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Archivo de Noviembre 2007

Quizás ahora más que nunca parezco estar despierto, desde la luz dulce de las mañanas hasta bien entrado el frío negro de la madrugada; no hay noche que no me rinda a un corto paseo por las aceras, que son mías en exclusiva, ni sueño que pueda conciliar sin haber sentido el aire helado de las madrugadas, que viene desde una Sierra Nevada negra como el firmamento. A través de las calles, examino mi conciencia como un católico convencido, como si hubiera un dios que me obligara a un juicio meticuloso, como si hubiera en el alma posibilidad de condena o de inocencia.

Recorro las calles como quien recorre un pensamiento y doblo las ideas como esquinas oscuras, buscando quizás respuestas a preguntas que no he formulado, sentencias que aún no soy capaz de dictar. En las calles de nuestras ciudades, como decía Teodoro Golfín en Marianela, al pasear por las grutas de las minas de Socartes, «parece que somos la intuición del malo, cuando penetra en su conciencia para verse en toda su fealdad». Es así como puede uno buscarse en la sombra borrosa que, nacida de la luz anaranjada de las farolas excesivas, se proyecta en las aceras, donde caen las hojas caducas como livianas calumnias pisoteadas al pasar.

Es necesario refugiarse en esa soledad andante del noctámbulo, del transeúnte huidizo que abandera el paseo cabizbajo de los ebrios, de quien silencia el pasar grotesco de los camiones de basura con sus pisadas de gato pardo, como quien quisiera mecer en el silencio a un recién nacido, igual que el viento mece las hojas que suicidan sobre la acera, cayendo como calumnias que se deshacen al pasar. Y es por ello que ahora, más que nunca, parezco estar despierto, desde el portal gélido de mi casa hasta las esquinas más improbables de mis caminatas, porque intento abrir los ojos en la soberbia tiniebla de la madrugada, como un lobo que ávido abre la boca para lamer en el aire el olor de una presencia cercana que, de harto invisible, parece irreal.

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Hace unos días terminé un trabajo -que seguramente ustedes nunca leerán- en el que intentaba destripar los entresijos de la literatura a través de cuatro textos: el Gran prefacio de Mao, el Ensayo sobre literatura de Cao Pi, el Fu sobre literatura de Lu Ji y El corazón de la literatura y el cincelado de dragones de Liu Xie -de los cuales les recomiendo que curioseen al menos los dos últimos-. Mi reflexión sobre lo que teóricamente es o debe ser la literatura, visto desde la perspectiva de la antigua China, me llevó a una conclusión que durante un tiempo dudé en compartir: todo artista es un grandísimo mentiroso.

Digo que dudé en compartir esta conclusión porque seguí una serie de silogismos, de premisas más o menos dudosas pero que constituyen lo que hoy por hoy yo me atrevo a llamar realidad. Lo cierto es que creo que en estas páginas hay literatura -los calificativos peyorativos se los dejo a ustedes, que no seré yo quien tire piedras sobre mi tejado-, lo que me convierte en al menos un intento de mentiroso, algo a la altura de un caco de la palabra; pero parece que en los bajos fondos del arte también tejemos trolas, usamos la pluma como un cristal translúcido a través del cual miramos hacia el mundo obteniendo una visión más o menos favorable. Esa visión que llega a ustedes, que son quienes se emocionan, quienes se ilusionan -intuyo que quienes pasan página no están leyendo esto-, parece ser el producto de un tiempo empleado en medir la palabra. Lo cierto es que el poema espontáneo no me lo imagino fuera de un instituto, sin faltas de ortografía, tampoco sin tener de fondo a un adolescente onanista y melancólico o a una pava existencialista. Deduzco, por tanto, que todo el romanticismo que han leído ustedes en su vida es tan sintético como la bolsa del supermercado en la que hacen la compra cada semana. Desprendo también de estas reflexiones que en la realidad no hay literatura alguna, estoy seguro de que más de una vez se asomó Juan Ramón Jiménez a la ventana, con pesadumbre matinal y agotadora, y exclamó: vaya mierda de día. Lo siento por ustedes; pero más por mí, que a estas alturas me siento ese mago cabrón y frustrado que revienta los trucos. No se fien de los poetas.

