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Archivo de Marzo 2008

Ahora llegan voces desde la plaza, la que antes era sólo una intersección de calles viejas, donde enlosetaron apenas unos metros para poner un par de bancos y una farola que no se ve desde aquí. Llegan por la ventana, como la brisa de la última hora de la tarde y la luz anaranjada de un farol que me parece demasiado antiguo, demasiado débil para eclipsar la sombra de la Sabika que se vuelve mate casi en su totalidad, con la excepción de los coches que, como luciérnagas automáticas, recorren en línea recta el nuevo acceso a la Alhambra que ya no es tan nuevo.

Granada ha cambiado con los años, se han introducido leves matices que la mantienen reconocible, aunque volviéndola extraña y tal vez inhóspita para un viajero del tiempo que remontara las décadas desde un momento del pasado. Derruyeron una de las viejas casas de dos plantas de lo que antes fue un callejón y ahora es una calle de adoquines, y en su lugar levantaron una vivienda aún más alta, con una pared blanca que ciega entre el mediodía y el atardecer. También han cambiado lugares que no se ven desde mi ventana: el solar ruinoso de la Avenida ahora se está convirtiendo en un centro cívico que nunca llega a estar terminado, renovaron los bancos de la rotonda y en su centro ahora han puesto una estatua que aún permanece tapada esperando, supongo, que un cargo del Ayuntamiento la descubra e inaugure para dividir el gusto de los vecinos en opiniones opuestas.

Antes sólo había silencio en el callejón oscuro, apenas iluminado por ese farol moribundo que sigue sujeto a la pared, como aferrado a las arenas del tiempo. Cuando convirtieron esa esquina en una plaza, o en apenas un rincón aparecido entre las calles como un brote sin esperanza, vinieron personas a las que nunca había visto, conversadores de verdulería, conductores de ciclomotor trucado, voces que acompañan a la luz nocturna de Granada en su incursión en mi dormitorio a través de las flores de invierno, que ya empiezan a marchitarse. Se les escucha hablar de fondo, remontar la voz en gruñidos, barritar con una comicidad que no llego a comprender.

Cuando se disuelva este escándalo adolescente, antes de que venga el siguiente, ellos mismos dejarán de reconocer en esa plaza, la que antes era sólo un cruce entre dos calles oscuras, el tiempo que pasaron esperando al verano en los atardeceres. Dejarán de reconocerse a los unos en las caras de otros, serán distintos, incluirán en sus rostros, en sus cuerpos, matices que les distingan de quienes son ahora, se convertirán en extraños y de lo que ahora son sólo quedará una mixtura de recuerdo y olvido en los ojos de sus viejos amigos, esa mixtura del tiempo pasado que ahora somos nosotros para los demás.

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Darts actuarán mañana 29 de marzo en la sala Sugarpop de Granada a las 21.30

Desde The Moon’s Backside hasta Castles in the Air, pasando por Too Many Ways for a Man, los granadinos Darts encuentran el equilibrio perefecto entre el amplio abanico de influencias musicales que confiesan en su web: Beatles, Queen, Radiohead, Bob Dylan, The Who, Oasis…

Saben sonar bien, buscar la medida exacta de cada nota para construir una música que bebe de los 60 pero suena actual, que tiene un sonido fresco pero sin perder un ápice de sentimiento, que sabe distorsionarse pero sin caer en el ruido.

Podrán ver a Darts mañana en la sala Sugarpop de Granada a las 21.30.

Esuchar más música.

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Duck and Cover. (USA, 1951)
Anthony Rizzo

En 1951 se rodó en Estados Unidos Survival Under Atomic Attack!, un documental que mostraba al pueblo americano el peligro inminente de un ataque nuclear a la vez que ofrecía una soluciones aparentemente eficaces para sobrevivirlo apenas con protegerse en casa y cerrando las cortinas. El documental, de la US Office of Civil Defense, no mencionaba los efectos de la radiación, obviaba la certeza de que la víctima más agraciada de un ataque nuclear es la que muere en el acto. Fue uno de tantos.

Duck and Cover, de Archer Productions Inc. y promovida por la FCDA, fue el más popular de los documentales propagandísticos de la Guerra Fría en Estados Unidos -en 2004 fue incluído en el Registro Cinematrográfico Nacional-. Se proyectó durante los años siguientes a su rodaje en las escuelas estadounidenses para, del mismo modo que Survival Under Atomic Attac!, advertir a la población -en concreto a los niños- del peligro de un ataque por parte de un enemigo al que no se nombra en el documental, dándole un cariz ambiguo, y a la vez asentando la confianza en los sistemas de defensa del país. Por supuesto, de los riesgos de la bomba atómica no se habla del más peligroso: la radiación. En una de las escenas llega a verse a unos jóvenes alcanzados por la intensa luz de la explosión durante un picnic. Estos se protegen sencillamente con el mantel sobre el que están comiendo.

