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Archivo de Septiembre 2007

«It was a wrong number that started it», que alguien tradujo como «todo empezó por un número equivocado», es el comienzo del primer volumen de la famosa Trilogía de Nueva York de Paul Auster -otra vez Auster-, conocido como el escritor que ha sabido hacer que parezca real el azar novelesco. Este azar, estos giros inesperados de la realidad que nos asaltan desafiando las leyes de la probabilidad, son los que, de alguna forma, han hecho que la humanidad invente conceptos como el de destino, con la certidumbre de que una fuerza superior mueve los hilos invisibles que nos llevan por la vida según un guión preestablecido miles de siglos atrás, escrito en las estrellas, en los genes o en los posos del café de un lunes por la mañana -es inimaginable la variedad de soportes donde podemos encotrar las pautas que condicionan nuestro futuro-.

Ustedes lo han vivido. Se acuestan cada noche con una persona a la que conocieron a través de otra, con la que entablaron amistad en un curso que les recomendó un viejo amigo con el que ya no hablan, a quien conocieron en un trabajo temporal porque un conocido les informó de aquel puesto vacante, y aquel conocido era familia lejana de aquel primer amor, del que no saben nada desde hace muchos años. Es fácil pensar que de no ser por aquel primer amor, a quien posiblemente ahora incluso desprecien, no estarían conviviendo felizmente hoy día con su pareja; es más, quizá eso les obligue a tener cierto sentimiento de agradecimiento hacia esa persona a quien ahora recuerdan sin ternura ni nostalgia.

Vaticinaba mi compañero y amigo Paul Bitternut -no Paul Auster- la pronta reaparición de su nombre en estas páginas, creyendo que yo iba a hablar sobre una historia que otro día les contaré, aunque lo que hoy me obliga a nombrarlo aquí es algo que me dijo hace un par de días y que ha contribuído a montar el puzzle de lo que quiero decirles: «cómo has cambiado desde que te conozco», pensó en voz alta, «por qué», le pregunté, «porque tus verdades absolutas ya no existen, las pocas que tuvieras antes». Es cierto que mi excepticismo, con el tiempo, ha ido creciendo degenerativamente -si me lo permiten-. No creo en nada. No se trata de una falta absoluta de fe o de esperanza -posiblemente sea todo lo contrario-, sino de un derrumbamiento total de lo que Bitternut llamaba verdades absolutas, ente abstracto que, si se fijan, adolece de una importante aluminosis. Quizás la suerte de la que habla Paul Auster sea una mascarada que esconde una serie de hechos en los que no hemos reparado, en absoluto una fuerza sobrenatural.

Las casualidades de las que habla Auster en sus libros, esas que nos circunscriben en un universo de títeres, han dado lugar a una máxima pusilánime y despreciable que hay quien se empeña en repetir constantemente: unos nacen con estrella y otros nacen estrellados, refrán absolutamente falso al menos en el primer mundo. Es entonces cuando me siento herido en el libre albedrío y me acuerdo del trabajo que a más de uno le ha costado encontrar su estrella. Y de esto hablé ayer con mi viejo amigo A. Infante -de quien espero hablar pronto para darles una feliz noticia-, que estaba de acuerdo conmigo en que es mezquino y cobarde considerarse una víctima de los tongos, de los pucherazos y de las elecciones a dedo, del cruel destino y de la suerte trágica que a veces nos golpea; no, acordamos, lo que hay que hacer es currárselo, no hay excusas, la derrota es consecuencia de los errores, el fracaso es falta de tesón. Eso mismo, pero al revés, decía Jacques Brel, más o menos: el talento son ganas de hacer algo, el resto es sudor. Por eso creo que hemos interpretado mal lo que Auster hace. No se trata de novelar el azar, sino de recoger directamente de la realidad acaeceres que creemos imposibles por su escasa probabildad. No hay un hecho en concreto que nos sirva de zancadilla, sólo una lectura errónea y reducida de la naturaleza.