Dudé en decirles que todo lo que lean es mentira, porque entonces estaría llamándome mentiroso a mí mismo, acusación que creo de las más graves que se pueden hacer. Y sin embargo, aquí sigo contándoles que todo lo que leen es falso, porque en algún momento de mis fluctuaciones recordé la paradoja de Epiménides, y pensando que en realidad miente todo el mundo, se me ocurrió que la diferencia entre lo real y lo falso no se vislumbra sino pasado el tiempo. Todo sentimiento, igual que la poesía, es falso mientras el tiempo no demuestre lo contrario; ese amor grandilocuente que se declara es un ardid, pero si existe una mínima posibilidad de la realización de algo, ésta pasa por dejarse caer en la posible trampa. Tendrán que dejarse engañar, tendrán que seguir leyendo, tendrán que creer en ese falso amor.

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He hablado con muchas personas que aseguran que 2007 ha sido un año pésimo, que se sienten aliviados porque en sus últimos coletazos deja entrever lo que puede ser un esperanzador año nuevo, como si el uno de enero, más que un día de propósitos, fuera una jornada de olvido en la que desprenderse del lastre emocional dejado por los últimos doce meses. Dicen todos que los años impares son los de la buena suerte, pero que éste, extrañamente, se ha salido de madre varias veces por mes; y yo recordé que mi amigo Ernesto me dijo una vez, hablando de una novia que tuvo, que los años pares eran malos y los impares peores.

Ahora que empezamos a escribir el epílogo de este año -diciembre parece un mes fantasma, un catálogo de gran almacén- me pregunto qué sentido tienen esos números que ponemos a los días y a los meses, qué extraño origen tendrá la buena suerte que trae el primer día de cada año, si no será cierto que el tiempo no es más que una sucesión de primaveras y otoños. Me pregunto también si esa meditación navideña significa que hemos sido irreflexivos el resto del tiempo; tal vez nuestros días sean el fracaso de los propósitos de año nuevo.

Creo que coincido con los que afirman con cansancio plomizo que 2007 ha sido un año horrible, con el tiempo he aprendido que los epílogos son una sucesión de catástrofes. Sin embargo creo que durante estos meses tediosos me he situado justo donde quería estar, que no es una posición privilegiada, pero sí un momento por el que tenía que pasar. Es muy probable que sea el hastío de 2007 el que ha hecho que ustedes lean estas líneas y, sin duda, el responsable de que lean las que están por llegar.

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La placeta

A la Rosaleda yo la llamaba la placeta de los chinos (aunque nunca llegué a saber su nombre a ciencia cierta), porque era allí donde me desollaba las rodillas y los codos, rasguños encarnados que mi madre teñía con mercromina roja, mientras jugábamos al escondite, al pilla pilla, al fútbol de placeta con una pelota de plástico, o dábamos vueltas con nuestras bicicletas, que ahora parecen prehistóricas, porque eran anteriores a la moda de las mountain bikes que se fabricaban con metales más ligeros, tenían cambios y nombre inglés. Desde nuestro mundo del Cercado, nuestro barrio, la ciudad parecía infinita cuando la veíamos exhalar el humo de la fábrica de Cervezas Alhambra, extendiéndose en una red de calles que creíamos exóticas; incluso las calles del Cercado parecían ser infinitas: una cuadrícula de cruces que se bañaban en el sol dominical de una infancia demasiado pequeña como para encontrar límite alguno, casas por conocer, lugares extraños que aparecían al doblar cualquier esquina, rincones en los que nos escondíamos como si hubiésemos huido a otro mundo, aquella plaza que se abría tras un arco encalado, con una fuente en el centro, a la que solía ir a la espera de encontrarme con alguien, algún personaje de la literatura infantil, alguna historia que hacer mía.

Cambiaron los chinos de la Rosaleda por albero y mi hermana pequeña la bautizó como la placeta amarilla; tiempo después pusieron algunos columpios y la plaza quedó vacía. Para entonces los misterios de Granada ya parecían haberse desvanecido en sus orgías de tráfico, en los ires y venires de los autobuses, en los apuntes garabateados de biología y lengua del Bachillerato, después en los formularios y las llamadas telefónicas a clientes, en las cartas del banco y el sinfín de palabras vacías que disolvieron la ciudad. Así pusimos límites a las plazas y las calles, a las ciudades y a los países, a los paseos y a los días de sol. Aprendimos a reducir el mundo a una esfera azul en la que el lugar más lejano al que se puede ir es Nueva Zelanda, el tiempo no transcurrirá más allá de los límites del siglo XXI, lo que no suceda quedará más allá de las fronteras de la posibilidad, lo que vivamos estará limitado por un final.

