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Archivo de Febrero 2008

Saben ustedes, los que me leen con cierta frecuencia, que tener unos días libres es para mí una intención de relax que, si bien no suelo llevar a cabo, porque siempre hay algunas memeces que rompen el ritmo del descanso, cuando logro algunas horas de quietud suelo dedicarlas al Jazz, a algún libro y, tal vez, alguna escapada de esta ciudad -que tiene más radiotaxis que sentimientos, ya saben quién lo dijo-. Hoy tengo unas horas libres entre ciertos preparativos de viaje y una escapada al teatro.

A mi lado está la maleta, abierta como un ataúd, con algunas prendas de ropa que se van arrugando. El único sonido reseñable de la habitación es un disco de Duke Ellington, muy adecuado por su ritmo a un momento así y, claro, a un día como este -dice una carta publicitaria de mi compañía de teléfonos que el mes de los enamorados, es el mes para enamorarte de un móvil mejor-. Pero Dule Ellington me parece más emocionante que los tonos de un celular, así que haciendo caso omiso de la doctrina consumista de cierta empresa de comunicaciones, me he sentado a media tarde a escuchar Jazz y a leer The Man Who Was Thursday de Chesterton, con una taza de café caliente en el escritorio -confieso que preferiría una copa de pacharán- y la noche cayendo sin luna por la Sabika. Mi pequeña aloe vera está contenta, la mesa más o menos ordenada y mi microcosmos en paz. Dentro de un rato me marcho al Teatro Alhambra a ver In Nomine Dei, de Saramago -esa gran poetisa-. Ya les contaré algo sobre la obra dentro de un rato, o tal vez otro día.

Creo que mañana, cuando madrugue para salir de aquí, conservaré los ecos de las pistas que van pasando -The Mooche, Prelude to a kiss-. Estoy empezando a imaginar que me marcho sin una fecha de regreso concreta -tal vez busque algún estudio en el que sólo se escuche el Jazz, como debe escucharse en la callejuela que corre a los pies de mi ventana-. Aún será de noche cuando me vaya, como un fugitivo, con un libro de Chesterton debajo del brazo y una maleta delatadora. Seremos pocos los que a esa hora paseemos entre por los andenes, iluminados por los fluerescentes de la sala de espera. Un leve cansancio madrugador, como venido de la cafetería, nos hundirá las ojeras, e imaginaré que un piano suena desde un hilo musical imaginario.

Es la paz de los fugitivos idéntica a la de mi habitación.

Actualización de media noche: Me ha gusutado In Nomine Dei, se nota que es de Saramago -esa excelente poetisa-.

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Todos vaticinamos su fracaso, el de Salomón, ese hombre enjuto y algo lento que vive en los bloques altos de la Avenida. Incluso aquellos niños que fuimos a finales de los ochenta, supieron de su destino de perdedor.

Nos conocimos en el colegio, cuando el suelo del patio aún estaba desnudo de líneas que lo convirtieran en cancha y su superficie era de una rugosidad atemorizante para las rodillas. Él era el que solía estar callado, el que no seguía el ritmo de los dictados y se atrancaba con las restas, recortaba las figuras geométricas por la línea de doblar y dejaba que los trazos del lápiz se salieran de la raya, leía demasiado despacio, con largas pausas, alargando las sílabas, y escribía violando las más básicas reglas de ortografía. Se ganó en muchas ocasiones el calificativo de zoquete, numerosos tirones de patillas y más de una tarde castigado hasta media tarde en el colegio.

Como todos nosotros, Salomón tardó en terminar la EGB ocho años. Fue al final de esos ocho años, ya con trece, cuando aprendió sumar torpemente números enteros, a multiplicar decimales y a calcular la cantidad de agua que cabe en una pirámide truncada. Por aquella época debió enamorarse platónica y calladamente de alguna niña que, con toda seguridad, lo miraba por encima del hombro -así nos había sucedido a más de uno-. Lo que diferenciaba a Salomón y a alguno más como él de los demás alumnos del colegio era su capacidad para la torpeza irremediable. Salomón estaba perdido entre los triunfadores del mañana, entre los que yo me encontraba, con mis calificaciones mediocres, mis gafas horribles y mi adolescencia común.

