Perspectiva desde acueducto (al atardecer, al amanecer y en contrapicado)
Escrito por: Florie en ficción, relatos improvisados“Ágata Constantina María Décimosegunda corría hacia el acueducto; todos los conocidos de Ágata Constantina María Décimosegunda pensaron que iba a poner fin a su vida, pero su rímel fluía tan languideciente, su vestido era tan horriblemente nuevo y sus brazos estaban tan inútilmente vacíos, que no tuvieron el impulso natural de correr a detenerla hasta pasados unos minutos.
Siento romper el suspense tan pronto, pero he de decir ahora mismo y ni un segundo más tarde que Ágata Constantina María Décimosegunda no tenía la menor intención de arrojar su cuerpo endeble al otro lado del acueducto, allí donde el vacío se volvía azul al entrar en contacto con el límite de la superficie del agua. Ahí abajo, dijeron sus ojos asomados entre una cabellera de Medusa asediada por el vendaval, las ondas del río parecen olas de mar y las ondulacines me invitan a dormir: no se habría arrojado, pero sí se habría quedado durmiendo sobre el lecho de algas. En ese momento decidió resucitar a Frank Kafka que a su vez resucitaría a Ulises que con su silencio resucitaría las sirenas, que le darían una cola de pez con la que nadar pero sin arrebatarle la voz; enseguida abandonó ese proyecto, no porque la tumba de Kafka estuviera demasiado lejos, no porque la de Ulises estuviese en algún lugar indeterminado y probablemente ficcional, sino porque no hacía falta dar semejante rodeo: ella ya no necesitaba tener voz : porque su cerebro acababa de viajar a miles de kilómetros en un avión postal (que, esperaba, no se perdería como el Malabar Princess), impreso sobre decenas de papel de carta; y la respuesta a la carta, había dicho él, vendría por el río. Era precisamente aquel deje de romanticismo la razón por la que se encontraba fatalmente inclinada sobre la cornisa del acueducto, armada con un antiguo catalejo, entre dorado y oxidado, tratando de descubrir sobre en el espejo acuático el lugar donde su amante habría inventado un enigma críptico y cómplice.
La noche cayó sobre el agua, y también todo el peso de la astrofísica. Esperó a la mañana.
Despertó sentada contra la cornisa, metafóricamente desmembrada, transida de frío, pálida, avioletada, agotada de entusiasmo, sonriente: volvió a vigilar el agua; a la deriva, un barco inmenso de blancura navegaba tormentosamente; Ágata Constantina María Décimosegunda focalizó su mirada con el catalejo: en efecto, era un barco de papel doblado; su pulso se aceleró de tal modo que si hubiese pasado cerca un lujoso transantlático o un barco fantasma, habrían despertado su más honda indiferencia.
Con la mirada fija sobre el trabajo de papiroflexia, trató de leer las palabras negras que se transparentaban; más que palabras, veía letras; más que Letras, dos letras, sólo dos letras, y por más que las reordenara en su cabeza, el puzzle era horrendosamente triste: con esa o y aquella n, le pareció que la única palabra que podía formar, en coherencia con el contexto, era ‘no’. Su mente gritó dos cosas, unos versos de Nelligan, Un silence a plu dans les solitudes proches, y un extraño sonido de agua fría que invadía sus oídos mientras los latidos de su corazón se convertían en algo parecido a pasos penetrando una catacumba ajena en pleno y sepulcral invierno.
Su cuerpo se desvaneció, se licuó y resbaló por las ciclópeas columnas, hasta el fondo algodonoso de las algas.
Fue en forma de ola y bajo una inmensa cabellera de espuma que el viento volvía a agitar, esta vez con menos vehemencia, como accedió al barco de papel: lo destrozó con los dedos temblorosos para abrirlo y leyó entonces algo más de dos letras; no era una frase completa como ‘no me olvides’ o ‘no llegues tarde’, sino dos letras que iniciaban una palabra, que el azar había escondido cruelmente en una doblez infranqueable: con la hoja húmeda entre las manos, lloró; miró su cuerpo de agua verde, miró su rostro de agua reflejado en el agua, y se preguntó qué sería de ella misma que ni estaba viva ni estaba muerta”.
Antes de continuar, les propongo una pregunta lúdica: ¿cuál era la palabra que realmente estaba escrita en el barco de papel?







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10 Octubre 2007 a las 8:06 pm
Normandía
12 Octubre 2007 a las 7:41 pm
En realidad las letras que Ágata Constantina María Décimosegunda pudo leer en aquel papel, no se correspondían con un “no”, si no con el “ou” perteneciente a la palabra “souvenir”
8 Febrero 2008 a las 10:23 pm
ola en realidad las letras de agata son guapisimas
8 Febrero 2008 a las 10:24 pm
olaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa
10 Febrero 2008 a las 10:55 pm
Gracias y bienvenida