Llevaba razón Paul Bitternut, no creo en las verdades absolutas, ni falta que me hace.

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Puente de la Barqueta, Sevilla

«¡Ay! Y por desgracia la mirada profundizaba aún más; llegaba hasta el corazón de toda la humanidad, expresaba elocuentemente en un solo segundo la duda entera de un pensador, de un sabio quizá, en la dignidad y en el sentido general de la vida humana. Aquella mirada decía: “¡Mira, estos monos somos nosotros! ¡Mira, así es el hombre!” Y toda celebridad, toda discreción, todas las conquistas del espíritu, todos los avances hacia lo grande, lo sublime y lo eterno dentro de lo humano, se vinieron a tierra y eran un juego de monos…». Con estas palabras de Hermann Hesse desayuné ayer, sentado en un autobús y rodeado por una niebla densa como un incendio de agua gris. Llegué a una ciudad de Sevilla nublada, de color gris y sombrío albero que, quizás, deseaba ilustrar aquella jauría de pensamientos de lobo estepario que me rondaban feroces.

No puedo obviar que finalmente encontré un sol taurino digno de Sevilla, capaz de espolvorear un halo mágico por las paredes del barrio de Santa Cruz, en el recipiente calmado y dulce de la Plaza de España, en el rodar atónito de los carruajes, que parecían tirados por unicornios azules; no puedo obviar que ese embrujo me cautivó, la canción ya lo advertía: «Y al alba blanca le contaré /lo que yo te amé / Sevilla… /Bandido ¡ay! muero yo por ti /tu paloma fui /Sevilla…». Pero eso es otra historia.

Fue al marcharse aquel sol, con la luna asomando pícara por detrás de la Giralda, cuando volví a estar solo, como un lobo estepario, entre deportistas y paseantes, a orillas del río Guadalquivir, en ese lugar en el que el Puente del Alamillo se enciende como un dragón milenario, o como un arpa mitológica, y el Puente de la Barqueta flota anaranjado, bañado de ocaso. Me quedé paseando entre las últimas cenizas del día, buscando torpemente algunas fotografías que añadir a mi escasa colección de souvenirs. Nadie salvo el sol, el agua y la arquitectura aparece en aquellas imágenes y, sin embargo, había brillos en el río, elegancia en los puentes, me atrevería a decir incluso que el aire estaba cargado de un aroma inaudito. Será que el otoño es la primavera de los veranos, pensé cuando empecé a remontar el río hacia la Torre del Oro para luego alejarme de su cauce, ya enlutado, y buscar la vieja estación de autobuses, dejando que la noche penetrara por cada poco de mi piel, viendo al gentío desvanecerse, convirtiéndose en individuos aislados que paseaban la oscuridad cabizbajos. Era cada esquina de Sevilla como un aullido silencioso.

Mi condición de viajero solitario y nocturno estaba ligada, en cierta forma a la idea del lobo estepario; a ello contribuía el estado sucio y decadente de la estación, con sus dársenas ennegrecidas de noche, su cafetería mugrienta y desértica, su sala de espera vacía y silenciosa como una morgue. Supongo que por eso tuve que descolgar un teléfono y llamar, hablar y escuchar, reconocer un ápice de esperanza en una voz ajena -que era en realidad una esperanza surgida de mí mismo- y descubrir que todas las conquistas del espíritu ahondan en lo sublime, lejos de esos monos que vagan por los andenes nocturnos, como jaurías perdidas de lobos esteparios.

