Entré quedamente en la habitación de la muerta. Entreabrí los labios para despejar una exclamación que me quemaba la garganta, pero me hicieron una señal: tres dedos sobre tres pares de labios; callé. La habitación vivía, ya autónoma y salvaje, como en la quietud de un lugar cualquiera después de una tormenta. Todos los objetos eran vestigios de vida. La camisa azul doblada sobre la escalera de la biblioteca; una novela del siglo XIV, bocabajo. Una mandarina. Una botella de licor esmeralda, llena. Una columna de vinilos, Dvorak, Marie Laforet, Elgar y su concierto de chelo (tercera versión), Adamo, Schumann, Haydn, “La muerte y la doncella” de Schubert y sonatas de Shostakovich. La agenda abierta por el mes de febrero. La agenda abierta, por el mes de febrero. Un vaso de agua medio lleno. Un diccionario en miniatura donde las palabras carecían de sentido y una manta roja, yaciente al borde de la cama. Después de la primera etapa de curiosidad al conocer de forma obligada la intimidad doméstica de una desconocida, pregunté si por fin podía marcharme. Se giraron todos para mirarme: sentimos mucho su pérdida. Les miré atónita, me devolvieron la mirada. Lo sentimos mucho. Me giré hacia la desconocida; tendida sobre el diván, estaba muy seria. Pulmonía, dijeron unos, y el término médico me sobresaltó. Me llevé la mano a la garganta, la dejé caer hasta los pulmones, y entonces otra voz dijo Nada de eso, simplemente cayó, agotada de melancolía; quizás solo esté dormida. Ya que, con tácitas tan disuasorias como la cortesía conversacional y el protocolo de luto, impedían que me marchase, me acerqué a la desconocida. Analicé su rostro, la caída de los párpados, el trazado de las venas en el cuello; miré su rebeca roja desabotonada, los anacronismos de sus pulseras, el reflejo de crepúsculo en la triste sien dormida, la cicatriz blanca y estrecha. No había duda, la muerta era yo misma.








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