Archivo de la Categoría “universos oblicuos”


A pesar de la vertiginosa proximidad el mar, era un lugar muy silencioso. Una pequeña fortaleza gris y barroca se erigía en el borde de un abismo; abajo, una playa en miniatura, irregular como un viejo encaje, y el mar centelleando en silencio: o había demasiada calma, o mi ventana estaba tan alta que enmudecía el océano.

Entre el momento en que recibí la invitación y llegué allí, pasaron breves horas; de modo que la reflexión sobre la naturaleza del viaje se produjo precisamente durante el viaje, y la prefiguración hipotética del lugar se realizaba paradójicamente in situ.

Decidí coger un libro y bajar a desayunar, sin embargo, la extraña disposición de las escaleras y la falta de disponibilidad de los ascensores me hicieron desistir por alguna razón que no alcanzaba a comprender.

Fui a sentarme en el balcón. La luz en su cénit, la luz de mediodía, duró eternamente. Tardaba el día en pasar, la luz en cambiar, el sol en metamorfosearse: el paisaje, iluminado en exceso, casi inmóvil, silencioso, se mantenía como impreso sobre una postal. Estuve leyendo y manoseando un libro durante toda la tarde. No recuerdo de qué trataba, tanto la visión estática me hipnotizaba entre línea y línea; y súbitamente, como un pesado telón de teatro, cayó la noche, de un minuto a otro.

Sin hambre ni sed, me dirigí hasta el lecho. Me pregunté vagamente, antes de caer en el sueño más profundo, dónde estaban aquellos que también habían sido convidados, y si nos veríamos al día siguiente. Un sueño sin sueños me había invadido y, por la mañana, regresé impertérrita a mi puesto de observación en el balcón iluminado sobre el precipicio. Todo seguía igual, deliciosamente quieto. Fue entonces cuando me di cuenta de que los cambios que no se observaban en el exterior, sucedían en el interior, sencillamente; al cabo de tres o cuatro mañanas, pude decir que sin ninguna duda alguien compartía mi habitación; alguien que dejaba una sábana arrugada en el diván; alguien que perdía sus libros en los cojines; alguien que dejaba vaho en los espejos, los grifos goteando y el fondo de la bañera lleno de espuma.

Al cabo de cinco días, decidí bajar al comedor. Un hambre fáuvica aunque selectiva me roía la concentración. Abandoné pues mi único libro propio en las losas ardientes del balcón y salí al pasillo. Después de subir y bajar varias escaleras, me vi de vuelta al mismo lugar; subí en el ascensor, pulsé el botón 1, pero me llevó al ático; desde allí, bajé por la pequeña escalera cuya baranda coronaba la terraza de la cumbre del edificio; eran sólo doce escalones de mármol blanco y sin embargo me llevaron de vuelta a mi planta. Regresé al calor del balcón de mi cuarto. Volví a intentarlo al día siguiente, deduciendo que aquel lugar no tenía puertas reales: no había salidas y, probablemente, tampoco hubo ninguna entrada. El ilogicismo de aquellas conclusiones me dio una dulce sensación de vértigo. Me tumbé en la cama y dormí un rato. Me desperté para regresar al balcón, donde me esperaba una bandeja con una copa de zumo de naranja y un cuenco lleno de frutas rojas; granadas, fresas, frambuesas cubiertas de azúcar. Desayuné con un punto de indiferencia, mirando fijamente hacia el mar, y entonces desperté.

Pensando en el sueño que había tenido me vinieron a la mente, ya de vuelta a la razón cartesiana despierta y consciente, todas las coordenadas del lugar, nítidas y exactas. Las anoté inmediatamente. Me pareció sensato, por el realismo del sueño, decirle, en caso de que volviera a suceder, donde se encontraba el lugar; explicarle dónde había que ir a buscarme: le dibujé la playa y el edificio, le describí todos los muebles y objetos, hice un plano y anoté todas las cifras importantes para que pudiera localizarme: el número de la habitación, de la planta, la dirección completa, las latitudes. Una vez le hube explicado cómo llegar hasta el lugar donde había estado encerrada en sueños, me sentí tranquila; pero entonces desperté; salí al balcón, en una bandeja la fruta roja se marchitaba bajo el sol, las páginas del libro pasaban solas tomadas por un sutil viento y el mar silencioso oscilaba levemente hasta quedarse paralizado, como en una postal.

