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Aún sin estar existiendo -de hecho mientras duermo, en alguna parte del mundo, alguien está escribiendo sobre mi irrealidad- , envuelta en mi edredón dorado de polvo de estrellas como en una crisálida, la ciudad me despierta, con cánticos fúnebres de ambulancia y coche de bomberos, que hoy en lugar de seguir la cronología espacial por la que han nacido, dan vueltas y más vueltas, mórbidos e inconscientes; al otro lado de las sirenas, suena desde una habitación ajena una canción que me grita what’s the use of your pain, y más tarde, en la duermevela, la música cambia y acaba recordándote al hablar de un hotel en California. La música de la memoria ha empezado a sonar en todos los refugios, los cafés protegidos por el vaho en sus ventanales, los grandes almacenes enemistados consigo mismos a fuerza de almacenar repetitivamente el mismo objeto a lo largo de inhóspitas avenidas, los parques, las aceras y los paisajes.

La ciudad me despierta al mismo tiempo que a las cenicientas urbanas, a las doce en punto, justo a la hora que pedí desde mi sueño y mi cuerpo sin costuras. A medianoche volveré a dormirme brazos de Morfeo; allí te siento a veces, a veces veo otras vidas, y  siempre me evado en algún andén luminoso. Entretanto, pueden recoger en consigna mi zapato de cristal; pero cuidado con los cristales rotos.

2 Respuestas a “Cuaderno de bitácora 28.2”
  1. Makiavelo John dice:

    ¿Zapato de cristal, Cenicienta, Rock californiano..?

    La ciudad guarda muchas incognitas.

    Saludos.

  2. Patricia dice:

    Así son a veces las calles y las ciudades, guardan sus olores ruidosos para quién tenga el olfato de la sensibilidad más despierto, también son así las cenicientas, más vivas. Un abrazo,

    Patricia

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