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Archivo de Febrero 2008

La inmobiliaria JPsica ha convocado el Primer concurso de post sobre curiosidades y leyendas locales, en el que servidor tiene el placer de participar. Pueden leer el texto que he enviado, Esperándola del cielo, y si lo tienen a bien, votar para que sea el ganador del concurso.

El plazo de inscripción sigue abierto hasta el día 15 de marzo. Si quieren participar, pueden leer las bases del concurso en este enlace.

El fallo del jurado tendrá lugar a mediados de abril. Les contaré el resultado.

Les agradezco toda la difusión que puedan darle, así como los votos ya recibidos en las primeras horas de concurso.

LEER Y VOTAR
ESPERÁNDOLA DEL CIELO

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A. lleva enamorada de B. varios meses, quizás demasiados. De alguna forma, meditada o infusa, ha aprendido a verle de una manera que trasciende su cuerpo. B. se ha convertido en algo similar a un espectro, un abanico de colores salidos de una lente. A. se lo ha descrito a su amiga C., quien piensa que B. debe tener un aspecto similar a una vidriera de iglesia atravesada por un sol milagroso. Así construye C. el recuerdo de B., a quien apenas ha visto un par de veces: a través de los ojos de A., que en alguna ocasión podrían parecer los ojos del amor.

Hablamos de una época en la que B. ha aprendido a moverse por la noche con la soltura de las sombras. Tiene la necesidad de huir de la luz. Suele atravesar el centro de la ciudad con la mirada turbia a altas horas de la madrugada, incluso ha llegado a pensar que la única paz es la de las aceras vacías -no parecen los hombres capaces de calma alguna-. No podríamos ubicar a B. en ningún lugar dentro de la mitología de los hombres. Sólo podemos decir que siempre ha estado y estará lejos de cualquier tipo luz, real o imaginaria. B. es ciertamente un fantasma vocacional, oscuro y terminal.

Sólo el narrador puede ver ambas partes de la historia. Hasta ahora A. ha tenido unicamente un falso indicio de la realidad: C. pergeña una posición omniscia, asegura haberse cruzado con B. una madrugada cualquiera y confirma su luminosidad, refrenda una a una las palabras de A. Por su parte, B. no recuerda haberse cruzado con nadie la noche antes -aunque no descarta haberlo olvidado- pero A. le llama por teléfono y demuestra su teoría sobre la luz: repite la descripción de C., los detalles de complexión, el vestuario, la camisa celeste, los pantalones vaqueros, la hora exacta a la que B. pasaba por el lugar del encuentro, cuando C. le vio doblar una esquina y aparecer como una divinidad en mitad de la noche.

B. es un hombre escéptico, dejó de creer en la luz hace tiempo. Doliéndose de una resaca monumental gira la cabeza hacia la cama deshecha y ve la ropa que llevaba puesta la noche anterior: la camisa celeste, los pantalones vaqueros. C. ha hecho las veces de juez, el fantasma oscuro que B. se había creído hasta entonces es en realidad poco menos un semidios diáfano. Va a darle la razón a A., a decirle que no se equivoca, que el testimonio de C. le arranca de la creencia en las tinieblas, pero en ese momento repara en una sudadera marrón que hay tirada en el suelo: se la prestó P. al salir de casa porque las noches aún son demasiado frías. B. se da cuenta entonces de que todo ha sido una patraña urdida por la confusión y por la esperanza: recuerda haber llevado puesta la sudadera marrón, lo que desmonta el imposible encuentro con C., quien seguramente le confundió con cualquier otra persona, y, aún mejor, le devuelve al cómodo pozo de las tinieblas.

B. ha regresado a un lugar más allá de la verdad y de la mentira, un lugar en el que sólo está él, sin más necesidad que el silencio. De C. no volveremos a saber nada, era sólo un personaje secundario. A. pretende convertirse en la narradora de esta historia: por eso empieza con unas palabras que fingen amor, amor verdadero si no fuera porque B. está más allá de lo verdadero y de lo cierto. Pero A. en realidad ha seguido siendo una parte de la farsa -aquella farsa que hablaba de una luz que no existe, de un hombre ebrio que no podría verse en un mundo imaginario, de una mujer que sentía un amor que en realidad era falso-. La pena de A. no está en el rechazo, sino en la irrealidad, porque si B. no existe en este mundo convencional, seguramente imaginario, tampoco existen los sentimientos de A., y todo se reduce a un vacío invisible.

