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Archivo de Noviembre 2007

Me envió una fotografía en blanco y negro: ella recostada sobre la cama, con el vestido deslizándose sobre sus muslos, descubriendo casi por completo las piernas, suspendidas en el aire de la habitación, iluminadas por un visillo de jazmín que les daba un suave volumen hasta perderse en la tela negra del vestido. La cintura se entalla como un pálpito contenido, cediendo al pecho la respiración, que yo imagino profunda y pausada, y más arriba la cara se gira hacia la cámara, descubriendo un cuello que pretende esconderse de la fotografía y que yo imagino suave y tibio.

Imagino que detrás del objetivo estoy yo, escondido y atento, esperando la caricia tenue de las sábanas y su piel, mirándola mientras ella se tumba despacio, como si yo no estuviera allí. Hubiera querido retratarla, pero las formas que pueden dibujar mis manos son torpes y el color de sus mejillas parece haber huído del óleo. Durante mucho tiempo he imaginado que soy yo quien secuestra el negativo de su mirada en la película, quien después busca sus muslos con la yema de los dedos y su cuello con la timidez de los labios. Sólo me queda de ella esta foto repentina que en realidad jamás me ha pertenecido. Ha aparecido ella en forma de obsesión recurrente en mis paseos por el centro de la ciudad: veía en algunos escaparates vestidos, negros y entallados como el de la fotografía, e imaginaba que algún día serían suyos, con un ímpetu tal que empecé a creer que era ella quien estaba dentro.

He querido olvidar sus piernas, que se alzaban para que los dedos acariciasen el aire fresco de la habitación. He querido escribir, encerrar esta fotografía en unos versos que no he podido encontrar ni con el frenesí de quien busca una última salida,  porque mi pluma es torpe y su recuerdo parece haber huído de las palabras.

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Para quienes andamos por la calle con la elegancia de quien anda por casa, quizás con pena y siempre sin gloria, los protocolos son coreografías que se nos antojan compuestas a partes iguales por vacuidad y tedio, pompas de alarde que huelen a rancio y a vanidad. Recelamos del lujo suntuoso, del pavoneo galante y del eufemismo emperejilado: nos parece cada ritual una ceremonia de engaño y de apariencia. Debe ser la diplomacia algún tipo de ciencia exacta del engaño, al menos en la humilde opinión de una persona, servidor, que colecciona entre sus calificativos el de primitivo, así de gráfico -quizás porque me paso el respeto infuso, la piedad filial y la jerarquía injustificada por el forro pudendo-.

La nueva frase lapidaria de SAR, que encabeza la clasificación de las más populares de la última década después de habersela escupido a Hugo Chávez, me ha sorprendido menos que la falta de una reacción de crítica masiva, es decir, lo que en España se ejecuta como una jauría de hienas sometiendo a acoso y derribo al primero que se encuentren. Ya sabemos que aquí el petardeo gusta como si alimentara; no habría protagonizado el Lazarillo una picaresca de haber podido participar de los chismorreos de un mercado cualquiera.

Pero el método olímpico con el que SAR se saltó las las normas protocolarias para mandar callar al payaso de moda del mundo hispanoamericano -ya que Ansar está oficialmente retirado de la farándula- no carecía de elegancia, detalle laudable en un panorama de ocurrencias chabacanas. Si SAR hubiese hecho caso de la doctrina confuciana, aplicando la sentencia del maestro chino que aseguraba que había rectificar los nombres, tendría que haber concluído su «¿por qué no te callas?» con una leve pausa y un apelativo inequívoco: «gilipollas» -y poco se le podría haber recriminado, porque no es incierto-. El protocolo aquí jugó el papel de la dignidad: la que todos fingieron ver en el déspota venezolano.

Esa elegancia es la que le faltaba a la viñeta de la revista El lunes, carencia que parece bastar para multar a sus autores. Si es cierto que tenemos libertad de expresión, la única falta de la viñeta fue la del decoro, un decoro que brilla por su ausencia en muchos hogares del vulgo español, entre los que incluyo el mío, convirtiéndonos a todos en delincuentes comunes de la decencia. Pero no puedo evitar imaginarme a Don Juan Carlos viendo por primera vez la viñeta protagonizada por su delfín, dejando escapar una risotada simpática.