Seguí ese paso de la mediocridad durante los años de la Secundaria, escribiendo un expediente académico del que ahora reniego y dejando en blanco las páginas de mi pubertad enamoradiza. Aprendí a convivir con la noche, con la radio y el insomnio, seguí la rama de las ciencias, tonteé con la pintura, la música y la literatura. Hubo quienes aplaudieron mis decisiones porque, decían, me ayudaban a labrarme un futuro; otros hicieron justo lo contrario. Mi vida siguió cierta escala de grises convencionales: los grises del fracaso. Durante aquellos años, Salomón el Perdido aprendió a jugar con las drogas, a deleitarse con el aroma del hachís, de la marihuana y de algunas pastillas cuyo nombre desconozco. Para entonces, ya casi le había perdido la pista. Debió dejar pronto los estudios, porque se le empezó a ver por el barrio con un mono azul y polvoriento, un uniforme obrero que en el colegio nos habían enseñado a menospreciar, porque pertenecía a aquellos que un día fueron los casos perdidos de la docencia, a los que acababan trabajando a deshoras y escapando a medio día de bares baratos, hediendo a licor barato y tabacazo de taberna.

Creí que aquel juego de triunfador mediocre que me habían enseñado en mis años en la escuela de meapilas era farsa. Decidí perder. Ahora estoy convencido de que no me equivoqué.

Cuando veo a Salomón caminar enjuto y lento por las aceras del barrio, si se cruza conmigo sin saludarme -los años no pasan en vano para quienes no somos buenos labriegos del don de gentes-, me acuerdo de la derrota ineluctable que la vida le había deparado, el imposible disfrute del mundo de los hombres buenos, que no pertenece a los perdedores, que es el de los trabajadores, el de los maridos, el de los padres, el mundo para el que yo fui hecho y del que nunca he querido formar parte, el mundo que Salomón el Desorientado ha conquistado, quizás a base de dar vueltas por un mundo que jamás le perteneció.

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Camden Lock

Más de uno nos sobrecogimos el sábado pasado al ver Camden Lock reduciéndose a cenizas a causa del fuego, y casi tanto al escuchar que los informativos reducían el famoso mercado londinense a unas cifras: atracción turística, medio millón de visitantes semanales, llamas de diez metros de altura.

Si todas las ciudades tienen un lugar al que siempre me gusta volver -la orilla este del Guadalquivir sevillano, cierta librería de la calle Larios, los metros que hay de la calle Arenal al Palacio Real, los canales más oscuros de Venecia y otros tantos sitios cuyo nombre no recuerdo o desconozco, si es que lo tienen-, el sitio digno de peregrinación perenne que corresponde a Londres es Camden Town. Creo que no ha habido vez que haya puesto los pies en una estación de metro londinense, por apretada que fuera la agenda del viaje, sin que haya buscado la Northern Line -que es curiosamente la línea negra-, seguramente desde Leicester Square, para dirigirme al norte, Warren Street, Euston, Mornington Crescent, mientras los vagones se van vaciando de almas de urbe y sólo van quedando turistas y esa especie semihumana que puebla Camden Town.

Los provincianos, que sentimos una atracción terrible por lo exótico, solemos caminar por Camden St., recién salidos del metro, como si un bautismo lumínico nos hubiera abierto a un mundo de dimensiones desproporcionadas: en Camden Town no hay razas, no hay hombres, no hay convenciones. Todas las modas de la historia de la humanidad convergen y resurgen en un mestizaje estético inválido en los barrios convencionales que habitamos nosotros, los convencionales, los mediocres. Las fachadas se atreven a romper con los monótonos gris y marrón británicos, desprendiendo fucsias y pistachos, decorándose con prendas de vestir estrafalarias, accesorios que van de lo hortera a lo lóbrego, setas alucinógenas y frijoles saltarines, hombres cartel, mechandising de cine y videojuegos de los años setenta y ochenta, baratijas de mercadillo, tiendas de discos y puestos de comida demasiado rápida.

Me gusta subir por Camden St. hacia Camden Lock, el núcleo del barrio. Allí, al tacto húmedo y denso del aire londinense se suman todos los ingrendientes de las comidas, china, india, japonesa, libanesa y sabe Dios de dónde más. Los mercachifles de la bazofia internacional estiran las manos peguntosas ofreciendo a gritos todo tipo de manjares que huelen a especias, a caldo chino, a carne, a pasta, a tantas cosas que son tan diferentes y saben tan parecido. Esos puestos se intercalan con tiendas de ropa y, al otro lado de alguna puerta que se abre como un hueco en la pared, se empotran tiendas de discos en las que uno disfruta entretenido, viendo carátulas de recopilatorios de Los Ramones o de conciertos piratas de Kent, los discos más famosos de REM o algunas rarezas inéditas de Radiohead, algunas veces incluso a buen precio.