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Es posible que en alguna ocasión haya citado en estas páginas a José Agustín Goytisolo, de quien, a través de Paco Ibáñez, conozco una frase que decía algo así como«qué alegría no servir y además para nada». Es posible también que en alguna de estás páginas haya roto más de una lanza a favor de la inutilidad. Esa capacidad de producción, por así llamarlo, que nos enseñan desde siempre, que convierte cada uno de nuestros días en una carrera por ser el primero de la clase, el mejor de la promoción, el que más beneficios reporte a la empresa, puede que despierte en algunas personas una necesidad de inutilidad que saciar de cuando en cuando, haciendo algo que no cambiará el mundo, que no enriquecerá a nadie, pero que puede inspirarnos cierta felicidad. «De tristeza en tristeza / caí por los peldaños /de la vida. Y un día / la muchacha que amo / me dijo y era alegre: no sirves para nada», escribió Goytisolo en Autobiografía. Puede ser que no haya nada menos productivo para el ser humano que las emociones y, sin embargo, ¿qué sería de nuestra especie sin ellas?. La literatura, como forma de expresión de las emociones, es algo inútil para la mayoría de los que la ejercemos sin oficio ni beneficio, es sencillamente un impulso más o menos frecuente que hay que cumplir y que algunos podemos ofrecer al mundo para que lo lean unos pocos. No pasaremos a la historia, no seremos héroes; seremos esa pasta urbana que busca un surco por el que fluir con más viscosidad de la cuenta. He tenido la suerte de ver hoy una entrevista a Julio Cortázar en la que afirmaba -cito de memoria- que la consagración universal le producía profunda indiferencia. Me hubiera encantado ser yo quien enunciara semejante máxima, pero puedo reproducirla al menos. De modo que hoy quiero invitarles a permanecer en el anonimato, a ser inútiles, a morir cuando mueran sus cuerpos y, sobre todo, a disfrutar. Eso es la literatura.

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Una nueva farola se enciende anaranjada, bajo su sombrero negro, frente a mi ventana; su luz es caduca como el viento del otoño, que ya agita algunas hojas, que ya se cuela por la ventana y enfría la luz de mi flexo, que también es caduca como mi pelo caduco. Hay sombras extranjeras en la noche: un séquito invisible de octubre, un cortejo fúnebre para la luna, que esta noche no ha salido -no serán vivos esta noche los muertos de la Sabika-; hay en mi sombra un pensamiento extranjero, un filón de plata que mira hacia hacia las luces lejanas, que son tinieblas desdibujadas, donde los gatos velan el vacío desnudo de las calles; hay luces extranjeras en el cielo de Granada, se han vuelto oscuras las estrellas apagadas. Era lo extraño, ahora lo sé, el hueco silencioso de la habitación, de los libros callados en las estanterías, de la cama desnuda y vacía como una canción que nadie escucha.

He prestado atención a los altavoces y he necesitado contártelo. Los gatos miran envidiosos desde la calle, intuyendo un delicioso sonido, curado como un vino de buen año, de buen año y aroma lejano. Las sombras se han cerrado sobre la ciudad y han borrado todo rastro de voces. Nos hemos quedado los dos solos con su canción extranjera -eramos un hombre y una melodía bajo la luz anaranjada de las noches caducas-. Yo no me sonrojo; tampoco tengo sombrero, debió desvancerse postrado ante lo sublime de aquel piano, de aquellos vientos metálicos -dorados quizás, como vientos otoñales- que me embargaron. Ahora que florecen las notas y las olas sonoras, desaparezco como un viento otoñal y caduco; soy extranjero de estos silencios nocturnos.

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Tal vez se equivoca en parte el refranero español cuando dice que nadie nace sabiendo. Ya en los primeros momentos de nuestra vida contamos con un conocimiento infuso y animal: el instinto, esa inercia que nos inspira los llantos y nos impulsa a aprender lo necesario de nuestra supervivencia. Decía que el error del refranero es sólo parcial, porque desde ese momento emprendemos un periodo de aprendizaje que, en el mejor de los casos, durará hasta el último de nuestros días -hasta la última lección de la vida, que es la muerte-. Es en este periodo del aprendizaje cuando adquirimos unas herramientas que creemos que nos diferencian del resto de los seres vivos. Poco después de alcanzar la edad adulta contamos con ciertas nociones que nos ayudan a entender el universo, desde la escala macroscópica de una galaxia hasta las invisibles órbitas de los electrones que giran alrededor de los núcleos atómicos. Aprendemos a realizar cálculos tan sencillos como la vuelta que nos tienen que dar en el supermercado, a veces tan complejos y tan cotidianos como la estructura de un puente que ha de sostener una carretera. Heredamos unos valores morales, unos recuerdos históricos tanto recientes como ancestrales y, en ocasiones, cierto gusto por determinadas obras de arte. Parecería entonces que hemos llegado a un nivel de conocimiento completo, pero es posible que en realidad ese bagaje de décadas sea inexacto e incluso equivocado, una base descalibrada que nos puede guiar por un camino equivocado en el caso de que continuemos esa búsqueda del conocimiento. ¿Ha llegado por lo tanto el momento de desaprender lo aprendido?

