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Archivo de Octubre 2007

«Quiero contar la verdad para conocerla, porque la verdad se me escapa como el agua de lluvia entre los dedos del náufrago. Lo que no logro encontrar, Padre, es el arrepentimiento porque nadie me enseñó a diferenciar el amor de la lascivia y yo pensaba que me estaba enamorando»*. Si bien es cierto que todo inquieto persigue como fin único la verdad, ya sea en forma de novela, de imagen, de reflexión o de melodía, creo que hay un fin ineluctable en todo hombre: la frustración final de toda búsqueda que tiene como objeto lo ficticio.

Esto tiene una explicación clara: la nada. La búsqueda de Dios como muy tarde termina por dar con los huesos de un hombre en el lecho de muerte, lugar en el que toda persona irremediablemente termina por volverse atea -justo en ese momento en que las creencias ya no importan-; a él le quedará, tal vez, el miedo. La creencia ciega en toda ilusión recibe un vapuleo a manos del desengaño, y el desengaño marcará un punto de inflexión en la vida de todo individuo; así se aprende el recelo. El personaje que cito de Los girasoles ciegos se siente frustrado al descubrir que el amor no existe, no ya el amor que él busca en otra persona, sino el suyo propio hacia alguien, el que ha creído sentir y de sentimiento no tiene más que pura nada; la profundidad afectiva que él ansiaba se ha visto reducida a un légamo de lascivia.

Queda sólo lo superfluo. Tú lo has descubierto ahora, cuando de repente te has reconocido en mi mirada, sintiendo con sorpresa que me desprecias.

*Alberto Méndez, Los girasoles ciegos.

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Pasan los años por el barrio. Seguimos siendo los mismos, haciendo la compra en las mismas calles, viviendo en la misma casa de siempre o en otra cercana. La gente cambia de empleo o de colegio, así que los dependientes de las tiendas van rotando. Algunas se abren, otras se cierran, pero lo esencial, lo de toda la vida, sigue estando allí.

En alguno de esos pequeños cambios, hace ya muchos años, apareció aquella chica cuyo nombre ya he olvidado. Aquel rostro hasta entonces desconocido -y sin embargo vecino, seguramente desde siempre- apareció al otro lado del mostrador de la panadería, rubio y sonriente, cautivador como el más repetido de los tópicos. Ella era de una belleza sencilla y sonriente: su cuerpo apenas resaltaba en la escalera de mano, colgando algún cartel en la puerta de cristal, salvo por el empeño que yo ponía en observarla en su falda ceñida hasta las rodillas, en aquella horrible blusa que asesinaba sus formas sutiles que yo me empeñaba en imaginar; nuestras conversaciones duraban lo justo para que ella desplegara su simpatía, que en mi fuero interno deseaba zalamera, y yo saliera de la tienda con una barra de pan, unas monedas de cambio y una sensación imbécil como un suspiro; pero, de alguna forma, ella pareció dar pie a que mi lengua se desatara con ciertas historias breves como el trasiego comercial -o así quise verlo yo-, de modo que empecé a contarle con vanidad adolescente cosas sobre mí, no sin encargarme de aparentar algo que yo no era, alguien que escapaba de la vulgaridad de cada semáforo, cada periódico y cada barra de pan. Solíamos encontrarnos también por la calle, yo andando imberbe y apresurado hacia la academia, ella cerrando la panadería, libre de la cofia, con el pelo rubio peinado hacia atrás descubriendo su cara y su sonrisa. Era un ángel de barrio. Yo me conformé con verla desde el otro lado del mostrador o en algún cruce de calles.

Desapareció cuando la panadería cambió de dueño, el mismo año que yo dejé de estudiar en el instituto del barrio para empezar la universidad, y, aunque vivíamos en el mismo barrio, dejamos de encontrarnos por la calle. Aquel azar forzado por la pequeñez de nuestras aceras había desaparecido, del mismo modo que se perdieron el dependiente de la óptica, el dueño de la tienda de telas o las anteriores dependientas de la panadería, y sin su presencia apenas quedó margen para el amor o el recuerdo: la olvidé como se olvida a los taquilleros del metro, olvidé su nombre y jamás volví a recordarlo.

