Archivo de la Categoría “quiero ser blogadicta”
Pienso que el espíritu lúdico no va reñido con la madurez; en el cuerpo humano, lo que no es sangre o agua debería ser juego, narcolépticamente acomodado sobre los veintiún gramos de alma -cuenta una leyenda- que acolchan el espacio entre los pulmones y la piel.
El juego es la semilla de la creatividad.
He pasado más de cuatro horas atravesando laberintos en arquitecturas híbridas del gótico y del modernismo; un inmenso castillo, mezcla perfecta entre el museo y el rascacielos, entre el medioevo y el presente, donde el dragón-lobo ha seguido a la caperucita roja-ciclotímica, preso del vértigo, por los pasillos helados y estrechos, por las grandes bibliotecas, en busca de llaves, runas y pasadizos, en busca de uno mismo, ese yo que se abre en la evasión, hasta que el juego teclea irónicamente en la pantalla: “¿desea regresar a su vida normal?: guardar, salir, cancelar”.
Un martes saturado de banalidad desde las 8:30 teclearé cancelar, guardar durante el sueño profundo, salir cuando la casa intente convertirse en mi vestido: pero esa es otra historia.
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Quizás sea demasiado ambiciosa, porque tal vez sea demasiado pedir que al despertarme a las ocho de la mañana la caldera que acabamos de reparar no esté otra vez averiada; tal vez sea demasiado pedir encontrar un jersey de lana que no torture, encontrar un rincón de silencio en la facultad o que entre los cincuenta volúmenes de novelas de La comédie humaine esté precisamente el que necesito ahora, que el requisito de puntualidad no anule el transcurrir de los días, que mi mochila no se manche seriamente de tierra, que en la cola de un restaurante de comida rápida otra clienta no me amoneste severamente porque al hacer mi pedido de tal o cual manera he perdido cuarenta y ocho céntimos, que no me anuncien precisamente hoy que mi gato, hasta ahora Hércules de la buena salud, va a ser operado el lunes, que el Chupachups sea sólo de fresa y no de fresa+sabor sin identificar, que el farmacéutico no sufra una amnesia momentánea e inoportuna respecto del bálsamo antitusivo que me recomendó hasta la saciedad un mes antes, que los transeúntes no den pasos atrás sin mirar o codazos a estribor, que un juego muy, muy reciente pueda ser instalado en un ordenador de última generación, que mi pluma recargable antimanchas que escribe todos los días de maravilla funcione como siempre hoy también. Lo sé, es demasiado pedir.
Soy consciente de que es un privilegio el poder quejarse de asuntos como estos, pero algunos días se acumulan de tal manera que resulta tragicómico tirando a cómico-irónico. Para reequilibrar el universo, el autobús ha llegado en el momento perfecto, he podido huir aprisa de la colina de las Letras, y tengo nuevas ideas en el viejo cuaderno. Lo único que me atormenta realmente es el caso de esos ochenta euros que se han gastado en un pequeño radiador eléctrico, cuando lo que me preocupa no es la calefacción sino el agua caliente: ochenta euros que habría transformado en libros en un golpe de varita mágica.
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No le cuento tanto mis penas como él a mí las suyas. Jacqueline no ha contestado a mi carta, me dice apenado. Espera, le digo, ten paciencia. Al final Jacqueline siempre contesta a sus cartas, a sus emails, a sus mensajes, y Jérôme regresa contento a la pantalla para contármelo.
