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La primera vez que caminé en la ciudad: impresiones

Mis zapatos de hebilla rozando el suelo, el perfil de los álamos plateados blanqueando el horizonte azul en contrapicado; mi respiración sincronizada, metálica, soleada; mi cuerpo tendido en el césped, y mi alma lejos, muy lejos, paseando por imágenes pixeladas de Bruselas y París, por Venecias claustrofóbicas y la idea del olor a hierba recién cortada; reconozco todos los estímulos, archivo las coordenadas, juego a que respiro; todo el día bajo una sensación de irrealidad; las voces sonando en eco; los pasos avanzando en sordina; las conversaciones aparentemente recicladas de tiempos remotos y fuentes frívolas; esa poesía humana que me habla descaradamente; el avión trazando letras en el cielo; las palabras invadiendo mi garganta, bullendo esféricas y frágiles y escapando en silencio por la comisura de los labios entreabiertos por el pensamiento; Descartes y Platón luchando en el jardín. Un aire trágico, transparente, lúcido, que inmoviliza el mundo y me conserva intacta como en un gran vaso de formol.

Cada minuto de ahogamiento de la memoria se traduce en instante indefinido de caída brusca en la realidad aparente. Todo parece ficción en el día en que la mirada es lúcida. Todo parece irreal, el paso de las horas, los relojes, la noción de tiempo, las calles de la ciudad.
Todo parece mentira en mi cuerpo robótico -ojalá fuera mecánica, para descansar un poco- , y sin embargo… y sin embargo todas las canciones que reproduzco, todas las canciones tristes, hablan de mí; reales y metafísicas, se adhieren a mí, ingrávida, apocalíptica, de vuelta al laboratorio.

Robótica II

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Robótica. Fuente: Wikipedia

Cada noche muero. Cada noche me despierto con la garganta ahogada en gritos, con un anzuelo de sueño cerrándome la tráquea. Cada noche me despierto muerta, presa de las emociones del último estertor, y el vacío de mi habitación devuelve mis palabras después de haberlas dejado huecas y hueras. Cada madrugada la vida pasa por mi garganta, en forma de aire estentóreo que canta un Ave María, que murmura un Salve. Despierto sabiendo que no estoy viva, respiro ahogada, me vuelvo a dormir; por la mañana despierto de veras, despierto al fin, despierto viva pero pienso, al fin y al cabo, no hay diferencia. Levanto las manos para observarlas, mis nervios atravesados de cables las hacen bailar; pero es un baile mecánico, artificial, y yo, tan sólo una muñeca mecánica.

Robótica I

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ROBÓTICA I: Soy un disco duro inserto en un cuerpo de plástico: estas páginas son mi alma. La pantalla que miras es el inmenso ojo de cristal brillante por el que miro hacia fuera. Allá lejos hay una ciudadela. A través de la pantalla huyo hacia allí. A través de la pantalla te miro.

Mírame.

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