Archivo de Julio 2007
Rochus Misch formó parte del cÃrculo más cercano de Adolf Hitler hasta el 30 de Abril de 1945, cuando el jefe alemán se suicidó en el búnker de la CancillerÃa de Berlin, con las tropas del Ejército Rojo a unos cientos de metros de distancia y el generalato del reich saliendo por piernas o manchando los pantalones. Rochus Misch, que aún vive, afirma en un reportaje publicado el domingo en XL Semanal: «No puedo relacionar los recuerdos del jefe estupendo que conocà con el monstruo que pintaron después de la guerra. Son dos imágenes que mantengo separadas». Además, añade: «Hitler fue muy serio y educado hasta el final . Siguió celebrando reuniones diarias, a las que cada vez acudÃan menos colaboradores. Hasta los últimos dÃas confió en que las potencias occidentales se enfrentarÃan a los soviéticos, lo que permitirÃa resistir un poco más a los alemanes».
Misch añora a Hitler y no parece que sea por nostalgia polÃtica, sino personal. El que fue führer alemán parecÃa tener ese grado de simpatÃa y comprensión que caracteriza a los lÃderes fructÃferos, una bondad que usó con celo para conseguir sus objetivos polÃticos y bélicos. Entre los recuerdos que Rochus Misch guarda de aquellos dÃas en el búnker están la grotesca escena del desubrimiento del cadáver de Hitler, el miedo a presenciar su cremación en el patio trasero de la CancillerÃa; pero el recuerdo más impactante el del silencio, un silencio que describe como incómodo. Sin duda este silencio fúnebre es una manifestación serena de la tensión interna de los últimos momentos, una muestra de la sangre frÃa necesaria para llevar un conflicto bélico hasta el extremo con la aceptación de sus últimas consecuencias.
El retrato humano que Rochus Misch conserva de Adolf Hitler no está en absoluto reñido con el desprecio general hacia su figura y su ideologÃa. En la pelÃcula El hundimiento (Oliver Hirschbiegel, 2004), aparecen unas imágenes de Traudl Junge, secretaria de Adolf Hitler durante los últimos años del führer, en las que afirma: «Por supuesto, las cosas horribles que oà en el juicio de Nuremberg, como que habÃan matado a 6 millones de judÃos y otras razas que fueron asesinadas, me afectaron muy profundamente. Pero no veÃa su relación con mi propio pasado. Estaba contenta de que no se me pudiera culpar personalmente y de no haber sabido esas cosas. No era consciente del alcance de aquello».
La primera postura que defienden los allegados de Hitler es, obviamente, su propia inocencia, el desconocimiento absoluto del holocausto; aunque no llegan a condenarlo, quizás -o seguramente- por convicciones polÃticas, quizás por la fe ciega que inspiraba el dictador, quizás por ambas cosas. Hilter, desde luego, no era ni mucho menos un loco. Encaja mejor en el papel de genio, un genio muy cabrón, sÃ, pero de una claridad mental inusual. La peligrosidad de Hitler no es solamente la de un estratega o la de un psicópata, sino la de una persona con las ideas tan claras, la dicción tan hábil y la personalidad tan medida que era capaz de convencer a cualquiera. El reto de acercarse a su ideologÃa va más allá de tener estómago para tragarse el ideal de la raza aria, el rechazo total por la compasión y ese abismo inhumano en el que una manera de pensar empieza a resultar repulsiva, es un reto a los ideales propios, un desafÃo a la inteligencia y a los valores morales en los que estamos educados -distintos de los que promulga el nazismo-, al fin y al cabo, requiere una capacidad de desarrollo moral que no tuvieron ni Rochus Misch ni Traudl Junge ni los que aún hoy dÃa enarbolan esvásticas como quien lleva la camiseta de un equipo de fútbol.
