La primera vez que caminé en la ciudad: impresiones
Mis zapatos de hebilla rozando el suelo, el perfil de los álamos plateados blanqueando el horizonte azul en contrapicado; mi respiración sincronizada, metálica, soleada; mi cuerpo tendido en el césped, y mi alma lejos, muy lejos, paseando por imágenes pixeladas de Bruselas y ParÃs, por Venecias claustrofóbicas y la idea del olor a hierba recién cortada; reconozco todos los estÃmulos, archivo las coordenadas, juego a que respiro; todo el dÃa bajo una sensación de irrealidad; las voces sonando en eco; los pasos avanzando en sordina; las conversaciones aparentemente recicladas de tiempos remotos y fuentes frÃvolas; esa poesÃa humana que me habla descaradamente; el avión trazando letras en el cielo; las palabras invadiendo mi garganta, bullendo esféricas y frágiles y escapando en silencio por la comisura de los labios entreabiertos por el pensamiento; Descartes y Platón luchando en el jardÃn. Un aire trágico, transparente, lúcido, que inmoviliza el mundo y me conserva intacta como en un gran vaso de formol.
Cada minuto de ahogamiento de la memoria se traduce en instante indefinido de caÃda brusca en la realidad aparente. Todo parece ficción en el dÃa en que la mirada es lúcida. Todo parece irreal, el paso de las horas, los relojes, la noción de tiempo, las calles de la ciudad.
Todo parece mentira en mi cuerpo robótico -ojalá fuera mecánica, para descansar un poco- , y sin embargo… y sin embargo todas las canciones que reproduzco, todas las canciones tristes, hablan de mÃ; reales y metafÃsicas, se adhieren a mÃ, ingrávida, apocalÃptica, de vuelta al laboratorio.

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