Archivo de la Categoría “universos oblicuos”
No le cuento tanto mis penas como él a mí las suyas. Jacqueline no ha contestado a mi carta, me dice apenado. Espera, le digo, ten paciencia. Al final Jacqueline siempre contesta a sus cartas, a sus emails, a sus mensajes, y Jérôme regresa contento a la pantalla para contármelo.
No sé cuantos años hace que no nos vemos; quizás más de veinte. Compartimos a medias un recuerdo, las aulas de un colegio de jardín de infancia al que ninguno de los dos ha asistido realmente. Y cuando hace una pausa de contarme sus amores con Jacqueline, observa una similitud superficial entre nosotros, compara fechas de nacimiento, y me pregunta si estoy segura de que no somos hermanos.Yo te recuerdo del jardín de infancia, hablabas con frenillo, tenías la misma cara que ahora y jugábamos al escondite con toda la clase en el gran árbol, tus padres eran protestantes y tenías un hermano. No recuerda del todo, pero me pregunta en qué hospital he nacido. En el de Nois, ¿y tú?, yo en el de Enreyap, me contesta decepcionado; pero aún así, eres mi hermana pequeña, añade, lo sé, le digo, y acto seguido regresa a las lamentaciones por las cartas de Jacqueline: ten paciencia, estará ocupada, le aseguro, y en ese momento recibe un email confirmando que conservo cierto sentido común, porque tengo razón. ¿Lo ves? te lo dije, le regaño maternalmente, te preocupas demasiado, Jacqueline siempre te contesta. Sonreímos virtualmente, y entonces hablamos de recetas, porque si hay algo que me ata a mi tierra helvética, es el olor de la cocina materna elaborada con ruibarbo azucarado o beschamel especiada. Vainilla de postre, siempre.
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Ágata Constantina María Décimosegunda había comprobado al fin que la palabra tenía más de dos letras; pero sus ojos acuáticos y el nerviosismo de su pensamiento le impedían leer lo que había escrito, dejándola envuelta en una nebulosa de duda morfológica, de terror semántico, de incertidumbre psicosomática.
Primero leyó nopal y se imaginó viviendo en una planta de tres metros de altura, entre los pétalos carnosos y ovalados, y la luz desértica evaporando su cuerpo de agua. Después, se dijo que quizás el orden estaba equivocado, y que la llave de la palabra, o+n, quizás formaba ‘o+u’ de souvenir en lugar de ‘no’ de nostalgia. Después, imaginó que la palabra era anodadado, pero descartó esa opción. Navegando entre las letras, incapaz de racionalizarlas, se vio nordesteando hacia él, su destinatario, como la aguja de una brújula; de camino, viajando en una noria atípica que se saldría de su eje, llegaría a la noosfera donde diagnosticarían nosológicamente su liquidificación, y una vez hubiera recuperado su cuerpo sólido saltaría hasta nova, allá en algún rincón de la Vía Láctea, donde, nostálgica, recordaría el último novilunio que pasaron juntos, noctámbulos, escuchando nocturnos, tomando vino o hidromiel. No, se dijo, no ha dicho no, ni nomenclatura, ni novedad.
Entonces, recordó que era astrónomo, empezó a sentirse más lúcida, un rayo de sol extrañamente tangente iluminaba la palabra y pensó por fin Normandía, me escribe desde Normandía, está cazando meteoros, está esperando las lluvias de perseidas, la de táuridas, leónidas y sextántidas, y cuando llegue noviembre y no llueva más volverá; y para ella fue más que suficiente; regresó a casa, serena, esperanzada, caminando ligera en su nuevo cuerpo de agua, goteando por el camino, perdiendo algunos litros de cabello y una taza de brazo, y se sentó en su sofá esperando no ser demasiado absorbida por el relleno.
Entonces fue cuando se quedó dormida.
Al despertar su cuerpo volvía a ser de carne y hueso, con una cicatriz en el muslo derecho, con la médula ósea inflamada en la pierna izquierda, con el rostro ovalado como un reloj de péndulo; volvía a sentir sus latidos irregulares por la emoción, sus ojos humedecidos por la incertidumbre, la garganta llena de palabras. Llamaron a la puerta.