Me marché de allí hace muchos años y al volver he visto la plaza de los chinos vacía; se habían marchado hasta las hojas. La primera sensación que he tenído al ver las calles desiertas ha sido que las distancias han menguado: la plaza de albero parece más pequeña, la de los arcos parece un patio interior venido a más, las calles se han acortado y estrechado dejando apenas espacio para un coche, las casas inmensas son casas bajas y en el barrio no queda ya espacio para los recodos mágicos. Parece que hemos encontrado los límites del mundo: están allí, en nuestros globos terráqueos, en las cartas esféricas y las ondas de los satélites, en las rodillas cicatrizadas, en la ropa impecable y en el cáncer de la burocracia; y hemos olvidado lo que hay más allá de las plazas y las calles, si es que queda algo.

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Hemos buscado refugio en un frío tan intenso que parece quemar, como si el dolor helado de nuestros rostros pudiera cauterizar las heridas del espíritu. Salimos a la calle, los que no encontramos dónde meternos, con los hombros encogidos y el nervio del paso tiritando. Hemos roto con la poca paz que quedaba en nuestra piel: miradla palidecer, transida y nívea, hasta odiarnos. Pero tú sabes que somos así, los que sentimos miedo a todos los sonidos y discursos que se alejan de la paz, y sólo en la calle encontramos descanso, allá donde se arremolinan los retazos caducos del otoño, donde las sombras rasan los muros y las calzadas en una tormenta fingida, donde mi pelo se desordena cabizbajo.

Por eso salí.

Los primeros ruidos que vinieron de la sala de estar doblegaron mis manos y las palabras levitaron, como humo que se pierde en el techo de una habitación cerrada. Yo escribía; los escuché reunirse poco a poco en la sala de estar en un murmullo creciente hacia el estruendo: cada vez eran más, reían, bebían, comían, conversaban sin que yo entendiera lo que hablaban. Mudo como estaba yo, pensé en escapar de allí: como en el relato de Julio Cortázar, la casa había sido tomada por personas desconocidas. Sin embargo, quienes ocupaban mi casa estaban en una habitación camino de la puerta de entrada. Tuve, por tanto, que atravesar la habitación infestada de gente, con la cabeza gacha para pasar desapercibido, deseando que tendieran poco más que un saludo tímido: aquel que apenas desmintiera mi invisibilidad. Ahora sé que tengo cuerpo, mas he de dudar de mi alma, pues alma no hay que me capture.

Así salí.

La calle era negra como un crimen, como mi chaquetón abotonado, como la noche cerrada. Como en el relato de Julio Cortázar, yo había salido de la casa tomada. Sin embargo, quien me acompañaba a mí no era sino el más puro nadie del otoño, que rodeaba con su brazo mi cintura. Qué inválida nostalgia la de las habitaciones cerradas, qué amarga añoranza la del silencio sepulcral, qué dulce el recuerdo de la soledad acompañada y maldita, qué oscura la sangre que parece vino, cuando es el otoño sino único.

Fue entonces cuando decidí no ir a verte, cuando pensé en lo amenazante de las miradas deliberadas y en el daño profundo de las presencias, cuando prometí callar todas las palabras que te guardaba, porque hemos vendido nuestra alma quienes tememos a lo ilusorio, con ella todas sus esperanzas. Nos han prometido el silencio, pero a cambio hemos obtenido el frío inútil de los otoños vagos, el que apenas sosiega el hambre callejera, como si el murmullo incesante del viento pudiera curar las heridas del espíritu.

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Recuerdo a un niño que removía vasos de leche calentada en un cazo, disolviendo los grumos del Nesquik, y emparejaba galletas María con capas de mantequilla que se desbordaban al apretar lentamente con los dedos. Era el tiempo en que aún se asaban castañas en las casas, los espejos no se podían mojar porque perdían el azogue, los frigoríficos duraban para toda la vida, no había necesariamente una televisión en cada hogar, sí un cuarto de las ratas un tanto infuso, y los entretenimientos se buscaban en la calle o en un tablero, con palomitas de maíz a las que llamaban rosetas, al calor de una estufa de butano que tejía una cortina de fuego al encenderse.