Nuestros caminos separados no volvieron a cruzarse hasta varios años después. Yo vestía traje de chaqueta y quince o veinte kilos más de buena vida, solía recortarme un par de veces por semana una barba pelirroja y cada mañana iba a trabajar a una oficina tan horrible como yo. Fue entonces cuando empecé a verla de nuevo, cada mañana, con su pelo corto convertido en melena recogida en una cola, sus caderas algo más anchas pero igualmente bellas, su sonrisa desaparecida en el desierto de una mirada cansada de empujar un carro con una niña pequeña. Parecía tan triste que muchas veces dudé que fuera ella, que en su mirada perdida jamás llegó a reconocerme. Éramos dos desconocidos y, si en algún momento pensé que llegaría a echar de menos sus miradas cómplices, me consolé pensando que en realidad siempre habíamos ajenos el uno al otro, que ella nunca había sabido mi nombre y yo no podía recordar el suyo.

Avatares del barrio, mi vida volvió a cambiar hace unos meses: me despidieron del trabajo, perdí peso paseando por Granada en mis mañanas de parado y, hace unos días, recuperé la rutina de afeitarme la cara entera, como cuando yo tenía diecisiete años y mi barba tres pelos. La otra mañana, saliendo de casa para ir a comprar el periódico en el mismo quiosco de siempre, alguien me llamó con un apelativo neutro desde la puerta de la cafetería. La ví al girarme, exclamando un “cuánto tiempo” con su enorme sonrisa, su pelo rubio, largo y suelto enmarcando sus ojos, que miraban desde el filo del párpado superior como todas las niñas guapas del barrio. Ella iba sola y yo recordé su nombre.

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Intento convertir, por compasión, la paz de la tarde en una habitación fugazmente umbría, si se me permite la expresión. Qué dulce sería dormir a la sombra de un jazmín, arropado por una gruesa camisa de franela, que recuerda a la de un leñador canadiense; qué dulce el café con leche que se empieza a enfriar al calor tibio del sol. Como aquí no hay jazmines tengo que echar la persiana, retorcerme en la horizontal tortuosa del sofá de dos plazas, apoyar la cabeza en dos cojines que intento horadar en busca de esa ergonomía que nunca tienen algunas cosas, determinadas sillas, ciertas camas, estos cojines. ¿Qué retorica habría en decir que me agosta lo angosto? La de un mameluco con la espalda dolorida, no más. Pero como soy una persona que consigue lo que se propone, al final me duermo; incluso a veces sueño, aunque no me acuerde después. Qué dulce es ese dormir retorcido y destemplado del sofá, ese dormir al fin y al cabo. Pero siempre hay algún ruido malnacido que perturba los escasos momentos de paz: una llamada telefónica inútil, un timbre imbécil -y yo despierto a Satán con rezos, que se lleve al infierno todos los sonidos vivos y me deje a mí en el paraíso terrenal-.

Así que me siento en la mesa, porque la tarde sigue siendo dulce y el sol brilla al otro lado de esa ventana que mira siempre hacia la Sabika, porque las ideas están reposadas y la lengua parece capaz de dictarle a la mano, y escribo: «Michele dijo que volvería…». Un jaleo de voces atraviesa las paredes, se cuela por debajo de la puerta como un gas venenoso y asesina a mi complemento circunstancial de tiempo. Sordera selectiva, imploro, ya, Dios. Qué dulce sería crear un clima acústico en la habitación con algún vinilo crujiendo en el viejo tocadiscos; qué dulce Chopin, hábil y sentido, sonámbulo ante el piano; qué bello es el sonido cuando vibra con ritmo matemático, con afinación delicada. Pero ya corren malos tiempos para los reproductores analógicos, así que pongo un CD en mi reproductor de MP3, que ya parece cavernícola, y me conecto a los auriculares como a una máquina de diálisis. Haría falta tener tercer riñón detrás de los ojos para evitarle al cerebro ciertos envenenamientos sensitivos.

