Archivo de Agosto 2007
El gusto español por el cotilleo supuso la importación de ese formato televisivo que ahora se llama reality, en el que millones de personas pueden contemplar hasta el lado más grotesco de la intimidad del ser humano y descubrir que, ciertamente, cualquier persona, dentro de casa y ajena a la mirada justiciera del prójimo, explora su nariz ávida de hallazgos, se pee y descuida su higiene personal cuando no tiene que lucir figura, ya sea para chulear de cuerpo o para arrastrar a alguien a la trilla. Otra pasión universal, la de ser más guapos que nadie, se fusionó con el concepto de reality para dar lugar a Supermodelo, una academia de vÃboras que pelean, al más puro estilo pava de instituto, por ser la barbie del año en España y luego participar en un certamen internacional de petisuises; todo un entretenimiento si no se nos olvida que sigue siendo un reality, que podemos ver a la pandilla de pericas desde que se levantan por la mañana con legañas -como yo, qué casualidad- hasta que se borran el rabo del ojo antes acostarse, pasando por todos los momentos en los que se sacan las uñas unas a otras o en los que lloran deprimidas porque un profesor guaperas les grita por no mover bien el culo al desfilar.
Si todo se quedara en una mera caricatura de la tontez pavisosa de las princesitas de barrio, podrÃa ser incluso entretenido poner la tele y ver la metamorfosis, semana a semana, de pijas en pijÃsimas, mientras las que se quedan en semipijas van siendo eliminadas sin que falte de llanto morboso e insensible. Un drama del cuajo, osea. El problema es que la televisión es un medio divulgativo que emite ciertas ondas hipnóticas, más efectivas aún con tetas en la imagen, y a más de uno nos gusta encender esa pequeña hiroshima de estupidez. Como los hombres grises de Momo, la gilipollez nos va robando tiempo y, peor aún, va modelando nuestra manera de pensar. En este caso, la lección es que hay que ser muy guapo -por eso, en lugar de ‘perica común’, se llama ‘modelo’ a la gachà de la pasarela-, contra más mejor, que dirÃa alguno de esos patrones ejemplificadores.
Tengo que hacer serios esfuerzos para no caer en la tentación de enumerar una lista de razones por las que, para estar en el candelabro, no hay que ser fashion de la mort -lo digo en francoespanglish, que queda más smart-, y para evitar que me digan que que generalizo, que no todas las rubias son tontas, que he visto poco mundo y todavÃa no me he cruzado con ninguna de las buenas. Que niegue el que se atreva que la cultura del rimmel y el pintalabios es una soplapollez de espanto.
Si además difundimos esa doctrina de la belleza como condición sine qua non para cumplir la condición gregaria del ser humano, nos las vemos enterrando a adolescentes apenas entradas en carnes o con más bozo de la cuenta atiborradas de antidepresivos. Si Frida Kahlo resucitara se cortarÃa las venas, fijo, toda una desgracia para quien sepa quién es, a otros les dará igual. Asà nos vemos, ante un nazismo sutil -si se me permite la contradicción- que defiende la perfección fÃsica de una raza de imbéciles. Se me viene a la cabeza el recuerdo de una barbie con la que salà un tiempo que quedó tremendamente asombrada al ver mi pequeña biblioteca: cuántos libros, dijo, qué bien quedan, qué colores más chulos.
From lost to the river, que dirÃan las Chicas del Gineceo.
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DeberÃas parar, abotonarte esa vieja gabardina, levantarle el cuello y bajar a la calle, caminar con la cabeza baja pensando en Ella, que cada dÃa cambia de nombre sin que cambie su rostro -acaso será su cara el espejo de tu alma-. DeberÃas pasear por Brooklyn, entrar a esa nueva librerÃa, saludar a su dependiente oriental y comprar un nuevo cuaderno para empezar una nueva historia. DeberÃas descansar ahora que terminaron las persecuciones, las caminatas nerviosas hacia los andenes, quizás escondiendo un revólver debajo del brazo, quizás huyendo de las miradas de aquellos que esperaban el momento de precipitarse sobre tÃ, quizás delatado por una estrella amarilla en tu ropa. Tal vez sea el momento de pulsar de nuevo las cuerdas de tu guitarra e imaginar que inventas una canción, porque del mismo modo que acaricias el mástil te acariciaban la brisa y el salitre aquella mañana de agosto.
