De todas formas tenía que pasar por el mismo sitio para ir a casa; el error estuvo más bien en detenerme en el semáforo del paso de peatones que cruzaría para regresar a la suya; un error anecdótico y sin grandes consecuencias: el semáforo llegó a ponerse en rojo y en verde una docena de veces antes de que lograra marcharme al fin, de modo que llegué un poco tarde allá hacia donde me dirigía, eso es todo, -y todo por cortesía-, rió.
Un par de horas antes, la conversación, improvisada, inesperada, había sido fluida e interesante; me enteré de que me parecía a una actriz, demasiado conocida como para querer parecerme a ella, y que tenía aspecto de gustarme el canto lírico, asunto que desmentí más que nada porque no era cierto. Hablamos de libros, de cantautores, de chicos, de recetas, de Inglaterra, de videojuegos vampirescos, de los enanos de jardín de Amélie Poulain, de nuestras respectivas novelas en ciernes, del relato corto, de atajos para escribir -como inspirarse en los sueños-, de las editoriales, de la suya en particular, de que su popularidad era real pero su extroversión sólo fachada (”mi timidez es tan enfermiza que con el paso de los años se ha convertido en todo lo contrario, es cuestión de supervivencia”), de su infancia deliberada y metafóricamente solitaria porque no le gustaba jugar con los demás, ni colorear, sino inventarse historias, decía. Era difícil, en algunos pasajes de su discurso, distinguir entre la sinceridad más pura y la estrategia razonada que utilizaba para construirse como personaje -quizás en todo momento fuesen ambas cosas-.
Ya lejos de la cafetería oscura iluminada por el humo, lejos de dos asépticas infusiones, nos dispusimos a despedirmos en el ya mencionado semáforo; y entonces me confesó algo que no me esperaba ni por asomo: mientras yo miraba el reloj inquieta, mientras me reía no obstante por sus constantes bromas, me dijo, en un extraño, quizás excesivo, arrebato de empatía, es que no puedo parar de hablar, con cada tema se me abren ramificaciones y con cada ramificación más ramificaciones, anoto mentalmente lo que tengo que contarte, lo que quiero contestar a lo que me cuentas, conversaciones así sólo las he tenido con otra amiga y con él, pensaba que el resto de la humanidad no era capaz de tener una conversación conmigo, por el placer de hablar por hablar, así que de un brochazo has salvado la humanidad y siguió hilando palabras con toda naturalidad, tejiendo lo que ya se había convertido en un monólogo. Son palabras textuales, en la medida que un lustro de pasado me permite recordarlo con mayor o menor nitidez; y quien me conoce lo sabe, para bien o para mal suelo recordar con nitidez. Como breve epílogo, curiosamente, además de haber sido nuestra primera verdadera conversación, también fue la última; supongo que habíamos hablado demasiado de una sola vez.
La memoria, precisamente, es la culpable de que una se acuerde de anécodotas intrascendentes como ésta, y que las redacte para entretener a sus escasos lectores; la memoria es la culpable de que estén leyendo estas palabras, porque recordé que ya había salvado la humanidad aquella vez cuando hace unas horas un lector llamémosle anónimo me amenazó de la manera más original e incomprensible que había oído nunca: “o escribes, o me doy a la absenta”; y teniendo en cuenta que la absenta, el líquido esmeralda o la fée verte, contiene un 89′9º de alchool, ahí van estas palabras; espero que su supuesto efecto balsámico, que no acabo de encontrar, no decepcione demasiado el horizonte de expectativas. A veces uno encuentra sus lectores en el lugar más inesperado; en gente que nunca te ha leído y probablemente nunca te leerá, y en quienes simplemente te leen con buenos ojos. A veces salvas a la humanidad, son cosas que pasan, seguro que os ha pasado; pero a veces te preguntas cuando vendrá la humanidad a salvarte.







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18 Febrero 2008 a las 2:50 am
Hablando de extranos que aparecen abruptamente para salvar el dia, vine a encontrarme hoy con un comentario tuyo en mi blog. Habia dejado de escribir al descubrir que solo mis amigos me leian en lo que inerprete como un acto de cortesia de su parte. Disfrute mucho esta entrada y quiero agradecerte por motivarme a volver a mi blog, por salvar mi amor por la palabra escrita.
18 Febrero 2008 a las 9:51 pm
Florie, salvar a la humanidad es salvarse a uno mismo.
Nos leemos seres que no tenemos nada en común, no el país, no la edad, no los gustos, nos leemos porque nos vemos reflejados en lo que queremos decir o simplemente nos dejamos arrastrar por las palabras que van formando sinfonías en nuestros ojos. Te leo porque me gusta leerte, no hay otra causa, no hay más razones que esas, me gusta leer a la gente inteligente, me gusta leer a aquellos que piensan, me gustan las palabras, me gusta el color con que las pintas, me gusta salvarme a través de tu palabra. Una vez más, es un agrado leerte. Patricia
18 Febrero 2008 a las 11:32 pm
Qué decirte a estas alturas…solo que rozas la perfección cuando hablas de cosas tan cercanas, que en muchas ocasiones sirven para verte reflejado en una frase o una palabra. Y eso no tiene precio.
19 Febrero 2008 a las 2:48 am
Gracias a los tres por venir a tratar de salvarme; porque no soy yo la salvadora, ni lo son mis palabras; sois vosotros con vuestra presencia. Nos leemos. Florie
17 Abril 2008 a las 3:11 pm
ta shidooooon
zaludillos a todos los d Lampa
zhaooooo