
Aquella mañana era demasiado soleada -según mi repertorio de tópicos asumidos- para semejante espectáculo: al salir de casa, me había encontrado por el camino con una paloma muerta y, algo más allá, con un saltamontes en la misma y desoladora situación. Triste, demasiado triste.
Afortunadamente la balanza se reequilibró en cierta manera, con un encuentro casual en un escenario concurrido y público, es decir, al estilo de una escena de Jean-Pierre Jeunet. En los grandes almacenes, bajo las inhóspitas luces de neón, una mujer vestida y pintada de verde como un leprechaun elegante, se me acercó con la temible intención de vaporizarme a saber con qué nuevo perfume químico lleno de methylparaben y otras sustancias tóxicas, hábiles contenedoras de fragancias de laboratorio. La situación dio un vuelco cuando mi madre dio un paso y saludó el duende con dos besos: era amiga suya. Fue entonces cuando empezaron a hablar de las peripecias trágicas y veterinarias de nuestros respectivos gatos; y fue así como supe de la historia más inverosímil y cierta que había oído en días.
Sus hijos estaban bien, dijo, pero su gato de once años no tanto; y como yo no estaba puesta en antecedentes, hizo un esbozo de la historia desde el principio.
En alguna ciudad existente, hace unos años, la gata de un feriante había tenido una camada y uno de los gatitos había nacido con una estructura orgánica un tanto especial: era ciego, tenía dos narices superpuestas, la cabeza un poco trapezoidal y, como se supo algo más tarde, los órganos dispuestos caóticamente en el interior de su felino cuerpo, al que se refiere como rompecabezas.
Resultó que la fotografía de aquel gato ciego y con deformaciones congénitas era la imagen de una extraña criatura que parecía mirar la cámara dulcemente, con el ademán sereno, la cara redonda y suave con un toque algo surrealista a causa de sus ojos totalmente negros -y sorprendentemente expresivos- y sus cuatro orificios nasales. Era bonito, estaba sano salvo por achaques de vejez y era feliz, porque lo habían salvado de pasar su vida, que sin duda habría sido breve, expuesto a las burlas y quizás al maltrato entre bastidores de la feria que, un siglo antes, recordaba, gustaba de exponer monstruos al público ávido de frankensteins naturales, vivos e indefensos.
Revista de Cultura | Blogs LdF | Foro LdF
|
|
|
3 Respuestas a “Felinología (I)”
Deja una Respuesta
|
|







Entradas (RSS)
26 Septiembre 2007 a las 3:19 pm
Posdata: los que posan en la fotografía son mis gatos personales en mi sofá rosa, así que desgraciadamente no aparece el gato del que hablo.
26 Septiembre 2007 a las 6:36 pm
Jajaja no se si intentabas hacer reir con esta mini-historia, pero lo has conseguidoooo!! me he reido
pdt:puede que algunos interpreten que esta historia no tiene ni pizca de gracia, pero a mi la forma en la que está relatada me hace reir ^^ ¡captas la atención del lector!
26 Septiembre 2007 a las 6:43 pm
jajaja, gracias! Bueno, en realidad la historia resulta en sí misma tragicómica, puede hacer reír (de hecho la dueña del gato lo cuenta como una gracia) tanto como llorar (porque no quiero pensar qué hubiera sido del gato sin ellos), o por lo menos eso me pareció cuando me la contaron porque, sí sí, todo está totalmente basado en hechos reales.