Por un trozo de calor
Escrito por: Gotardo J. González en Almuradiel, Granada, Madrid, Personal
Ahora recuerdo -no sé cómo pude olvidarlo- el extraño insomnio que siempre he sufrido en los aviones, esa cansada incapacidad de dormir que apenas he podido superar alguna vez tras pasar la noche en vela en un aeropuerto. Debà suponer que el efecto en los autobuses es de naturaleza similar y multiplicada magnitud, será por el traqueteo temerario de los asientos o por el vocerÃo inoportuno de quienes hablan por teléfono, por el caso omiso que hago al pelÃcula que dan por esa pantalla minúscula o, tal vez, por el encierro claustrofóbico de la negrura de los cristales, rota a veces por las luces de Navidad de algún polÃgono industrial, más aún por las luces coloreadas de los puticlubs.
Se quiebra la negrura (o se quiebra la luz, según se mire) como se quiebran las lÃneas que escribo: la literatura en un autobús es intermitente (el simil lo dejo a gusto del lector, que ponga lo más miserable que se le ocurra). En la lista negra de mis medios de transporte, el autobús interurbano tiene la segunda plaza, superado (si se me permite la generosa palabra) solamente por el autobús urbano, concretamente el granadino, que es mezquino, torpe y retrasado como el peor secuaz del malo de una pelÃcula infantil. Pero ahora me encuentro en un autobús urbano, a más o menos una hora de la Avenida de América de Madrid, con la incómoda urgencia de estirar las piernas, de saludar a Sebas L., que ya debe haber comprado una botella de vino, y de dar una vuelta por la Gran VÃa con A. Infante (ese hombre que podrÃa codearse con Cary Grant). Hace rato que vi como tantas veces el atardecer en Almuradiel, la tierra roja de La Mancha, el rojo cielo del ocaso, la luz triste de Casa Marcos, a medida del viajero solitario; y ahora la noche cerrada es un cuarto creciente duplicado en el cristal.
Te escribo para distraer mi desvelo. Ahora tú y yo nos miramos como el locutor que habla a solas en la noche y el oyente que escucha como quien escucha a hurtadillas. Te escribo porque viajo solo, porque la noche es cada vez más frÃa (tú y yo sabemos que es frÃa la Navidad) y todos los trayectos se vuelven más largos de lo que debieran. Te escribo, anclado en la soledad anfibia del páramo húmedo, porque sin tinta que corra no hay tiempo que transcurra en el sentido de la esperanza, porque sin palabras no hay más destino que el tedio negro del insomnio.


















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17 Diciembre 2007 a las 10:45 pm
es la otra cara de las sensaciones de viaje, cuando “todo es frágil, el silencio y la vida que duerme en un vagón de tren”