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A lo largo de esta semana, a raÃz del toque en pista entre Fernando Alonso y Felipe Massa y de los posteriores toques ya fuera de pista, algunos medios se han entretenido en recopilar las diferencias más o menos polémicas que el español ha tenido con otros pilotos. Según nos cuenta la prensa deportiva todos estos roces se deben a la clara superioridad de Alonso sobre cualquier otro ser vivo que pise el asfalto -aunque uno ya no se fÃa de una prensa deportiva que cambia radicalmente el discurso sobre la selección de fútbol en cuestión de tres semanas -. Poco aficionado a los deportes, y sin embargo gran amante de la televisión y del sensacionalismo, he descubierto esta semana que Fernando Alonso está prácticamente solo: ni lo miman en su equipo ni tiene buenas relaciones con los pilotos, incluso es posible que en su barrio lo miren con recelo. Él lo adereza con una visión un tanto prepotente de la situación y, claro, la prepotencia repatea, y más cuando es irrevocable. Qué caro es el precio de la superioridad, de la hegemonÃa, de la razón.
En más de una ocasión, gracias a la inestimable envidia y arrogancia de los músicos de regional preferente de esta ciudad que se hace llamar Granada, he podido escuchar los más indignos churreteos de placeta zaidinera de boca de alguno de los miembros del sector cultural de nuestra urbe: ése es un chulo, te mira por encima del hombro, va de musicazo, y los demás somos mierdas, es para partirle la cara. Lo que pasa, claro está, es que cuando alguien está por encima, está por encima y no hay más que hablar, tiene licencia para ser chulo, por humillante que parezca, o lo reconoces o te das con un canto en los dientes. Habértelo currado tú, amigo. Parece inevitable que en el vértice de la pirámide intelectual se desarrolle cierta arrogancia, cierta incapacidad para aceptar las negativas, que se lo digan a Jaco Pastorius, que perdió la vida por chulearle a un portero de discoteca. Aunque yo dudo: ¿no será que, como Li Bai, nos venden sus biografÃas ensalzadas con capÃtulos de autosuperación y lucha encarnizada contra el destino?.
Tomando como referencia esta incomprensión del virtuoso, el mediocre tiende a fingirse incomprendido cuando, en realidad, al mediocre se le entiende perfectamente y por eso se le ignora. A veces parece que la tragicomedia de la vida tiende a hacer dramatizar a los payasos de poca monta. Ya lo decÃa mi idolatrado Nacho Vegas: «todo el mundo fantasea con una muerte dramática», porque parece que para vivir la vida necesitamos testigos que refrenden nuestra existencia, nos gusta llamar la atención porque las miradas ajenas nos elevan a pequeños altares, queremos sentir la soledad del ganador a toda costa, queremos ser Jim Morrison, Marilyn Monroe, Charles Bukowski o jodernos la vida de cualquier manera.
Como decÃa Boris Vian -jamás olvidaré esa frase-, «me parece mezquino sentir un dolor que no conduce a la muerte», ese dolor anÃmico del perdedor solitario, esa autoindulgencia inmunda de quien estira el cuello y levanta la barbilla a la vez que desafina o sencillamente se tropieza andando por la calle, esa autocompasión mediocre de quien no ha sabido hacer nada más que esperar, de quien apenas a realizado un ápice de trabajo, trabajo que algunos llaman talento, esa melancolÃa imbécil de quien quiso quedarse con la soledad del ganador creyendo que era el camino del éxito. Ésa es la soledad del perdedor, la absurda idea del mediocre que se creyó las miserias falaces del genio y terminó por confundir la victoria con el fracaso, el luchar con el hundimiento más humillante en el légamo de la derrota.
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Después de varios años temiendo la desaparición del ZaidÃn Rock, el festival de rock más importante de Granada, que por fortuna seguirá celebrándose, los vecinos del Fargue han creado el Farg Rock, un certamen de grupos de rock que ayer inició su última fase, en la que las bandas tienen que demostrar lo que valen en directo. La primera pega es que el Fargue queda lejos y cuesta arriba, por lo que el intrépido Bitternut y yo tuvimos que subir dándole más calor del deseable a su burra -a su salud nos refrescamos con un par de rubias de verbena de lujo, servidas en vaso de cristal y con tapa-. Siendo martes, la afluencia de público fue escasa, toda una pena porque un par de grupos sonaron muy bien.
Como en todo festival de este calibre hubos grupos que sonaron profesionales, grupos que sonaron sencillamente bien y otros que deberÃan haberse quedado en el local de ensayo con un par de litronas. Digo esto porque ayer algún imitador de Mike Portnoy hizo que su baterÃa sonara muy forzada, a cierto guitarrista se le fue la mano con la pastilla aguda de la guitarra, cierto bajista cometió el error de poner la púa donde no tenÃa que ponerla, allá donde la cuerda pierde su nombre, y, lo más soprendente, habÃa cantantes que no sólo no cantaban, ni siquiera lo intentaban. Supongo que será falta de tablas y de escucharse a uno mismo.
