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Fuente: wikipedia
Como sugería René Magritte en este lienzo, cuando llueve no solamente llueve el cielo, llovemos todos; porque cambia el claroscuro de las habitaciones y también se tamizan las luminiscencias metafóricas, es decir, una suerte de luz interior que emana de la palabra y las acciones.

Ayer hablábamos en estas páginas de nuestro deseo de
lluvia.
Deseo concedido.
A consecuencia de ello, el primer de la estación -desteinado con crema, dos cucharadas de azúcar-, la búsqueda frenética de la ropa azul que proporciona la temperatura intermedia precisa, la ventana abierta y el olor a hierba, a tierra, a sueño, los pasos en la casa sonando como pasos fantasmales y las habitaciones envueltas en la gabardina húmeda de las ventanas; los libros de poesía están abiertos por la palabra lluvia pero no encuentro el poema perfecto a causa de la torpeza de mis manos que prefieren atender a la tormenta; pero en alguna parte de su obra, Théophile Gautier dijo: Moi, j’écoute le son de l’eau tombant dans l’eau (yo escucho el sonido del agua cayendo en el agua).

Como toda manifestación acuática, sufre a veces fenómenos especulares: al otro lado del espejo, el desastre; tejados de bibliotecas que se hunden, túneles que se anegan, viajes que fracasan, rutinas que se rompen, horas que se ensachan.

En alguna parte de su obra, Charles van Lerberghe dijo:
Puis, vient le soleil qui essuie,
De ses cheveux d’or,
Les pieds de la Pluie.

(Después viene el sol que seca,
con su cabello dorado
los pies de la lluvia).

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