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Aún sin estar existiendo -de hecho mientras duermo, en alguna parte del mundo, alguien está escribiendo sobre mi irrealidad- , envuelta en mi edredón dorado de polvo de estrellas como en una crisálida, la ciudad me despierta, con cánticos fúnebres de ambulancia y coche de bomberos, que hoy en lugar de seguir la cronología espacial por la que han nacido, dan vueltas y más vueltas, mórbidos e inconscientes; al otro lado de las sirenas, suena desde una habitación ajena una canción que me grita what’s the use of your pain, y más tarde, en la duermevela, la música cambia y acaba recordándote al hablar de un hotel en California. La música de la memoria ha empezado a sonar en todos los refugios, los cafés protegidos por el vaho en sus ventanales, los grandes almacenes enemistados consigo mismos a fuerza de almacenar repetitivamente el mismo objeto a lo largo de inhóspitas avenidas, los parques, las aceras y los paisajes.

La ciudad me despierta al mismo tiempo que a las cenicientas urbanas, a las doce en punto, justo a la hora que pedí desde mi sueño y mi cuerpo sin costuras. A medianoche volveré a dormirme brazos de Morfeo; allí te siento a veces, a veces veo otras vidas, y  siempre me evado en algún andén luminoso. Entretanto, pueden recoger en consigna mi zapato de cristal; pero cuidado con los cristales rotos.

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Siento que tengas que leer esto, porque no pretendo que te sientas mal. Daño no te hará, pero de todas formas quiero que conste que eres la persona que menos querría dañar en todo el mundo. Frase tópica supongo, pero lo siento realmente así. Por eso de hecho me callé durante tanto tiempo. Por eso no te hablé enseguida de sentimientos, por eso después de haber hablado no renové mis votos, por eso guardé silencio. Por si acaso no era el momento. Por si acaso te hiciera daño la idea del amor.
Tengo que llorarte; es un proceso emocional y fisiológico que esta vez tengo que pasar sin saltarme ningún ciclo, yo que antes no tenía la lágrima demasiado fácil; y cuando me duermo exhausta y ahogada entre mis trenes de perlas y lágrimas ya silenciosas y parsimoniosas, lentas y cálidas como el placer vuelto del revés, al despertar no hay otra manera de calmar el dolor si no es llorándote escribiendo. Escribiéndote tengo que llorarte entero, desde la primera voluta irregular en tu cabello hasta el último pensamiento que has compartido conmigo. Tengo que llorarte, empezando por tus estallidos de risa, que en mi cuerpo-ánima siempre producían una revolución de gloria. En mi vida que ya estaba tan llena no viniste a darme la luz, sino a intensificarla hasta la euforia. Y ahora tengo que llorar tu risa, no puede haber una paradoja más inmensa.

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No fue rápido, pero sí por descuido, así que me marché de camino al Hades libre de toda culpa. Cruzaba la calle, sonó esa canción, me detuve una milésima de segundo y un tranvía hizo el resto. Al menos, un tranvía era lo suficientemente poético, de modo que agradecí que no me hubiera matado un autobús o un taxi. Aunque a veces me digo que quizás había sucedido antes, mucho antes, mientras dormía, sin que me diera cuenta; quizás estuviera muerta hacía mucho pero, ciega y cegada por la luz de la vida, no había sabido comprender lo evidente.
En todo caso el episodio del tranvía ya había de arrancarme del mundo sin remedio. Así que morí definitivamente y huí a una biblioteca; no era el sitio más apropiado que podía haber elegido, pero tenía tanto tiempo por delante que me pareció lo más lógico. Desde la sección de prosa neoclásica y ensayo llamé a Ángeles; su nombre, en semejante trance, sí que era apropiado. Fue la primera en enterarse de mi muerte. Fue, comprobé después de una decena de llamadas, quien se lo tomó con mayor naturalidad:
-¿Por qué no has ido a clase?
-Porque los muertos no salen a la calle.
-¿Estás muerta?, ¿cómo es que no me has invitado a tu entierro?
-No lo sé, acaba de suceder. Quiero una corona de crisantemos. Como no traigas una corona de crisantemos no aparezcas por el cementerio - dije muy seriamente, pero rió y colgó risueña, seguramente de camino a la floristería, como una moderna Señora Dalloway, no tan fúnebre como comprensiva.
Estuve leyendo durante varias horas hasta que por alguna razón tuve que huir del olor azucarado de los libros. Me asomé al portal de la biblioteca. Tenía mucho calor. Tenía las manos calientes, me arranqué el abrigo de golpe y, simplemente, aspiré el invierno.

