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pieza predilecta, Suite para violonchelo solo, nº1, en sol mayor: preludio, de Bach. Este es un manuscrito de Anna Magdalena Bach. Fuente: wikipedia.

Hace muchos años, un amigo que no era Borges se perdió peligrosamente en el camino de la ciencia ficción, abandonando por un momento su exagerada racionalidad cartesiana habitual, para elaborar la teoría -tomada prestada a retazos de sus excesivas horas de lectura (no exagero)- de que cuando uno toma una decisión se abren dos caminos potenciales. En el estricto campo de la metáfora puede resultar muy interesante, e incluso tener cierta lógica; sin embargo, iba mucho más lejos, afirmando que en cierta manera esos caminos paralelos, esas decisiones potenciales no elegidas, se desarrollaban paralela -u oblicuamente- a la realidad que conocemos.

No he podido evitar recordar la arriesgada teoría ayer por la tarde cuando, de camino a casa con ocho kilos de chelo y todo su atrezzo a cuestas, me pregunté qué habría sido si lo hubiera sabido antes.
Saber qué. Pues que si hubiese comenzado a tocar el chelo un 15 de noviembre de 1988 -quizás un 10 de septiembre de 1989 me habrían dicho algo tan espeluznante como: esta partitura que estás estudiando ahora, normalmente se prepara en quinto grado. ¿Qué derecho hay de decirme semejante cosa a estas alturas de la vida? Si esta clase de cosas sucede una tarde de 2007, una siente que es demasiado tarde, y que en algún momento ha tomado una decisión errónea: por ejemplo, la de empezar por aprender a tocar el piano.
Aunque por supuesto, todo es muy relativo; que consiga sacar algunas notas de este instrumento no quita mi episodio de progresiva apatía con el piano hace muchos años y mi estrepitoso fracaso con el violín; que consiga dominar una partitura no significa en absoluto que ya domine la madera. Mi interpretación todavía se manifiesta sin ninguna clase de adorno, sin vibrato o apenas, sin esa suavidad vehemente que caracteriza una pieza de chelo bien tocada. Todo es relativo. Pero precisamente por eso puedo permitirme hacerme esta pregunta: ¿qué hubiera sucedido si hace veinte años hubiera pensado en el chelo? Un instrumento que, por cierto, no recuerdo en absoluto cómo acabó irrumpiendo en mi existencia; conservo el vago recuerdo del verano de los veinte años y una composición llamada El cisne de Camille Saint-Saëns (por cierto, antes de El cisne, recomiendo encarecidamente su Aquarium, que no tiene nada que ver con el chelo) y también un comentario que hice en el coche, en la calle San Antón, a los quince o dieciseis años: cuando deje de torturarme con el violín, quizás pruebe con el violonchelo (como diciendo ’si sobrevivo al violín soy capaz de cualquier cosa’: por cierto, no sobreviví) e inmediatamente después me pregunté de dónde había salido semejante idea. Sigo sin saberlo; y me temo que tampoco sabré qué habría sucedido si hubiese comenzado a tocar antes, mucho antes.
No hablo de haberme preparado para ser concertista: teniendo en cuenta las coordenadas A y B, y A’, creo que es un trabajo que me habría causado más sufrimiento que satisfacción personal. Hablo simplemente del sendero bifurcado en el que me habría volcado en este instrumento, en el que le habría dedicado estas dos-que-se-convierten-en-cinco horas diarias desde hace diez o quince años, en el que habría superado mi timidez selectiva en las extenuantes audiciones del conservatorio, en el que ahora podría dar clases de iniciación a gente con más talento -o directamente a gente con talento- y a niños obligados por sus padres, que no saben la suerte que tienen al haber recibido un chelo en sus manos con cierta precocidad cronológica.

Porque es un placer simplemente sentir esa tensión en el trapezoide y cálidos escalofríos de esfuerzo muscular recorriendo el dorsal, observar en los dedos las pequeñas heridas que son fruto del trabajo, ver cómo el mástil se destiñe poco a poco y cómo mi cuerpo va cediendo ante ese cuerpo de madera que se arrellana contra mí como si tuviera diez años de sueño acumulado: a veces cierro el anillo de brazos que evolucionan espasmódicamente al compás de la partitura, dejo que el silencio nos invada y me abrazo a él: la madera sigue vibrando, y me pregunto cómo es esa otra yo que en una realidad paralela ha empezado a tocar veinte años atrás, una versión de mí misma que quizás también siente, pero con razón, cómo su garganta se llena de lágrimas inoportunas por la mera emoción de una frase melódica que se va alejando poco a poco, muy lentamente, de la interpretación malograda.
A veces pienso que me pasaría el resto de mi vida encerrada en la habitación, matemáticamente concentrada en la partitura, con los dedos oscilando gravemente tratando de encontrar el milímetro exacto, cuidando con mimo cada movimiento, como si la vida se me fuera en ello. Me pregunto qué habría sido si hubiera descubierto esto antes de caer bajo el dominio de la palabra, de la esclavitud consentida a las letras, y me hubiera sumergido en un lugar donde la realidad se sostiene platónicamente a través de las notas negras, blancas y redondas, corcheas, fusas, semifusas, y nada más.

Pero toda moneda tiene dos caras: ser chelista consiste en ser Jacqueline Du Pré como mínimo -es un deber moral para con el chelo-, que se atrevía a tocar su Stradivarius -viajó con ella más de sesenta mil kilómetros- con un vestido blanco cubierto de ilustraciones de bicicletas y un collar de perlas, inmersa en un universo de ataques pseudo-epilépticos, que destilaba genio en cada semitono, que a los veinte años interpretaba la pieza de madurez de Elgar sin partitura, que era un músico de verdad, hasta tal punto que, como dijo su compañero Daniel Baremboim: somos músicos hasta tal extremo, para bien o para mal, que en vez de darnos las buenas noches tocamos Brahms.
Ser chelista es ser Jacqueline Du Pré o nada, y yo no lo soy, así que creo que seguiré escondida por aquí, jugando en el silencio de la escritura, olvidando ese camino bifurcado. ¿Cuál es el tuyo?

4 Respuestas a “Senderos que se bifurcan”
  1. Gotardo dice:

    La teoría de tu amigo no es arriesgada, es totalmente cierta, se llama Física Cuántica. En un universo paralelo tú eres concertista.

    Yo, como Einstein, no creo en la Física Cuántica, o al menos no del todo, así que supongo que por más que se bifurque un camino siempre tomo la misma decisión. Osea, que de todo un paradigma de posibilidades yo soy el factor común, osea, que soy el centro del Universo. A que molo.

  2. Florie dice:

    :D. Me encanta.
    Posdata: claro que molas, y mucho más.

  3. EseChandler dice:

    Cuando un camino no se bifurca… malo. Puede indicar que se ha llegado a un callejón sin salida.

    La salsa de la vida es elegir, bifurcarse, crecer. Lo que has hecho hasta ahora es lo que te ha llevado a ser lo que eres. Quizá no seas Jacqueline, pero el mérito no es “llegar a ser como” sino simplemente ser. No olvides tu camino.

    Por cierto, siento haber tenido olvidado el mío, aunque ahora que lo he retomado, me ha llevado a cruzarlo con el tuyo.

  4. Florie dice:

    Gracias por tu comentario EseChandler.
    Pero lo dejas en pleno suspense, ¿cuál es el camino que dices haber retomado? por tu entrada deduzco que es la escritura, cuéntanos

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