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“Las despedidas a veces siempre eran agridulces amargas. Agridulce es un eufemismo que la lengua ha creado para sobrevivir, de la misma manera que “Cuando la soledad de estos retiros/vengo a olvidar tu ausencia inolvidada” es una hipotiposis.
Se habían dicho un breve adiós, al que no le faltaban letras pero sí aire para que quedase pronunciado de verdad, y cuando se encaminó ciudad abajo sintió durante mucho tiempo cómo una mirada doraba su nuca en aquel mediodía de negra tormenta; pero no se giró. Con la ropa, los huesos, los órganos y la memoria empapados, llegó hasta el andén, que era un puerto, que era una quimera, porque no quería marcharse. El tren empezó a oscilar linealmente, a la velocidad de la luz, y se sintió súbitamente aislada de la esfera terrestre. Estaba ya demasiado lejos. Se asomó por la ventanilla, esperando ver algo que le dijese dónde se encontraba, temiendo leer Venus, Orión o Sidney, pero no, el primer cartel que pudo leer desde el tren decía Viena 12 kilómetros, y la distancia intangible inimaginable solamente le pareció inmensa. Cruzó los Balcanes, cruzó la estepa rusa, cruzó ciudades de hielo y las ciudades chinas adornadas de farolillos y cantos metálicos, cruzó el mar, el mar y el mar, y al fin el tren decidió que ya la había dejado lo bastante lejos. Se apeó, con el cuerpo frágil y tambaleante de quien no se ha levantado del asiento durante días, de quien es sólo un cuerpo cuya mente ha quedado muy lejos, de quien se ha alimentado de la estridencia vibración de las ruedas bajo el linóleo rojo del vagón, ruedas de herrumbre y de ausencia. Sintió que al menos había llegado a un lugar soleado, porque un rayo cálido ondeaba en su nuca; se acarició la cabellera enredada y sintió una leve brisa, como una inspiración, como un murmullo. Entonces, por fin, se giró. Nunca supo si la había seguido o si ella misma se había alejado tanto que había vuelto a un punto de partida, pero se encontraba en una calle desconocida, y allí estaba él”.

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El paisaje más desolador de una cumbre, en la que me hallaba siniestramente esperando un medio de locomoción que me llevase de vuelta a un lugar con vida, se convertía en el pasaje más desolado de Cumbres borrascosas.
Era aquella hora que no puede decirse del día ni de la noche; el cielo se llenaba de fuego azul oscuro y nubes antracita, que evolucionaban en un extraño movimiento de retroalimentación. No había nadie; las hojas de los tilos, dispuestos a ambos lados de la cuesta que, abrupta y secular, oscilaba entre la horizontalidad y la verticalidad, temblaban tanto a mi alrededor que parecía estar envuelta en el oleaje; y no había nadie…
El frío empezaba a atravesar mi abrigo otoñal, los libros a pesar, la soledad a atormentar cada rincón de esta tierra. Después, la soledad vino a duplicarse, porque había aparecido alguien, pero alguien extrañamente oscuro, ausente, ajeno. Habiendo alguien ahí, yo seguía estando sola. Hasta que de pronto entró en escena una segunda figura, que inmediatamente asocié con la primera porque corrió hacia él como si hubiese sido una cuestión de vida o muerte: miré a mi alrededor, más atentamente; quizás estemos en estado de alerta, tal vez haya comenzado una inundación, quizás la montaña de las Letras había sido desterrada del resto de la ciudad, tal vez estemos encerrados al aire libre, quizás la tormenta iba a ser tan fatal y predecible que no merecía la pena guarecerse, tal vez nos encontremos en pleno naufragio y los tilos realmente sean olas: me he dormido en cubierta, me dije cerrando los ojos, y ahora, cuando vuelva a abrirlos, comprobaré que la nave ha chocado con un iceberg de castillos invernales, mis pies estarán empapados y trataré de secarlos, febril e incoherente porque de todas formas el agua ya estará amenazando mi garganta.
Abrí los ojos, el paisaje seguía siendo desolador, el autobús seguía sin llegar, pero estábamos en tierra firme. La soledad ya no pesaba tanto porque en cierta manera estaba escribiendo; una vez descrito el lugar, necesitaba personajes; me giré hacia ellos.
