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Archivo de Junio 2008

No me había dado cuenta, pero sucedió el viernes pasado: este blog cumplió un año. Creo que por aquella época escribía sobre todo sobre política, fue tiempo después cuando la temática fue evolucionando hacia temas de menor intrascendencia a la vez que la plantilla que utilizamos evolucionó hacia diseños más o menos legibles.

De las 164 entradas publicadas en Vuelo 714, la mayoría en la categoría Personal, el texto más leído hasta la fecha hablaba sobre Elvis Presley -el segundo más leído sobre Rodolfo Chikilicuatre -, sin embargo, los textos que más les han gustado tenían una marcada temática personal y una total intención literaria. -Saco como conclusión que en esto de Internet hay que hablar de famoseo para captar visitantes y vender intimidad para mantenerlos, así es la vida.-

Desde aquella primera entrada de hace un año hasta hoy, las cosas han cambiado -lo que parece suficiente-. Aún no sé en qué dirección, de modo que el aniversario de Vuelo 714 debería servir para plantearse en qué dirección van estas páginas, tal vez la utilidad de su publicación, la necesidad de buscar la forma de vencer la barrera que forman ahora las palabras -llevo más de una hora escribiendo estas palabras entre llamadas telefónicas, café, correos electrónicos y una entrevista a Mariano Rajoy-. Quizás debiera prometerme y prometerles escribir no más que cuando sea estrictamente necesario, o quizás debería prometerme y prometerles, a quienes quiera que sean ustedes cuyas caras no veo, que escribiré todos los días, que trabajaré para que siempre encuentren algo nuevo en está página, pero seguramente no cumpliría ni lo uno ni lo otro.

De modo que inauguro el segundo año de vida de Vuelo 714 prometiéndome que escribiré sin pensar en ustedes, quienes me leen, pese a que eso suene a pose, a independencia artística fingida, pero puedo demostrar que no es así: piensen en mí y escriban un comentario en esta entrada, si aparecen más de cincuenta comentaristas distintos significará que tengo la suficiente presión mediática como para no considerarme independiente, en caso contrario ustedes me liberan del impulso de publicar lo que escribo.

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Ahora es de noche. Abajo, en el jardín, reinan las sombras entre las ramas del jazmín recién podado, junto al tronco del naranjo que comienza a florecer, tras las pequeñas zarzamoras que brotan al pie del muro, allá donde la salamandra posa sus ventosas mudas como si ya durmiera. Es aquí, en el dormitorio, donde podemos mirarnos a los ojos con la luz que se filtra por las cortinas del balcón -será su cara la luna llena en estas noches en las que el verano no parece un quimérico porvenir-. Hablamos al amparo del sigilo, con susurros tan ligeros como el humo de penumbra de habitación, mientras la abrazo y le cuento la historia de esta casa, de esta habitación, de esta cama a la que no volvía desde las noches de infancia, tantos años atrás que la memoria la ha circunscrito en un altar de recuerdo sedimentado.

Mañana, le digo, te enseñaré el barrio, las calles en las que nos escondíamos y perseguíamos, las esquinas que doblaba temerariamente con una bicicleta de la marca BH heredada de algún primo mayor con los frenos gastados y oxidados. Subiremos desde la Plaza de los Arcos hasta la Rosaleda, pasando por esa calle empedrada donde aún viven los árboles de morera que alimentaron a mis gusanos de seda. Verás mañana aquellas calles que casi había olvidado, las verás tal y como las veía yo entonces, porque allí la luz parece estancarse, menguar los días nublados, refulgir si sale el sol al cielo raso, pero es siempre la misma, partículas que vuelan en círculos entre los nísperos desde mil novecientos ochenta y tres, tal vez impacientes, jamás inquietas, porque te esperaban a ti, ahora lo sé. En esta calle había una carnicería donde solía comprar mi abuela, aquella casa de allí, la que hay junto a la Rosaleda, era la de Trini, que también tenía un árbol de morera, y ésta de aquí, la que hay justo al doblar la esquina, es la casa, aquel el balcón donde yo me asomaba a escondidas de pequeño porque al atardecer se podían ver las primeras estrellas de las noches de verano y el humo de la fábrica de cervezas.