Es el momento de caminar de nuevo, sentado en tu sillón paseas por ParÃs, tal y como lo vio Cortázar, buscando a alguien, quizás a una mujer que ya no te importa, esperando que suceda algo que cambie tu vida para siempre. No importa que al otro lado de la ventana el sol resbale por las fachadas de Granada, el frÃo de Nueva York te llevará de madrugada hacia una melodÃa en Clinton Street; pasearás por Manhattan con Woody Allen y por Londres con Monet. Después de ver morir a los húsares franceses en AndalucÃa, los puentes volados de la antigua Yugoslavia, el rojo y el negro de la ruleta en el casino más famoso de una ciudad ficticia; después de correr hacia las montañas con un grupo de republicanos, huyendo de los sublevados, llegaste a despertar una mañana convertido en un horrible insecto. Escapaste del estómago del lobo para morir con Grenouille, devorado por aquellas fauces hambrientas que te ajusticiaron por todos tus crÃmenes -quizá también por todos los trabajos que hiciste a encargo de don Vito Corleone-. Aterrorizado en tu sillón, escucharás unos golpes en la puerta que revelan la visita de un cuervo de mal agüero y sólo podrás desahogar el terror con aquel grito de Munch.
DeberÃas parar, yo te esperaré aquÃ, entonando sones que hasta a mis padres les parecen antiguos, y luego seguiremos escribiendo historias que nadie más vivirá. Dicen que el arte es lo que te hace sentir algo, lo que te puede llevar a algún lugar. ¿A tÃ, adónde te ha llevado?.
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Tres muertes han acaparado la atención de los medios en las últimas horas, las de Emma Penella, Paco Umbral y Antonio Puerta.
La primera, la actriz Emma Penella, falleció ayer tras una carrera de casi sesenta años, de la que se ha recordado principalmente su última etapa, en la serie televisiva Aquà no hay quien viva y en su versión en la competencia, La que se avecina. Su papel en pelÃculas como El verdugo o La estanquera de Vallecas se ha quedado en meras menciones, mientras que otras pelÃculas como La busca (1966), dirigida por Angelino Fons y protagonizada por un jovencÃsimo Jacques Perrin, parecen olvidadas hasta en la Wikipedia.
Siguiendo con la inercia mediática de justificar la metamorfosis de la muerte en noticia del dÃa con cualquier estupidez, la figura de Francisco Umbral, fallecido hoy, se veÃa ensalzada en los periódicos, que hablaban de su calidad literaria e independencia, mientras la televisión recordaba como momento cumbre de su carrera aquel de la década pasada en el que se quejaba, con toda la razón del mundo, de estar haciendo el ‘paria’ en un programa de televisión con Mercedes Milá.
El fondo fangoso del morbo más mezquino y carroñero, cómodo ecosistema televisivo, ha vuelto a ser alcanzado con la muerte de Antonio Puerta, fallecido esta tarde a causa de los daños cerebrales causados por las sucesivas paradas cardiorespiratorias que sufrÃo el sábado, cuando disputaba el Sevilla - Getafe de la primera jornada de liga. La suerte rastrera propició que las cámaras pudieran grabar la escena de la reanimación del jugador y que, en consecuencia, se hayan podido emitir las imágenes de Antonio Puerta al borde de la muerte las veces necesarias para memorizar cada uno de sus gestos agónicos. Ya de paso, familiares y amigos tendrán un video más que poner junto a los de las bodas, bautizos y comuniones. Es el gusto que tenemos por el morbo, por la contemplación del sufrimiento innecesario.
Estos tres han sido ejemplos de noticias desviadas que nos ayudarán a recordar a una buena actriz por una coletilla comercial, a un buen escritor por un arrebato de genio -que se prepare Fernando Fernán Gómez, que me apuesto a que media España aún no sabe que escribe, ni le importa-, y a un futbolista cuya hazaña más popular ha sido morir en público para ser exhibido en televisión como una enfermiza atracción circense.
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Intentar retomar una rutina significa levantarse temprano, con una bruma de finales de agosto pergeñando un falso presagio de otoño, con las altas temperaturas que aún madrugan escondidas en la oblicuidad matinal del sol. Leo los titulares del último lunes calmado del verano mientras la ciudad espera ansiosa su bullicio perdido, el ir y venir de los estudiantes, el olor a café de los barrios que suena a tazas y cucharillas. Me levanto por bulerÃas con Pansequito, «y si er sielo es sielo como debe ser, en el mejor sitio tiene que está usté», con una taza de café heredada de los inviernos madrugados y de la presura laboral.