Recuerdo a aquel niño que se peinaba con la raya al lado y agua abundante cada mañana, que se despeinaba en apenas unos minutos, dejando sobre la frente un flequillo castaño que nunca llegó a rizarse del todo. La noche era todavía un misterio que apenas llegaba a intuir en verano o en aquellas tardes frías de noviembre, cuando había ya que atarse la bufanda y calarse el gorro de lana, poner cara formal y comportarse bien, haciendo méritos ante la inminente llegada obsequiosa de los Reyes Magos, que observaban con voluntad admonitoria el mal comportamiento de los traviesos.

A través de los rincones sombríos del patio del colegio, de las misteriosas ventanas enrejadas de la iglesia, de los lugares que nunca había visitado, aquel niño que fui yo quería encontrar un retazo de la ficción que había imaginado, que había encontrado en los libros ilustrados y en las mentiras que todos los niños necesitan creer. Recuedo que desde el balcón de la casa de mi abuela, en la que era mi habitación y antes había sido de mi padre, se podía ver cada tarde una estrella -que ahora sé que no es tal-, y mi abuela me contaba que era aquella la estrella que estaban siguiendo los Reyes Magos, que venían ya de camino. Pronto aprendí yo que aquel astro luminoso no era la estrella que guiaba a los Magos de Oriente: estos se guiaban gracias a la cola luminosa del cometa Halley, que yo no recuerdo haber visto -pero sé que vino a la Tierra casi a tiempo de darme la bienvenida y sé que quizás llegue a tiempo de despedirme dentro de unas décadas-.

Aquella ficción onírica se derrumbó poco a poco. Era imposible viajar hacia Nunca Jamás, porque era imposible alcanzar las estrellas. Peter Pan envejecía en algún lugar del mundo con la eterna juventud vencida por el paso del tiempo, Wendy siempre supo que tendría que volver a casa dejando a los Niños Perdidos y, por último, Campanilla asumía que su destino era tan ínfimo como su cuerpecito.

Ahora suelo pasear al atardecer por este barrio, lejos de aquella ventana desde la que veía la estrella de los Magos de Oriente, y observo las nubes que cubren un cielo sin estrellas; a media tarde caliento café en el microondas y enciendo la calefacción. Me siento a escribir con la libertad deshinibida de los inconscientes; no temo ya al ojo vigilante de Melchor y sé a ciencia cierta, de la época en que estuve trabajando en el colegio, que los pasillos no esconden rincones mágicos.

Sólo aquel misterio de la noche empezó a desvelarse, de una manera sugerente, haciéndome pensar que siempre tiene algo más que ofrecer. Ahora salgo de casa despeinado, agito el vaso en el que el camarero mezcla líquidos aberrantes y me cruzo con desconocidas que me hablan sin yo entenderlas. Wendy se desdibuja, porque su falta de ímpetu en la lucha contra la vejez acabó por arrastrarla a un claroscuro, hace tiempo que no sé nada de Campanilla y los Niños Perdidos me llaman de vez en cuando. Los que escogimos envejecer como Peter Pan aprendimos a viajar en la noche, aquella noche que nos maravillaba y de cuya magia inventamos una comunión cada vez que el sol se pone, perdiéndonos en un astro, luego otro, y por último todo recto hasta el amanecer.

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Si he de ser sincero, mis conocimientos de Arte e Historia brillan por su ausencia, y quizás por eso me sorprendió lo que les voy a contar -aunque pensándolo bien puede ser de lo más normal del mundo-. Desde hace un tiempo vengo quejándome a ratos de la dificultad de encontrar ciertos textos chinos traducidos al español y, por extensión, del divorcio cultural que existe entre nuestra civilización actual y la China clásica, de la que parece que sólo hemos aprendido algunas técnicas de decoración. Sin embargo, poco a poco voy encontrando en nuestra cultura popular objetos importados, tras un largo viaje, desde China. El pasado martes, en una conferencia excelente titulada Filipinas, Puerta de Oriente, incluída en el ciclo de conferencias que esta semana ha organizado el Seminario de Estudios Asiáticos de la Universidad de Granada, Alfredo Morales (Universidad de Sevilla) habló de algunos objetos que llegaron al imperio español desde Manila, pasando por México.