Buscando el documental para ponerlo aquí he encontrado además esta parodia realizada por LorenzoNF:



Duck and Cover. Una parodia (2007)

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Alguien me dijo hace poco que tenía talento, lo que no especificó fue para qué. Yo me quedé con la duda: de qué sirve el talento, ese dios que consumen algunos como si de un ídolo de madera se tratara; qué queda del talento cuando todo lo que queda son cenizas. Alguien me dijo hace días que tenía talento; no dijo que lo tuviera ahora, quizás porque los fetiches, materiales o no, son perecederos.

Lo he recordado hoy, alguien me dijo que tenía talento, lo repitió varias veces como un mantra que debiera guiarme por el camino del éxito, el camino inexistente que nos enseñaron, el de los hombres de pro, el de las mujeres decentes, el que nos marcaban aquellos que nos decían «tienes talento», pero no decía para qué. Para qué sirve el talento, si uno no sabe lo que es, si lo identifican clarividentes acobardados, hombres engreídos convencidos de haber recorrido la senda del éxito. Éxito ergo existo. Mentira, digo.

Yo tenía talento, me lo decían, y ahora, tiempo después, hace unos días, me lo repitió una persona: «tenías talento», antes «tenías talento». Talento para qué, talento para quién. Ahora creo que fui un elegido: en el aula gris donde nos sentaban en bancas como banquillos ellos me dijeron «tú vales», pero no dijeron para qué, tampoco habló el crucifijo que había sobre la pizarra, ni el retrato de los Reyes de España, España con eñe de coño, interjección silenciada por las normas del decoro. Señorita, coño, para qué valgo; Señorita, coño, quién coño es usted, juez aún no jueza de promesas que jamás se cumplirán.

El futuro, nos decían, sois el futuro, el futuro de España con eñe de coño, los que valéis, las que valéis, los que no valéis iréis a barrer calles, a fregar portales, a parir niños y limpiar mierda, a ser la vergüenza de España con eñe de coño. Pero tú, tú vales, decían llamándome por el segundo apellido para no confundirme con el resto de Gotardos de la clase, tú vales, esfuérzate, no hables en clase, haz la tarea, eso no te pega.

Y el crucifijo seguía colgado, clavado, callado; eran ya muchos años con la misma cantinela.

He recordado hoy que alguien me dijo el otro día que tenía talento (antes), porque al cruzarme con algunos viejos profesores me han sonreído: creo que quieren ver en mí el hombre que ellos imaginaron que un día sería. Estudia y trabaja, trabaja y gana dinero, tú vales, gana dinero, tienes talento, trabaja, estudia para ser alguien el día de mañana. Fuimos la promesa que se hicieron así mismos, un intento desesperado por perpetuar el régimen de productividad; ellos fueron la criba, quienes decidían quién valía de verdad y quién estaba destinado a barrer calles.

Ellos no sabían que yo no tenía talento ni lo tendría nunca. Quién quiere en España con eñe de coño tener talento para nada. Tampoco sabían que el hombre que soy el día de mañana ya era alguien el día de ayer.

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Dont Panic

Los últimos turistas apuran los últimos momentos, detienen a los últimos transeúntes de la noche buscando las últimas instantáneas, ahí van como fantasmas arrastrando sus maletas como cadenas por los últimos metros de las vacaciones. Ahora que me lees, el tiempo se ha vuelto de nuevo pastoso como las pisadas sobre la cera derramada en las calles húmedas de productos de limpieza, agua que se frota como los segundos, de un lado a otro, en una fricción de tiempo turbio y embelesado, la misma fricción de los nudillos en los ojos irritados por la recién nacida primavera. Quizás estemos en una de esas fronteras del tiempo, avanzando lentamente como en un movimiento de migración incierto; así son las aduanas del calendario, tan débiles nosotros que no dominamos el contrabando de los días.

Pronto florecerán los cerezos en el Valle del Jerte. Desde los campanarios, desde los tejados y las cornisas, espigadas cigüeñas apuntarán con su rostro de ganzúa hacia las laderas coloreadas por la flor de la que pronto nacerá la carne roja de un fruto dulce. Podemos deducir que el dulzor de los lunes se lo quedaron los árboles, desde la raíz hasta las ramas secas que las cigüeñas utilizan para hacer el nido, hasta el plumaje de un ave que alza el vuelo en cálido abrazo al viento, lenta como el tiempo que transcurre en el camino de regreso a casa, el momento en el que se mezclan pasado y futuro, la prisión tibia del presente que se desvanece en una lágrima que no llega a materializarse.

Ahora que me lees, todo se confunde con el mero recuerdo, aunque el sabor de los despertares que se sucedieron en los intersticios del día y la noche aún permanezca en cada poro. Siéntense en la oficina a saborearlo, a recordar cada segundo pasado mientras llega el tiempo de las cerezas, desde la huida nocturna hasta el retorno cansado, pensando que no hay que sentir miedo de volver a la realidad, pero recuerden, almas perdidas en los intersticios del tiempo: todo aquello que pasó, también fue real.