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Algunas noches son un navajazo; los cuchillos de luna se clavan como puñaladas, uno se echa la mano al costado y nota cómo la sangre brota. Sabes que es cierto, has podido sentir el corte de esa luz insoportable en el abdomen, en el pecho, en la garganta. He tenido que coser mi piel con hilo de cobre, pero la sutura torpe es inútil.

Me acuesto con el fantasma de tu ausencia. Allí estabas tú sin haber estado nunca, en esa cama que desde la distancia se presta a la imaginación. Uno nunca sabe qué hacer en una habitación sin ropa y sin desnudo. Peor que las sábanas frías, es saber intangible la tibieza de la tela al envolver tu cuerpo, el olor a vientre, a pubis, a champú, a calor abrazado, a presencia.

Pero hay un hueco allí entre las sábanas, donde se empapa la sangre, donde florecen gotas de cansancio, corales de muerte. He guardado las últimas fuerzas para el deseo y lo he sabido ineludible, enraizado en el lugar donde debería estar mi alma, como si yo ya no fuera yo, sólo la esencia de las ganas de tenerte, un cuerpo inerte que se rinde al sueño.

Este maldito plenilunio vacía mis venas.

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Servidor lleva años practicando una forma de vida que muchos calificarían como vagancia -o eso decían mis profesores de la EGB, la cosa viene de largo-, pero en lugar de hacerlo tentado por los opiáceos tentáculos de la abulia, intento llevar una existencia relativamente cómoda: estudiar un poco de todo, beber café, escuchar a Enrique Morente, salir de vez en cuando -cada vez con más moderación- y sentir un odio radical hacia el Sistema y, por tanto, hacia la mayoría de los hombres. Ahora empiezo a pensar que los campos gravitatorios de la convencionalidad me arrastran de forma ineluctable hacia algo que siempre he detestado en la teoría y en la práctica: la vida de entrega a un trabajo aburrido, sin fruto, el coma intelectual, el hastío. Ha sido ése mi gran vicio: vivir ebrio de una fantasía que dice que las cosas pueden ser de otra manera, que no necesariamente la vida es una jornada laboral de diez o doce horas y unas vacaciones calurosas en la ciudad mientras, rentas mediante, el jefe estrena barco en Palma de Mallorca -hijo de puta-. Hay que intentarlo, qué duda cabe.

Pero el Sistema -confieso que odio esta palabra- está regido por una constante universal: el dinero, la tela, la plata, el vil metal que tiene más nombres que la verga, y su cuantía es la medida del éxito de los hombres, éxito que bien podría meterse el Sistema por los anales si no fuera porque el fracaso significa el hambre -la gula es mi pecado más practicado después de la lujuria de pensamiento y la codicia, que en mí se manifiesta como una paradoja de omisión-. La guita que nos guía por los mares de la vida como una estrella Polar hipnótica, con el sextante de las nóminas y el astrolabio de los tipos de interés, es la que realmente viene a jodernos la existencia con su cantinela de metales. Dicen que el dinero no da la felicidad, no puedo decir que no estoy en desacuerdo: quizás lo que sucede es que la necesidad de dinero nos produce infelicidad.

Se me ocurrió un ejemplo sencillo por lo universal de su eje: follar. La práctica del sexo, de mutuo acuerdo, ya sea hormonal o afectivo, suele ser una actividad deseada por todo fulano, desde los estratos más bajos de ésta nuestra comunidad hasta la aristocracia de abolengo -sin pasar los célibes lechos del clero-. Sin embargo, los placeres de la trilla, como los de cualquier vocación sea o no malsonante, se van al garete cuando empiezan a ser regulados por el cochino caballero. En el mercado del sexo, el que desembolsa mecaniza su actividad amatoria -que pase por aquí algún putero convencido a contármelo-, la rinde a los fogones donde se cuecen las habas de los burdeles más inhóspitos. Es una jodienda que no embriaga -dice Nacho Vegas que hasta los perros se ponen tristes después de eyacular-. En cualquier caso, el pago nos garantiza cierta calidad en el trabajo, porque los desembolsos nos obligan a amortizar con disfrute el gasto -paradójicamente, estoy convencido de que si pagáramos para que nos cobraran soltaríamos el parné a espuertas-. Del otro lado, basta decir que no he conocido a ninguna puta vocacional que cobre. Son sorprendentes las cantidades de jente jodida porque no jode, de jente jodida porque jode por jodido dinero y de jente jodida porque tiene que juntar para joder.