Las entregas pendientes y las tareas diarias se aletargan con el calor prematuro, que ilumina la joven encina inclinada de mi ventana. Improviso una indumentaria maltrecha con una vieja camiseta desteñida y una barba mal arreglada, quizás más larga de lo conveniente, una pasada de la mano por el pelo como peinado y una dulce lentitud a modo de caminar. Apenas trajinan los vecinos por la avenida, en los comercios aún de vacaciones y en los semáforos de desocupados. La llegada prematura del otoño es una hoja caduca somatizada, como una primavera torcida de somnolencia. Cruzo las calzadas, bajo las aceras, atravieso puertas de cristal empapeladas de anuncios fotocopiados. En la carnicerÃa pende las viandas sobre los frigorÃficos, entre los estantes repletos de latas conserva y cartones de leche. Nico, la carnicera, sonrÃe con esa calma parsimoniosa de los tenderos del barrio, «qué le pongo, bueno, qué te pongo, que a tà te hablo de tú, que te conozco desde chico, aunque ahora te hayas dejado esa barba». Algún vecino me pregunta inquisidor por el trabajo, por los estudios, por mi nueva casa, porque lleva tanto sin verme que cree que me he mudado, dónde te metes, que ya no te veo. «En la noche», le digo, «me he metido en la noche», y me callo un comentario soez inspirado por su indiscreción aburrida y anciana. Cruzo al otro lado de la calle, donde la quiosquera farfulla maldiciones a todos sus clientes. Cargo hacia el banco con las bolsas de la carnicerÃa y algunos papeles arrugados, ruborizado porque la cajera reprimirá una sonrisa cuando vea los ochenta céntimos que tengo en la cuenta, por eso intento hablar con ella lo mÃnimo, mirar hacia otro lado para no fijarme en el vulgar logotipo de Pedro del Hierro que luce en la obesa camiseta, asà descubro a otra mujer vestida de negro, adornada con brillantes horteras que forman el logotipo de Carolina Herrera. PodrÃa ser la madre de alguno de mis antiguos alumnos, alguna maruja pretenciosa y grandilocuente, analfabeta, infeliz al fin y al cabo, y con un gusto en las antÃpodas de la exquisitez.
De vuelta al escritorio, Pavarotti y Dolores O’Riordan cantan Ave MarÃa. Me esperan varios textos: sobre la mesa un dossier sobre la batalla de Waterloo, en la mesita de noche una biografÃa inacabada de Elvis, en la estanterÃa un libro sobre lingüÃstica y traducción, en la cabeza una apatÃa pusilánime y distraÃda, porque llevo despierto tres horas y sigo moviéndome como un muerto viviente, y en el calendario dÃas preocupantemente caducos, con una bruma de finales de agosto pergeñando un falso presagio de otoño, con la temperatura alzando la cabeza hacia el medio dÃa, mientras yo intento inyectarme la rutina, que se inocula siempre a través del cartÃlago más doloroso: el tedio.
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Pese a que podrÃa desmoronarse con apenas soslayar las historias de subsaharianos ahogados en el estrecho o de judÃos huÃdos, la idea romántica de la migración es como un dolor crónico que se agudiza en función de las condiciones atmosféricas, como una vieja lesión de la adolescencia. Nos resultan atractivas, incluso hipnóticas, las imágenes de caminantes que cargan con un fardo a la espalda, navegantes que sujetan firmemente un timón en medio de una tempestad, hombres que esperan impacientes la llegada de un tren en el andén transitado de una estación, viajeros que pegan la cara a la ventanilla del avión mirando el sol reflejado en un mar plateado, mercados porteños en los que se mezclan lenguas y enseres de cada rincón del mundo, comensales que buscan solitarios un menú barato en algún bar de pueblo, con el pelo alborotado y la mirada perdida en algún pensamiento lejano. Son, en definitiva, ideales extraños que se contemplan como si alguien los hubiera colocado dentro de una urna de cristal y rodeados por un cordón rojo.
