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Archivo de Agosto 2008

Blog Day 2008
Dicen que se escogió el 31 de agosto porque sus cifras, 3108, escritas de cierta forma, recuerdan a la palabra “blog”. Hoy, mientras celebramos el Día del Blog -la versión hispano hablante del blog day, que además contará dentro de unas horas con una serie de actividades muy interesantes-, no quería dejar pasar la oportunidad de dejar mi meme, mis cinco blogs favoritos, aquellos que leo con frecuencia, aunque ustedes ya los conocen de sobra, porque hablo de ellos de vez en cuando y porque están en los enlaces. Como siempre, obvio los de los colaboradores de Lenguas de Fuego, y les cuento los que leo de fuera:

Por último, hoy en un blog que no cito porque me da coraje que sea tan popular siendo tan mediocre, he leído esta cita: «lee libros, no blogs».

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Día

Desde http://www.diadelblog.com llevan semanas organizando un encuentro virtual de bloggers que se podrá seguir el próximo domingo 31 de agosto a través de la web oficial además de Plurk y Twitter. Entre las actividades que hay organizadas están programados varios talleres de creacción de blogs, ponencias de bloggers, etc.

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Una mujer llora silenciosamente, a intervalos, mientras pronuncia unas palabras, «estamos esperando, no sabemos nada», como si lo hiciera sin convicción, sin un significado determinado o la intención de un eufemismo, sollozando de forma imprevisible y con los ojos arrasados por la certeza impronunciable de una muerte cercana, «lo llamamos pero no coge el teléfono, por eso lo sabemos», añade, como si un golpe de realidad la hiciera confesarse consciente de la catástrofe. Aún no ha podido asumir la muerte de un familiar, quizás varios, en un accidente aéreo, el vuelo JK 5022 acaba de estrellarse y la caja mágica retransmite el dolor de esa mujer a través de un micrófono a todos los televidentes, porque las historias que confluyeron en aquel avión y que finalizaron súbitamente tienen su secuela en los encargados de recoger e identificar los restos mortales de decenas de personas, en los retales de fuselaje casi desintegrados, en los retazos de realidad que se guardan en la caja negra y que prolongan la existencia fantasmal de los fallecidos a través de aquellas otras personas que viven la catástrofe desde la angustiosa orilla del desastre: hermanos, padres, hijos, amigos, buenos vecinos y compañeros rencorosos, antiguos amantes o viejos conocidos. Es la muerte, mostrándose cercana o magnánima, irreversible y todopoderosa, los que nos hace sentirnos vivos.

Necesitamos del sufrimiento a la vez que esquivamos con torpeza su presencia ineluctable. Aquella mujer que lloraba por televisión la muerte certera y sin confirmar de su hermano desea de una forma irracional, instintiva, despertar de la pesadilla, suspirar profunda y violentamente y abrir los ojos con un grito ahogado que disuelva la realidad, o que el argumento de su vida gire convirtiendo la tragedia en algo irreal; pero los que somos ajenos a ello nos podemos acercar a la angustiosa orilla del desastre a través de la televisión, fingir unas condolencias que nos vuelvan más humanos. Bordeamos el dolor ajeno con cautela, como quien se asoma a un precipicio manteniéndose a unos pasos de distancia del borde, en una comprobación rutinaria de nuestra humanidad. Sentimos, o eso fingimos o deseamos, porque somos capaces de dolernos por lo ajeno.

Una reportera de televisión se encarga de proporcionarnos un suntuoso banquete de catástrofe. Más allá de los restos del avión incendiado, más allá de las cifras o de las víctimas anónimas, la reportera alarga el brazo sosteniendo un micrófono, acercándolo a la boca torcida de una mujer que llora esperando la noticia de la muerte de su hermano, así podemos poner rostro al dolor, podemos comprar una dosis de tragedia e identificarnos, condolernos para ser felices, porque nuestra felicidad depende del sufrimiento ajeno, ése y no otro es el motor del informativo televisivo que negocia con el llanto ahogado de una mujer angustiada, del dolor y no de la información vive la reportera que alza el micrófono como quien alza una mano y vierte vinagre sobre una herida abierta y doliente, padecimiento sobre el padecimiento que construye una televisión que observamos embobados, la repugnancia de la era de la información que degeneró en el placer por el chascarrillo.