No le hablo de los discos de música clásica de mi abuela, de los archivadores con partituras impresas en papel amarillento, no le hablo de Juan, que tenía la misma edad que yo y al que no he vuelto a ver desde entonces, guardo silencio porque ahora se suspende el tiempo como las flores de azahar del jardín, se detienen los segundos concentrados en un solo pétalo blanco o en un mínimo ápice de olor a galán de noche, se confunden los años, la noche en que charlo con ella y la mañana soleada en que mi padre le quitó las ruedas pequeñas a la bicicleta, me callo ahora que intuyo en la noche que hay un doblez de tiempo en este preciso instante,  el pasado nos mira como un tornasol crecido sólo para orientarse hacia nosotros y el futuro se abate en esta habitación para arroparnos con su perfume de recuerdos de infancia, tal vez porque es el momento, aquí y ahora, de encontrar el orden indescifrable que nos ha tendido abrazados en esta cama, junto a este balcón frente al que revolotean a ritmo de vals los murciélagos, los mismos o idénticos murciélagos cuyo vuelo he contemplado durante el último cuarto de siglo, desde aquellos atardeceres cercanos a mil novecientos ochenta y tres mientras mi madre me llamaba para cenar, en el presente exacto de esta habitación en la que he recuperado, con el olor a jazmín y azahar y limón que penetra por el balcón abierto, el gusto inexplicable por las noches de verano.

Mañana, empiezo a decir acariciando su flequillo y mirándola a los ojos, pero las palabras se detienen porque no encuentran sentido en esta extraña mezcla de tiempos, y caigo en la cuenta de que aquellas mañanas de sol sucedieron en un tiempo remoto que se me antoja presente, mucho antes de que yo aprendiera a leer, mucho antes de que el universo se nublara irremediablemente de palabras. Era entonces, cuando las letras parecían dibujos sin sentido, cuando la morera y los rosales no eran más que formas de color, quizás nombres expresados con sonidos, y es ahora cuando la miro a ella y digo su nombre en voz alta, sin calificativos ni adornos innecesarios, sin gramática ni oraciones completas, sin más palabras que las de sus ojos cansados y su sonrisa atenuada en la penumbra de la habitación, su nombre sin más necesidad que la de mirarla de cerca.

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Dancer in the Dark

Contiene spoilers.

Volví a sobrecogerme cuando vi de nuevo Dancer in the Dark de Lars von Trier, igual que la primera vez, cuando después de varios años, con la curiosidad azuzada por la aparición de Björk, la vi una tarde en casa de José L. Ballesteros cerveza mediante. Supongo que lo que me gusta de Lars von Trier (Dogville, Rompiendo las olas) es la mirada abierta y trágica al lado más crudo del ser humano, ese lado animal que se resiste a una evolución hacia lo racional. Fue desagradable ver como ahorcaban el último ápice de esperanza que el personaje interpretado por Björk conservaba hasta segundos antes de morir condenada a muerte por un asesinato justo. La crudeza de la trama radica en parte en la ejecución de una justicia humana que castiga injustamente un comportamiento fiel los instintos maternal y de supervivencia.

Podemos pensar que al morir la protagonista estamos ante un final triste, una historia que mal acaba, con la crudeza necesaria para inocular cierto malestar duradero en el espectador. No todo el mundo lo entiende así. Alguien me dijo que había leído positivamente la película, porque el sacrificio que realiza la protagonista sirve finalmente para curar la enfermedad de su hijo -y puede ser que la canción final sea una seña de ese optimismo-. Esa persona había hecho también una lectura postiva del terrible Ensayo sobre la ceguera de José Saramago según los mismos criterios, porque el grupo de ciegos aguanta estoicamente su maldición hasta que una suerte infusa les devuelve la vista al final de la novela. Del mismo modo, la protagonista de Dancer in the Dark muere viendo su empresa cumplida.