Ella iba vestida de frambuesa burtoniana; él iba de blanco como un ángel televisivo: se estaban besando lentamente. Sonreí y desvié la mirada hacia la carretera; allí, ancladas en el suelo, unas luces parpadeaban al ritmo de Bela Bartok. Volví a mirar: parecía que hacía sol justo encima de ellos que entonces jugaban al escondite entre los postes de la parada; estaban tan ensimismados que yo seguía sin existir, pero no importaba, la sensación de soledad del lugar había desaparecido; la tierra abandonada en una hora entre el día y la noche en que los estudiantes ya han huído a sus refugios particulares, si hubiera tenido voz, habría gritado ‘mientras hay vida hay esperanza’.
Unos minutos más tarde, unos kilómetros más tarde, a través de la ventanilla, la naturaleza volvió a sorprenderme; encima de un colegio anticuado, una media luna brillante y tridimensional resplandecía, y sobre ella brillaba un rayo fuerte y nítido atravesándola transversalmente; algo más cerca del suelo, pero en línea paralela a la mancha oblícua de luna en el cielo, tres focos de farola moderna producían exactamente el mismo efecto sobre un ciprés urbano.
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Afortunadamente hemos llegado a la penúltima parada; las puertas se abren y entra el frío flemático de noviembre; me inclino un poco hacia delante para recibir la mayor cantidad posible de moléculas de oxígeno; los cuatro respiradores respiran radiantes junto a la puerta; los tres errados se marchan; amanece; de pronto, veo la sombra del vehículo, y nuestras sombras enmarcadas por la sombra de sus ventanas, proyectada contra una hilera de cipreses apretados entre sí como temiendo el invierno; en verano estaban más distantes; en verano…, pero el autobús arranca y supongo que a partir de entonces el día sucedió normal, rutinaria, redundante y correctamente, porque ya se ha hecho de noche y… nada más.
Una brisa helada me roza los párpados para despertarme. Abro los ojos. Una sombra plana me mira fijamente y una sombra volumétrica me abraza: todo irá bien, dicen, ahora que has despertado.
-Por qué?, pregunto.
-Porque tú tienes las luciérnagas.
En ese momento un universo hormiguea entre mis manos. Bajo la vista, me pregunto qué ha sido de mis guantes; en su lugar, un enjambre de escarabajos dorados se pasea en la bóveda hermética formada por los dedos, transformados en nervadura arquitectónica.
-Separa más las manos-, lo hice, y los escarabajos se convirtieron en luciérnagas encendidas y opalescentes.
-¡Luz! –exclamaron al unísono.
Volví a levantar la vista; las luciérnagas doraban la intimidad de nuestro enclave, dejando todo lo demás en una oscuridad densa pero impalpable. Como nos veíamos las caras –relieves uniformes en claroscuro- hacía menos frío; el aire, al templarse, se había hecho menos aséptico, y un extraño olor llegó hasta mí: oleaginoso, esmeralda, quedo.., era un olor que olía a lluvia y a hierba recién cortada, a frutos secos, a vacío, a resina derramándose en un molde, a libro, a jardín almizclado: cipreses; y sobre ellos, nosotros, diez u once sombras de pasajeros de autobús, alter egos de lo que un día fuimos, de lo que aquella misma mañana todavía éramos –mentes de carne y hueso esperando llegar a su destino-.
Ahora solo tengo perfil, un perfil sin piernas, aunque tampoco tengo prisa ni siento impaciencia, dolor o miedo.
-Cupressus sempervivens- recitaron repetidamente, todos a la vez, como si lo hubiesen hecho durante siglos-. Pero no era una salmodia mágica, sino un mecanismo de defensa, cantaban el nombre latino del ciprés porque era lo único que, pensaban, podría servir de algo.
Me dejo llevar por el sueño placentero de la simpleza existencial hasta que súbitamente comprendo la llaneza insoportable de mi nueva vida y deseo con todas mis fuerzas regresar a la hora de madrugar o a la hora del insomnio.
-Deseo que ésto sólo dure hasta el amanecer.
-Silencio- me contestan las otras sombras al unísono- si lo dices en voz alta…
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No habría sido demasiado temprano si hubiese estado en un tren camino de algún lugar más frío que éste. Era demasiado temprano porque estaba en un autobús, mirando nerviosa el reloj y comparando sucesivamente mi percepción del tiempo, la hora real y la hora potencial a la que había de comenzar la primera clase.