Hace poco, desde esta rutina inmersa en noticieros de agosto, isoflavonas de soja y comida china, fantaseaba con pasar varios meses en Madrid, investigando sobre alguna materia que ahora no viene al caso y que en cierto modo me empieza a obsesionar. También cruzaban Chueca y Fuencarral por mi fantasÃa, por parecer tener esa arquitectura literaria de los poetas evadidos, la misma que hay en los ferrocarriles o en las casas de campo. Lo hablaba ayer con Antonio Muñoz, incansable explorador de literaturas, músicas y espacios urbanos; no hay que dejar que lo ilusorio contagie de confusión los estrechos lÃmites de la probabilidad. No me veo viviendo como M.S. Fogg en el parque del Retiro, con una chaqueta húmeda de inmundicia y, seguramente, un perenne cartón de vino debajo del brazo. Y es una pena, concluÃmos, porque al final las ligaduras laborales y estudiantiles tienen atada a la mayorÃa de la población mundana. La pela es la pela, dirÃa alguno; o la pelas, sencillamente, dirÃa otro. ¿Cuántas novelas habrá sin escribir, cuantos cuadros sin pintar, cuantos temas sin investigar porque el autor estaba perdiendo el tiempo en un trabajo aburrido o en un aula mugrienta?.
Al sur de Granada (Fernando Colomo, 2002) es una adaptación de la obra homónima de Gerarld Brenan (1894 - 1987) en la que el escritor tiene una conversación con un granadino de la Alpujarra, quien dice que quiere viajar. Tiene la idea romántica de la migración, ha mitificado una ciudad, en su caso Buenos Aires, y la ve como una vÃa de escape, una salida de ese pueblo pequeño y en cierto modo aislado. El granadino dice que no puede viajar, porque para eso hacen falta perras, y lo asegura con una melancolÃa llena de frustración. Es una de las mutaciones de esa epidemia llamada fracaso. Gerarld Brenan, ‘don Geraldo’, alimenta su ilusión con una respuesta tan descabellada como cierta: le contesta que para viajar no hacen falta perras, sólo hace falta caminar.
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He vuelto a rendirme una vez más al lujo de exiliarme un par de dÃas. Las Chicas del Gineceo me arrancaron de las viles garras de la madre urbe para concederme un par de dÃas de excursionismo, brindis y placeres gastronómicos; es decir, turismo rural, pero sin el tizne pijo de los todo terrenos y la gomina campera. Yo no pude resistirme. Como dice una canción, «propongan lo que propongan yo no me pienso negar, ellas serán las que dispongan y yo no me pienso negar». De modo que una mañana de sol en Granada, apuntando insoportables calores veraniegos, se convirtió en un mediodÃa jiennense con fresca brisa de sierra. Quizás por falta de memoria, quizás porque realmente suceda asÃ, volvà a tener la sensación de encontrar un lugar cambiado al regresar allÃ, a la sierra. Parece que los lugares extraños, una vez abandonados al ritmo constante del reloj, privados de la observación del ojo del caminante, siguen un curso oculto para el forastero, mutan de una manera sigilosa y, asÃ, ofrecen una cara diferente a quien vuelve a ellos.
Del lado del visitante se da un efecto similar. Superadas las fronteras de la ciudad, para el viajero, igual que para un cosmonauta que escapa del vórtice de atracción terrestre, el tiempo parece detenerse, al menos transcurrir con ritmo de légamo, con suavidad de agua pantanosa y luz de atardecer. El ritmo lo marcan los coches que atraviesan el valle a lo lejos con su rugido de distancia, las rapaces que giran sobre los olivos y los cerezos, el viento que lame las montañas heridas de arroyos y acueductos. Uno se mira al espejo pensando que su cuerpo ha dejado de cambiar, los ojos se desprenden de las sombras que se hunden en el párpado inferior, las canas se oscurecen como la la caÃda de la noche y las células parecen dejar de envejecer. En las pupilas brilla la vida que las grandes urbes se encargan de absorber como vampiros, como jaurÃas invisibles de lobos hambrientos.
De regreso a la ciudad, se descubre el contraste del aire, soez en su composición de aromas fatales. Las luces dejan ciegos a los hombres, que ya no miran al cielo, y el viento hiriente reseca la piel insensible de los inhumanos. El fenómeno del tiempo guarda los edificios envilecidos y la mácula callejera con el celo de una urna parda y mezquina. Asà descubrà que se compensaban las curvas irregulares de los relojes, al regresar a Granada, donde el tiempo se habÃa detenido paciente, esperando mi regreso taciturno, para que yo lo encontrara todo igual.