Harto feliz sería la infeliz vida si la gente folgara por amor. Alguien debería inventarlo.

Jodidos como estamos, vuelvo a mi tesis que asegura que el en el fondo el único que jode es el dinero. Servidor escribe mierda de letrina de antro por falta de talento, sí, pero sólo en parte: influye también la falta de una nómina que ayude a potenciar el hábito literario y a dejar de descuidarlo con pamplinas de oficina, de Universidad no universal y de papeles que no sirven para nada. Todavía no me pagan por tomar café y escuchar música -al contrario-, pero vista la casta de caraduras con la que todos nos cruzamos a lo largo de la vida, alguna forma debe haber para cambiar las quejas de pobretón por un puro y unos zapatos caros apoyados en un escritorio de manera noble. No les quepa duda: entre la dignidad y Don Dinero una persona de moral débil como yo prefiere al segundo, al fin y al cabo todo se puede comprar -los conflictos que producen la divisas son bárbaros-. Me queda la duda de qué pasa cuando se alcanzan las espectativas económicas. Estoy convencido de que una gran depresión nos azotaría si nos pagaran por ser felices.

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Creo que los dos fuimos allí buscando un lugar donde quedarnos. Yo fantaseaba con algún apartamento en el Barrio de las letras, cerca de las casas de Cervantes y de Lope de Vega -el Madrid bohemio se vende muy bien a quienes fantaseamos con la literatura con más oficio que beneficio-. Recuerdo que ella llevaba un pañuelo lila y unos vaqueros ajustados; recuerdo también que yo quería arrancárselos, enredar los dedos en su pelo ondulado y que el hambre se confundiera con las ganas de cenar.

Entramos a uno de esos bares de tapas de Madrid en los que no ponen tapas, creo que se llamaba Los olivares. Aunque no lo recuerdo, el bar debía estar lleno. La decoración consistía en una gran carga de tauromaquia y flamenco y en la radio sólo sonaba pop agitanado y copla, ay mi rosa en el suelo, ay mi vida en tu boca. Parece que lo español vende mejor cuando se confunde con lo andaluz.

Creo que el único duende que había allí era patrimonio de la mujer con la que estaba cenando.

No tenía disimulo el acento de los camareros, sureño aunque muy diferente al mío. Los creí oriundos de Andalucía occidental, idea que confirmé al descubrir en las paredes bufandas del Cádiz y del Málaga. Tomamos una combinación de platos que la alta cocina consideraría sacrílegos y apenas hablamos entre nosotros -yo sólo pensaba en arrancarle la ropa empezando por el pañuelo que llevaba alrededor del cuello, y ella sabe quién qué-.

Creo que durante el tiempo que estuvimos allí sentados, con espacio para los dos, las miradas frente a frente, encontramos cierta paz, más propia de la imaginación o de la literatura que de la realidad, pero pensé que aquella noche todo era posible, porque estábamos en el Barrio de las letras y porque la realidad siempre supera a la ficción. Estoy seguro de que los dos imaginamos que habíamos encontrado un hogar, una especie amparo de madriguera, y que no había nada que nos obligara a salir de aquel barrio. Sólo hubiéramos necesitado una prueba tangible, un ápice de realidad feliz, una señal, como quieran llamarlo.

Cuando pedimos la cuenta para salir de allí, el camarero nos preguntó con deje malagueño:

-¿Les ha estado rica a ustedes la comida? -Ella sonrió y respondió que sí, yo pensé que quería llevarme a la boca algo que no podía ponerse en un plato. El camarero bajó un poco la cabeza y sonrió, quizás sabiendo que había creado, en el Barrio de las letras, uno de esos universos que tan difíciles nos resultan a los escritores sin beneficio. Lo hogareño se hizo cierto cuando alzó la vista y dijo:

-¿De verdad? Bueno, ahora voy a ir a ver si se lo han terminado todo.

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Seguramente una de las peores canciones de la historia de la música es el Baile del Chikichiki, o como se llame el bodrio que uno de los colaboradores de Buenafuente ha alzado al número uno de los favoritos de Eurovisión. No sé si Televisión Española tendrá la poca vergüenza de presentar este tema al certamen -no me extrañaría, porque la canción da la talla, al menos tanto como las de los últimos años-, pero sin duda su inclusión en el concurso sería seguramente el fondo que tendría que tocar el gusto musical español para, quizás, remontar.