Visto el percal, podrÃa decirse que no merece la pena subir al Fargue para semejante espectáculo, pero no es asÃ. La cerveza estaba buena, el aire corrÃa suave, y sobre el escenario habÃa dos agradables sorpresas. Por un lado, los veteranos Doble Sentido se subieron al escenario con su rock noventero, con un vocalista privilegiado y una instrumenciación con un sonido perfectamente definido, limpio y medido. Se les nota que llevan ya más de tres lustros ensayando y recorriendo escenarios. La otra sorpresa fue la banda cervantina Darts, que salÃan por primera vez de las salas pequeñas para subirse al tren de los conciertos veraniegos. Curtirse en pequeños locales les ha valido una seguridad envidiable en el escenario. Quizás también sea consecuencia de un repertorio sobrio y fresco, fruto de la amplia cultura musical de sus miembros, que recupera y actualiza el sonido de los clásicos de la música británica. Quizás sea porque los Darts saben explotar al máximo sus recursos y sonar compactados -como debe sonar un grupo, cosa que no siempre sucede-.
Esta noche, si no me equivoco, se celebra la segunda parte del festival. No sé si se la podré contar, la vida está llena de incertidumbres y yo estoy casi recién levantado. Si pueden pasen por allÃ, seguro que por lo menos hay un par de grupos que merezcan la pena, y ya me cuentan ustedes.
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A estas alturas el paÃs entero -y parte del extranjero- se ha hecho eco de lo que se ha llamado el secuestro de la revista El Jueves. Secuestro que, en mi opinión, ha sido más bien un intento de censura geriátrica que se ha convertido en un bomba publicitaria. En cualquier caso, ayer por la mañana, veinticuatro horas después de que Juan Del Olmo intentara echar a los sabuesos a las tiendas de prensa del paÃs para retirar la famosa revista, aún quedaban ejemplares en los quioscos, lo que me hace pensar que quizás el engranaje de la censura en España está ya, por fortuna, bastante oxidado.
Teniendo en cuenta que esa censura nace una ley obsoleta, que se apoya a su vez en una Constitución que pide ya a gritos una reforma, era de esperar que el pueblo se indignara, sobre todo porque la razón es mostrar al PrÃncipe haciendo algo tan denigrante -palaba de Del Olmo- como mantener relaciones sexuales en un dibujo, como si una viñeta fuese un dardo contra el honor nobiliario de la alta alcurnia española, vamos, al más puro estilo del talibán versus las caricaturas de Mahoma. Eso, según Del Olmo, viola los lÃmites de la libertad de expresión. Cabe preguntarse, ¿dónde están los lÃmites de la libertad de expresión, en una viñeta soez o en un apellido? La portada es soez pero no especialmente explÃcita, lo que quiere decir el problema no es lo que sale, sino quien sale. EstarÃa muy bien limitar la libertad de expresión al decoro y a la elgancia, pero parece que en España la libertad de expresión acaba donde empiezan las siglas SAR.
Los españoles, a dÃa de hoy, nos regimos por unas leyes cuya piedra angular es una Constitución que defiende la igualdad de todos, salvo de la Familia Real, que está un par de escalones por encima. Si bien la ley está para cumplirla -y si no gusta, para cambiarla con mecanismos legales-, se podrÃa decir que en este caso, como en el del lenguaje, el uso hace la norma. España ha hablado y ha dicho que quiere poder decir lo que le salga del arco del triunfo y cuando le salga. Inocente, Del Olmo fue a buscar los moldes de la viñeta para que jamás se pudiera reproducir, al más puro estilo de las quemas de libros prohÃbidos pero con un toque chabacano y cutre salchichero; lo que se encontró es que la famosa viñeta, de la que no existen moldes, es ya accesible en miles de medios desde cualquier parte del mundo gracias a Internet. Cosas de la era digital, amigo. A ver quien descuelga ahora la dichosa viñeta de tanto medio. Dijo no sé quién que quien tiene la información tiene el poder; ahora la información la maneja el pueblo con la Internet 2.0 y la ley debe adaptarse a ello para ofrecer garantÃas y para defender esa igualdad que aún no existe en los papeles y mucho menos en la práctica. Ése será uno de los pilares de la verdadera Democracia.
