Me pregunto dónde ha ido a parar mi -ininteligible- escritura barroca. Aquella que apenas se entendía pero que era mía, desde que fui Blancanieves o Lluviazul bajo las sábanas convertidas en bosque, en el capítulo de la infancia en que empecé a autoabastecerme de novelas y malos versos; añoro aquella escritura compulsiva que no necesitaba materializarse en el papel y que superaba a veces la densidad del mundo sensorial. Hay días que tengo ganas de escribir, pero no siempre lo hago, porque todo está aquí dentro, escribiéndose. Leyéndose.
A veces obstaculizan mi lectura. Descubro que las mismas criaturas que son capaces de mantener complejas conversaciones sobre cicatrices, son las que te observan al atardecer con ojos desencriptadores y te preguntan qué te pasa, deteniendo tu soliloquio, tu lectura del mundo, sometiéndote a cierto análisis en voz alta de tu estado de ánimo, o de tu propio subconsciente, que a causa del cansancio físico ha aflorado sin que te dieras cuenta, haciéndote decir verdades en prosa. Sólo estoy cansada, pero la preocupación amistosa se le desborda e insiste: sólo estoy cansada, aseguro, ya es de noche, no puedo concentrarme cuando me dan instrucciones para la cena, tengo las manos heladas, desencantadas, los párpados pesados, pereza, hambre, mi cuarto está triste, la música también, es el otoño, que persiste, pero ha sido un día bueno, he tenido tiempo para estudiar mitología, madrugar ha sido catártico -milagro-, estoy leyendo García Márquez, ha hecho calor a mediodía, ay ese olor a tabaco y a sueño, diciembre es agosto del revés, el vestido de lana me envuelve, me protege, y además tengo cuatro días para leer.
-Pareces una canción de Sabina -interrumpe, no sé en qué parte de mi discurso lo parezco, pero a estas horas puedo ser muy crédula.
He estado escribiendo en la bañera, mientras el frío me moldeaba en el espejo como una estatua marmórea de fondo de jardín -a estas horas de la noche, me gustan los tópicos y me acuerdo de Machado-. Entretanto, la caldera -me gusta la palabra caldera porque proviene de una casa polvorienta y gris antes que de un diccionario etimológico- hacía agonizar mi fuente de dríade desterrada del submundo acuático, en cromatismos que oscilaban radicalmente de ardiente a cálido a templado a frío a helado. Es un frío que me templa el espíritu, pero al mismo tiempo se exalta como un sollozo ahogado.
El río frío se deshace en el desagüe como lluvia, tejidos empapados tiemblan almidonados a mi alrededor, no es momento de aspirar al nirvana -al que no aspiro-, porque deseo que haga calor, deseo oír de fondo el ruido del té burbujeando sobre el fuego, deseo la caída de las mantas sobre mi cuerpo estremecido de duermevela, deseo la televisión diciendo en voz baja No es siempre Shakespeare pero es genuino, es una vida, deseo.







Entradas (RSS)
3 Enero 2008 a las 4:45 pm
No sé como escribías antes cuando no estabas “contaminada” con lecturas más ortodoxas, pero ahora escribís de puta madre!. Un saludo
3 Enero 2008 a las 5:00 pm
jajaja, muy amable, un saludo!
7 Enero 2008 a las 2:41 pm
Siseñor, siseñor…
y casi me entran ganas de creer que usted tiene menos de treinta años, Florie, para cambiar la negativa sensación que me dan los jóvenes españoles.
feliz Reyes, desde otro país
Reloj
7 Enero 2008 a las 7:01 pm
Tengo 25, pero es confidencial. Feliz año Reloj
9 Enero 2008 a las 5:56 pm
Qué bien! Me has alegrado el día
9 Enero 2008 a las 10:09 pm
Anda, jaja, y eso por qué?