No sé cuantos años hace que no nos vemos; quizás más de veinte. Compartimos a medias un recuerdo, las aulas de un colegio de jardín de infancia al que ninguno de los dos ha asistido realmente. Y cuando hace una pausa de contarme sus amores con Jacqueline, observa una similitud superficial entre nosotros, compara fechas de nacimiento, y me pregunta si estoy segura de que no somos hermanos.Yo te recuerdo del jardín de infancia, hablabas con frenillo, tenías la misma cara que ahora y jugábamos al escondite con toda la clase en el gran árbol, tus padres eran protestantes y tenías un hermano. No recuerda del todo, pero me pregunta en qué hospital he nacido. En el de Nois, ¿y tú?, yo en el de Enreyap, me contesta decepcionado; pero aún así, eres mi hermana pequeña, añade, lo sé, le digo, y acto seguido regresa a las lamentaciones por las cartas de Jacqueline: ten paciencia, estará ocupada, le aseguro, y en ese momento recibe un email confirmando que conservo cierto sentido común, porque tengo razón. ¿Lo ves? te lo dije, le regaño maternalmente, te preocupas demasiado, Jacqueline siempre te contesta. Sonreímos virtualmente, y entonces hablamos de recetas, porque si hay algo que me ata a mi tierra helvética, es el olor de la cocina materna elaborada con ruibarbo azucarado o beschamel especiada. Vainilla de postre, siempre.
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Él llega con una mochila cargada de libros, de tuppers, de corbatas, y ella con un bolsito elegante donde poner su barra de labios. Yo, híbrida entre el uno y la otra, con mi mochila llena de ordenadores, cables, libros y barras de labios. Son mis amigos por separado, y hoy, uniendo lo uno y lo diverso, han venido a verme al mismo tiempo. Están sentados a la mesa y observo cómo se envían y reenvían frases, réplicas, guiños y brillos. Imagino que mientras me levanto a por café se invitan torpemente a verse un rato una noche. Imagino que mientras les hablo de las clases, de mis cuitas con el chelo y las lecturas obligatorias, están mirándose de reojo para ver si esa mirada es recíproca. Me lo imagino, preimagino y postimagino, si eso puede existir, porque me gustaría poder decirles que se complementan, porque anhelaba este almuerzo para poder observar su encuentro. De hecho, dentro de unos minutos, hablarán y hablarán hasta olvidarme, y yo observaré satisfecha del recorrido del satélite de su palabra de una boca a otra. Tienen puntos en común, descubren, aunque no escuchan la misma música, pero hablan en el mismo tono, igualándose hasta que su conversación se convierte en una onda homogénea que a veces ya no me toca; he pasado a ser un mero testigo y contemplo extática mi obra, mi obra, me repito irónica, porque en el fondo es una quimera, es algo que sólo podía haberles sucedido hace cuatro o cinco años, porque ahora él está esperando a su musa fugitiva que ha huido por un tiempo a tierras del norte, y ella sigue en sus ensoñaciones principescas la mirada fija en su móvil esperando que otro la llame. Cada uno está pendiente de su propio/a A., la inicial que les quita el sueño, y generalmente de lunes a viernes me piden consejo a ese respecto, y les animo a luchar. De todas formas, por aquel tiempo que nunca fue, por el momento pretérito en que pude haberlos presentado pero no pudo ser, les pregunto, bueno, qué os ha parecido el encuentro, ¿será el comienzo de una amistad?, y me contestan al unísono, pero si ya nos conocíamos…
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-”No tienes corazón”-, le dijo gravemente, y su interlocutor se quedó pálido como la corteza de un álamo plateado. Yo estaba siendo testigo de esa escena desde cierta distancia y hasta que no supe la verdadera causa de la acusación pensé en tres palabras: mentira, traición o desamor. Sin embargo, no se trataba de algo tan abstracto como las emociones humanas, sino de la respuesta inmediata a un hecho concreto, tangible, cotidiano: el interlocutor de la acusante había arrancado una hoja de su cuaderno A4 para escribir una dirección.
El dramatismo de la escena, el dolor oblícuo en los dos rostros, solamente son conmensurables en el momento en que se comprende hasta qué punto la primera había arraigado en su mente el sentido del reciclaje, y hasta qué punto el segundo había actuado sin alevosía. Después de aquella escena, él faltó a clase durante unos días y supimos que tenía unas décimas de más, pero ella, aquejada de remordimientos, había difundido la redentora teoría de que había enfermado de tristeza.
