Archivo de la Categoría “relatos improvisados”
“Fue cruzando una calle y mirando fijamente la figura verdeneónica caminando hacia ninguna parte en la ventana del semáforo, cuando sintió por primera vez que dejaba de ser; y dejaba de ser precisamente por exceso de existencia, porque acababa de recordar toda su vida en un instante y esa visión le había resultado tan subjetiva que cayó automáticamente en un relativismo extremo. En consecuencia, de tanto haber sido, dejaba de ser, como cuando repetimos una palabra tantas veces que al final suena absurda, irrelevante, convencional: inexistente.
La primera consecuencia de haber dejado de existir fue el frío.
Un frío paradójico que la atormentaba, porque si era muy palpable, gélido, atronador, ella ya apenas podía sentirlo, pero la memoria de su piel aún recordaba la sensación metálica y ácida del invierno, de modo que su percepción del frío se había vuelto tan cerebral, y de manera tan acelerada, que pronto alcanzaría su propio límite.
Pero precisamente se salvó gracias al frío. Al frío que no podía sentir sino aprehender en vano, porque de la misma manera que conservaba un rastro reminiscente de ciertas sensaciones, su memoria, que ya se había convertido en una personalidad independiente, había regresado al lugar donde había probado por primera vez una nectarina, al momento en que había tomado conciencia de la caída a los abismos de Morfeo, de la noche en que había convertido su dosel infantil y sus sábanas en un bosquedeblancanieves, de la sensación de apertura intelectual entre las páginas de la Metamorfosis y del Discurso del método, de cuando se metamorfoseó en el lugar donde se pronuncia un sólo nombre, de la gran tormenta, de la pequeña habitación. Repitió el nombre dentro de sí, el nombre que la habitaba y que se encarnaba no muy lejos de allí y, al comprender de nuevo en qué consistía existir, volvió a ser, quizás para siempre” .
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“Eloísa Cándida Sócrates sabía que caminaba desnuda. Sabía que era el primer alma de la ciudad en recibir el frío cada mañana, como un pararrayos que midiera temperaturas, como un “parrarrayos temperamental” (se permitió el banal juego de palabras en el monólogo íntimo y cadencioso de su boca silenciosa).
En aquella calle demasiado transitada el mundo se le apareció terrible; vio una niña de plástico, de mirada fija y vacía con los miembros desordenados en el carrito que una mujer de madera hueca empujaba lentamente; toses escultóricas encarnadas en ancianos, ojos inmensos, mejillas azules, cuerpos caminantes envueltos en papel, enfermos de hidropesía, ojos acuáticos, sombras fugaces, gigantes golpeándole el hombro al pasar, ojos estridentes, prisa, cólera, tristeza, emociones a las que era ajena, emociones tristes que no la tocaban; y ellos no la veían pasar, melancólica, lánguida, porque era la única que caminaba desnuda .
Por la mañana se preguntó porqué hacía tanto frío si era primavera y entonces cayó oportuna y novelísticamente una hoja de su calendario para enseñarle que era noviembre . Abrió el armario y eligió entre su ropa: colgados junto a una sola blusa había un traje de lino y un traje de dolor, cortados a medida; se vistió con el traje de dolor, aplicó un poco de brillo a sus labios, guardó sus archivos en una maleta y salió a la calle. Estaba transida de frío, pero no podía sentirlo, y allí estaban otra vez, los miembros del universo, saludándola teatralmente, vistiendo edificios, recorriendo las escaleras de libros ciclópeos, las montañas literales de papel, las lluvias de caramelos, las sábanas flotantes.
Súbitamente, una voz la salvó del hechizo de la fiebre diciendo, desde el otro lado del sueño, abrígate, por lo que más quieras, abrígate”.
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El paisaje más desolador de una cumbre, en la que me hallaba siniestramente esperando un medio de locomoción que me llevase de vuelta a un lugar con vida, se convertía en el pasaje más desolado de Cumbres borrascosas.
Era aquella hora que no puede decirse del día ni de la noche; el cielo se llenaba de fuego azul oscuro y nubes antracita, que evolucionaban en un extraño movimiento de retroalimentación. No había nadie; las hojas de los tilos, dispuestos a ambos lados de la cuesta que, abrupta y secular, oscilaba entre la horizontalidad y la verticalidad, temblaban tanto a mi alrededor que parecía estar envuelta en el oleaje; y no había nadie…
El frío empezaba a atravesar mi abrigo otoñal, los libros a pesar, la soledad a atormentar cada rincón de esta tierra. Después, la soledad vino a duplicarse, porque había aparecido alguien, pero alguien extrañamente oscuro, ausente, ajeno. Habiendo alguien ahí, yo seguía estando sola. Hasta que de pronto entró en escena una segunda figura, que inmediatamente asocié con la primera porque corrió hacia él como si hubiese sido una cuestión de vida o muerte: miré a mi alrededor, más atentamente; quizás estemos en estado de alerta, tal vez haya comenzado una inundación, quizás la montaña de las Letras había sido desterrada del resto de la ciudad, tal vez estemos encerrados al aire libre, quizás la tormenta iba a ser tan fatal y predecible que no merecía la pena guarecerse, tal vez nos encontremos en pleno naufragio y los tilos realmente sean olas: me he dormido en cubierta, me dije cerrando los ojos, y ahora, cuando vuelva a abrirlos, comprobaré que la nave ha chocado con un iceberg de castillos invernales, mis pies estarán empapados y trataré de secarlos, febril e incoherente porque de todas formas el agua ya estará amenazando mi garganta.