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Ernesto, cuyo apellido omito por petición suya para preservar su intimidad, vive en el granadino barrio del ZaidÃn desde que nació y estudia Informática en la Universidad de Granada. Comparto con él muchos años de amistad, una de esas amistades que sobreviven pese a perder el contacto durante meses, pese a que en los últimos tiempos nos vemos apenas una vez al año, durante una hora escasa, con un café sobre la mesa. Sin embargo, lejos de habernos convertido en dos completos desconocidos, mantenemos siempre algún punto en común que haga de tema de conversación, siempre trae algo que contar, algo que cualquiera que se siente delante de él escuchará abstraÃdo, porque Ernesto tiene una asombrosa capacidad narrativa además de un interminable repertorio de historias que contar. Es de ese tipo de personas que se cruzan con todo tipo de vivencias solo con poner un pie en la calle, las que hacen que los demás nos planteemos en qué gastamos el tiempo o qué mala fortuna nos impide siempre, de manera matemática, estar en el lugar correcto en el momento oportuno.
Cuando eramos adolescentes, Enresto era el centro de atención de todas las conversaciones, su lengua empezaba a moverse y la gente guardaba silencio salvo para suspirar, exclamar o reÃrse a carcajadas. Cada fin de semana tenÃa algo nuevo que contar, alguna anécdota de niño, algo inverosÃmil que acababa de sucederle, desde apariciones de fantasmas en la casa de su abuela -las únicas que han vencido a mi excepticismo- hasta comportamientos excéntricos de sus vecinos, pasando por tramas de narcotraficantes de algún amigo camello, merecedoras de algún guión inglés de serie b, o grotescas experiencias sexuales de adolescentes en su pueblo natal o en su instituto dignas de convertirse en leyendas urbanas.
Su afán narratológico se transformó desde entonces casi en una obligación y comenzó a buscar historias en tercera persona. Aquella obsesión enfermiza por contar le llevó a relatar, con nombre y apellidos, sucesos que habÃa escuchado de otras personas, pese a no haber sido testigo directo y aunque el protagonista de la historia -y lÃcito narrador- estuviera presente en el recital de hechos, escuchando su propio relato repetido por otra persona. Superándose a sà mismo, cada vez más inmerso en esa maraña de historias, asistiendo a reuniones de diferentes cÃrculos de amigos, empezó a recopilar cada vez más anécdotas que difundir. AsÃ, Ernesto supo mantener un grado creciente de admiración por parte de todo el mundo. Por esa época yo empecé a salir frecuéntemente con él y descubrà cómo, dependiendo del público que asistÃa a su monólogo, el hilo narrativo iba variando, experimentaba nuevos giros, aderezos que Ernesto utilizaba como cebos para captar la atención de su auditorio, especialmente el femenino.
Nos vimos por última vez hace un par de dÃas, en una cafeterÃa del centro de Granada que tiene las mesas impregnadas de una especie de substancia parcialmente adhesiva. Acaba de llegar de Ginebra, donde ha estado un año gracias a una de esas becas que, según dicen, favorecen el desarrollo del disfrute promiscuo de los estudiantes. Con el mismo hilo de voz initerrumpido de siempre, los mismos aspavientos y las mismas hipérboles andaluzas, cuenta Ernesto que ha conocido a gente de todas partes del mundo, pero que lo más importante es que ya no cuenta sus conquistas amorosas por unidades, sino por nacionalidades. Como si de un porno-risk se tratara, la afición sexual del momento es clavar el mástil de la bandera en cuantas más zonas mejor. Ernesto, cuenta él, ha pasado el año retozando con cuantas más embajadoras eróticas mejor, y lo cuenta locuaz y alegre como siempre, se echa las manos a la cabeza como si a él mismo le resultar increÃble, se sonrÃe y jura que no va a dar detalles sórdidos sobre las capacidades de cada una según su pasaporte. Luego mete la mano al bolsillo, se echa un cigarrillo a la boca y lo enciende con la cabeza gacha y los ojos entornados. Expulsa el humo en una bocanada gris denso y entonces me mira y pregunta, y tú qué, qué tal por aquÃ. De fondo suena algo de K’s Choice, alguna canción de hace unos cuantos años. Le sonrÃo antes de empezar a hablar y él me devuelve el gesto con una mueca de confesión, de bunburista descubierto, reconociendo que gran parte de su vida ha sido una mentira, el intento desesperado de un ahogado por salir a flote aparentando algo más que mediocridad, la certeza de haber perdido un pasado mientras inventaba las mentiras que contar sobre su presente. Sólo entonces puedo ver en su iris un brillo mezquino y desconfiado, tal vez pavoroso, como el de un animal acosado, y más allá, bajo los ojos, la sombra de un llanto escondido.
