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La placeta

A la Rosaleda yo la llamaba la placeta de los chinos (aunque nunca llegué a saber su nombre a ciencia cierta), porque era allí donde me desollaba las rodillas y los codos, rasguños encarnados que mi madre teñía con mercromina roja, mientras jugábamos al escondite, al pilla pilla, al fútbol de placeta con una pelota de plástico, o dábamos vueltas con nuestras bicicletas, que ahora parecen prehistóricas, porque eran anteriores a la moda de las mountain bikes que se fabricaban con metales más ligeros, tenían cambios y nombre inglés. Desde nuestro mundo del Cercado, nuestro barrio, la ciudad parecía infinita cuando la veíamos exhalar el humo de la fábrica de Cervezas Alhambra, extendiéndose en una red de calles que creíamos exóticas; incluso las calles del Cercado parecían ser infinitas: una cuadrícula de cruces que se bañaban en el sol dominical de una infancia demasiado pequeña como para encontrar límite alguno, casas por conocer, lugares extraños que aparecían al doblar cualquier esquina, rincones en los que nos escondíamos como si hubiésemos huido a otro mundo, aquella plaza que se abría tras un arco encalado, con una fuente en el centro, a la que solía ir a la espera de encontrarme con alguien, algún personaje de la literatura infantil, alguna historia que hacer mía.

Cambiaron los chinos de la Rosaleda por albero y mi hermana pequeña la bautizó como la placeta amarilla; tiempo después pusieron algunos columpios y la plaza quedó vacía. Para entonces los misterios de Granada ya parecían haberse desvanecido en sus orgías de tráfico, en los ires y venires de los autobuses, en los apuntes garabateados de biología y lengua del Bachillerato, después en los formularios y las llamadas telefónicas a clientes, en las cartas del banco y el sinfín de palabras vacías que disolvieron la ciudad. Así pusimos límites a las plazas y las calles, a las ciudades y a los países, a los paseos y a los días de sol. Aprendimos a reducir el mundo a una esfera azul en la que el lugar más lejano al que se puede ir es Nueva Zelanda, el tiempo no transcurrirá más allá de los límites del siglo XXI, lo que no suceda quedará más allá de las fronteras de la posibilidad, lo que vivamos estará limitado por un final.

Me marché de allí hace muchos años y al volver he visto la plaza de los chinos vacía; se habían marchado hasta las hojas. La primera sensación que he tenído al ver las calles desiertas ha sido que las distancias han menguado: la plaza de albero parece más pequeña, la de los arcos parece un patio interior venido a más, las calles se han acortado y estrechado dejando apenas espacio para un coche, las casas inmensas son casas bajas y en el barrio no queda ya espacio para los recodos mágicos. Parece que hemos encontrado los límites del mundo: están allí, en nuestros globos terráqueos, en las cartas esféricas y las ondas de los satélites, en las rodillas cicatrizadas, en la ropa impecable y en el cáncer de la burocracia; y hemos olvidado lo que hay más allá de las plazas y las calles, si es que queda algo.

3 Respuestas a “Cuando yo soñaba un mundo al revés”
  1. Zara dice:

    más allá de la plazoleta esta el destino implacable , aunque yo no he vivido donde tú vivías, este texto me hace sentir nostálgica y la verdad me recuerda que el tiempo pasa y el pilla pilla ya pasó y con eso la infancia y la adolescencia , me gusta tu modo de ver la vida un saludo y cuida tu memoria es un verdadero tesoro.

  2. Florie dice:

    Bonito paisaje de la memoria. A mi me habría gustado pasar mi niñez en Granada, pero llegué en el último otoño la infancia -aunque quiero creer que nunca termina del todo-.

  3. Ballroom dice:

    Recuerdo perfectamente la última vez que jugué al escondite. Fue en el cumpleaños de mi prima. A veces me gustaría volver a jugar con mis amigos… ¿alguien se apunta?

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