Durante un viaje en autobús se crea un microclima y una sociedad paralela, aunque efímera e intangible porque en cuanto empezamos a familiarizarnos con los rostros y sus costumbres, todo se desvanece: última parada, dispersión como hormigas a la llegada del oso hormiguero del relato de terror. Pero precisamente, ese anonimato, y esa transitoriedad, es lo que permite que nos observemos un poco unos a otros, por detrás de las gafas, de los libros, de las bufandas. Es posible que, más que intuir, más que aprehender, imaginemos a los otros, en mayor medida que en un contexto más dinámico.
Balanceados por las ondulaciones sísmicas de la máquina del espacio, había tres personas impacientándose: los tres, igualados por el error –por haber entrado en el autobús equivocado o por haber pasado su parada-, llevaban un abrigo azul cyan que resaltaba su palidez, y sus seis manos bailoteaban en los bolsillos; a través del tejido, jugaba a adivinar unas viejas entradas de cine, un pañuelo-memorando más ornamental que práctico, lápices miniaturizados y mordidos, caramelos de menta, papel garabateado, libros prestados, botones, ansiolíticos, hojas secas, polvo, tierra.
Agarrados a las verticalidades rojas cerca de la puerta, cuatro desconocidos unidos por la necesidad de aspirar grandes bocanadas de aire frío, que penetraba el autobús como la luz de un ascensor cuando por fin se abrían las puertas.
Amontonados en todos los rincones, grupos hilando despreocupadamente conversaciones matutinas que versaban sobre estadística y poesía, sobre el tiempo y el ansiado olor a café, sobre los hábitos mecánicos y las aversiones irracionales de la hora del despertar.
Mientras tanto, dejo vagar la mirada y el oído, captando inesperadamente esos fragmentos de conversación durante los silencios del hilo musical, mirando como si fuera un paisaje el murmullo de los amantes sentados frente a mí, apretando una contra otra mis manos enguantadas, hasta que la mezcla de sueño, calefacción y lana eleva un calor casi febril hasta mis mejillas.
Afortunadamente ya hemos llegado a la penúltima parada.
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Hacía un día gris cuando los Grey se despertaron, todos al mismo tiempo, golpeados en su oneirismo por una inmensa bola de demolición adelantada a su tiempo, que parsimoniosamente demolía la casa verde esmeralda, la misma que hasta aquel preciso instante siempre había coronado la calle. Se levantaron precipitadamente porque la densa tempestad de polvo comenzaba a depositarse sobre los muebles; aunque ya estaban espolvoreados con aquella especie volátil de azúcar glass que desprendía la casa esmeralda al derrumbarse, decidieron cubrirlo todo con sábanas viejas y grises, para evitar males mayores.
La señora Grey miraba su salón, que parecía listo para una mu-danza macabra y decía: El polvo quedaba mucho mejor. Pero ya estaba hecho, y se sentaron a desayunar en la mesa enterrada bajo sábanas viejas; la luz entraba por las comisuras de la persiana, diurna pero casi lunar, y se preguntaron si algún cambio astronómico había operado una metamorfosis sobre su planeta.
Más tarde, la señora Grey hizo un pequeño recorrido por la casa, para comprobar que debajo de las sábanas todo estaba en orden: por la noche tendrían invitados. Sacó de la despensa unas latas de sopa de setas de tono antracita claro y paradójico que hacía destacar la vajilla buena, una fuente llena de ostras frescas, su collar de perlas y su vestido de seda gris.
Mientras tanto, en la sala, el señor Grey ojeaba el periódico hasta que unos rayos de sol atravesaron el tópico del cielo plomizo; el señor Grey se acercó a la ventana y miró cómo las ondulaciones doradas se estremecían contra la corteza plateada de los álamos; detrás de uno de ellos, la casa derruida todavía humeaba polvo y desencanto: una bañera yacía, inclinada como un barco hundiéndose, en el lugar donde hubo una majestuosa entrada; entre los escombros, centenares de destellos de lo que había sido una inmensa lámpara de araña decoraban la atmósfera con destellos grisáceos; hipnotizado por el espectáculo, le dieron las diez. La lengua gris y monótona del reloj de péndulo marcó la última nota, y el timbre sonó. El señor y la señora Grey acudieron a abrir la puerta; los niños, como un enjambre de abejas doradas, salieron precipitadamente de debajo de las mesas y de los muebles altos, donde habían construido universos lunares aprovechando la caída de las sábanas en los cuatro puntos cardinales: cascadas de tela algo traslúcida dispuesta para recibir habitantes y, entre los habitantes, sombras chinescas.