Y, así, qué dulce suena Chopin, mon Dieu,  mon Amour, mon Cherie; qué paz hay por fin en la paz de la tarde. ¿Por dónde iba? Michele, cierto, a ver, dónde había ido Michele. Pero corren malos tiempos para la lírica, caracoles, la puerta se ha abierto a mi espalda y una voz fémina parlotea a discreción un terrorismo verbal, cogollos, y yo me rindo de rodillas con las manos en la nuca y la frente en el suelo, que me aspen, que le den viento en popa a todas las literaturas y a todas las paces del mundo y que me maten, o que se calle el mundo de una vez, cojones ya.

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Ya sabes que tengo mala memoria, por eso te escribo, para que recuerdes todas y cada una de mis palabras, para que no se pierdan en ese limbo que es el pasado una vez que yo las haya olvidado, para que pervivan de alguna forma, incluso cuando yo ya te haya olvidado a ti. Por aquella época las palabras lo llenaban todo, quizás de una forma difusa -pero la niebla de las palabras jamás se disipa-, aunque colmadas de sonoridad, coloridas como los cuadernos de la infancia. Había colores chillones y palabras brillantes también en los años ochenta: la radiante sonrisa de Risi en la bolsa roja de triskis, las niñas y niñeras de añil que tañían las palmas, las finas faldas de la mesa y de las fenestras, el jolgorio y los juegos en la placeta con plastilina. Las letras eran jeroglíficos inexplicables, un lenguaje sin sentido para quienes empezábamos a vestir baberos a rayas azules y blancas -apenas sabíamos escribir nuestro propio nombre, quizás reconocerlo con dificultad-, de modo que las palabras reclamaban su presencia dilatándose en la boca con cada sílaba pronunciada: zángano, hogaza, abuelo.

Aquel era un precedente en la historia de mi vida como los ha habido en la historia de la humanidad. Igual que las canciones llenaban hace cientos y miles de años las bocas de los iletrados con un afán cronista y comunicativo, la música, el sonido y no otra cosa, debía convertirse en mi vida en una forma de expresión, y quien dice expresión, quiera o no quiera, dice comunicación. Aquellos fueron los primeros días sonoros, no recuerdo los anteriores, y de entonces apenas me quedan canciones infantiles, creo que ya había irrumpido el rock en mi corta existencia, si es que eso no es algo con lo que se nazca.

Tal vez todo resida en el movimiento ondulatorio: la vibración de la luz, la vibración del aire, la vibración de los miembros nerviosos por la emoción. Todo se resume en sonidos, llámense música, llámense poesía, llámense ritmo en la prosa, sean calculados por un poeta o pronunciados por un niño que tararea canciones mientras dibuja o que inventa palabras en el patio del colegio. No existe la sinestesia: el rojo bermellón es exactamente igual a un grito de felicidad emotiva -¿por qué, si no, iba a ser de la sangre de un color distinto al del agua?-.

Es a través de las vibraciones, físicas o imaginadas, como sentimos, como podemos asegurar que estamo vivos. Así, es posible que unos labios se abran, con la lengua rosada agitada porque eclosiona un nombre en la boca, como un manantial de almíbar o de miel o de amor caramelizado -quiero que lo recuerdes tú para combatir mi olvido-; así es posible que una persona cante tu nombre cada vez que lo pronuncia haciendo danzar cada brizna de aire. Por eso no debes dejar que tu boca se vacíe de palabras ni de canciones, de nombres florecientes y apelativos galantes; recuérdalo, recuérdalo al menos mientras yo lo haya olvidado.