Habrá que rectificar los nombres como decía Confucio. Deberíamos llamar cabrón al jefe de estado que cierra televisiones y amarillea en sus discursos, deberíamos llamar diplomático a aquel que ataca a quien no deja hablar. Yo, por mi parte, volveré a llamar Rey a nuestro Jefe de Estado cuando en España sea compatible la crítica con la falta de decoro, condición básica para que sea total la libertad de expresión. Sólo así tendrán sentido los ritos, protocolos y demás pamplinas.

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Me contó que había soñado con él. Después de un par de años separados, varios meses ya sin verse y unas llamadas telefónicas cada vez menos frecuentes, él había aparecido en uno de sus sueños sin haber una razón aparente: fue de improviso y, en cierto modo, a traición. Le dije que los sueños no significaban nada, la intenté engañar asegurando que el pasado, a través de los sueños, era arbitrario e insignificante.

Pero las finas hojas del sueño se habían diluído como una infusión en el agua de la mañana. Al despertar, había salido ella de la cama vacía para recorrer el pasillo azulado, descubriendo sin sorpresa que la lluvia surcaba con una falsa calidez las ventanas del amanecer. Había vuelto a reparar en su soledad y todo era azul como el humo triste. No pudo en todo el día olvidar la imagen de él.

Abría el otoño, a través del sueño, aquella puerta de los inviernos pasados, de su densidad recurrente y agotadora. Era aquel el invierno de Sísifo. Era aquella piedra la que hunde una y otra vez a los náufragos que nunca terminan de ahogarse, la que tornaba al aire frío y pesado como el viento de Sierra Nevada, la que lastraba los bidones incendiados de las viejas castañeras, la que humedecía todos los ocasos, que eran hundimientos anunciados e inevitables de la luz líquida del sol ruborizado.

Aquella noche, frente a frente, me contó que había vuelto a soñar con él sin más consecuencia que un desconcierto nostálgico, aunque dulce. En qué lugar, entonces, estaba mi fantasma, que desaparecía siempre en el olvido y que jamás conseguía alcanzar la cima del recuerdo -en qué lugar, por tanto, estoy yo, que de mi cuerpo solo quedan unas cicatrices en el vientre-. Yo, que a esa hora de la noche empezaba a sentir cómo mis entrañas crecían -y con ellas el corazón-, quise marcharme, porque las veladas de otoño sólo son dulces en soledad.

Al salir a la calle, le expliqué que era el nuevo frío lo que hacía rodar a la memoria a través de los sueños, empujándonos hacia el recuerdo, para que más tarde volvamos a escalar la siempre incompleta cuesta del olvido. Me marché a casa -eramos dos, la noche que me acompañaba y yo- pensando por el camino qué cuerdas se estarían desprendiendo de mi cabeza en ese momento, vibrando intensamente a lo largo de kilómetros de distancia, para interferir en el sueño de alguien que me vería aparecer de repente, que volvería a hablar de mí a alguien mucho después de haberme creído olvidado.

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La historia de la ciencia ha sido, a lo largo de los siglos, una carrera de ciegos que intentan llegar a una meta cuya existencia es incierta. Sin embargo, muchos de estos ciegos han sabido ingeniárselas para guiarse hacia ese fin: la elaboración de una teoría unificada del Universo, la llegada, por fin, al límite del conocimiento humano. Pero la carrera de la ciencia es traicionera, y justo cuando creemos estar llegando a nuestro destino nos encontramos con nuevas barreras que sortear o, si quieren, nuevos sucesos a tener en cuenta.

Aparte de la naturaleza misma del Universo, la ciencia ha tenido dos grandes obstáculos a lo largo de la historia. El primero ha sido la carencia de tecnología suficiente para avanzar, problema que se fue solucionando poco a poco en el siglo XX, dando paso, por fortuna, a una época rica en descubrimientos -descubrimientos que a su vez son muy interesantes-.

El segundo problema que ha tenido la ciencia, y que parece inevitable, ha sido el condicionamiento social de muchos de los hombres que han trabajado para su desarrollo; tenemos el ejemplo de Aristóteles, que describió la tierra como un disco plano -seguramente por razones místicas- pese a tener indicios para darse cuenta de lo contrario: durante los eclipses lunares, la sombra dejada por la tierra en la luna era siempre circular -nunca elíptica como debería haber sido de ser la tierra plana-. Pero eso ha pasado incluso en nuestros días. En el siglo XX, la teoría del big bang tuvo una gran acogida porque daba una explicación plausible a la formación del universo y, además, dejaba un lugar para la acción de un creador en las primeras fracciones de tiempo posteriores al estallido. La Iglesia católica no tardó en aceptar la teoría, pidiendo, eso sí, que no se investigara más allá de esa barrera, que no se llegara a la raíz del big bang, porque era el lugar que le correspondía al Creador.

