendo ante ese cuerpo de madera que se arrellana contra mí como si tuviera diez años de sueño acumulado: a veces cierro el anillo de brazos que evolucionan espasmódicamente al compás de la partitura, dejo que el silencio nos invada y me abrazo a él: la madera sigue vibrando, y me pregunto cómo es esa otra yo que en una realidad paralela ha empezado a tocar veinte años atrás, una versión de mí misma que quizás también siente, pero con razón, cómo su garganta se llena de lágrimas inoportunas por la mera emoción de una frase melódica que se va alejando poco a poco, muy lentamente, de la interpretación malograda.
A veces pienso que me pasaría el resto de mi vida encerrada en la habitación, matemáticamente concentrada en la partitura, con los dedos oscilando gravemente tratando de encontrar el milímetro exacto, cuidando con mimo cada movimiento, como si la vida se me fuera en ello. Me pregunto qué habría sido si hubiera descubierto esto antes de caer bajo el dominio de la palabra, de la esclavitud consentida a las letras, y me hubiera sumergido en un lugar donde la realidad se sostiene platónicamente a través de las notas negras, blancas y redondas, corcheas, fusas, semifusas, y nada más.
Pero toda moneda tiene dos caras: ser chelista consiste en ser Jacqueline Du Pré como mínimo -es un deber moral para con el chelo-, que se atrevía a tocar su Stradivarius -viajó con ella más de sesenta mil kilómetros- con un vestido blanco cubierto de ilustraciones de bicicletas y un collar de perlas, inmersa en un universo de ataques pseudo-epilépticos, que destilaba genio en cada semitono, que a los veinte años interpretaba la pieza de madurez de Elgar sin partitura, que era un músico de verdad, hasta tal punto que, como dijo su compañero Daniel Baremboim: somos músicos hasta tal extremo, para bien o para mal, que en vez de darnos las buenas noches tocamos Brahms.
Ser chelista es ser Jacqueline Du Pré o nada, y yo no lo soy, así que creo que seguiré escondida por aquí, jugando en el silencio de la escritura, olvidando ese camino bifurcado. ¿Cuál es el tuyo?
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Título:
Crónica caducada sobre un concierto de arpa ofrecido por el Festival internacional de música y danza de Granada. (Voto desde aquí para que haya también un festival en invierno…).
Escenario:
Una de las arpas era sobria y medievalizante, pre-renacenista; la otra era de capitel decimonónico y dorado. En el cielo, un granado, un ciprés, y decenas de pájaros -y decenas de cuervos- armonizando a la manera hitchcockiana con el crujido frecuente de las puertas que daban al patio interior.
Trama:
Los instrumentos, ciclópeos, ingrávidos, empezaron a sonar como un piano, después como una guitarra, luego como un chelo y finalmente en forma de arpegios de arpa. Para ello había que tocar en el estuario de las cuerdas: cada una representa una vertical de notas, cada conjunto cierra horizontalmente una cuadrícula matemática y precisa.
Personajes:
Enrique Granados suena metamórfico, me reconcilio con Ravel, Isaac Albéniz recoge incandescencias inefables, Bernard Andrès irrumpe en la música clásica con jazz y orquestación postmoderna; la modernización de este instrumento no contemporáneo por excelencia se ha logrado a dos voces, coordinadas, cansadas aunque no lo aparenten por el trabajo titánico de toda una vida dedicada al arpa; su sonido me recuerda canciones de cuna, la de los peces-gato y las aves aqüiformes, la del invierno, la del bosque triste -reminiscencias de poca importancia- y lo relaciono inevitablemente con los crujidos de un vinilo, o con los cuentos de Grimm y las tragedias de Andersen,
Retórica:
El valor del arte a veces se oculta en la traducción -lo que los teóricos suelen llamar transducción entre las artes-: una pintura convertida en composición poética, como sucedió en diferentes ocasiones con Cézanne; una leyenda convertida en pintura, como es el caso de los lienzos prerafaelitas; un libro hecho fotograma, como los cuentos de Lemony Snickett -lectura pueril, por cierto, pero amena y con guiños constantes a la teoría literaria-; lo que aún no he podido encontrar es la serie de Nocturnos de Chopin tocada con instrumentos de cuerda; sí he oído a Paganini tocado con una guitarra, la de Eliot Fisk.
Desenlace:
En conclusión, uno de los grandes logros de aquel concierto de arpa fue el de haber hecho suyos sonidos que hasta entonces no le pertenecían.
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