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En estos meses en que un soplo de viento fresco viene como agua de mayo, puede suceder que uno se siente a practicar el oficio de Neruda, piedra con piedra, pluma a pluma, y le falte un aire de inspiración. No todas las épocas del año son ese otoño fértil de Juan Ramón Jiménez. A falta de musas, las ideas aparecen en cualquier lugar, en cualquier charla, eso sÃ, de manera algo desordenada. Hace no mucho, me decÃa una amiga en una charla nocturna que no tiene mucho que contar, que su vida no es una novela. Me acordé de algún profesor de la Universidad que aseguraba que uno tiene que escribir sobre lo que ve, de lo contrario no se puede producir una buena obra. Yo mismo, hace poco, le comentaba a Florie Krasniqi que Lu Ji contaba en su Ensayo sobre literatura cómo buscaba la inspiración en la realidad, en lo tangible. Sin embargo todo eso es mentira. Siempre que hablaban de la realidad como única fuente válida de inspiración, yo pensaba dos palabras: Julio Verne.
Dándole la vuelta al asunto, creo que en Sefarad de Muñoz Molina habÃa una dedicatoria a sus hijos para que «vivieran la novela de sus vidas». Por eso, esta noche de leves brisas veraniegas, cuando he recordado todas estas cosas, he pensado que, como decÃa Muñoz Molina, uno tiene que escribir la novela de su vida. Eso es Literatura. En mano de cada uno está hacer un bodrio o escribirla a lo Julio Verne. Tengan en cuenta que uno no puede ser Oliver Twist si no se hace llamar Charles Dickens.
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La mejor manera de reconocer algo mediocre es ser mediocre -y también ser consciente de serlo-. Basta ser un músico de poca monta, un pintor de pincel gordo o un palurdo con pretensiones literarias. La mediocridad, eso que tenemos en común la mayorÃa de los habitantes del planeta por definición, es ese vórtice de anonimato del que queremos escapar, esa vertiginosa existencia intrascendente que hará que nos muramos dejando para la posteridad poco más que un puñado de cenizas y un par de huesos partidos.
Existen, de manera injusta, astronautas de la vida que saben escapar ingrávidos de esa atracción mediocre que nos atrapa a la mayorÃa. Lo consiguen siempre gracias a esos que se sitúan al borde o por debajo de la lÃnea divisoria y que, ya de paso, enervan el ego del vulgo medio. ¿Cómo reconocer a esos escapistas, monigotes camuflados de algo más, que se pasean por la vida como divas? Muy fácil. Usted, como ente mediocre, escriba en un folio el texto con la retórica más trillada que se le venga a la cabeza, coja la guitarra más cercana y componga una delicia de arpegios, cante una canción al estilo del más empalagoso pastel de las superventas; después espere, observe, disfrute, lea, escuche y acabará por encontrar en el parnaso artÃstico de nuestro querido paÃs un superventas que ha compuesto una obra idéntica o muy parecida a la suya -con la única diferencia de que el mÃster tiene un contrato con una multinacional y usted se come los mocos con una hipoteca quincuagenaria-. Acaba de desenmascarar matemáticamente a un mediocre. Pero no se preocupe cuando se vea sumergido en ese mismo légamo vulgar, los mediocres brillamos por nuestra abundancia y ya se sabe: mal de muchos…
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Por circunstancias de la vida me he convertido en algo parecido a un célibe en un selecto harén o al eunuco favorito del gineceo. Toda una suerte de acontecimientos, fundados en cierta tendencia a las malas horas y los peores lugares -decÃa Ismael Serrano que «en los peores sitios, a las peores horas, está la mejor gente»-, me llevaron a altas horas de la madrugada a una conocida sala de Granada. AllÃ, habiendo ya perdido el grupo de rondadores de tabernas la mayor parte de sus miembros, quedábamos una jiennense, una leonesa y servidor, concentrado en agitar el hielo de la copa para mezclar bien el garrafón con su correspondiende refresco de cola. Ése fue el momento escogido para el ataque de dos buitres de diferentes variadades: el primero, posiblemente senegalés, de los modosos discretos; el segundo, presuntamente mexicano -eso aseguraba él con un acento perfectamente zaidinero-, de los fantasmas moscones.
