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No habría sido demasiado temprano si hubiese estado en un tren camino de algún lugar más frío que éste. Era demasiado temprano porque estaba en un autobús, mirando nerviosa el reloj y comparando sucesivamente mi percepción del tiempo, la hora real y la hora potencial a la que había de comenzar la primera clase.
Durante un viaje en autobús se crea un microclima y una sociedad paralela, aunque efímera e intangible porque en cuanto empezamos a familiarizarnos con los rostros y sus costumbres, todo se desvanece: última parada, dispersión como hormigas a la llegada del oso hormiguero del relato de terror. Pero precisamente, ese anonimato, y esa transitoriedad, es lo que permite que nos observemos un poco unos a otros, por detrás de las gafas, de los libros, de las bufandas. Es posible que, más que intuir, más que aprehender, imaginemos a los otros, en mayor medida que en un contexto más dinámico.
Balanceados por las ondulaciones sísmicas de la máquina del espacio, había tres personas impacientándose: los tres, igualados por el error –por haber entrado en el autobús equivocado o por haber pasado su parada-, llevaban un abrigo azul cyan que resaltaba su palidez, y sus seis manos bailoteaban en los bolsillos; a través del tejido, jugaba a adivinar unas viejas entradas de cine, un pañuelo-memorando más ornamental que práctico, lápices miniaturizados y mordidos, caramelos de menta, papel garabateado, libros prestados, botones, ansiolíticos, hojas secas, polvo, tierra.
Agarrados a las verticalidades rojas cerca de la puerta, cuatro desconocidos unidos por la necesidad de aspirar grandes bocanadas de aire frío, que penetraba el autobús como la luz de un ascensor cuando por fin se abrían las puertas.
Amontonados en todos los rincones, grupos hilando despreocupadamente conversaciones matutinas que versaban sobre estadística y poesía, sobre el tiempo y el ansiado olor a café, sobre los hábitos mecánicos y las aversiones irracionales de la hora del despertar.
Mientras tanto, dejo vagar la mirada y el oído, captando inesperadamente esos fragmentos de conversación durante los silencios del hilo musical, mirando como si fuera un paisaje el murmullo de los amantes sentados frente a mí, apretando una contra otra mis manos enguantadas, hasta que la mezcla de sueño, calefacción y lana eleva un calor casi febril hasta mis mejillas.
Afortunadamente ya hemos llegado a la penúltima parada.

3 Respuestas a “Cupressus sempervirens (primera parte)”
  1. edu dice:

    jejeje gracias por recordarme lo que sentia cuando iba a clase en el autobus!! la verdad es que se le llega a coger cariño a la gente que se monta habitualmente, luego te los encuentras por la calle y dices: me suena esa cara. Despues de dos horas, ya en casa o en clase dices: anda! claro! es la mujer que solia montarse en el autobus ^^

  2. Florie dice:

    jaja, es verdad; sin ir más lejos, el otro día en clase les dije a unos compañeros nuevos que me sonaban mucho sus caras, les pregunté de qué clase nos conocíamos, y me contestaron: del autobús.

  3. La linterna trágica » Cupressus sempervirens (segunda parte) dice:

    [...] comentarios Florie on Cupressus sempervirens (primera parte)edu on Cupressus sempervirens (primera parte)Paula on Perspectiva desde acueducto (al atardecer, al [...]

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