Camden Town tiene vida propia, no es un mero mercado, no es una atracción turística más. En las aceras, entre los puestos, parece acumularse toda su historia, desde el siglo XVIII, recogiendo lo más significativo de la edad de oro del punk, hasta la actualidad. Creo que además de salir de las habitaciones en las que dejamos pasar nuestras vidas y enquistarse nuestros tópicos, hay que ir a lugares así, donde el mejor monumento que se puede admirar es un catálogo heterogéneo de personas, de historias que se cruzan, y cruzarse con ellas. El pasado sábado, cuando las llamas devastaron Camden Lock, y estos días, mientras se llevan a cabo los trabajos de demolición, las zonas afectadas van más allá de los tenderetes, los locales y los edificios. La ira de Vulcano -tradicionalmente ensañanda con la ciudad de Londres- ha atacado una parte importante de los cimientos de quienes viven y trabajan allí, de quienes hemos paseado por Camden intentando empaparnos de cada uno de sus haces grises de luz, de cada una de las personas con las que nos cruzamos en los mercados. El sábado, al correr por todo el mundo la noticia del incendio, supimos que estaba ardiendo hasta el derrumbe algo más que Camden.

 

 

Camden Lock

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Se ha sentado de espaldas a la cristalera, recibiendo en la nuca la luz de un sol que aún se mantiene alto. Su tendencia hacia los lugares iluminados y su afición por los mimos me hacen pensar que hay en ella algo de flor exótica.

No hemos tardado mucho en pedir la comida. Mientras esperábamos a que la sirvieran, hemos charlado de cualquier cosa, sin caer en la trivialidad. He pensado que me gusta su capacidad para sonreír no más que cuando es necesario -quizás lo que otras mujeres necesitan aparentar con una sonrisa permanente ella lo lleva en sus clavículas desnudas, en la caída del pelo, en el jersey blanco ceñido al talle-.

Hemos guardado silencio durante unos minutos, porque ninguno de los dos es capaz de mantener una conversación trivial; ella se ha quedado mirando a la puerta de entrada del restaurante y yo he saciado mi mirada impune. Me he preguntado cuál será el tacto de sus labios cuando estén hinchados de tanto besarnos, cuando la boca del uno haya dejado en el otro cierta marca invisible, cierto sabor que durará horas. He querido imaginar cuál será el olor de su piel debajo de su jersey blanco, alrededor de su ombligo, cómo será el tacto de su ropa interior en esa parte del cuerpo innombrable y cálida.

Hemos comido despacio, aunque sé que había algo de voraz en nuestras mirada. Su manera de posar las manos sobre la mesa y de entreabrir los párpados me hacen pensar que hay en ella algo de flor carnívora.

Después, a la hora del café, un poco acalorado por la comida y por la temperatura de mi capuccino, me he preguntado cuál será el color de sus párpados cerrados, cómo sería el ritmo de su respiración si durmiera desnuda junto a mí.

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Al entrar al espacio de Emmanuel Binet, bajista y compositor, nos saluda La Casbah Solo Live -también disponible en vídeo-, toda una demostración de dominio del bajo y de sensibilidad musical. A partir de ahí, Binet expone un pequeño catálogo de su obra, que fusiona sonidos clásicos y populares con otros provenientes de las tradiciones china e india -no se pierdan Chinese Place-. La escucha de Binet abre un amplio abanico de sabores sonoros, de ingredientes perfectamente ponderados. Para el visitante que quiera empezar por algo suave, se recomienda hacer click en Musique de Film, y a partir de ahí dejarse llevar por los cinco temas de Binet, aunque la mejor elección es, sin duda, escucharlos por orden.

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«En la antigüedad, no se perseguía jamás a un enemigo en huida durante más de cien millas o a un enemigo en retirada durante más de tres días, observando con escrúpulo las reglas de la conducta ritual. Jamás se llegaba a extenuar a un rival débil, mas se tenía compasión por el necesitado y el enfermo, haciendo evidente de este modo la benevolencia. Se aguardaba a que el enemigo hubiera formado completamente sus filas para ordenar la señal de ataque, manifestando bondad. Se luchaba por la justicia y no por el beneficio. Y se perdonaba a todos los que habían sido vencidos evidenciando así la valentía. [...]. En esto consistían las guerras de antaño.»[1]

He enseñado este texto a varias personas -entre ellas a Sebas L., aunque no le gustan mis “experimentos sociológicos”-, y sólo he preguntado a cada uno qué le parecía. Algunos se han declarado en desacuerdo con el texto: la guerra es la guerra, y no hay protocolo que valga. Otros me han dicho que las cosas han cambiado mucho desde la antigüedad hasta ahora -curiosamente a nadie le he dicho a qué antigüedad se refiere el pasaje ni su autor-. Alguien ha llegado a afirmar que parecía hablar de una “edad dorada”.