Ese mismo problema es el que tenemos en la calle, los humanos de a pie, para concebir el Universo tal y como hoy día creemos que es, porque parece que hasta nuestro idioma se queda corto para entenderlo: un universo finito y sin barreras -parece un poco contradictorio-. Siempre hemos tenido la idea, ya sea por las teorías del big bang y el big crunch o por el mito de la creación del Génesis, de que todo ha de tener un comienzo y un final. ¿Podemos realmente entender un universo en el que un viaje hacia el infinito en el espacio nos devuelva al punto de partida? ¿Podemos entender un universo en el que un viaje en el tiempo hacia la eternidad -pasada o futura- nos devuelva a la actualidad? Podemos, si y solo si desaprendemos ciertos falsos mitos y somos capaces de construir nuestra idea del entorno de una forma distinta. No obstante, habrá quien se niegue a hacerlo, porque, si no existen ni un principio ni un final, ¿qué lugar queda para un creador?.

En cualquier caso, lejos de vivir en un universo que las matemáticas pueden medir, existe un límite que por ahora parece insalvable para la ciencia, aquel que describió Heissenberg y que viene a darnos un margen para la incertidumbre. Dudo que ése sea el nuevo lugar que la ciencia reserva para el Creador, pero puede que sí sea la morada última del libre albedrío.

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Resulta que me encontré un mensaje horrible en el contestador del teléfono lóbih, como una mujer mayor que llamaba como quejándose de algo, pero nada, un poquillo solamente, un par de segundos. Así que me preocupé y se lo dije a mi hijo y le dije que lo escuchara, porque a mí me dio como angustia, y le di el lóbih y me dijo «pero mamá, si tienes dos mensajes en el contestador», y yo le dije que sí, que el otro era de arreglador de televisiones, que querría algo, porque resulta que había tenido que llevar la tele a arreglar porque se nos ha roto, que yo creía que era del botón, como siempre, y resulta que no, que es de no sé qué fuente que me ha dicho el hombre, una ruina, vamos. Es que en mi casa se rompe todo: ahora ha sido la tele, hace poco la lavadora, de siempre el caset de los cedés, porque en mi casa el casét de los cedés nos dura dos telediarios y hay que comprar uno nuevo, que parece que tenemos un gremlin que nos joroba todos los inventos, porque fíjate que antes nos duraban las cosas para toda la vida,  que mi madre tiene un frigo del año de la pera, el de toda la vida, que no lo ha cambiado ni una sola vez, sólo tuvo que llamar para que lo arreglaran un día, porque enfriaba poco, pero mi madre tiene todos los electrodomésticos de cuando se casó. Mi madre, ay, que está fatal, con una atrosis y un ojo que no ve y ahora va la médica y le saca colesterol, y yo le dije «mamá, tú necesitas alguien que te apañe la casa, tendríamos que buscarte una muchacha», pero mi madre no quiere, por más que se lo diga, ni inmuto caso, por más que le digo «pero hija mía, es que no ves que así no puedes, que te cuesta la vida», pues nada, marchando, como hoy día no se puede una fiar de a quien mete en la casa, con tanto rumano y tanto desalmado como hay… como lo que el otro día salió en las noticias esas de por la tarde, las de Gente, la mujer esa a la que quitaron todo, que la engañaron, y no era mayor ni nada, que sí mujer, ¿no lo has visto?, lo de la mujer esa de Madriz, resulta que la llamaron al timbre los hombres del gas para hacerle la revisión y luego ni gas ni nada, todo un timo, y la embalijaron y se fueron tan carpantes, y la pobre criatura allí en su casa con el susto que le metieron que es para que le de un síncope, que es que una ya no está tranquila en su casa, que se sienta a cenar una con un regomello por si suena el teléfono, que a esas horas sólo llaman para dar disgustos, ¡digo!, como a mí, que me llamaron el otro día y yo me llevé el sustazo padre, bueno, no me llamaron, fue un mensaje, mira, te cuento: resulta que me encontré un mensaje horrible en el contestador del teléfono lóbih, como una mujer mayor que llamaba como quejándose de algo, pero nada, un poquillo solamente, un par de segundos…

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I. De esta historia sólo me interesa el final: allí, a la salida de aquella casa marrón en la que festejaban un día cualquiera, al borde de la carretera serpenteante que se perdía mitad de la campiña inglesa, a aquella hora en la que el día era de una claridad difusa bajo el cielo nublado -sin embargo no había llovido ni llovería-, donde un jolgorio que sonaba lejano apenas hacía temblar el silencio plácido de la tarde.

