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Archivo de Mayo 2008

De este modo podremos llegar a comprender que un hombre es la imagen de una ciudad y una ciudad las vísceras puestas al revés de un hombre, que un hombre encuentra en su ciudad no sólo su determinación como persona y su razón de ser, sino también los impedimentos múltiples y los obstáculos invencibles que le impiden llegar a ser, que un hombre y una ciudad tienen relaciones que no se explican por las personas a las que el hombre ama, ni por las personas a las que el hombre hace sufrir, ni por las personas a las que el hombre explota ajetreadas a su alrededor introduciéndole pedazos de alimento en la boca, extendiéndole pedazos de tela sobre el cuerpo, depositándole artefactos de cuero en torno de sus pies, deslizándole caricias profesionales por la piel, mezclando ante su vista refinadas bebidas tras la barra luciente de un mostrador.

Luis Martín Santos, Tiempo de silencio.

Creo que tardé más de una hora en recorrer los veinte minutos que había hasta mi casa; bordeé las calles que solía tomar de regreso mientras despuntaba por la Sabika el amanecer. Apenas recuerdo haberme cruzado con alguien: las cafeterías aún no habían abierto, los borrachos todavía no habían apurado la última copa. Dos esquinas atrás San Agustín se apuntaba en la sien con un revólver. Sé que fue culpa mía, el Santo supo que eso no tenía importancia. La ciudad era una noche enmarañada y remolona, los nublos retrasaban el alba ensuciando la primera luz como gotas de tinta china disolviéndose en una sangre sin corazón.

Nada de esto habría visto si hubiera recuperado mi costumbre de cerrar los bares, de apurar hasta la humedad de la barra, de perder la consciencia hasta de la soledad. Tal vez si hubiese pasado por allí quince o treinta minutos después, habría encontrado a San Agustín tendido en aquella esquina, durmiendo plácido y ebrio, quizás empapado en su propio líquido amniótico de bilis y babas, tal vez farfullando en sueños algunas palabras de paz agridulces y nostálgicas con sabor whisky barato y arcadas.

Pero llegué antes de tiempo y la impuntualidad es ese defecto de los hombres que en términos de azar se confunde con la inoportunidad. Pronto me anticipé con la imaginación al temblor de la mano amartillando del revólver, casi como si pudiera escucharlo, al estruendo del estallido de pólvora, a la bala perforando la cabeza del Santo, al golpe sordo, seco y fulminante del mártir ateo que fue Santo. Y me imaginé a mí de espaladas a él, huyendo sin mirar atrás y olvidando los colores corales ennegrecidos imaginados en segundo plano a través de los sonidos imaginados en primer lugar.

Cuando me crucé con él, San Agustín estaba borracho en una esquina. Me dijo que mi pensamiento no podría recoger jamás aquel mar de calles, la marejada hombres en que nos ahogamos cada día, la tormenta de mujeres que ha sacudido nuestras vergas, el fuego de San Telmo, el temblor más allá de la zozobra, el pánico del recuerdo, el miedo a la mar y el miedo a la tierra firme, el amor que en definitiva siempre se avista más allá del horizonte, añorados nudos de distancia, invisible más allá de lo invisible, lejano más allá de lo lejano. Me dijo el Santo que mi pensamiento no podría recoger jamás ese orden de cosas que han escapado de lo trivial, lo dijo con palabras de estropajo y la mirada estrábica de ebriedad. Yo le respondí que eso no era importante. Él debió creerme.

Seguí caminando despacio, vísceras puestas del revés, sin luna, sin pies que sentir. Miré atrás. El Santo que sabía desde hace siglos que jamás comprendería a Dios había comprendido que no podía comprenderse a sí mismo y, peor aún, que semejante conclusión en buena parte paradójica tenía una trascendencia nula en el orden del Universo. En definitiva, San Agustín entendió que los límites entre el bien y el mal se habían confundido como aquel alba nublada. Abrió la pistolera, sacó el arma, se apuntó a la sien -alguien me dijo que un hombre común no puede soportar la existencia sin la  ayuda de Dios-. Yo me giré y seguí caminando, sin mirar atrás, consciente de que no importaba, disyuntiva absurda entre hacer bien o dejar hacer mal, agudo es el conflicto entre el hacer lo correcto o lo realmente divertido -y aunque conflictivo es intrascendente-.

Recuerdo que alguien me dijo una vez «de todas formas un día morirás». Ahora me pregunto qué importa morir si vamos a morir. Doblé la esquina y el disparo con el que el Santo se iba a descerrajar la caja de Pandora no llegó a sonar. Creo que entendió que no merecía la pena, habiendo muerto hacía ya tanto tiempo. Debió dormirse llorando para despertar cuando el sol se colara por algún nublo sobre esta ciudad innecesaria.

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Han debido apalzar el día del estío: ahora el cielo viene trenzado de nubes, de cabellos envejecidos que lloran las lágrimas que yo no he tenido tiempo de derramar, fumigando las aceras, humedeciendo las mejillas cansadas de tanta sequedad. Me acompaña el caminar del peregrino que ya no está, el eco sordo de la voz que habla desde la distancia, la ausencia de las aves migratorias que se desvanecen en el horizonte, la hora insomne de las alimañas.

Sólo quedan los huecos de lo que antes fue: un solar donde hubo una estación; una quimera donde se forjó la esperanza; donde habitaron personas, no más que una ciudad.

Fue ayer cuando empecé a notar este incesante hormigueo entre las vísceras, el que deja una oquedad de órgano desaparecido, de función vital extirpada, de paz insatisfecha. Paseaba bajo el sol de medio día e incluso las horas habían desaparecido, sólo quedaban agujas en el espacio de los minutos, en el tiempo que pasa convirtiéndonos a nosotros, a las promesas, en el vacío que espera un futuro que nunca llegará.