Hablaremos de dolor ajeno, hablaremos de negligencias ajenas, los medios sabrán conmovernos y conmocionarnos, nos hará recordar el once de marzo, nos harán temer la aviación y el pánico nos hará sentirnos vivos en cada despegue, en cada sacudida de una turbulencia, en cada despedida en cada terminal, porque con cierta frecuencia aparecerá en la pantalla del televisor una mujer con los ojos arrasados, agotada de sufrimiento, padeciendo la peor de las formas de la ignorancia, ésa que está entre la incertidumbre y el límite de la fatalidad, y una reportera la hará recrearse en su propio dolor, como en una especie de herramienta de tortura verbal, porque nuestra felicidad, empiezo a pensar, depende en muchas ocasiones sentir en otros el dolor.

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I. Hace más o menos un año, pocas horas después de publicar el artículo Elvis está vivo -el más leído de este blog- recibí un correo electrónico de alguien que no sólo aseguraba haber localizado a Elvis Presley vivo en Argentina, sino tener pruebas viedográficas de ello, y además me las ofrecía en exclusiva para Lenguas de Fuego. Desde un principio me intrigó el supuesto el montaje, ni siquiera sentí una breve esperanza de ser el mecenas de un hallazgo conmocionante, sólo curiosidad por descubrir los límites del desequilibirio que había llevado a un hombre a urdir una farsa increíble pero narrada con convicción alucinógena, de modo que respondí el mensaje interesándome por el material, pensando que al menos podría marear la perdiz o reirme un rato, pero el confidente elvismaníaco no llegó a responder jamás. Por supuesto jamás llegué a recibir ningún video, el presunto buscador de Elvis no volvió a dar señales de vida, las imágenes que pueden ver más arriba son un sketch que he escogido al azar entre varios -tengo la convicción, como ustedes saben, de que creer en lo sobrenatural o lo magnífico es un chiste similar al del video-. Al día siguiente -por aquella época escribía casi todos los días- escribí sobre Django Reinhardt, aunque sin duda mi filtreo con la música de Elvis creció en pasión.

II. Este fin de semana, treinta y un años después de su muerte, los fans de Elvis rindieron homenaje a la memoria del Rey, mi amigo Ernesto, que es un «beatlemaníaco de Elvis», se habrá comprado algún otro objeto de coleccionista o el enésimo grandes éxitos, y sus herederos han dado una vuelta de rosca más al negocio celebrando el matrimonio de Presley con Barbie, se conmemora el cuadragésimo aniversario del especial del ‘68 con un monográfico en Graceland, imagino que además alguien habrá inventando una nueva versión de la leyenda de la resurección de Elvis, o de su ascensión a los cielos extraterrestres, o de un complot mafioso para simular su muerte.

III. El verano pasado, después haber escrito aquel artículo, leí un libro, cuyo título y autor no recuerdo, que narraba el comienzo de la carrera de Elvis Presley. El origen humilde del rey del Rock me recordó a aquella canción para el Jaro que cantaba Joaquín Sabina, «por maestra una mesa de billar», y me hizo pensar que quizás el destino o un golpe de suerte salvó a Elvis de una vida mediocre o quizás trágica, sustituyéndola por la fortuna y el éxito. He pensado esta tarde que la tragedia de Elvis -si descartamos la teoría de la abducción o del complot- fue causada precisamente por el éxito, la cara y la cruz de una existencia. Creo que fue el sacerdote que ofició el funeral de Presley quien dijo que la fama le había llevado a experimentar unas cotas de tentación inimaginables para los demás.

Hay en toda historia una verdad y una leyenda, detalles de una farsa que filtran a través de la voz del narrador o mentiras colosales pregonadas con el mayor de los descaros e incluso con convencimiento. La historia de Elvis, no sé si la verdadera o la legendaria, se me antoja ahora un cuento de hadas con final infeliz, quizás siempre al borde de la fatalidad del fracaso. Debe ser que Elvis, al fin y al cabo, era también un hombre como todos los hombres.