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El camino de los Neveros a la altura del SerralloEn una ocasión subí con mis abuelos a aquella colina de nombre desconocido y ubicación remota. Yo tendría apenas seis años; entonces todo lo que iba más allá de la Avenida de Cervantes y sus bocacalles parecía un universo paralelo, un paraje ignoto, ya fuera de índole urbana o bucólica -de aquellos años conservo, por ejemplo, una fotografía imaginaria de Madrid, que es la que mi memoria dibuja siempre que tengo que ir a la capital, del mismo modo que muchos de mis recuerdos parecen haber sido incapaces de suplantar a las imaginaciones previas a cada viaje-. El paisaje era un campo abierto y, para mí, extranjero que ahora veo difuso en la memoria, después de tantos años. Ascencimos una tarde por la ladera entre matorrales, esquivando retales de tierra convertidos en barrizales por las lluvias recientes; al inicio de la cuesta, señalando un edificio en obras, me enseñaron el que años después sería mi instituto, el Miguel de Cervantes. Yo conocí aquel lugar como ‘las conejeras’; ese nombre quedó plasmado en una joven calle del lugar años después, cuando todo aquello se convirtió en una zona residencial.

Calle Cerro de los Machos

Aquella colina a que no volví a pisar hasta mucho tiempo después -pese a estar tan cerca del lugar donde yo vivía- había sido el princpio de la ruta que emprendían quienes tenían por tarea prensar la nieve acumulada en los pozos de Sierra Nevada para traerla a la Granada; por eso la calle en la que se emplaza hoy día el instituto Miguel de Cervantes se llama Camino de los Neveros, ruta que, en su inicio granadino, ahora está flanqueada por una creciente barrera de edificaciones que ya llega hasta los límites municipales.

Entre esa colina y la Sabika -que es el suelo de la Alhambra-, corre el río Genil, y en su margen izquierdo un camino que los paseantes utilizan para estirar las piernas en una tierra ajena a asfalto y adoquines. Este camino que partía del Puente Verde -tendido sobre el Genil para unir la Avenida de Cervantes y la Carretera de la Sierra-, remontaba hasta el cercano manantial de la Fuente de la Bicha, empequeñecido ahora, convertido en un par de tubos metálicos. El sendero vio con el tiempo como se convertía en un paseo de tierra apisonada en su segmento más cercano a la urbe, sobre los matorrales que lo separaban del barrio de la Bola de Oro se construyó un polideportivo que hace poco ha sido ampliado. Un poco más arriba el camino se cruza con un nuevo puente, de moderna construcción y que ha sido causa de polémica entre vecinos y consistorio; pero muchos años atrás, ya se había reducido el ancho de la senda, se cambiaron sus recodos umbríos y silenciosos por un suelo cuidado que discurre paralelo a la nueva carretera de Sierra Nevada. Ahora el sendero es un ecosistema en el que conviven en perfecto equilibrio los caminantes y los ruidos de los viajeros motorizados. -Y yo aún recuerdo las noches de verano, en las que la brisa que subía del río traía un rumor de aguas que se perdían como perdido está ahora el silencio-.

El sitio

Pero volvamos a aquel camino de los viejos neveros, al que yo no volví hasta muchos años después, cuando empecé la secundaria en el instituto Miguel de Cervantes y tenía compañeros que vivían en aquella nueva zona residencial. Para entonces todo estaba edificado hasta la curva de entrada al Residencial El Serrallo. Se cruzan por lo que un día fue aquel campo abierto y remoto calles que se llaman como algunas lagunas de una Sierra Nevada que parece cada vez más lejana. Solíamos pasar las tardes de los viernes en la parte baja de aquella cuesta de los neveros. Matábamos las horas y el frío dando vueltas a la manzana y comiendo frutos secos, con las manos en los bolsillos de un anorak mullido y hablando frases de vaho. Por aquella época, o quizás un poco después, empecé a subir un poco más arriba con un amigo. Nos montábamos en su viejo Vespino y vagábamos por un barrio nuevo que había cerca del Palacio de Deportes, rondando la casa de alguna chavala, y otras veces subíamos por el Camino de los Neveros, nos colábamos por una bocacalle en mitad de la cuesta y nos sentábamos en un murillo, entre dos edificios, que daba a una ladera desnuda de ladrillo, a la Vega y al Barrio del Zaidín, desde allí se podía abrazar con la mirada un paisaje que se extendía desde la falda de Sierra Nevada hasta casi la Catedral, allí podíamos pasar las horas muertas hablando, desde el atardecer temprano de los inviernos hasta la hora de la cena, transidos de frío, uniendo las brasas de los primeros cigarros de la adolescencia a aquellas otras que brillaban en la noche de Granada. Allí construyeron también: vinieron las gruas y las máquinas a vaporizar su niebla de ladrillo y dejaron ciego aquel sitio, cerca de donde hoy se alza la antena de la emisora de RTVA.