El modoso utilizó una táctica de colegueo y conversación, fue integrándose discretamente en el grupo esperando el momento de avalanzarse sobre cualquiera de las dos féminas que me acompañaban esa noche, aunque en algún momento le patinó la lengua y me aseguró que llevaba una semana follando sin parar. El fantasma, lejos meter cuello, vino a negociar conmigo -imagino que creyéndome una especie de mercader de carnaza femenina-. Dime a cual de las dos te quieres follar, me propuso, y yo voy por la otra. Sorprendido, lejos de aprovechar esa posición privilegiada de ser el que parte y reparte, le dije, no sin cierta sorna, que sacara armas de galán para seducir a las gentiles mozas, que ya ellas se encargarÃa de negociar las condiciones del intercambio de fluÃdos, de haberlo. El gallo me respondió con prepotencia: mira, tengo que advertirte que soy un maestro de la seducción y no se me escapa la chica a por la que vaya, lo que no quiero son problemas contigo. Yo, al parecer chuloputas improvisado y espoleado en el orgullo, no tuve más remedio que retarle con desdén. Yo sà que soy un maestro de la seducción, le dije, lo que pasa es que esta noche no quiero entregarme a la carne -mentira-. Tú eres maricón, se mofó el chicano, y se fue a buscar a la jiennense morena para caer de cabeza en la piscina vacÃa de las calabazas. Herido en su orgullo viril, apenas nos siguió al taxi en el que nos montamos las dos guapas muchachas, el senegalés, que ya empezaba a desplegar sus inútiles armas de buitreo, y yo, para seguir la fiesta en un piso del ZaidÃn. No hay que decir que la sutil falta de sutileza del modoso -si se me permite la contradicción- terminó en frustración y cara de sorpresa. A mÃ, más puro que la Virgen de las Angustias, me quedó el placer de ver a los dos pájaros irse con dos palmos de narices comiéndose sus palabras
Relatándole a una amiga, entre otros, estos hechos, me dijo que ella creÃa que esa vocación de mercader del tiburón de discoteca habÃa desaparecido en los años setenta. Pues no, lady, le aseguré, aún hay gente que va a las discos a pillar carne fresca a granel. Por más que se vuelvan a casa con un calentón de dos pares, sigue pasando.
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Es necesario escapar, buscar un sitio en el que el tiempo y el espacio se amplien, se abran como un paraguas infinito. Es vital salir de aquà de vez en cuando y parar en un lugar en el que el sol se ponga por un horizonte lejano, en el que el silencio sea más importante que el estruendo de la urbe y el cielo sea suficientemente alto. Eso he hecho esta semana, y a Dios pongo por testigo que nunca más volveré a pasar hambre.
He pasado un par de dÃas al sur de Cazorla, en una tierra llena de esparto y de piedras moldeadas por un viento centenario, suficienteme alejado, al menos animicamente, de cualquier ciudad que pudiera manchar la noche con sus luces anaranjadas. Allà he estado más cerca de la luna nueva, la leyenda de la tÃa TragantÃa, la buena música y las charlas interminables hasta el amanecer, que de las calles retorcidas y las prisas fantasmales. Allà recordé dos cosas. La primera, un viaje que hice, hace más de una década, a la provincia de Burgos, a un lugar casi perdido de la mano del hombre, más o menos cerca de Santo Domingo de Silos. Lo segundo, una novela de Paul Auster, Brooklin Follies, en la que habla de un lugar imaginario al que llama Hotel Existencia, una especie de refugio interior en el que encontrar la paz. DecÃa Auster: «Entrar en el Hotel Existencia era pensar en palabras como alterne, chiaroscuro, destino. Eran hombres y mujeres lanzándote miradas discretas en el vestÃbulo.»
Estamos faltos de este tipo de lugares. Después de años buscando lo sorprendente, lo desgarrador, lo poético, en Málaga, Madrid, Londres, Sevilla, Florencia, basta encontrar un sitio en el que desaparecer, un lugar lo más alejado posible de esas hierbas urbanas acechantes, con una buena compañÃa, buena música, y buena comida y bebida. Es allÃ, donde florecen los hombres.
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