En el caso de la ciencia puede que nos encontremos en el error de creer que nos ofrece las respuestas que el hombre ha perseguido duramente de milenios cuando, ciertamente, lo que hace es arrojar preguntas -que la hacen más interesante si cabe-. Hay quien ha encontrado en las matemáticas un lenguaje universal, inherente a la naturaleza, en el que leer supuestos mensajes que se interpretan como venidos de algún ser superior, un dios invisible que se manifiesta a través de casualidades numéricas. Astrólogos, numerólogos, incluso estadistas, saben manipular los resultados matemáticos de la naturaleza para provocar diversas reacciones sociales o individuales, quizás aprovechando esa obsesión humana por los números que tan bien supo reflejar Saint-Exupéry en El principito, obesión que quizás nace en esos tempranos años de aprendizaje científico y que puede llegar a convertirse en una superstición más.

El engaño se lo puedo demostrar a usted, ahora, de una manera muy sencilla, a través de este texto, sin que sea necesaria una conversación en tiempo real en la que yo pueda condicionarle. Siga los siguientes pasos y después juzgue usted si soy un embaucador barato o un adivino: elija un número, el que usted quiera, multiplíquelo por diez, al resultado súmele seis, al nuevo resultado súmele tres, al nuevo resultado réstele el número que pensó inicialmente, si el resultado tiene más de una cifra súmelas todas; ahora concéntrese en el número que ha obtenido como resultado -es muy importante que la concentración sea máxima-. Está usted pensando en el número nueve. El resultado no es casual: medite en cuántas religiones y doctrinas el número nueve tiene un significado místico; de hecho, el próximo día veintisiete de los corrientes, seremos testigos del temido salto cuántico, ya que, si sumamos las cifras de la fecha 27/09/2007 obtenemos un resultado tan curioso como preocupante: 2+7/0+9/2+0+0+7 = 9/9/9. Arrepentíos. Los ricos de espíritu que sobrevivan al fin de los días que me lo cuenten el próximo día veintiocho.

Cuando las matemáticas se entienden como una manifestación natural en lugar de como una herramienta humana de estudio humana, nos encontramos ante un problema. Hace poco escuché decir a Eduard Punset, en una charla acerca del número aureo con no recuerdo qué científico, que de encontrarnos con vida inteligente en otro planeta, descubriríamos que tienen unas herramientas matemáticas completamente diferente a las nuestras, de modo que nuestros números mágicos o especiales, nuestros π, Φ y e, por ejemplo, no tendrían ningún significado para ellos.

Puede que padezcamos con las matemáticas -y con la ciencia en general- ese extraño efecto de ceguera que provocan las palabras según decía Lao Zi, que estemos tan distraídos pensando en ellas que no nos fijemos en lo que tenemos que fijarnos -del mismo modo que el mal escritor podría a veces olvidar una historia distraido por la escritura de una novela-. Puede que, como decía antes, sea necesario olvidar lo aprendido y volver a un punto de partida en el que encontrar la perspectiva necesaria para fijarnos en la naturaleza, en lugar de prestarle tanta atención a esas herramientas, que no son más que medios, y a esas supersticiones.

