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antigua caja de té de la marca Earl Grey. fuente: wikipedia

Hacía un día gris cuando los Grey se despertaron, todos al mismo tiempo, golpeados en su oneirismo por una inmensa bola de demolición adelantada a su tiempo, que parsimoniosamente demolía la casa verde esmeralda, la misma que hasta aquel preciso instante siempre había coronado la calle. Se levantaron precipitadamente porque la densa tempestad de polvo comenzaba a depositarse sobre los muebles; aunque ya estaban espolvoreados con aquella especie volátil de azúcar glass que desprendía la casa esmeralda al derrumbarse, decidieron cubrirlo todo con sábanas viejas y grises, para evitar males mayores.

La señora Grey miraba su salón, que parecía listo para una mu-danza macabra y decía: El polvo quedaba mucho mejor. Pero ya estaba hecho, y se sentaron a desayunar en la mesa enterrada bajo sábanas viejas; la luz entraba por las comisuras de la persiana, diurna pero casi lunar, y se preguntaron si algún cambio astronómico había operado una metamorfosis sobre su planeta.

Más tarde, la señora Grey hizo un pequeño recorrido por la casa, para comprobar que debajo de las sábanas todo estaba en orden: por la noche tendrían invitados. Sacó de la despensa unas latas de sopa de setas de tono antracita claro y paradójico que hacía destacar la vajilla buena, una fuente llena de ostras frescas, su collar de perlas y su vestido de seda gris.

Mientras tanto, en la sala, el señor Grey ojeaba el periódico hasta que unos rayos de sol atravesaron el tópico del cielo plomizo; el señor Grey se acercó a la ventana y miró cómo las ondulaciones doradas se estremecían contra la corteza plateada de los álamos; detrás de uno de ellos, la casa derruida todavía humeaba polvo y desencanto: una bañera yacía, inclinada como un barco hundiéndose, en el lugar donde hubo una majestuosa entrada; entre los escombros, centenares de destellos de lo que había sido una inmensa lámpara de araña decoraban la atmósfera con destellos grisáceos; hipnotizado por el espectáculo, le dieron las diez. La lengua gris y monótona del reloj de péndulo marcó la última nota, y el timbre sonó. El señor y la señora Grey acudieron a abrir la puerta; los niños, como un enjambre de abejas doradas, salieron precipitadamente de debajo de las mesas y de los muebles altos, donde habían construido universos lunares aprovechando la caída de las sábanas en los cuatro puntos cardinales: cascadas de tela algo traslúcida dispuesta para recibir habitantes y, entre los habitantes, sombras chinescas.

Los invitados invadieron el salón.

-¡El señor Earl Grey! -exclamó Juan Gris a modo de saludo- Su casa parece un cuadro cubista…

Earl Grey miró su salón enlutado de blanco como si fuera la primera vez.

Edgar Allan Poe interrumpió la introspección mobiliaria de su anfitrión: me alegra volver a verle -dijo -después de tantos años.

-Hemos cambiado enormemente-se lamentó el señor Grey-, me pregunto si el señor Elvis Greysley habrá terminado ya su máquina del tiempo…

-Mientras tanto, ‘el cabello gris es el archivo del pasado’-y como Poe tenía cierta razón, se sentaron a la mesa sin añadir nada al momento del reencuentro.

A la hora de los postres, Edgar Allan Poe y Juan Gris tomaron un trozo de tarta de arándanos, sorprendentemente cromáticos en aquel ambiente plomado . Earl Grey se conformó con una taza de café. Juan Gris no podía creerlo: el Earl Grey que conocía nunca había tomado café.

-Ahora que ya no vivimos en nuestra caja de té metálica, sino detrás de esta baldosa, ya no merece la pena-explicó Earl Grey.
-Ya nada tiene sentido -añadió la señora Grey como quien habla del tiempo- y se giró, enternecida, hacia los niños que, ocultándose de nuevo bajo los muebles, regresaban a la luna.

 
   
5 Respuestas a ““Greysland””
  1. Florie dice:

    Posdata:
    He levantado la baldosa -gracias :) a todos por vuestros comentarios en la entrada ‘La baldosa de Amélie Poulain (fantasía lúdica II) - y detrás había un pequeño muro gris y algunas ramitas…

    La cita de Edgar Allan Poe pertenece al relato “Manuscrito encontrado en una botella”.

    Agradecimientos a Elvis Presley por los dos “préstamos lingüísticos”…

    Por cierto, en el muro gris había una pequeña puerta. Hacía mucho frío. Recogí las ramas e hice un ramo un poco extraño; se lo ofrecí al señor y la señora Grey cuando al fin abrieron la puerta; me invitaron a pasar y encendieron el hogar con las ramas en lugar de dejarlas en el jarrón de porcelana china de la entrada, pero tuvieron el detalle de invitarme a tomar el té: creo que era su última bolsita. A cambio, he prometido no volver a golpear la baldosa cuando balanceo las sandalias frente a mi escritorio, porque desde dentro, retumba de tal manera que parece una bola de demolición anticipada a su tiempo; he podido comprobarlo personalmente e incluso he tenido que ayudar a sujetar los candelabros sobre el piano durante un acceso de temblores casi sísmicos: lo que nunca sabré es quien golpeaba desde mi escritorio mientras yo estaba al otro lado de la baldosa…

  2. Gotardo dice:

    Seguro que era el cabrón del gato.

  3. Florie dice:

    Jajajajaja, ¿cuál de los cinco? (o quizás el gato negro de Poe, jeje).

  4. Paula dice:

    Florie, es un verdadero placer leerte. Puedo verte como una pequeña Alicia atravesando el muro gris y tomando plácidamente el té.

  5. florie dice:

    Muchas gracias Paula :)

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