Pensé en quedarme con el lado bueno de esta moneda, desechar la cruz, pensar que las interpretaciones son dobles, que la parte positiva de cada acontecimiento está vigente y hay que aprovecharla, que el mal final para Dancer in the Dark habría sido el fracaso de Björk en su empresa maternal. Sin embargo, al otro lado de la moneda estaba la muerte, el cadalso contemplado fríamente por unos espectadores que deseaban la tortura para un personaje definido por rasgos puros. Incluso en la más bondadosa de las almas había un resquicio animal porque se canalizaba la ira, había capacidad de asesinato, había instintos tan crudos como básicos, comportamientos que pueden, ante cualquier giro de esta moneda de la vida, hacerla caer por cualquiera de las dos cruces.

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Me fue concedido hace unos días una especie de galardón en forma de meme contagiado desde La linterna trágica. El galardón en sí es más bien una carga que un honor: carece de dotación en metálico y me obliga a premiar nada menos que a otros siete blogs a cuyos autores, como a mí, posiblemente se la traiga al fresco cualquier premio que no sean cantidades industriales de divisas o, en su defecto, ávidos lectores. Por coherencia, los premios fantasma que yo debería otorgar -y que no otorgo- deberían estar en mi blogroll además de no pertenecer al grupo de amigachos que escriben en Lenguas de Fuego -por eso y porque Sebas L. es un perro y ya no escribe ha quedado descartado el Bisturí Eléctrico-.

Dos blogs que siempre recomiendo, los únicos que miro con cierta frecuencia por poco tiempo que tenga, son El Chavalín y ProgramandoAndo, por una razón muy sencilla: si hay algo nuevo, hay algo interesante, además de ser de esos blogs que están hechos por alguien que realmente sí sabe de diseño.

De los premios habría descartado a los famosos que no necesitan publicidad, Eduard Punset (de quien recomiendo leer “Nos acercamos a la singularidad” junto a este artículo resumido sobre singularidad tecnológica) y Andreu Buenafuente, además de Orsai, que a veces flojea, pero que suele contar historias interesantes.

Pero como decía no voy a otorgar unos premios que no puedo pagar, menos aún sin son más de siete, menos aún si el que más y el que menos tendrá uno ya en su bolsillo, pero aprovecho la ocasión para resaltarles mis favoritos, que de vez en cuando viene bien hacer un poco de boca a boca.

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Now john at the bar is a friend of mine
He gets me my drinks for free
And he’s quick with a joke
or to light up your smoke
But there’s someplace that he’d rather be

He says, bill, I believe this is killing me.
As the smile ran away from his face
well I’m sure that I could be a movie star
if I could get out of this place

Billy Joel, Piano Man

A finales de 2003 pasamos varias semanas tocando en aquel pub del centro de la ciudad al que nunca iba nadie. Héctor, el camarero, nos puso en contacto con el dueño, que andaba buscando gente que sonara más o menos suave, que cobraran poco dinero y que estuvieran fuera del circuito de cantautores de Granada. Nosotros por entonces ensayábamos con un par de guitarras acústicas y sin apenas percusión, tocábamos los viernes y los sábados por la tarde delante de nuestros amigos y de curiosos que se colaban en el local pensando que veían a futuras estrellas, alimentando así un ego que nos distanciaba de nuestras verdaderas formas humanas, fracasados, algo inquietos, buscadores de un grado de desigualdad que nos permitiera alzarnos un escalón por encima de quienes nos contemplaban como quien contempla figuras informes queriendo ver en ellas perfiles atractivos -también creíamos que el rock estimulaba la libido de las chicas, aunque no conseguimos robar más que alguna mirada, alguna insinuación-; de modo que reuníamos las condiciones idóneas para tocar allí, en el bar de Héctor, porque éramos unos chavales no demasiado ruidosos y dispuestos a actuar gratis o por poco dinero con tal de tocar delante de alguna cara desconocida, éramos las promesas que adoraban hacer sonar un par de canciones en un local pequeño, éramos artistas sin tablas pero con corazón, inspiración sin talento, exquisitez sin pulir. Unos mierdas.