Abrí los ojos, el paisaje seguía siendo desolador, el autobús seguía sin llegar, pero estábamos en tierra firme. La soledad ya no pesaba tanto porque en cierta manera estaba escribiendo; una vez descrito el lugar, necesitaba personajes; me giré hacia ellos.
Ella iba vestida de frambuesa burtoniana; él iba de blanco como un ángel televisivo: se estaban besando lentamente. Sonreí y desvié la mirada hacia la carretera; allí, ancladas en el suelo, unas luces parpadeaban al ritmo de Bela Bartok. Volví a mirar: parecía que hacía sol justo encima de ellos que entonces jugaban al escondite entre los postes de la parada; estaban tan ensimismados que yo seguía sin existir, pero no importaba, la sensación de soledad del lugar había desaparecido; la tierra abandonada en una hora entre el día y la noche en que los estudiantes ya han huído a sus refugios particulares, si hubiera tenido voz, habría gritado ‘mientras hay vida hay esperanza’.
Unos minutos más tarde, unos kilómetros más tarde, a través de la ventanilla, la naturaleza volvió a sorprenderme; encima de un colegio anticuado, una media luna brillante y tridimensional resplandecía, y sobre ella brillaba un rayo fuerte y nítido atravesándola transversalmente; algo más cerca del suelo, pero en línea paralela a la mancha oblícua de luna en el cielo, tres focos de farola moderna producían exactamente el mismo efecto sobre un ciprés urbano.
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“Ágata Constantina María Décimosegunda corría hacia el acueducto; todos los conocidos de Ágata Constantina María Décimosegunda pensaron que iba a poner fin a su vida, pero su rímel fluía tan languideciente, su vestido era tan horriblemente nuevo y sus brazos estaban tan inútilmente vacíos, que no tuvieron el impulso natural de correr a detenerla hasta pasados unos minutos.
Siento romper el suspense tan pronto, pero he de decir ahora mismo y ni un segundo más tarde que Ágata Constantina María Décimosegunda no tenía la menor intención de arrojar su cuerpo endeble al otro lado del acueducto, allí donde el vacío se volvía azul al entrar en contacto con el límite de la superficie del agua. Ahí abajo, dijeron sus ojos asomados entre una cabellera de Medusa asediada por el vendaval, las ondas del río parecen olas de mar y las ondulacines me invitan a dormir: no se habría arrojado, pero sí se habría quedado durmiendo sobre el lecho de algas. En ese momento decidió resucitar a Frank Kafka que a su vez resucitaría a Ulises que con su silencio resucitaría las sirenas, que le darían una cola de pez con la que nadar pero sin arrebatarle la voz; enseguida abandonó ese proyecto, no porque la tumba de Kafka estuviera demasiado lejos, no porque la de Ulises estuviese en algún lugar indeterminado y probablemente ficcional, sino porque no hacía falta dar semejante rodeo: ella ya no necesitaba tener voz : porque su cerebro acababa de viajar a miles de kilómetros en un avión postal (que, esperaba, no se perdería como el Malabar Princess), impreso sobre decenas de papel de carta; y la respuesta a la carta, había dicho él, vendría por el río. Era precisamente aquel deje de romanticismo la razón por la que se encontraba fatalmente inclinada sobre la cornisa del acueducto, armada con un antiguo catalejo, entre dorado y oxidado, tratando de descubrir sobre en el espejo acuático el lugar donde su amante habría inventado un enigma críptico y cómplice.
La noche cayó sobre el agua, y también todo el peso de la astrofísica. Esperó a la mañana.
Despertó sentada contra la cornisa, metafóricamente desmembrada, transida de frío, pálida, avioletada, agotada de entusiasmo, sonriente: volvió a vigilar el agua; a la deriva, un barco inmenso de blancura navegaba tormentosamente; Ágata Constantina María Décimosegunda focalizó su mirada con el catalejo: en efecto, era un barco de papel doblado; su pulso se aceleró de tal modo que si hubiese pasado cerca un lujoso transantlático o un barco fantasma, habrían despertado su más honda indiferencia.
Con la mirada fija sobre el trabajo de papiroflexia, trató de leer las palabras negras que se transparentaban; más que palabras, veía letras; más que Letras, dos letras, sólo dos letras, y por más que las reordenara en su cabeza, el puzzle era horrendosamente triste: con esa o y aquella n, le pareció que la única palabra que podía formar, en coherencia con el contexto, era ‘no’. Su mente gritó dos cosas, unos versos de Nelligan, Un silence a plu dans les solitudes proches, y un extraño sonido de agua fría que invadía sus oídos mientras los latidos de su corazón se convertían en algo parecido a pasos penetrando una catacumba ajena en pleno y sepulcral invierno.
Su cuerpo se desvaneció, se licuó y resbaló por las ciclópeas columnas, hasta el fondo algodonoso de las algas.
Fue en forma de ola y bajo una inmensa cabellera de espuma que el viento volvía a agitar, esta vez con menos vehemencia, como accedió al barco de papel: lo destrozó con los dedos temblorosos para abrirlo y leyó entonces algo más de dos letras; no era una frase completa como ‘no me olvides’ o ‘no llegues tarde’, sino dos letras que iniciaban una palabra, que el azar había escondido cruelmente en una doblez infranqueable: con la hoja húmeda entre las manos, lloró; miró su cuerpo de agua verde, miró su rostro de agua reflejado en el agua, y se preguntó qué sería de ella misma que ni estaba viva ni estaba muerta”.
Antes de continuar, les propongo una pregunta lúdica: ¿cuál era la palabra que realmente estaba escrita en el barco de papel?
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