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(Parte II)

A las doce y veinte de la madrugada del día quince de septiembre recibí una llamada telefónica de mi amigo Ernesto. Después de unos pocos minutos hablando, contándome él lo impresionante de las vistas de su nuevo apartamento junto a Central Park, lo vertiginoso de encontrarse a miles de kilómetros de su casa del Zaidín, asegurándole yo que tal distancia no era tal, Ernesto se disculpó y se retiró unos segundos porque, según decía, estaban llamando al timbre. No volvimos a tomar la conferencia.

Aunque tenía tiempo suficiente decidí no esperar, cogí dinero, en una mochila metí varias cosas que a las que llamaría mis efectos personales, y salí de mi casa con paso decidido. Diez minutos después encontré un taxi que me llevó a la estación de autobuses, a las dos salí hacia Madrid y a las ocho de la mañana estaba tomando café y magdalenas -de esas a las que llaman muffins- en un Starbucks cercano al Parque del Retiro.

Pueden comprobar que en realidad no tenía prisa. Mi agilidad a la hora de partir de viaje se debió a una emoción que hormigueaba cada vez con más intensidad entre mi pubis y mis pulmones. Si hubiera tenido la más mínima necesidad o urgencia de salir de viaje, habría sido comprensible mi ligereza de equipaje, pero yo tenía tiempo. ¿Por qué tanta prisa entonces?. Seguro que lo entienden perfectamente: estaba deseando ver lo que iba a ver. Me había embarcado en un viaje inútil sólo por placer -seguro que eso también lo entienden perfecamente-.

A medio día comí en el aeropuerto de Barajas con un billete de avión en el bolsillo y a media noche salí hacia Nueva York. Trece horas después aterricé en el JFK y puse mi reloj en hora: las siete de la mañana del dieciseis de septiembre. Entre la media noche y las siete de la mañana habían transcurrido trece horas. El tiempo, pensé, es un jodido engaño; la distancia, deduje, también.

Un taxista latino me llevó a Central Park. Para entonces yo ya no podía evitar torcer una sonrisa cruel y divertida. Caminaba tan emocionado por mi tarea que apenas reparé en la gente, en las calles, en las cosas que salen en las películas de Woody Allen.

Entonces me planté en la puerta del apartamento de Ernesto. Abrí la bolsa de mis efectos personales, saqué mi viejo Viceroy-Virgin digital y tecleé en el horario de Nueva York: 17:20 horas del 14 de septiembre. En España ya habían cruzado la media noche. Cuando llamé al timbre, Enersto abrió la puerta estupefacto, con la boca abierta, como en estado de shock. En su mano izquierda el teléfono inalámbrico empezó a emitir un tono, como si alguien hubiera colgado al otro lado.

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(Parte I)

«Ayer te aconsejé no escribirme a diario. Hoy sigo opinando lo mismo; considero que sería un beneficio para ambos y vuelvo a aconsejártelo, con mayor insistencia aún», escribía Franz Kafka a Milena Jesenská, dos víctimas de la distancia entendida como sinónimo de la separación con todo lo que ello implica, y proseguía: «Sólo que, por favor Mílena, no sigas mi consejo y escríbeme a diario. Me basta con unas pocas líneas, algo más breve que las cartas de hoy, dos líneas, una, una palabra … pero el privarme de esa palabra me causaría un terrible dolor». El dolor de la ausencia, provocada por la distancia, se enardecía en la mente depresiva y catastrófica de Franz Kafka. No faltará en esta historia de amor una lucha encarnizada contra la distancia que, a su vez, tendrá que librar terribles batallas contra los obstáculos ciclópeos que el escritor veía en toda difícultad; uno de estos obstáculos sería burocrático: «Sólo podré decirte en qué fecha viajaré, cuando reciba el permiso de residencia. Para una estancia de más de tres días se requiere un permiso especial de las autoridades locales. Lo solicité hace ya una semana».