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En algún momento que no recuerdo, verano, seguramente, cuando yo aún tenía esa edad indefinida en la memoria, en ese pasado remoto en el que se mezclan los años y se desordena tiempo y uno tiene que recurrir a la imaginación para ordenar la cronología su propia vida, cuando mi padre ya había desatornillado y retirado una de las dos ruedecillas que mantenían el equilibrio de mi bicicleta, la derecha, quiero recordar, aunque pudo ser la izquierda, yo pasaba horas recorriendo la calle de mi abuela en el Cercado, desde el extremo de su casa hasta el extremo de la casa de Elba -me imagino en la escena con la equipación de listas horizontales rojiblancas que llevaba el Granada C.F. a mediados de los ochenta, en una bicicleta azul, aunque puede que esos detalles los haya tomado de fotografías de la época-. Rodaba sobre el asfalto, por aquella calle estrecha y sin tráfico, subiéndome a la acera cuando pasaba algún coche, saliendo de la calle para bajar a la Plaza de los Chinos o a la Calle de las Moreras si mi amigo José me acompañaba alguna mañana de julio.

Debió ser después de aquello -aunque yo lo recuerdo como anterior, ordeno los sucesos según la lógica, no según la memoria-, cuando mi padre retiró la segunda y última ruedecilla de la bicicleta, convirtiéndola por fin en un biciclo, dejándome a mí la responsabilidad del equilibrio y la posibilidad de caer al suelo. En aquella época también sembré aquella calle de retales de codo y rodillas, aprendí que el agua oxigenada escocía aunque no tanto como el alcohol y que la mercromina dejaba un espectacular tinte en las heridas.

De alguna forma, cuando aún quedaba una ruedecilla supletoria que evitaba la caída si basculaba más de la cuenta, yo ya había adquirido un miedo infranqueable al momento en que perdiera aquel seguro, imagino que porque había experimentado con la bicicleta de una de mis primas las mellizas, seguramente con mi padre sujetando el sillín para darme estabilidad, y en el momento en que descubría que rodaba solo, aunque llevara haciéndolo con firmeza varios metros, era inevitable que me fuera al suelo. Entonces supe que el miedo era una barrera difícil y absurda, eso que luego supe que llamaban resistencia al cambio y que no tiene mucho sentido, pero no fui capaz de privarme del seguro de la tercera rueda y durante un tiempo que a mí me pareció más extenso de lo necesario realicé mis paseos, de la puerta de la casa de mi abuela a la de la casa de Elba, con aquella tercera rueda atornillada al eje de la trasera.

Creo que sólo hubo una forma de hacer desaparecer el miedo al equilibrio: el miedo al ridículo apareció una tarde en que mis padres estaban dentro de casa, charlando con mi abuela y con mi tía y yo en la calle con la bicicleta yendo y viniendo de nuestra puerta la puerta de la casa de Elba. Y allí estaba ella, Elba, con el pelo suelto, largo y liso más abajo de los hombros, pelirroja o de un castaño muy claro, con cierto aspecto de bruja blanca, como si tuviera en el rostro fragmentos de leyenda o de ficción, sentada en las escaleras, tal vez leyendo o solamente mirando la tarde o solamente mirándome a mí ir y venir, diciéndome con su voz dulce de meiga que quitara la tercera rueda de la bicicleta, «quítasela, si no la estás apoyando en el suelo», mientras yo me excusaba sin detenerme, en parte avergonzado, en parte atemorizado, «no puedo quitar la rueda, no tengo destornillador» o «no sé quitar la rueda, no puedo quitarla», excusas que no hacían a Elba abandonar su empeño de verme sobre tan sólo dos ruedas, «ven, que yo tengo llave inglesa», hasta que fui reduciendo mi recorrido, desde la puerta de la casa de mi abuela hasta la mitad de la calle, evitando cruzarme con la mujer misteriosa que vivía en el otro extremo de la calle, para finalmente guardar la bicicleta en el patio y no volver a salir en todo el día.

No sé si al día siguiente, o pocos días después, humillado de alguna forma, le pedí a mi padre que quitara la tercera rueda, y después de hacer algunas pruebas sobre dos ruedas con él sujetando la bicicleta por el sillín, empecé a rodar solo, a ir de un extremo a otro de la calle y dar la vuelta sin poner los pies en el suelo, a bajar la cuesta de losetas rojas de la esquina. Tal vez, en aquel momento, no supe si fui yo quien venció al miedo o fue el propio miedo quien desistió de dominarme a través de la bicicleta -seguramente porque ya empezaba a descubrir otros puntos flacos-, porque en ocasiones somos abandonados incluso por lo aparentemente inerte.