Se escuchó un trueno. Yo creí ver pasar un rayo humeante sobre mi cabeza y deshacerse en la carretera, unas decenas de metros en dirección a la ciudad. Allí apareció un coche negro del que se bajó un hombre. El hombre empezó a caminar hacia mí, con ritmo diligente, agitando los brazos, que agitaban también su levita, con su rostro -que en un principio me resultó familiar- enfurruñado y apretado sobre el pañuelo de seda holgado alrededor del cuello. Pensé yo que era un enviado del cielo que venía con algún tipo de reprimenda. Francisco Umbral, colérico, recorrió los metros que me separaban del coche y siguió de largo sin mirarme. Yo, al reconcer su cara, quise saber qué hacía en mitad de la campiña inglesa un hombre que, era sabido de todos, estaba muerto y enterrado. Le pregunté educadamente «Don Francisco, ¿cómo es que está usted por aquí?». Obtuve por respuesta el silencio, de modo que decidí insistir: «Don Francisco, ¿cómo es que está usted por aquí?». Obtuve por respuesta una mirada remoñona. Que no nos conocieramos no quería decir que yo fuera invisible para él, así que pregunté una tercera vez: «Don Francisco, ¿cómo es que está usted por aquí?». Él alzó el brazo, la barbilla y la voz: «Yo he venido aquí para ignorarte».

Pero fui yo quien despertó.

II. En resumen: cuenta Zhuangzi que una vez soñó que era una mariposa. Cuando despertó, se preguntó: ¿había soñado él que era una mariposa, o era en cambio una mariposa que en ese momento estaba soñando que era Zhuangzi?.

III. Es posible que sea Francisco Umbral quien ha soñado que se encuentra conmigo en la campiña inglesa. Es posible también Zhuangzi esté soñando que escribe su libro y que yo lo leo miles de años después. ¿Se encontrarán los dos en ese sueño en el que yo escribo sobre ellos?.

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Desde niños nos han enseñado que la tierra nos atrae, que los objetos tienen un volúmen y que el tiempo pasa -con una sensación de mayor rapidez cuando somos mayores- estableciendo un orden en los sucesos que presenciamos a lo largo de nuestra vida. Aún más, lo hemos aprendido de una manera científica en las clases de ciencias que, en la secundaria, apenas se salen de la física clásica; también lo hemos comprobado en el día día, en el pasar de las horas rodeados por cuerpos tridimensionales. Aprendimos a leer la hora en relojes digitales y de aguja y nunca nos preguntamos porqué todos los segundos duraban lo mismo, ni porqué las agujabas giraban siempre hacia el mismo lado: ese dogma que es el sentido de las agujas del reloj . Son conceptos tan tangibles que se han convertido en verdades absolutas.

Que vivamos en un entorno como es el de este planeta no quiere decir que no estemos preparados anatómica o mentalmente para percibir lo que se sale de nuestra naturaleza. La tridimensionalidad del espacio y la continuidad del tiempo fueron conceptos que se desmontaron -como aquel de la tierra plana- cuando alguien descubrió que un haz de luz torcía su camino para precipitarse en un agujero negro. Nuestra manera de entender el universo no funcionaba en las inmediaciones de aquel inmenso agujero devorador de todo, que se tragaba a un asteroide con la misma facilidad que a las creencias humanas, y que se tragarán sino se están tragando ya a Dios y a todos los santos.

Más allá de lo visible -de esa «ineluctable modalidad de lo visible» de la que hablaba Joyce, que quizás no sea tan ineluctable- hay un mundo que, quizás por tener una existencia más discreta al ojo humano, parece escapar a nuestros sentidos e incluso a nuestra imaginación, cuando en realidad es tan real y tangible como éste que sí creemos comprender. Para comprenderlo quizás haya que desmontar primero esa idea del tiempo, medible por los relojes, de avance continuo y de naturaleza casi mitológica, para entender que semejante concepto no es sino un intento de explicar una dimensión más del espacio en que vivimos, un espacio de cuatro dimensiones en el que lo que entendíamos como tiempo no es ni mucho menos constante y, por supuesto, no hay certeza de que transcurra siempre en la misma dirección.