Yo he votado por la canción. Hay que ser muy inteligente para hacer una payasada y que salga algo que mucha gente considera una canción -además abanderada de nuestro país-. Si la canción va a concurso, pueden pasar dos cosas: ganaremos, como aquellos austriacos de hace unos años, o quedaremos de los últimos y eliminados, como merece la música que hemos paseado últimamente por allí y con la que, de paso, se han rellenado las listas de ventas.

Escuchar más música (de verdad).

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Creo que todos los que sentimos inquietud por la creación literaria hemos fantaseado alguna vez con creaciones cinematográficas. Hace poco, cierta propuesta de rodar un cortometraje de ficción me devolvió a dos secuencias independientes, aisladas, que no pertenecen a ninguna historia y que por tanto nunca rodaré. -Tampoco conozco el lenguaje del cine, el manejo de la cámara, el uso de la luz-.

La primera secuencia es en blanco y negro. Un hombre camina seguido por la cámara por la Gran Vía de Granada. Es de noche pero la calle aún está abundantemente transitada y el paseante se abre paso con agilidad entre la gente. De fondo suena Moanin’ de Art Blakey. La imaginación no me da para más. Quizás sólo sea una forma de ver en el cine lo que Blakey cuenta en su canción.

En la segunda, una mujer está tumbada totalmente desnuda en una cama, con la luz tenue y de color rojizo. Tiene el pelo algo revuelto, como las sábanas -descubiertas al ir abriéndose el plano-, que caen por uno de los laterales de la cama; los brazos reposan sobre la cama, las palmas bocabajo, las piernas relajadas y algo flexionadas. La respiración lenta le dilata el vientre, que tiene cierto brillo de sudor, mientras el resto del cuerpo permanece inmóvil. Todo transcurre en silencio, apenas puede intuirse el sonido de una respiración profunda al ver los labios entreabiertos. No hay ni siquiera una historia: en la pantalla sólo se ve a una mujer que descansa sin guión alguno. El plano termina por mostrar la habitación, en la que no hay nadie más.

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Para hoy sólo quiero dejarles este corto de Herz Frank (URSS, 1978). Quizás mi amigo Bitternut se anime a comentarlo en profundidad en su blog.

Mientras, espero sus comentarios, como siempre.

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Un hombre viaja solo por una carretera hacia el sur. Intenta horadar un hueco imposible donde acomodar la espalada en el asiento del autobús; antes de sacar un libro nuevo y empezar a leer, se distrae mirando el paisaje, el terreno parece estar allanado en capas por una maquinaria vírica, son tierras que parecen inacabadas, estériles, intransitables. El pesimismo siempre parece ineluctable en los trayectos de retorno, apenas unas horas le devolverán al lugar de donde partió unos días atrás, como a un cuerpo inerte devuelto por la gravedad hacia la superficie de la tierra -una habitación, una ciudad, una serie de edificios, tramoyas que soslayan la soledad de los hombres-.

Apenas la imaginación sirve para fingir un último momento de huida -suelen los poetas románticos, incluso los que no son poetas, viajar aunque sólo sea con la imaginación-, las manos reposan en el vientre recogiendo el vacío, la cabeza rueda por el asiento con inercia indecisa, los ojos se cierran vencidos por una somnolencia pusilánime, abandonan el paisaje gris y se precipitan primero en la falsa oscuridad de los párpados para abrirse después en una habitación imaginaria, oscura, y apenas dos imágenes después, en las que se distingue un rostro que parece no pertenecer al presente real, los ojos vuelven a abrirse, al mismo paisaje gris y desolador, al mismo autobús que vuelve al sur como agua que llueve sin remedio, pero esta vez se descubre en el paladar un sabor tenue que creía desaparecido, como si el sueño le hubiese legado un recuerdo perdido entre lo imaginario y lo pasado, entre lo soñado y lo cumplido, un souvenir de génesis difusa.

Buscará entre las fotografías, pero las imágenes tangibles, igual que la memoria, se diluyen en inexactitudes, no expresan el color verdadero que se ve con las pupilas dilatadas, no conservan tacto alguno más que el del papel de impresión, son mudas e inertes. Volverá a perderse intermitentemente en el sueño, que a su vez se confunde con la imaginación y con el recuerdo, intentando horadar en la memoria un hueco imposible en el que acomodarse.

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