Puede parecer exagerado, aunque ‘no tienes corazón’ sea una frase hecha, que por una hoja de papel alguien acuse a otra persona de tener un vacío en la caja torácica; pero si nos ponemos en el lugar de aquella Artemisa con vocación de Dafne, comprendemos hasta qué punto una hoja de papel puede ser vital; los árboles son valiosos frascos de oxígeno y si muchos dudarían un instante -de una duda inevitable aunque retórica-, si se les preguntara ¿respirar o leer?, antes de contestar respirar por supuesto, que no llegue el día en que nuestros descendientes tengan que pasear con máscaras de oxígeno y llenar sus bibliotecas de libros digitales.
Desde que fui testigo de aquel pequeño drama íntimo, los recuerdo cada vez que estoy a punto de malgastar una hoja de alguna manera; recuerdo la mirada indignada de ella, el semblante razonablemente triste de él, y me pongo en el lugar de ambos, aunque quizás el dolor del acusado me despertara en aquel momento mayor compasión; pero en todo caso, por si acaso mi corazón dejara de latir, trato de moderar las prisas y la impaciencia y de hacer un mejor uso del papel que tengo entre manos, porque podría llegar un tiempo en que tengamos que respirar dificultosamente en un páramo sin árboles, a la vez que ojeamos una novela escrita meticulosamente en una pared.
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Recientemente me han enviado un enlace de una página que contenía un enlace a otra página que contenía un enlace a otra página en la que se requería que completara un complejo formulario, no obstante tipo test , con tres posibilidades de respuesta (yes, no or not sure) y una valoración de mi propia respuesta (high, medium or low).
Invariablemente, desde que ESDLA salió en pantalla cuando estaba en primero de carrera -y me prometí leer el libro antes de ver la película y, por esa razón, habiendo fracasado en el intento, la vi solamente cuatro años más tarde-, he vuelto a esforzarme en ser hobbit y contradictoriamente he vuelto a recibir una respuesta élfica.
Copypaste:
“Results:
GALADRIEL “…En el sitio del Señor Oscuro instalarás una Reina. ¡Y yo no seré oscura sino hermosa y terrible como la Mañana y la Noche! ¡Hermosa como el Mar y el Sol y la Nieve en la Montaña! ¡Terrible como la Tempestad y el Relámpago! Más fuerte que los cimientos de la tierra. (…) … y ella rió de nuevo, y he aquí que fue otra vez una delgada mujer elfa, vestida sencillamente de blanco, de voz dulce y triste.”
Si todos los test de ¿Qué personaje de la trilogía eres? me llevan a Rivendel, pasando por Hobbiton, será verdad eso que dicen los amigos de que soy un híbrido hobbitelfo (o no), aunque no puedo decir que me sienta identificada con la vehemencia estilística de este pasaje que Tolkien puso en boca de la tal Galadriel (cuya función como personaje no recuerdo exactamente). Mi contacto con esta clase de terminología se debe a que (aunque sólo me he leído la primera parte de la primera parte de ESDLA, y aunque no me gustó la película como tal -decorados y algunos efectos sí, más que nada porque me preguntaba cómo serían descritos en el libro-, cuestión de gustos), tengo unos cuantos amigos y muchos conocidos metidos en este mundillo. Mundillo: dícese de estar inscrito en la Sociedad Tolkien española, y participar en congresos, presentar ponencias, organizar reuniones, etcétera.
Resumiendo. Siempre me ha parecido curioso, sorprendente y en cierta manera conmovedor, que en un mundo como el actual haya gente de veinte años para arriba -y de veinticinco para arriba- que dedique unas horas a la semana a sumergirse de una manera tan organizada y oficial en un universo paralelo, en una fantasía colectiva, hasta el punto de llegar a verbalizar en su día a día cosas como: yo soy muy hobbit, desayuno tres veces o, ante mi queja “es que tienen unos pies un poco extraños”: ¡es que son así! con un deje de ternura y admiración en la voz. También los he oído teniendo complejas conversaciones de carácter lingüístico -especialmente los anglófonos- sobre el lenguaje élfico y sus raíces en lenguas celtas y por supuesto en el gaélico.
Como me escribía un amigo hace unos días: me encanta verlos en su mundo, pero no soy de su mundo.
-El test proviene de esta web-.
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