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Me enamoré de Londres una noche de marzo, hace tantos años que no recuerdo cuándo, desde la distancia del vuelo que me llevó a Gatwick, a la vez que caÃan las primeras bombas de la guerra de Irak. Me enamoré con la avidez de lo exótico, quizás porque en algún momento pensé que querÃa vivir en lo atemporal de sus edificios victorianos, en la libertad anónima de Camden Town, en el gris azulado de su niebla frÃa, en la bohemia estilizada de su cielo, de los libros de Oscar Wilde y los discos de The Beatles, en los compactos polvorientos de las pequeñas tiendas. TenÃa, en mayor o menor medida, esa claustrofobia desvelada de las ciudades natales. Londres, quizá como cualquier otra ciudad de apariencia remota, parece desde Granada una telaraña infinita de calles por descubrir, las mismas calles que recorrÃa aquel agente secreto de Joseph Conrad.
Como soy una persona de pasiones efÃmeras, pronto sustituà mi pasión británica por un escarceo con las calles de Madrid, que son, al fin y al cabo, otro grupúsculo más de luces de feria capaces de encandilar a cualquier provinciano. Creo que en algún momento también tonteé con Málaga, con mi primer romance, que fue Florencia, e incluso con Barcelona, con la que tuve un amor platónico porque nos separa, parece ser, cierta diferencia idiomática. Me gustan ParÃs y Ruán, Venecia y casi cualquier pueblo del Mediterráneo. Se trata, en definitiva, de esa vocación viajera de los poetas románticos que también tenemos algunos hombres aunque no seamos ni románticos ni poetas, quizás porque de vez en cuando nos resulta necesario sentir un falso cosquilleo de vÃspera de viaje, o porque creemos encontrar, como donálvaros, cierto alivio en un vaivén ebrio por la geografÃa mundana, o porque a veces creemos que es necesario evadirse de lo cotidiano en algún Hotel Existencia, como decÃa Paul Auster, o en alguna isla griega, como hizo Leonard Cohen, para escribir algo brillante y volver triunfal, incluso erudito.
Una de mis últimas pasiones, como saben ustedes, mis cuatro gatos lectores, no es geográfica ni urbanÃstica, sino literaria. Fue leyendo a los poetas románticos chinos cuando intenté heredar, definitivamente, cierta obsesión compulsiva por observar en lugar de querer ir y venir. Basta con observar, como decÃa Lu Ji en su Wenfu, «observo los diez mil seres y medito sobre la diversidad». Observar, pensé, y utilizar un lenguaje sencillo y sugerente a la hora de escribir, como Altolaguirre, «era mi dolor tan alto que la puerta de la casa de donde salà llorando me llegaba a la cintura», como Neruda, «puedo escribir los versos más tristes esta noche». Pero no puedo. Más allá de los motivos técnicos, que por ahora obviaremos por piedad al arriba firmante, hay que encontrar la razón en el fondo en lugar de buscarla en la forma, porque después de cruzarme con tanta gente perdida en los mapas de ciudades extranjeras, en los colores cruzados del croquis del metro de Londres, quizás habrÃa que preguntarse si no estamos mirando hacia el lugar equivocado y con los ojos equivocados, porque, como dijo Lu Ji, «la poesÃa nace de los sentimientos, borda la delicadeza», e imagino que con ‘sentimientos’ se referÃa a ese ‘corazón’ que en chino antiguo hacÃa referencia a la mente, al alma y a lo sentimientos –aunque de esto no estoy muy seguro- y ninguna en ciudad que yo conozca he visto ni un ápice de delicadeza o de sentimiento. Ni un alma.
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