La guerra noble que recuerda nostalgicamente el Sima Fa, era la que se daba en China hasta finales del periodo de las Primaveras y los Otoños, más o menos en el siglo v a.e. Había nobleza en la guerra, justicia, benevolencia, valentía; era la edad de oro del honor. Una aristocracia guerrera luchaba contra iguales, se batía en duelos que exaltaban la virilidad del vencedor, espada en mano cual falo erecto. Los tiempos cambiaron y la guerra se convirtió en un juego de engaños. La táctica prevalecía sobre el honor: ya no se trataba de de una lucha en igualdad de condiciones, sino de un conjunto de ardides para dejar al contrincante en desventaja y garantizar la victoria. El fin no era ya cumplir un ritual, sino lograr unos objetivos: la aniquilación del rival, la dominación de un territorio.

Pero algunas personas han confundido el texto -en chino clásico en el original- con algún tratado occidental no tan antiguo, lo que induce a pensar que, en el fondo, no hay distinciones entre guerras. Los románticos que ensalzan las batalles épicas, los guerrilleros bravos, las resistencias valerosas, los hombres que no podrán evitar en los próximos meses recordar con orgullo la defensa española ante la invasión francesa, han pasado de moda. El honor pasó de moda hace siglos y, quiero pensar, ahora le ha llegado el turno a la guerra en sí. Dos mil quinientos años después, tal vez estemos empezando a aprender lo que decía Sunzi en el más famoso arte de la guerra: el buen estratega no es el que gana la batalla, sino el que sabe evitarla. Aquí o en Pekín, ahora o hace tres milenios, la guerra sigue siendo esa actividad vil en la que nadie en su sano juicio se embarcará.

[1] Sima Fa, ICS, cap. I, p. 45, citado por Albert Galvany en Sunzi, (2001) El arte de la guerra, trad. Introducción y notas de Albert Galvany, prólogo de Jean Levi, Madrid, Editorial Trotta, p. 126.

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Ahora ella -no diré su nombre- pasea del brazo de un hombre más alto que yo, suele vestir camisas que se ciñen a su pecho desabotonadas a alturas de vértigo, se abriga con prendas que simulan  colores selváticos y lleva el pelo suelto, negro y liso, a la altura de los hombros, enmarcando su cara como si de un predador al acecho se tratara.

Nos conocimos cuando aún éramos demasiado jóvenes como para recordarlo, seguramente en un aula de aire viciado, rodeados por libros de texto que olían a madera y grafito y niños que mataban el tiempo desmenuzando gomas de borrar blancas con un lema tan apetitoso como indigesto: nata. Permanecimos ajenos el uno al otro, o eso creía yo, mientras nuestros cuerpos crecían en vertical; el suyo, además, se abultaba en lo que ahora son los labios de su cara morena, en lo que más tarde fue el escote, en sus caderas que por aquella época solía embutir en unos pantalones estrechos y de colores brillantes que no hacían justicia a su figura.

Por aquella época, a mediados de los años noventa, nos preocupaba a los chavales el bozo que empezamos a afeitarnos primorosamente cada tres o cuatro semanas -aunque alguno lo lucía intacto desde los siete años-; más de uno, urgido por la emoción de un nuevo descubrimiento, se jactaba en voz baja de sus prácticas onanistas, vigilando por el rabillo del ojo que ningún profesor descubriera su confesión -por aquella época, en aquel colegio, los pecados más íntimos eran también los más perseguidos-. Entre las mesas de conglomerado, respirando el polvo suspendido que dejaban las tizas y los borradores, el olor del tippex y de la calefacción eléctrica, los nublos invernales que se cernían sobre el patio y las nubes de niños, que tenían prohibido correr en las horas del recreo, en aquel colegio en el que crecimos, Rodrigo aprendió a mirar a Beatriz con un deseo inocente y cristiano -seguramente todos recordamos aún ese amor, salvo Beatriz-, Ángel aprendía a fumar y a perderse en los lugares más oscuros de la noche, Claudio solía entretenerse molestando a algún profesor, y otros tantos desperdiciábamos nuestra recién estrenada adolescencia, con las preceptivas horas de estudio en casa y escuchando las palabras todos de los profesores ignorantes, que se encargaron de enseñarnos que, en la educación, prima empezar la lección con un Ave María, persignandose, en forma de encomienda a unas divinidades en las que yo estaba empezando a dejar de creer.