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PAPAS Y MAMAS - DADDIES & MUMMIES - video powered by Metacafe

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Nos volveremos a ver el día 24 de marzo.

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Más allá de la paz espiritual que tendemos a buscar en las músicas de oriente, la solista de pipa china Liu Fang posee desde su infancia un talento (y cuando digo talento imagino disciplina de fondo) que, tras empezar con la pipa a los seis años, la llevó con once a un recital frente a la reina de Inglaterra. Estudió en Kunming, en Shanghai y ahora reside en Canadá.

Liu Fang visitará España el próximo mes de abril. El día 26 será su única cita: Alicante.

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Ha sido el sol quien la ha devuelto a la memoria que se alimenta de las calles, de eso estoy seguro. Cuando apareció la chica de la falda a rayas, en Granada había aún algo de verano, de un verano de noches largas en el que el suelo de todos los bares estaba impregnado de un líquido oscuro y peguntoso. Si me preguntaran de qué color es el recuerdo de entonces, diría que es turbio como el agua de un pedazo de hielo en vaso de tubo, porque es el color con en el que se diluye la memoria, en el que se condensa el veneno de los desesperados. Escuchábamos, en aquel verano sucio como las aguas de un pantano de ebrios, algunas canciones de La fuga de sabor a garrafón y a bar oscuro. Aquella era la música de los que no teníamos esperanza, tal vez de los que no queríamos tenerla o de los que jamás la habíamos conocido -la esperanza es un juego de cara apuesta, no la padecen quienes no tienen nada que perder-. Así estábamos nosotros, los que poblábamos la noche como alimañas, sencillos y desalmados como aquella canción:

Llévame a los bares más oscuros,
vamos a fumarnos la ciudad,
vamos a bebernos tú y yo el mundo,
vamos a esquivar la soledad.

Al menos así fue hasta que apareció ella, fugaz y desconocida como una noche beoda, y ahora que los mediodías empiezan a sofocar mis paseos, ha vuelto a mi memoria, casi irreal como cuando la vi por primera vez con aquella falda a rayas ceñida y el pelo cayendo sobre los hombros, no con gravedad ni elegancia, sino con descanso. Se marchó antes de que llegara el otoño; yo me quedé tan vacío como una botella en un portal. No supe su nombre y tuve que identificarla con una prenda de vestir, aquella falda a rayas que se contoneaba en un bar en el que era mediodía cuando los estudiantes volvían a la ciudad; además de aquello sólo me quedé con algunos versos sueltos, «dónde coño te escondes, felicidad», que alguien me recomendó no escuchar, porque sabían a veneno y a desesperación.

Esta mañana el sol calentaba la Gran Vía desde temprano, sofocaba por contraste, como una resaca desbocada. Al ver de espaldas a la chica de los vaqueros azules y la camiseta negra de tirantes, he reconocido las curvas de la falda a rayas y en ellas retorno de la primavera -a veces las mujeres son como las golondrinas, al menos para los hombres que somos como los lobos-. Me he acercado a ella como quien se acerca a un recuerdo nítido, es decir, con morfina de esperanza, con felicidad toxicómana, esperando que se girara y tal vez atisbar en su gesto siempre ausente un ápice de memoria, y antes de llegar a donde estaba ella se ha girado sin mirarme, descubriendo tras la melena un rostro que no era el suyo, la cara vulgar y desabrida de otra.

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«No realizarás manipulaciones genéticas. No llevarás a cabo experimentos sobre seres humanos, incluidos embriones. No contaminarás el medio ambiente. No provocarás injusticia social. No causarás pobreza. No te enriquecerás hasta límites obscenos a expensas del bien común. Y no consumirás drogas.»

Quien no recicle basura irá al infierno. elmundo.es

La palabra de Dios, que tiende a variar de cuando en cuando, sin seguir las vías de lo que se supone que sería la renovación más necesaria, y a través de las interpretaciones libres que la secta legal más grande de occidente tiene a bien sacar de ella, ha mutado para ampliar su lista de Pecados Capitales, es decir, de los delitos religiosos que pueden dar con nuestros huesos del alma en esos campos de concentración de infieles que son el purgatorio y el infierno, supongo que en función de la disponibilidad de estos según el estado de apertura o cierre que la voluntad clerical haya dispuesto, y siempre en caso de no haber un arrepentimiento -o, supongo, un pergeño de arrepentimiento- por parte del condenado.

La condena de los siete pecados capitales clásicos ya me parecía excesiva, intolerable: soy codicioso, envidioso y avaro (estos tres van juntos), la ira es inevitable para una persona que no necesita de la soberbia para tenerse en buena estima y, por último,