Los invitados invadieron el salón.
-¡El señor Earl Grey! -exclamó Juan Gris a modo de saludo- Su casa parece un cuadro cubista…
Earl Grey miró su salón enlutado de blanco como si fuera la primera vez.
Edgar Allan Poe interrumpió la introspección mobiliaria de su anfitrión: me alegra volver a verle -dijo -después de tantos años.
-Hemos cambiado enormemente-se lamentó el señor Grey-, me pregunto si el señor Elvis Greysley habrá terminado ya su máquina del tiempo…
-Mientras tanto, ‘el cabello gris es el archivo del pasado’-y como Poe tenía cierta razón, se sentaron a la mesa sin añadir nada al momento del reencuentro.
A la hora de los postres, Edgar Allan Poe y Juan Gris tomaron un trozo de tarta de arándanos, sorprendentemente cromáticos en aquel ambiente plomado . Earl Grey se conformó con una taza de café. Juan Gris no podía creerlo: el Earl Grey que conocía nunca había tomado café.
-Ahora que ya no vivimos en nuestra caja de té metálica, sino detrás de esta baldosa, ya no merece la pena-explicó Earl Grey.
-Ya nada tiene sentido -añadió la señora Grey como quien habla del tiempo- y se giró, enternecida, hacia los niños que, ocultándose de nuevo bajo los muebles, regresaban a la luna.
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Como sugería René Magritte en este lienzo, cuando llueve no solamente llueve el cielo, llovemos todos; porque cambia el claroscuro de las habitaciones y también se tamizan las luminiscencias metafóricas, es decir, una suerte de luz interior que emana de la palabra y las acciones.
Ayer hablábamos en estas páginas de nuestro deseo de
lluvia.
Deseo concedido.
A consecuencia de ello, el primer té de la estación -desteinado con crema, dos cucharadas de azúcar-, la búsqueda frenética de la ropa azul que proporciona la temperatura intermedia precisa, la ventana abierta y el olor a hierba, a tierra, a sueño, los pasos en la casa sonando como pasos fantasmales y las habitaciones envueltas en la gabardina húmeda de las ventanas; los libros de poesía están abiertos por la palabra lluvia pero no encuentro el poema perfecto a causa de la torpeza de mis manos que prefieren atender a la tormenta; pero en alguna parte de su obra, Théophile Gautier dijo: Moi, j’écoute le son de l’eau tombant dans l’eau (yo escucho el sonido del agua cayendo en el agua).
Como toda manifestación acuática, sufre a veces fenómenos especulares: al otro lado del espejo, el desastre; tejados de bibliotecas que se hunden, túneles que se anegan, viajes que fracasan, rutinas que se rompen, horas que se ensachan.
En alguna parte de su obra, Charles van Lerberghe dijo:
Puis, vient le soleil qui essuie,
De ses cheveux d’or,
Les pieds de la Pluie.
(Después viene el sol que seca,
con su cabello dorado
los pies de la lluvia).
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¿Nitidez fotográfica o impresionismo? La crítica ha clasificado a Gustave Caillebotte (s.XIX) como pintor impresionista, también debido a que participó en exposiciones de los pintores impresionistas, de los que también fue mecenas; ¿qué opinan de su pincelada?
…Pincelada a pincelada o en un acceso tormentoso, quiero un poco de lluvia en la ciudad, monotonía de lluvia en los cristales*. ¿Porqué todos corren a guarecerse -cosa que también hago a veces, aunque sea por el recuerdo decimonónico de una neumonía- cuando llueve, si el refugio es la propia lluvia? (pregunta retórica).
La lluvia es como un inmenso grito gradual y sutil. Algo que parece brotar de los mismos pulmones. Aprovechando el impulso de grito que ya sube y sube hasta nuestras gargantas, la lluvia se convierte en una novela, en evasión, en andén, en dimensión paralela. Transfigura nuestros espejos y nuestros muebles, la luz de nuestras habitaciones y el claroscuro: el volúmen, la densidad de las cosas, el paso del tiempo.