Mientras en España todo el mundo pensaba en la ruina de los Juegos Olímpicos de Barcelona y de la Expo de Sevilla, en el codazo de Tassoti a Luis Enrique, en la crisis económica y en las formas payasas del líder de la oposición; mientras yo no pensaba en nada, o pensaba en el Teorema de Pitágoras y en la Ilustración; ella pensaba en mí, no sé si con las hormonas, que empezaban a despertarse en sus pechos y en sus caderas, o con los retazos de la imaginación de un cuento de hadas. Su primera declaración de amor fue torpe, tan tímida que pareció una broma, como aquellas bromas con algo de crueldad que ocupaban mis recreos. No podía yo pensar que hubiera algo más allá de lo trivial, salvo las prohibiciones ambiguas que se dictaban desde el altar de la iglesia del colegio, aquellas que yo aún no había descubierto y otras tantas que me quedarán por descubrir.

Las normas no escritas del patio del colegio, obligaban por absurdas razones a intentar averiguar la naturaleza de los desvelos de cada cual: si alguien confesaba su amor era motivo de burlas, del mismo modo que si se corría la voz de un fracaso sentimental; si alguien no se pronunciaba, se le acusaba de homosexual y también era objeto de la burlas de todo el mundo, porque éramos todos hijos del mismo Dios. Por eso, muchos tendíamos a inventar historias que nos mantuvieran al margen de los chascarrillos más populares. Fue aquella tendencia a la mentira lo que me hizo pensar que su declaración de amor, tímida y adolescente, era un juego más.

La segunda declaración de amor, algunos meses más tarde, me hizo empezar a pensar en ella. Definitivamente el mundo estaba creciendo a la vez que yo. En cierto modo, creo que ella apareció descolgando el velo que la infancia y los curas habían utilizado para separarme del pecado; fue así como empecé a imaginar y a escribir con la misma torpeza con la que la traté: la pulpa desconocida de sus labios, el tacto prohibido de sus senos, la incipiente forma de sus caderas que yo creía ya adultas. Creo que desde entonces no volvimos a hablar, si es que alguna vez antes habíamos hablado.

Ahora ella pasea del brazo de un hombre más alto que yo, frecuenta bares bien iluminados, con mesas de madera reluciente y pantallas de plasma. Nos cruzamos de vez en cuando en un local decente que hay cerca de nuestro barrio: yo bebo whisky y mastico frutos secos, ella está tan guapa como siempre. Quizás, como yo, haya olvidado ella los nombres y los rostros de muchos de nuestros compañeros, pero tengo la esperanza de que, en ese momento en el que nos cruzamos, sin que nuestras vidas se lleguen a rozar, la mujer a la que nunca he besado siga reconociendo en mí al niño despeinado y mojigato del que se enamoró, porque cuando ella me mira, a la vez que de reojo vigilo que su novio no descubra mis pecados de pensamiento, creo comprender todas las conquistas futuras que me fueron reveladas en el patio de un colegio oscuro como una capilla, todo lo que algún día podré llegar a ser, todas las mujeres que puede llega a ser una mujer.

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Mis más sinceras palabras no bastaron, porque siempre es torpe la sinceridad. Quizás debí dedicarle algún poema, pero no soy poeta. Bien es cierto que podría haberlo plagiado, pero siento rechazo por las letras cuando estas intentan ocupar un lugar que no les corresponde. Ella debió hartarse de tanta mención a la catástrofe, pero la catástrofe es la naturaleza de mi palabra: cuando tropiezo con el llanto, me sumo en la pobreza como un buzo suicida, y escribo; cuando beso, solamente beso. No necesito más palabras, ni más ciudades, ni más cuerpos; me oculto en las aceras como las gotas de sangre, que viajan invisibles por las venas.

Pero mis más sinceros besos no bastaron, porque siempre son torpes los besos sinceros. Quizás debí añadirles algún torpe poema, o plagiarlo, pero no es la poesía mi virtud y, aunque mentiroso, no soy lo suficientemente ocurrente. Siempre me han dicho que pienso bien, pero tarde. Pude haber mentido, es cierto, pero siempre son torpes las mentiras de los sinceros.

Así fue como se perdió su cara, su pelo, sus ojos; su boca, no. Su boca se quedó dormida en la comisura de mis labios, así que yo decidí marcharme, sin tener a dónde ir, huyendo de la metonimia de sus besos, que era sólo el recuerdo, y de la consecuencia de su amor, que era solo el olvido. Como mi piel se camufla en las aceras, apenas me veréis cuando camine por la ciudad, no porque yo sea ése a quien los pies pierden por las calles, sino porque no tengo otro lugar a donde ir, otra ciudad, otro cuerpo, otra mentira.