Abre Carl Sagan su introducción a un viejo libro de Stephen Hawkin diciendo que «nos movemos en nuestro ambiente diario sin entender casi nada acerca del mundo». Por eso, si no aprendemos a ver el Universo (y nuestro planeta como parte de él) de una forma ya apartada de esa percepción tridimensional y directa, no entenderemos a Hawkin cuando habla de una quinta dimensión: la dimensión de lo probable, esa que nos permitirá dar marcha atrás y escoger diferentes caminos en la línea del tiempo, porque el tiempo, definitivamente, ni es continuo, ni irreversible, ni único.

Hoy día, aunque no se enseña en los colegios, sabemos también -aunque Joseph Ratzinger no quería que Hawkin lo dijera- que el Universo no necesita tener un principio ni un final y además que, de tenerlo, no necesita de un dios que lo cree o lo destruya a su antojo; se basta el cosmos por sí mismo. Esta idea, que seguramente dejaría a Torquemada en el paro, puede llevarnos a plantearnos sencillamente todo. Al final, como siempre, es la duda la que formula las preguntas; la imaginación esboza las respuestas, siempre con la venia del desaprendizaje de nuestros falsos conocimientos.

Desde niños nos enseñaron que había un dios vigilándonos desde el cielo, quizás velando por nosotros -solían callarse que Dios había muerto-, pero más tarde descubrimos que no podía ser cierta aquella benevolencia de aquel Señor de los católicos, falible como el arma de un feriante, que sonaba más a herramienta de sometimiento que a esperanza eterna; pero ahora sabemos que basta con concebir el Universo de una manera moderna, a través de los indicios que encontramos en esos agujeros negros que se alimentan de luz y de materia cósmica, y descubrimos no sólo que Dios no existe, sino que no le necesitamos, que la existencia eterna del Universo no depende de una fuerza superior de origen divino.

Tal vez sea nuestra eternidad propia, la de cada individuo, la que sí dependa de la existencia un dios que no existe -yo creo que no-; pero en realidad, quizás, no podamos plantearnos qué es la existencia hasta que no sepamos qué hay más allá de esos bordes de atracción voraz de los agujeros negros: será entonces cuando veamos cambiar el tiempo, estirarse y achatarse como un acordeón, y entonces los relojes no servirán para nada, sólo para adornar.

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Paul Bitternut me sorprendió ayer con un regalo que creo que va a ocupar un lugar de lujo, cerca del alcance solícito de mi mano, en alguna balda de mi estantería. Después de llevar tiempo buscando la traducción al español que Carmelo Elorduy hizo del Romancero Chino -habiendo tenido el tortuoso placer de manejar un ejemplar prestado- y que el dichoso libro no apareciera en ningún sitio, una especialista en sinología me aseguró, como quien confirma la pena capital, que la edición en español del que es posiblemente el libro más importante de la tradición literaria china está descatalogado. -Para qué editar un clásico, pensarán las editoriales, habiendo lo que hay en las listas de los más vendidos, entre los que se encuentran las últimas obras de Torquemada y Ansar-. Tuve que redirigir la ampliación china de mi pequeña biblioteca hacia otras obras. La última adquisición, hasta ayer, fue Wen xin diao long (El corazón de la literatura y el cincelado de dragones), traducido, introducido y anotado por Alicia Relinque.

Pero Paul Bitternut me sorprendió ayer con un obsequio que creo que va protagonizar muchas de mis lecturas durante mucho tiempo, una antología de poesía clásica china editada y traducida por Guojian Chen, de quien ya había leído Poemas de Tang, edad de oro de la poesía china, libro que recomiendo como todos los que lleven en el título la palabra Tang. Poesía clásica china da un repaso a lo más importante de la tradición literaria de los hijos de Han, desde el siglo XI a.C, antes de ser hijos de Han, hasta la caída de la dinastía Quing a principios del siglo XX. No podía celebrarlo de otra forma que recitando -por obsesión- a Li Bai con el permiso de Guojian Chen:

«No dejéis vuestras copas ni un momento.
Os voy a cantar una balada,
y escuchadme todos atentos:
Para mí no importan nada
gongs, tambores ni manjares.
Sólo deseo una ebriedad perpetua.
Los santos y sabios del pasado
se quedan todos en el olvido.»