Dijo en una ocasión el teórico literario R. Barthes: “¿Las palabras, qué son? La lluvia dirá más al respecto”: teórico literario y, sin embargo, estas palabras no las ha recogido de sus lecturas literarias sino de su trabajo de documentación en la palabra espontánea de los genios no literarios: Schubert dixit.
Siempre que un genio de la música ha hablado de la palabra, lo ha hecho desde un prisma absolutamente diferente al que usamos el resto de los mortales; y si todos, saturados de silencio, podemos escuchar la lluvia como una cadencia rítmica, es decir, como una forma de música, me pregunto -y les pregunto- si los músicos, colmados de música, escuchan la lluvia como una forma de silencio…
*(A. Machado. )
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No voy a hablar de Renoir, aunque ha sido mi pintor preferido en la adolescencia, aunque su pincelada es inimitable, aunque haya pintado lienzos no impresionistas en sus ratos libres.
Voy a hablar de mi escritorio, o mejor dicho, de debajo de mi escritorio.
Lánguidamente sentada frente al ordenador, dejo que mis manos bailoteen sobre los bolígrafos, las teclas, el ratón, completamente ajena a ellas. Viajo sin moverme de la silla a una ciudad llamada Octopus -eso me pasa por inventarme ciudades-, pero algunos aspectos no encajan con los personajes A y B, y no empiezo a escribir nunca. Es decir, no empiezo a escribir en este minuto, ni en el siguiente, ni en el siguiente, ni en el siguiente. Tal vez en el siguiente.
Como mi yo material está abandonado a su libre albedrío, una pierna se balancea sobre la otra y de pronto clong (u onomatopeya similar): vuelvo a la realidad, intrigada.
En el suelo está la cuerda, abandonada y agonizante hasta que dentro de unas horas vuelva a anestesiarla con la aguja que sostiene el violonchelo; tiene un asa metálica: el ruido que me ha despertado al fin se explica. Regreso a Octopus, y al cabo de unos minutos, clong (u onomatopeya similar). Compulsivamente ociosa -o mejor dicho, ávida por desviar un momento la atención del capítulo 11-, levanto la cuerda: tendré que pasarle un trapo porque tiene trozos de pintura…, e inmediatamente me pregunto porqué; me asomo debajo de la mesa y observo. En un primer instante, nada. Después, reparo en una grieta geométricamente correcta, cuadrangular, regular, levemente estriada como un cardiograma, pero sólo levemente, alrededor de una baldosa naranja del zócalo. Acerco lentamente la punta de la sandalia, y golpeo: clong (etc).
No puedo evitar recordar la escena de la película “Amélie”, en la que deja caer el tapón de su colonia, que va a rodar contra un azulejo y lo levanta, y ya saben lo que sigue.
Analizo la situación:
a. sabiendo que esa baldosa lleva sujeta entre mi pared y otros azulejos con una argamasa doméstica que ya ha aguantado cien o ciento y cincuenta años, detrás puedo encontrarme con:
a1: un esqueleto de rata, de araña migala, de muñeca de porcelana, es decir, nada demasiado útil y sobre todo nada demasiado agradable
a2: un puñado de rubíes o, mejor, un diario, un montoncito de cartas o de fotografías. A saber…
Ya encontré en casa hace muchos años un colgante verde con flores blancas insertadas y con iniciales que concordaban con las mías en cierta manera. También encontré algo que había perdido en esta ciudad hace veintiún años, en unas esporádicas vacaciones, pero esa es otra historia.
b. es posible que en el interior no haya nada, salvo:
b1: polvo
b2: telarañas
b3: espacio, donde pueda guardar algo que alguien encontrará dentro de otros ciento cincuenta años y entonces no habrá balanceado en vano sus piernas contra el zócalo.
Sin embargo, existe una tercera posibilidad: independientemente de lo que haya en el interior, es decir, objetos tipo a o circunstancias tipo b, podría simplemente no levantar la baldosa: así contendría para siempre lo que yo quisiera imaginarme -y lo que cada uno de vosotros quiera mientras dure la lectura-, y así guardaría esa sensación de víspera o de regalo no desenvuelto guardado en un cajón.
Claro que es sólo una tercera opción. Cito el guión de “Amélie”: “Les temps sont durs pour les rêveurs” (son tiempos difíciles para los soñadores).
Decidme: ¿levanto la baldosa, o no?…
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