Uno de los datos que aportaba era la influencia que había tenido la porcelana china de la dinastía Ming (1368-1644) en la estética de ciertos enseres, que empezarán a fabricarse en España con los blancos y azules característicos de los jarrones de esta dinastína. Alfredo Morales habló también de una mitra regalada a la Hermandad de San Fermín que fue encargada desde México a Manila y, a su vez, desde Manila a China -he buscado la foto pero no he podido encontrarla-.

Pero quizás el más sorprendente de los objetos es uno que el folclore español ha absorvido y hecho suyo. El mantón de Manila, que se llama así obviamente por su importación a través del puerto de Manila, en Filipinas, tiene sus orígenes también en la artesanía china. En la zarzuela La verbena de la Paloma se nos documenta muy bien sobre este detalle en el que no se suele reparar, cuando se cantan esos famosos versos: «¿Dónde vas con mantón de Manila? / ¿Dónde vas con vestido chiné?». Se pueden imaginar la etimología de la palabra chiné.

En realidad parece que somos más chinos de lo que parecemos. Durante mucho tiempo España mantuvo un importante intercambio cultural con China que, precisamente ahora, en la era de las comuncaciones, parece haber desaparecido casi por completo, empenzando a retomarse de nuevo cierto interés por su cultura. Personalmente espero que las dificultades que tenemos para acercarnos a la cultura china quienes no hablamos la lengua de Han vayan desapareciendo. Por fortuna, podemos depositar una gran esperanza en aquellos que la investigan, quienes importan ya no sólo objetos, sino la cultura en sí.

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Ahora te escribo para escapar de aquí, porque he intentado crear un mundo en el que tú y yo somos el aire y el agua de un mismo paisaje. Ahora pienso en esta lluvia, que se vuelve monzón en los aeropuertos, y quiero dibujar un sol blanco, que seas tú la tinta china que perfile las formas de este lienzo vacío. Antes de que vueles como el Fénix y quede yo esperando tu resurgir, quiero regalarte, como la flor de loto, una semilla que recoja las últimas gotas de rocío, que crecerá cuando encuentres una orilla umbría y cálida, que se abrirá en un batir de pétalos como palabras -palabras que desde tu oído buscarán media luna en tu boca-. Ahora que escribo para escapar de aquí, sean estas palabras semillas que vuelan, más ligeras que mi voz, hacia aquella orilla, la que siempre queda al otro lado, la de los besos que aún no han cerrado mi boca, haciendo innecesarias las palabras.

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Quizás mañana, veinte de noviembre, más que otros años, se calienten a hostias las vertientes radicales de las ideas en España, los que luchan por ideas obsoletas e incongruentes y los que dicen defender la libertad callando bocas.

Los fascistas españoles ya no exhiben parafernalia, sino sino trajes decrépitos o ropas de pandilleros que esconden armas blancas y cobardes. No defienden a los vivos, sino la memoria rancia de los muertos -Franco la diñó, mi menos sentido pésame-. No predican un ideal patriótico, sino radicalismo asesino. Ya no arrastran multitudes, porque no es suya ya la extorsión convincente de la fuerza militar, sólo la brutalidad del pandillero, y sólo les queda la mentira propagandística, decir que hace un año había siete mil personas en Plaza de Oriente de Madrid, cuando los vítores franquistas eran desentonados por unos pocos centenares de exaltados.

Los fachas del antifascismo han estado últimamente nerviosos, con ganas de zurrar a quien se pusiera delante, escondidos en la excusa de la lucha contra la represión. Como toda forma de barbarie se apoyan en una incongruencia falta de sutileza, intentando situarse a la izquierda de las ideologías, como si la guerrilla urbana fuera una forma de ejecución política y no de terrorismo barato y cobarde.

La imbecilidad se reparte en dosis idénticas por los cabos de una cuerda de ideas mal construídas. Los extremos siempre se encuentran, faca en mano y a chuletaza limpia, en esa singularidad ideológica que se llama violencia.