
No voy a buscar muy lejos una alternativa, los días que me canso de series pseudo-intelectuales, de escuchar música clásica y de cenas tradicionales y ecológicas.
Una bolsa de ositos de goma Haribo, una tristísima balada en alemán puesta en repeat -y cuya letra cambia a cada audición porque voy jugando con las analogías fónicas-, la ventana abierta con Septiembre materializado invadiendo la habitación: me da un poco de frío porque llevo a conciencia los shorts de algodón blanco y la camiseta amarilla con una máquina distribuidora de chicles que dice ‘the sweetest bubbles’; burbujas de frío, el dulce agosto hace su última aparición -porque agosto deseó experimentar otra vez el frío catártico de diciembre- en forma de memoria confusa por el tiempo infinito y el calor; y a escribir.
Porque a veces, para emprender las cosas serias -y para mí el final del capítulo 10 es algo muy serio-, se recurre a hábitos primitivos, que incluso se remontan a la infancia.
¿No es paradójico?







Entradas (RSS)
13 Septiembre 2007 a las 8:08 pm
QUé curioso, parece que tengo una cámara secreta. Ahora mismo estaba comiendo golosinas, y eso qu casi nunca como (es lo que tiene el estudiar)
13 Septiembre 2007 a las 8:11 pm
A mí ya se me han acabado :S
Tampoco suelo, solamente en nochebuena, en casos de abatimiento profundo o cuando se bloquea un capítulo. No sirven para nada, pero huelen bien junto al ordenador.
25 Enero 2008 a las 4:07 am
Activa reminiscencia del Pasado Vivido, muy proustiano.
Nota al pasar: Acá los ositos de gelatina se llaman Yummys (Todavía existen , ¿o siempre existieron?… )
Aquileana
25 Enero 2008 a las 4:15 am
Ay, Proust, el master de la memoria… Y hablando de la memoria, yo creo que los ositos de gelatina, Haribo, Yummys, etc, siempre existieron o al menos debería ser algo inherente a la intimidad de las cocinas (y de los tarros prohibidos en la estantería más alta de las alacena
)