Durante dos o tres semanas dábamos conciertos en dos pases, versionábamos alguna canción conocida y repetíamos hasta la saciedad temas propios que creíamos colmados de talento, después recogíamos, el local se quedaba casi vacío y algunos de los del grupo nos quedábamos tomando una copa con Héctor, que solía pasearse por la barra, colocando vasos, abriendo bolsas de hielo, mirando hacia la puerta principal por la que no entraba nadie, quizás alguna pareja de treintañeros buscando un rincón discreto para consumar los preeliminares de una infidelidad, observados por Héctor con una mirada turbia de whisky y de humo blanco de tabaco negro, no con celos, en absoluto, sino con envidia, porque el camarero miraba a la puerta y a veces caminaba despacio hacia ella para asomarse y mirar la calle mojada esperando ver a lo lejos el paraguas de aquella chica morena que iba algunos jueves al bar, o al menos eso imaginé yo.

A Héctor le gustaba que tocáramos allí, no nuestra música, o eso pensaba yo, sino el hecho de que tocáramos, porque pensaba que teníamos alguna esperanza de salir de aquel rincón oscuro de aquel callejón negro del centro de la húmeda ciudad de Granada. Gracias a Héctor aprendí que no hay escapatoria, son ineluctables los tentáculos asesinos de esta ciudad. Han pasado cinco años y seguimos todos en el mismo sitio.

En el insondable destino del bar, Héctor esperaba que aquella chica apareciera con serena impaciencia, de una forma similar a la que tenía yo de esperar a la furcia de Mónica, que para entonces ya había dejado de venir a vernos a los conciertos espantada por la antipatía que yo gastaba en las inmediaciones de la barra, «pareces más simpático en el escenario», me dijo la última vez que la vi, y yo le menté sus aptitudes de putón verbenero para confirmar mi incapacidad social. Llegó un momento en el que yo mismo empecé a confundirme con una fingida parte de mí, del mismo modo en que Héctor se confundía con su sombra cuando volvía a entrar en el bar, en silencio, caminando despacio, después de haber mirado callejón abajo sin ver a nadie aparecer en el horizonte nocturno. «Otro día vendrá», le decía yo, y Héctor respondía en silencio, con un gesto de indiferencia que pretendía explicar que aquí no existen otros días, porque en la burbuja impermeable de Granada sólo vale el aquí y ahora que se repite luna tras luna, apenas un resquicio vale soñar con un lugar más allá de los tentáculos asesinos de esta ciudad -era Héctor quien hablaba de tentáculos asesinos, siempre, dos whiskys después de las doce de la noche, cuando la chica morena aún no había aparecido y él sentía la necesidad de hablar con ocurrencias tristes y cáusticas que luego yo copiaba para impresionar a Mónica y luego decirle que se fuera; es ahora, al escribir esto, cuando descubro que yo no fui una sombra de mí mismo, sino una sombra de la sombra de Héctor, aquel camarero al que conocí hace cinco años, con quien traté durante apenas tres o cuatro semanas-.

El tiempo, la falta de práctica, la desgana, me han robado aquel caparazón que logró engañar a alguien, mis dedos ya no pueden imitar aquellos movimientos torpes que hacían sonar alguna guitarra, algún bajo eléctrico. Cuando la furcia de Mónica dejó de llamarme sentí el amargo alivio de no tener que seguir viviendo, pensé que sólo me quedaba tocar algunas noches en el bar de Héctor y tomar un par de copas de Red Label antes de irme a casa, pero entonces llegó la Navidad y el dueño decidió suspender las actuaciones hasta el mes de febrero, y ya no volvió a llamarnos. El grupo se separó poco después y yo no he vuelvo a ver ni a Héctor ni a la furcia de Mónica, sin embargo he imaginado que me encontraba con aquella chica morena a la que Héctor esperaba con escasa paciencia en la puerta del bar, he imaginado que podría reconocerla si la viera por la calle, porque era vívida aunque sencilla la descripción que Héctor hacía de ella, el pelo moreno y largo, ondulado, el flequillo cayendo de forma graciosa sobre los ojos, los brazos a veces separados de las caderas, como invitando a un corto abrazo, la camiseta siempre de manga francesa, la falda a rayas, vaqueros si hacía demasiado frío, sí, era vívida y sencilla aquella descripción que hacía Héctor como quien recuerda una figura vista sobre un escenario o sobre un altar, aquella descripción que ahora recuerdo como una receta médica, como una vacuna inoculada en el virus inoculado en las venas de esta ciudad que son las mías propias, porque era aquella la descripción de la mujer que todos los envenenados de Granada hemos soñado alguna vez.

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