Entre tanto, en estado constante de separación, el único enlace entre Franz Kafka y Milena Jesenská era espistolar y compulsivo. La ausencia de ella era recibida por el escritor como una soledad imposible y frustrante. Si, por un lado, podemos imaginar que ambos habrían deseado la quietud pacífica del silencio, sostenido en un abrazo o un beso, las palabras configuraban el solo sustento de su unidad -de ahí la postura bipolar de Kafka ante la frecuencia de las cartas de Milena-. Suponemos a Kafka hipnotizado por las misivas de su amada: «He permanecido hasta la una y media de la mañana sobre esta carta, sin hacer nada más; pero la contemplaba y, a través de ella, te contemplaba a ti» . Era para ellos el silencio un antónimo de paz interior, lo que llevará a Kafka a perseguir la inmediatez a costa de la razón: «No sé exactamente por qué escribo, probablemente por nerviosidad, como esta mañana, cuando te mandé por pura nerviosidad una torpe respuesta telegráfica a tu carta por expreso, recibida anoche».

Pensaré que, debido a la distancia, Kafka y Milena eran dos ávidos amantes puestos del revés ante una situación imposible: «Para eliminar en lo posible todo lo fantasmal que se interpone entre los hombres y para lograr una comunica­ción natural, para recuperar la paz de las almas, ha inventado el ferrocarril, el automóvil, el aeroplano.» El pesimismo natural en Kafka le llevará a concluir: «Pero ya es tarde; es obvio que esos inventos han surgido en plena caída. La otra parte es mucho más serena y fuerte: después del correo inventó el telégrafo, el teléfono, la telegrafía sin hilo. Los fantasmas no morirán de hambre, pero nosotros sucumbiremos». Kafka sucumbió a la distancia, quizás por su vocación de rendido al fracaso. Quizás esta rendición se debía a una adicción inexplicable al dolor -sería el dolor mismo de la lejanía el equivalente al amor que habrían disfrutado en la cercanía-. No tuvieron en cuenta, por desconocimiento, el placer de los reencuentros en los andenes humeantes, antídoto para la distancia que hoy se ha convertido en la frialdad de los aeropuertos y la suciedad grotesca de las estaciones de autobús.

La distancia -y ya se habrán dado cuenta de que obvio las consideraciones euclídeas- está en todo aquello que no ha sido elegido por nosotros mismos, en el vacío de las cartas que no llegan, en los barrotes gélidos de una prisión, en el pudor absurdo que nos imponen las convenciones sociales, en definitiva, en los límites que van más allá de las millas, los que sí podemos cruzar pero no nos atrevemos. Debía haber una distancia mínima entre el sueño obseso de Kafka y su realización, pero esa distancia era la propia infelicidad de Kafka, su propia naturaleza

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Me entretengo más de la cuenta leyendo la prensa digital, desayunando con calma, viendo un programa de televisión en el que intentan predecir cuán grande será el tropezón que dará la bolsa española con la piedra de la economía estadounidense. Me entretengo más de la cuenta y, cuando llego a la pescadería, un aquelarre de amas de casa de muchas primaveras ya ha tomado posiciones frente al mostrador, no sé si piando como pajarillos a la pescadera o asediándola como una banda de maleantes; en cualquier caso no tienen piedad. Precavido, he comprado el periódico antes de entrar y me entretengo leyendo que en Italia un aficionado ha tirado un petardo en un campo de fútbol, siendo increpado de momento por la afición y entregado a las autoridades.

Una mujer levanta la mano derecha, oculta la muñeca por una maraña de pulseras de plata, y otra le avierte: «hay que tener cuidad, no sé puede salir con eso a la calle, porque le pueden dar un susto a una». Los niños de la guerra son la generación del miedo: miedo a los asaltantes, miedo a la clase política capaz de imponer condenas de cuarenta años de hambre y silencio -miedo que hemos heredado sus nietos en forma de amor por las libertades-, miedo a morir en pecado y arder sin consumirse en el infierno por los siglos de los siglos de los siglos; quizás tam