Habrá que ir cada vez más lejos. Quizás podríamos divisar algunas estrellas por encima de Granada subiendo a los límites de la ciudad, pero hoy día todo aquello se ha convertido en una zona residencial que brilla con una luz anaranjada y árida. Decían que incluso aquel observatorio de Sierra Nevada, que se divisa desde algunas calles bien orientadas de la ciudad, se estaba quedando ciego porque brilla Granada con esa otra niebla, la del alumbrado público, convirtiéndose en una borrasca de luces que parece condensarse en nuestros ojos, igual que los ladrillos anaranjados y el hormigón gris y el granito sucio de las paredes, formando unos grumos harinosos que ciegan nuestros ojos entristecidos.

Bloggers Unite - Blog Action Day

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Primera sorpresa: hay un hombre que ameniza los ires y venires de los granadinos por la Gran Vía -al menos allí lo he visto yo-. Luce una espesa barba blanca, del mismo color de la bata que viste, que tiene escrita en la espalda palabras que no alcanzo a leer, porque el buen hombre viaja en bicicleta, recorriendo el centro de la ciudad en dirección hacia la plaza de Isabel la Católica. El buen hombre, que podría ser Papá Noel, pero no lo es -porque ahora se llama Santa Claus-, lleva un megáfono en la bicicleta y reparte por la ciudad las notas en midi de un famoso villancico. Si creen que se trata de una alegoría están equivocados.

Ése es el panorama que me he encontrado las dos últimas mañana que he subido paseando a la Facultad de Filosofía y Letras. Digo que ése es el panorama porque eso es lo que hay, nada más, al menos nada más que no sea lo mismo de siempre. El tópico de la ciudadanía que camina ajena a lo que sucede a su alrededor se cumple con rigor matemático -al fin y al cabo yo también cruzo las calles con esa enajenación-.  Pero la calle a veces depara sorpresas, sólo a veces.

Ya en la Facultad me encuentro con una vieja conocida, apenas cruzo unas palabras con ella, mi reloj lleva una cantidad inderminada de horas de retraso y puede que sea demasiado tarde; además, a esa hora del día ha empezado a martillearme un dolor de cabeza gripal, esa especie de astenia otoñal; ni siquiera he tenido tiempo de alegrarme de verla, no me apetece hablar con nadie. Segunda sorpresa: salgo del que creo que es el edificio principal -aún no lo tengo muy claro- para entrar a otro edificio; en la puerta me cruzo con una chica a la que no he visto nunca y me sonríe; no recuerdo la última vez que vi una sonrisa gratuíta, debería haberle dado las gracias.

Tercera sorpresa:  entro al cuarto de baño y escucho que dentro de uno de esos cuartuchos infernales alguien entona un canto que se me antoja gregoriano. Si esa persona no se hubiera creído sola seguramente no habría cantado. Me he acordado de algo se cuenta en Rayuela, en Martín Hache y en boca de una amiga mía: parece ser que en Argentina la gente silba por la calle, aquí no. Lo que seguramente nadie hace en ningún lugar del mundo es cantar, canturrear a lo sumo. He recordado que quien canta su mal espanta, así que por la tarde he vuelto a casa cantando por el camino: la donna è mobile qual piuma al vento y lo que sigue. La gente de la Gran Vía repartía sus miradas entre mi voz de tenor borracho y amariconado y las tetas de una pipiola con vocación de prostituta; éramos un espectáculo.