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Lunes por la mañana, emprendo el camino de la eterna escalera hasta la entrada tapiada por complicadas obras arquitectónicas. Me deslizo en mis zapatos, me agacho entre los obstáculos y la casa me empuja hacia fuera, a plena luz, una luz extraña y subliminalmente intensa, como de otoño; la calle está desierta; mis pasos caminan sin eco, solos, y una parte de mí se ha quedado tendida en mi habitación, con un libro inclinado sobre el rostro ebrio de sueño o de insomnio.
Lunes, regreso a la calidez del aire frío que no es mío, que apenas respiro, me dirijo a un lugar o a otro como un autómata, mientras tejo palabras en mi mente que me compensen del tiempo que no puedo dedicar a la lectura.Hace frío fuera mientras mi habitación resplandece a solas en algún lugar de la casa.
Me he vestido aprisa pero con el cuidado de quien se hace una coraza más que un lugar de abrigo; llevo los zapatos del diecinueve y la gargantilla que acostumbraba llevar en el s.XV; del XX mi antiguo jersey de infancia y el abrigo del XXI que se cierra como una casa, como esta casa que se aleja mientras me dirijo lánguidamente hacia algún lugar demasiado lejano, donde no hay semiótica, ni metamorfosis ni cine asiático, sino tan sólo aulas inquietas, horas que son un poco eternas, algo vacías y siempre ajenas al infinito.

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Cuaderno. Fuente: Wikipedia

Caer en el vórtice de la memoria ajena es un viaje en el tiempo con todas las de la ley; he caído en un instante del pasado, sin necesidad de utilizar la máquina de H.G.Wells, que de todas formas aún no sé utilizar, ni la máquina de Wolf, que descansa en un rincón de mi biblioteca. Aquella tarde estaban nostálgicas; de hecho, hacía tiempo de nostalgia, un frío azul invadía la entrada con viento ácido y azúcar glass; hacía un tiempo trágico que se disfrazaba de tarde corriente.

Cuando la nostalgia de quince años de trabajo en equipo hubo inundado sus ojos y sus mejillas, sacaron los álbumes; y yo echaba un ojo por encima de sus hombros, sonriendo con sus anécdotas magnimizadas por el recuerdo. Pasaban las páginas y reconocía algunos rostros, o los adivinaba; y de pronto, en medio de una conversación que versaba sobre todo y sobre nada, apareció como un fantasma. La fotografía no se parecía a ninguna otra: tres figuras en un primer plano, entre las que destacaba, de pie, en una posición central subjetiva. Frente a la risa fotográfica y frívola de sus compañeros, captados en pleno movimiento, él estaba absolutamente quieto, con los brazos cruzados, con los ojos cerrados, sereno y libre como si su imaginación le hubiese llevado a mil años luz; pensé que tenía el don de aislarse en una isla de paz en plena multitud, y que era justo como lo había imaginado: los mismos rasgos, conservados intactos hasta hoy; la piel más blanca, o será por la luz, los labios definidos, la frente despejada. Ahí estaba, fotografiado, fijado en un instante del pasado, imberbe, silencioso, con rastros de infancia en las mejillas; firme bajo el peso de su tocado de Sioux, caracterizado con leves rayas rojas y amarillas pintadas en la frente, en las mejillas, en el mentón. No es que la fotografía haya sido tomada en un parpadeo, no, tiene de verdad los ojos cerrados; parece que dormía y soñaba, parece que un beso le cerraba la boca.

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Árbol genealógico de Morfeo. Fuente: Wikipedia

Caigo en la nebulosa onírica del sueño, en la oscuridad vacía de una novela que se escribe sola mientras duermo, que desaparece al despertar.

Justo antes de dormirme aparece la sensación conscientemente injustificada del vértigo, el vértigo falso que como el miedo apócrifo acoge más que asusta y me lleva bien lejos, en un lugar donde mi cuerpo es una constelación holográfica, donde la sábana es el universo: siento que el sueño me ha vencido y desaparezco en la particular laguna Estigia de Morfeo, el mito más realista.

Allí, en el sueño, está todo. Las pulsiones y las emociones, la memoria, la verdad. Mientras duermo, realizar los sueños propios y ajenos es tan inofensivo como viajar en el tiempo con guantes de terciopelo y el propósito de no alterar un ápice de instante. El problema quizás surja al despertar y comprender que la rutina despierta al mismo tiempo: para vencerla, hay que despertarse más quedamente, casi de incógnito; pero la caída al mundo de los vivos siempre es brusca e inesperada.

