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Con las manos peligrosamente perfumadas al cloro -ya se sabe, las alergias no se piden por catálogo, surgen y ya está- evoluciono alrededor de la piscina contorsionándome hasta encontrar la perspectiva más rara. Salta el flash, y ya está. Mi cámara de carrete tradicional recién rescatada del olvido envuelve de misterio la imagen que hace un segundo era un fragmento más de la realidad. Algún día revelaré estas fotografías y para entonces su claroscuro me será extraño y desconocido.
La memoria es tan misteriosa como el agua.

En aquella manifestación doméstica, el agua era una inmensa mancha azul, tan azul que parecía artificial, y a medida que la tarde caía sobre la superficie líquida, se iba densificando hasta parecer tinta china. Pero el movimiento ondulatorio seguía su ritmo cardíaco incansablemente, oscilando entre la compacidad plástica y la fluida ingravidez: el agua que observas durante toda la tarde deja de ser una masa acuática y trivial y se convierte en un ente barroco y semivivo, en un frankenstein paradójico de la belleza sencilla, hipnótica hasta el infinito.

Una Respuesta a “Fotografiando el agua”
  1. Florie dice:

    Por cierto, si alguien -sí Dabolina, me refiero a ti- quiere comentar algo de un ‘ovni’ con cierta modificación orto-semántica, adelante!

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