Dejé de montar en bicicleta hace mucho tiempo. Mucho antes de eso, tuve mi peor caída en un carril bici en Granada que se saldó con una pequeña fisura en el escafoides. Ahora es la pereza lo que mantiene alejado de los pedales, tener que bajar al trastero para sacar la bicicleta de su nicho de cajas y enseres abandonados, allí abajo debe estar, en la oscuridad del cuartucho abandonada por mí y por el miedo que la utilizó como herramienta, quizás porque ese mismo miedo ha considerado más conveniente manifestarse a través de otros objetos, de otros lugares, de otras personas.

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Piscina natural en Granja de Granadilla

Piscina natural en La Granja de Granadilla

Ladridos de perro irrumpen en el rumor de las aguas,
realza el rocío las flores de melocotonero
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Li Bai, traducido por Anne Hélene Suárez Girard.

Siempre que cierro los ojos cerca del agua recuerdo la misma imagen, la de un cuento que no leí: me contó mi madre que Max Aub describía con total precisión en un relato la visión de los granos de arena vistos a ras de suelo, el mosaico de colores, la nitidez de los más cercanos, los más alejados volviéndose borrosos con la distancia. En la piscina natural de Granja de Granadilla no hay arena, pero lo recuerdo ahora que me he quedado solo, tumbado en el césped y con los ojos cerrados. Me irá venciendo el sueño con ímpetu irregular, frenando su asedio para sortear el mosaico de sonidos, la nitidez de los ladridos del perro que se llama Arco, los gritos de Marcos, el niño que juega con él, el rumor borroso del río y el rumor pastel del gentío. Es éste el momento de escribir, antes de tomar papel y bolígrafo, apartado de la inspiración y otras religiones, escucho e intento construir, hablo en silencio de la gente, del sonido, del tacto de la toalla tendida en el césped, del eco lejano de un ciclomotor que se acerca lento por la próxima carretera. ¿Dónde está la poesía? ¿Acaso no hay belleza en lo más vulgar? Sin duda habría que inventarla para la hubiera, en vano tal vez, pienso, ahora que recuerdo el comienzo del primer poema que se conserva de Li Bai, en el que ladraba un perro violando deliberadamente todas las convenciones estéticas de la poesía de la dinastía Tang. Cierro los ojos cerca del agua y escucho a Marcos gritarle a Arco, escucho el rumor lejano del agua y de un ciclomotor que pasa por la carretera, junto al césped; quién querría escribir sobre los ladridos de perro, quién describir el horrendo sonido de los vehículos a motor.

Me vence el sueño de la media tarde: ha sido alimentado por una brisa fresca llena de río, por un peso que masajea los párpados, que son inmunes a la luz y casi inmunes al sonido de los motores y de los animales. A una hora indefinida de la media tarde, viene el sueño, la paz de la Extremadura deteniendo el flujo de la sangre y el flujo del pensamiento. Se apagarán las ideas cuando se apague tras la arboleda el sonido del motor que empieza a alejarse, lento como el sol de la tarde o como la sombra de los sauces. No se puede escribir en las piscinas, pienso, aquí no hay maestros taoístas, no hay ningún gurú de la palabra.

Ya no se escucha Marcos y Arco, tal vez se hayan marchado, sólo perdura en primer plano el sonido del ciclomotor, que cesa una fracción de segundo y se estampa en un estruendo de asfalto y carcasa. Entorno los ojos con la cabeza vuelta hacia la carretera y veo a un hombre levantando raudo el ciclomotor del suelo mientras varios zagales se levantan divertidos para observar de cerca al accidentado, uno de ellos dando una palmada. Imbécil, pienso. Qué tosca sería la poesía si dependiera de la mera realidad, no sería ni poesía, apenas sería. Imbéciles, qué sórdido y aburrido es el humor fácil, la cáscara de plátano, encefalograma plano divertido por la desgracia ajena, y a la vez qué humillante por cómica es la torpeza. Humor y horror se confunden con una frecuencia apabullante, la misma frecuencia con la que uno encuentra gente de carcajada fácil y ruidosa, habitantes de las aceras, niños que suben cuestas en bicicletas encabritadas, ensayando quizás piruetas que hacer sobre un ciclomotor, con un casco torcido como una boina francesa.

Qué escasez de poesía allá donde mire, incluso cuando cierro los ojos. Qué triste existencia del mundo más allá de mis párpados o, tal vez, qué facilidad para reconocer la vulgaridad en cualquier viento, qué siniestro modo de ver la faz mísera del prójimo, quizás para ensalzar la probablemente inexistente virtud propia.

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