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“Adelaida no tenía imaginación. Se lo habían reprochado siempre. Es un reproche futil porque tener imaginación no tiene importancia, decía en su defensa. Para sobrevivir, hay que tener sentido común, decía y yo lo que quiero es sobrevivir, nada más.

Es posible que lo que sucediera a continuación la hiciera cambiar de parecer. Si no, dirán, no estaría escribiendo sobre esto. La cuestión es que estalló la tormenta.

Salió de la plaza en dirección al paso de peatones más cercano, y allí se detuvo, mirando fijamente el semáforo en rojo, y aguantando que la tormenta se derramara sobre ella como una gabardina acuática y absurda. El agua estaba penetrando lentamente, atravesando sus huesos que sentía como de arena húmeda, bañando sus ridículas sandalias de verano plateadas, cenicientas, de cenicienta de media tarde, y el vestido de otoño cubierto por una bufanda que había arrancado de su armario en el último momento antes de salir de casa, por alguna clase de presentimiento meteorológico desacertado.

No pasó mucho tiempo, quizás sólo segundos, hasta que alguien pusiera una cúpula de plástico transparente sobre su cabeza, enlazando su brazo y conduciéndola silenciosamente hasta su casa. Pasaba por aquí dijo sencillamente, pero apretaba su brazo como si además de la primera fuese la última vez; Adelaida adivinó y le arrastró suavemente hasta un rincón de una plaza abarrotada y allí en medio de la multitud, cuando dos cafés cayeron ruidosamente sobre la mesa, todo se hizo silencio y su conversación se encerró en una clepsidra que dejaba escapar el tiempo gota a gota en una mezcla de lentitud y velocidad frenética. Dejó de llover, esperaron en silencio, como temiendo que el hechizo se hubiese desvanecido y finalmente, ella se anudó la bufanda, se apoyó en la mesa para levantarse, y él se subió la cremallera de la chaqueta y abrió el paraguas. Volvía a llover, una gota, dos, tres, ninguna, una dos, y caminaron en silencio; entonces, un inmenso estruendo y un coro de bocinas apocalípticas llenaron la atmósfera hasta saturarla: Adelaida despertó. En la ventanilla de un coche, el conductor le hacía señales para que cruzara de una vez. Adelaida levantó la cabeza, gruesas gotas cayeron sobre su rostro llenándolo de lágrimas.

Cruzó la calle entre el estertor de los vehículos impacientes y corrió hasta casa. Una vez allí, se sentó a pensar en lo que había pasado, la primera ensoñación consciente que había vivido. Intentó dejarse llevar por el olor a café y el silencio tácito pero enseguida volvió a despertar. Había comprendido al fin el mecanismo de la imaginación; pensó, secretamente aliviada, que podría volver a ponerlo en funcionamiento cuando quisiera. Pero no era suficiente. Al otro lado del ventanal, estallaron truenos cruzados de relámpagos luminosos y opalescentes. Se acercó al teléfono y levantó el auricular”.

Y con estas líneas, se terminó la ficción por ahora, mañana, quizás, paisajes.

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