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Cómo las ganas de gritar pueden sobrevenir de la tranquilidad de la noche…; la ciudad parecía un decorado, sola, fúnebre, la ciudad, piedra y calzada, transitaba a mi alrededor, mientras yo, buscando el frío del invierno sobre mi cuerpo poco abrigado, bajo la luz roja del paraguas, permanecía quieta, escuchando mi respiración, sintiendo elevarse mis ganas de gritar en silencio entre mis brazos que no sirven para nada; sonaban voces estridentes entre el tráfico inexistente y un canto adágico se levantaba sobre los tejados; miles de estrellas brillaban ya sobre las mesas, los comensales ordenaban los cubiertos en silencio, los manteles despertaban ya con sonidos aterciopelados cuando apoyaban las copas o las manos o las palabras; ponían la mesa tranquilamente, olvidando las ganas de gritar que les había despertado por la mañana al comprender que inevitablemente otro año iba a comenzar, nueva agenda, nuevas esperanzas para todos ellos; la esperanza les da tanta pereza porque genera deseos y los deseos duelen; mientras encienden las luces del árbol en la plaza mayor, permanezco quieta bajo la luz del paraguas rojo, ebúrneo, escarlata, brillante; me ilumina en la oscuridad de las luces de ciudad puestas a fuego lento porque no hay nadie caminando por los caminos, porque la vida se ha encerrado al otro lado de las ventanas y pienso que por fortuna los años no acaban del todo, tan solo continúan en silencio.

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La luz natural, la luz del día, es una escafandra dorada a través de la que dejar vagar el mundo, en caos ordenado, como en un caleidoscopio. La palabra caleidoscopio en sí misma es lumínica, con todos sus sonidos sibiliantes y sus vocales dispuestas como las tazas en una mesa china preparada para el té. Desde que he vuelto a cambiar los elementos de mi habitación como un cubo de Rubick abrupto e irregular, la luz cae sobre mi trabajo, en oblicuidad ambarina; atraviesa mis ancianas cortinas, desfasadas quizás: y eso qué importa, necesito la luz roja que salpica a través de las rosas rojas, los destellos dorados de la tela, su caída ligera cual un vestido viejo que se ha hecho a mi cuerpo como una segunda piel. La atmósfera de la mañana me rodea ambivalente y secreta, penetrando mis persianas, pero su valiosa luz no está tan viva como la de los ojos que amas. Esa clase de luz compleja es fácil de describir, brotan las palabras en destellos azules, traspasan el papel en un instante y los lectores la leen si saber que la leen, y pasan página, aunque ahí estaba, incitando sus iris a la lectura, sumergiéndoles en el líquido dorado y pensativo.

Pero hay una tercera clase de luz, que en realidad no es tal; fría, alejada de cualquier emoción, consiste simplemente en un despliegue de efectos solares atravesando el agua; si despertara sumergida en el mar, flotando bocarriba a un metro de la superficie, ese destello es lo que trataría de respirar, y lo primero que creería poder oler y aspirar para llenar mis pulmones; sin embargo, no sería más que una quimera, el símbolo sin vida de la vida que se desarrolla fotosintética allá arriba, en tierra. Esa luz no alcanza, salvo como la superficie plateada de un espejo de ajuar, que es un reflejo deseado de futuro y todavía no una realidad tangible que calienta la piel. La luz que atraviesa el agua es luz polvorienta y autosuficiente, aunque más legítima que la luz de luna, más silenciosa que la respiración apagada del durmiente subacuático, más incluso que

Postfacio al lector: (…) y en este punto de la descripción me detuve, releí el segundo párrafo, aislándolo del resto del texto, y descubrí que en él no estaba describiendo una clase de luz, sino el silencio.

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Allí el sueño es profundo y la mañana fértil, podré descansar mi espalda como en una hamaca suspendida entre dos árboles fuertes y centenarios. Una hamaca ficiticia desprovista de vértigo y lamentaciones. No hay brisa pero tampoco hay frío; podré caminar hasta el horizonte y volver antes de la cena. En el pequeño dique junto al lago se erige la casa, me refugiaré en el pequeño desván con aspiraciones a biblioteca. Allí el amanecer predice lluvia casi todos los días y los pasos sobre la hierba se suceden como en un pasadizo; huele a invierno y a siesta, a trabajo balzaciano y coherencia sintáctica. No está demasiado lejos, ni demasiado cerca, podré recrearme en el tren durante el viaje; llevaré mucho equipaje y poca ropa, haré montañas de papeles en el jardín, como allí nunca sopla el viento no puede desordenarme el cabello, las novelas o las manos. Pasearé entre los pasillos angostos, me ocultaré en las estrechas habitaciones, habrá magdalenas en la mesa del comedor como en la novela de Proust. Allí el sueño es profundo y la mañana fértil pero los atardeceres son rojos y tristes. Unas pinceladas de gris y plata, un silencio onírico y parcial, caminos de grava que centellean sonoramente a mi paso; ya he recuperado mi vieja mesa, baja y ancha, he desenredado los cables del ordenador, he reunido libros y carpetas: me mudo al sofá rosa.

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