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Desde el ordenador donde escribo la entrada de esta noche, los veo. Están de pie, trémulos al sol, formando un semicírculo. Al principio, no los reconocí, en su inmovilidad. Forman un bloque homogéneo, visten como para ir a la misma fiesta, sonríen por turnos. Se conocen. Apoyado contra los rosales está Andrés, con las manos caídas sobre los pantalones color de desierto, dirigiendo la conversación con sus aires de periodista consumado; ahora ha sacado las manos a la intemperie, las agita expresivamente, Sofía se ríe a carcajadas bajo su peinado caoba y lacio; abrigo negro, maneras de fuera, acaba de girarse para dar la espalda al sol. Fabiana ha cogido su sitio, se apoya escarlata junto al brazo de Andrés, silenciosa y observadora. Cuando empieza a hablar, lo hace tan queda y lentamente que todos desvían la atención hacia ella y escuchan; la pequeña argentina cruzada de brazos, su hermana gemela imitándola fielmente, se apoyan en la hierba con una pose de estatua sometida a los cambios climáticos, la una se abraza con frío, la otra bailotea paradójicamente para despejar el calor; son dos caras de una misma moneda, se terminan las frases, se dirigen al mismo punto. Junto a ellas, mirando contemplativo, está Carlos, que desaparece por momentos en la timidez de una bufanda de rayas y asiente a todo lo que dice María con una risa infantil y cómplice. Al fondo, una desconocida, vestida de blanco, divide la conversación en dos grupos, a ratos; desde aquí parece más grande que Andrés pero será cuestión de perspectiva. Fabiana se aleja del grupo y todos se giran para mirarla, camina unos pasos y saca varios litros de cabello líquido del cuello de su abrigo. Andrés la mira como abrazándola-díselo ya, pienso- y me deleita observar desde aquí sus intercambios sociales, sus filias y sus -pocas- fobias- . Miro fijamente para saludarlos, notan mi mirada y se giran. Agitan las manos con una sonrisa, sonrío. Nos hemos despedido hace veinte minutos y me he separado del grupo para venir a escribir. Necesito mi dosis de escritura cada tanto tiempo, y cuando la necesidad impera es mejor no dejarla esperar. Los miro mientras escribo jugando a tomar café invisible en un simulacro de jardín, y en unos minutos regresaremos al silencio de las aulas donde una voz que se divierte en sus propias modulaciones de impaciencia o pasión literaria alternativas, que detiene las explicaciones para distanciarse en anécdotas íntimas de escritores muertos, que explica el siglo diecinueve a nuestra masa de cabezas reclinadas sobre folios blancos en vías de extinción.

2 Respuestas a “La tranquilidad de las mañanas de otoño”
  1. Spender dice:

    ¿Qué sería de nosotros si no pudiésemos escapar el tiempo justo para escribir?

  2. Florie dice:

    Es una gran pregunta…

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