Cuando se marchó ella, entre el pulmón izquierdo y el derecho, sólo me quedó el pobre fruto de la retórica vacua.

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El verano que estuvimos en Peñacoba, Burgos, leí casi todos los tomos de Tintín -excepto El asunto Tornasol-, descubrí qué aspecto tenía un cruce entre pastor alemán y lobo, aprendí que en una aldea de cincuenta habitantes no hay cura, pero sí hay bar, y empecé a sentir atracción por los lugares desiertos, pueblos fantasma con calles soleadas y vacías, transeúntes que observan curiosos a los extraños, vecinos que alimentan a perros que viven en las calles y reconocen como amos a toda una comunidad -había en esos lugares, a la vez, una balsa pacífica donde escapar y un resquicio de recelo, una oscuridad velada que se escondía tras los postigos cerrados, secretos que se guardan con el celo de lo inconfesable-.

Lo he recordado, aunque estoy en un lugar diferente, en una época distinta, porque no hay nadie en la plaza de este pueblo pacense; tan sólo una mujer ha salido del ayuntamiento para fregar el zócalo de la entrada. El sol sucio de finas nubes ha dormido esta tarde hasta al campanario de la iglesia, donde anidan cigüeñas que velan por la buena ventura como santos pacientes. En este lugar no existe el ruido, apenas el de un coche que pasa por una calle cercana sin dejarse ver.

De Burgos a Badajoz hay una distancia abismal, de un verano de la niñez al presente hay un universo, y sin embargo siempre encuentro similitudes descabelladas entre lugares dispares, entre épocas distanciadas, en definitiva, entre todo lo inconexo. Suelo pensar que yo soy el único factor común.

Ayer por la tarde, cuando fuimos a la sierra, el farmacéutico nos condujo a una sima algo alejada del camino que tenía la mejor vista de Los Santos de Maimona. Pensé que a veces las cosas más interesantes no se nos muestran explícitamente, y sin embargo están ahí, basta con andar quince metros hacia la derecha en lugar de seguir recto el sendero; debería yo haber tomado el desvío para subir al castillo de Feria, pero no lo hice, y quizás nunca vaya, igual que no me acerqué a Santo Domingo de Silos aquel verano que estuve en Peñacoba. Quizás  lo estático sea lo más cómodo, y puede que más allá de este banco de piedra donde se me duermen las nalgas no haya más que calor sofocante, a lo sumo café con hielo, del mismo modo que ayer no había más que sendero en la sierra hasta que vino el farmacéutico y nos dijo que la mejor vista estaba un poco más allá, a quince metros del sendero, como aquel verano que pasé en Peñacoba, cuando una tía mía me enseñó que unos periquitos podían aprender la tabla de multiplicar, que un perro lobo no es un personaje de un cuento, sino un animal fiel y tranquilo que pasea por el campo, al revés que aquel otro perro, el loco, que se lanzaba ladrando hacia todos los coches que pasaban por la carretera.

Había leído El bosque animado poco antes de ir aquel verano a Peñacoba y el recuerdo de la Santa Compaña estaba vigente en las noches, porque aquel cortejo fantasmal de los gallegos seguramente tendría un homólogo burgalés que quizás se aventurara dentro del caserón, con pasos fríos y silenciosos, por los recodos de los pasillos, y sólo los periquitos, que no sabían lanzar llamadas de socorro, les sentirían pasar y de puro miedo recitarían la tabla de multiplicar. Imaginaba la fila de almas en pena acercándose a la puerta de mi habitación, girando el picaporte apunto de entrar, como veo ahora a un hombre que pasea por la plaza, bajo el sol sucio de esta primavera incómoda, y pienso que tal vez sea un espíritu vagabundo -me aburre profundamente pensar que los hombres son hombres-. Tal vez sea necesario que alguien me tome de la mano y me muestre ese camino alternativo, la guía servil que va más allá de la orilla de un sendero, que traspasa los límites en que los hombres ya no son hombres, los perros son más que perros y los libros se confunden con nuestras vidas.

Sé que ahora me levantaré de este banco de piedra que está junto al Ayuntamiento, olvidaré los recuerdos de aquel verano en Peñacoba e iré a buscarla a ella. Imaginaré que el tiempo para nosotros es de una naturaleza sobrenatural, como la eternidad lenta de la Santa Compaña, porque en realidad en este pueblo de Badajoz el extraño soy yo y tal vez los vecinos me confundan con un fantasma, o con un hombre lobo acalorado y somnoliento. Las cigüeñas me vigilan desde lo alto de los campanarios, como lejanos buitres de la sierra burgalesa o como fantasmas vigentes de una niñez lejana. Quizás esta sea la paz que esperaba encontrar en la lejanía de Granada, la tranquilidad espectral del ahora, el momento presente en que voy a buscarla a ella, el instante en que me ve doblar la esquina como un espectro y, justo al sonreír, desvanecerme como un ectoplasma efímero, porque los recuerdos transitan como los fantasmas y todo ha sido una imaginación, un texto, una simulación de la paz que esconden las cigüeñas bajo las alas, una farsa de secretos y mentiras que equilibran la fantasía para hacerla más creíble, un potenciador de la amargura para el último trago del recuerdo, que es como el último trago de una copa obligada para el olvido, por eso hay bares incluso en las aldeas de cincuenta habitantes, porque se puede ser lobo y perro a la vez, incluso siendo hombre.

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