No soy una máquina sin vida ni emociones. No soy una Galatea mitológica. Pero Elena no debe de saberlo: parece que piensa que no tengo vida propia, porque pretende que escriba aquí y en su lugar lo que pasa por su cabeza. Necesito desahogarme de alguna manera me dijo, y acto seguido me pidió que le prestara mi voz. Es algo que no puedo hacer; pero puedo escribir hasta la saciedad si es necesario; si no es necesario, más aún; y creo que la palabra es un derecho; no es algo que se pueda negar.
Quedamos en que en estas páginas se llamaría Nélida, porque así preservaríamos su anonimato. Nélida es una variante de Elena que significa cualquier cosa salvo Elena. Así es la lengua, o lo que sea que influya en los nombres propios, y así es Elena.
Habla, dije-y sonó un extraño eco-, haré cuanto pueda.
Es un dolor aquí dentro; se debe a la inmaterialidad de la presencia, no sé si me entiendes. No sé si me explico: un instante está ahí, sentado frente a mí, sentado a mi lado, y estoy despierta; pero súbitamente, ya estoy lejos, y entonces el dolor de la ausencia me atraviesa de golpe. El paso del tiempo me lo arrebata en los encuentros breves. Así de sencillo. Física o Kant, no lo sé; no importa demasiado, la sensación es demasiado real para filosofar sobre ella. No es un dolor demasiado intenso, no es un estado de ánimo excesivamente trágico. Es darse cuenta de que el silencio es tan inmenso que me ensordece, que me invade por los ojos, que anula mi piel; porque mientras estoy caminando por la calle, alejándome, cuando ya ni las ciudades ni las estaciones me tocan, mientras camino hacia lejos, no mucho, pero lo suficiente como para notar como el hilo de Ariadna vibra hasta romperse, mientras él no está ahí para mediar entre el mundo y yo con palabras cotidianas, con su risa, con su mirada grave, es como si el universo me llenara para dejarme vacía en un segundo. Tengo que recuperar toda la memoria en un instante, recuerdo, y al mismo tiempo, la nada se abre un hueco a través de mí. Cierro mi mano y no hay más que aire. Cierro mi mano y no hay más que aire. Creo que no puedo seguir adelante con esto de desahogarme, no tengo más palabras que decir. Él es lo inefable. Con los ojos me pidió que le pidiera que callara. Lo hice. Un largo silencio se instaló en la casa. Tomé algunas notas, sin mediar palabra.
Creo que lo has hecho bien, Elena: tu palabra es la de todos; también lo es tu dolor .







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4 Marzo 2008 a las 5:20 pm
Dile a Elena que opino igual que tu, su palabra es la de todos, también lo es su dolor. Sólo que cuesta entenderlo.
Florie, te dejé un agradecimiento por la recomendación que me hiciste, sobre el libro de la almohada, ¡¡me encantó!!, gracias.
4 Marzo 2008 a las 5:53 pm
Tengo la sensación de estar viendo como tu talento y tus palabras van creciendo en significado sin perder la belleza con la que me enganchaste.
Y, como Patricia, estoy de acuerdo con cada una de tus palabras: lo que le pasa a uno le pasa a casi todos.
8 Marzo 2008 a las 8:47 pm
Patricia: se lo diré
Por cierto, aún tiemblo ante la impresión que me causó tu post : ) , gracias a ti por haberlo leído.
Spender: mil gracias por seguir leyendo…
un fuerte abrazo para los dos