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No fue rápido, pero sí por descuido, así que me marché de camino al Hades libre de toda culpa. Cruzaba la calle, sonó esa canción, me detuve una milésima de segundo y un tranvía hizo el resto. Al menos, un tranvía era lo suficientemente poético, de modo que agradecí que no me hubiera matado un autobús o un taxi. Aunque a veces me digo que quizás había sucedido antes, mucho antes, mientras dormía, sin que me diera cuenta; quizás estuviera muerta hacía mucho pero, ciega y cegada por la luz de la vida, no había sabido comprender lo evidente.
En todo caso el episodio del tranvía ya había de arrancarme del mundo sin remedio. Así que morí definitivamente y huí a una biblioteca; no era el sitio más apropiado que podía haber elegido, pero tenía tanto tiempo por delante que me pareció lo más lógico. Desde la sección de prosa neoclásica y ensayo llamé a Ángeles; su nombre, en semejante trance, sí que era apropiado. Fue la primera en enterarse de mi muerte. Fue, comprobé después de una decena de llamadas, quien se lo tomó con mayor naturalidad:
-¿Por qué no has ido a clase?
-Porque los muertos no salen a la calle.
-¿Estás muerta?, ¿cómo es que no me has invitado a tu entierro?
-No lo sé, acaba de suceder. Quiero una corona de crisantemos. Como no traigas una corona de crisantemos no aparezcas por el cementerio - dije muy seriamente, pero rió y colgó risueña, seguramente de camino a la floristería, como una moderna Señora Dalloway, no tan fúnebre como comprensiva.
Estuve leyendo durante varias horas hasta que por alguna razón tuve que huir del olor azucarado de los libros. Me asomé al portal de la biblioteca. Tenía mucho calor. Tenía las manos calientes, me arranqué el abrigo de golpe y, simplemente, aspiré el invierno.

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