Cuarta sorpresa (o susto): Aún en la facultad me he cruzado con otra persona que se ha sorprendido al verme: pero qué haces aquí, Goti -hay quien no me habla de usted-, apareces como un fantasma. Eso me ha hecho pensar y me he desvanecido en los pasillos.

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Me besó como se besan las láminas del viento, de una manera fugaz e irrepetible. Ahora que lo pienso, me hubiera gustado que aquella tarde hubiese sido negra como una noche cerrada, ahora que sé que en alguna de sus ensoñaciones infantiles aparecían figuras vampirescas, enlutadas y altivas, con sus ropas agitadas por lentas ondas de sensualidad y poderío ocultista; pero ella solía salir de sol a sol, descansando por las noches en una ensoñación casi mortuoria, un óbito de la consciencia en el que se soñaba vampiresa -yo siempre consideré esta condición de alta alcurnia-.  «Nihil est tam simile morti quam somnus», me dijo una vez alguien a quien yo consideré una sombra.

Yo ahora quisiera haber apagado el sol besando el viento como una risa colmada que apagara una vela. De qué me sirve, ahora que mi espacio es oscuro como la sombra de una bandada de mamíferos voladores que sobrevuelan esta ciudad cada noche, ahora que mi piel es la de un lobo que espera paciente en medio de la estepa -¿la llegada de qué?, cabría preguntarse-.

Ahora, sabido esto, me resulta irónico recordar aquel beso sorpresivo, fugaz como dos láminas de viento, porque, abatido por aquellos labios espectrales, había agachado mi cabeza, inclinándola sobre su cuello, dispuesto a apartar su melena morena y lisa y morder su piel tersa -¿habría sucumbido la luz del sol a las tinieblas de mi amor?-, pero me recreé tanto en el tacto de su pelo y en la calidez de su ropa negra, que súbitamente ella agitó sus mangas, anchas como alas membranosas, y se marchó. No había sabido darme cuenta de que yo no era un vampiro, sino una sombra, una sombra del atardecer que esperaba a la noche estirándose hacia ella.

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Hace unos días se celebró el cincuenta aniversario del lanzamiento del primer Sputnik, un artefacto que se convirtió en un hito tecnológico y, en su momento, en un símbolo de la Guerra Fría. El primer Sputnik surcaba el cielo como una estrella invisible regando el planeta con una especie de llamada a los hombres, un sonido frío y solitario que parecía llegar desde una distancia infinita -si es que eso existe-. Aquel símbolo no fue más que una masa metálica proyectada a un lugar que el hombre empezaba a acariciar con la punta de los dedos, una piedra artificial que terminaría por caer, pero puede que desde entonces los hombres miremos de una manera distinta al espacio, con los ojos de un romántico buscando un sitio en el que perderse, como se perdió Laika en el segundo Sputnik, como aquella canción de David Bowie que hablaba de una odisea en el espacio, porque ya se acercaba el momento en el que el hombre sería capaz de adentrarse en el vacío oscuro del Universo: ahora había espacio en ese mural enlutado de las noches terrestres.

Pero, como ya les he contado en alguna ocasión, el cielo de Granada es opaco como los ojos de las presas en las taxidermias. Aquí los hombres sólo pueden mirar al techo: un techo en el que se refleja la luz enferma de una bombilla de bajo consumo, otro cuyas esquinas amarillean de humo de tabaco, alguno al que llaman cielo, pero que está enladrillado como un refrán inpronunciable. Da la sensación a veces de que son los hombres los que miran al cielo -el suelo puede ser ese extremo opuesto que se toca con el firmamento-, emitiendo sonidos digitales que se pierden en una negrura insodable, como el primer Sputnik que giraba sonoro alrededor de la Tierra, con el perigeo de su ruta aproximándose a una colisión ineluctable; o como Laika, que falleció encerrada en una esfera perdida en mitad del Cosmos, sin saber jamás por qué estaba allí.