Pese a que servidor no ha escrito Ulysses, ni las Analectas, ni Romeo y Julieta, ni es biógrafo de Don Alonso Quijano, ni ha ganado un Oscar, ni el PrÃncipe de Asturias de la Concordia -mecachis, no será por falta de simpatÃa y buen corazón-, desde siempre ha habido gente que celebra el aniversario de mi advenimiento mundano con una pasión desaforada, incluso emotiva. Uno tiene la suerte de, durante veinticuatro horas, recibir llamadas telefónicas de familiares y amigos, viejos compañeros de clase y ex novias, con algunos de los cuales ya sólo mantengo contacto para alegrarnos cada año de nuestra supervivencia terrenal. Muchos de ellos, además, se marcan el detalle de obsequiarte con una de esas camisetas que lucen modernas en las discotecas, algún libro muy bien escogido o un cacharro de esos que se fabrican ahora y que hacen bulto en el bolsillo del pantalón; además, se preocupan de envolverlo con mimo, asà se añade la emoción de rasgar el envoltorio, importante, por ejemplo, a la hora de regalar un libro, que aunque se sepa que es un libro, siempre guarda la intriga del tÃtulo, el olor a nuevo de las páginas y el tacto suave e inmaculado de la cubierta.
Este año, las Chicas del Gineceo se han marcado el detalle de encasquetarme Todo bajo el cielo de Matilde Asensi, que supongo que enardecerá mi recién nacida obsesión por la cultura china, y un teléfono móvil, de esos que telefonean y todo, para sustituir a mi viejo celular, que tenÃa ya cerca de año y medio, y eso no puede ser en los tiempos que corren. El teléfono, me explicaron, no tiene ni cámara de fotos ni tutú -que es un sistema superpocholo de intercambio de datos y politonos-, asà que en teorÃa es un terminal de transición entre mi viejo ladrillo y un próximo cacharro de última generación que me compre próximamente. Yo, que sobre todo tengo buen ojo para las tecnologÃas, le hice la prueba del algodón: me metà el teléfono en el bolsillo del vaquero, me senté y sonreà feliz al ver que mi nakasón derecho no sufrÃa ningún tipo de traumatismo. Además, el aparato en cuestión es pequeño -el teléfono-, pesa poco, y funciona. Es mÃo, me lo quedo para siempre, que le den viento fresco a la cuarta generación -o por la que vayan- y a la madre que la parió.
Asà que me pregunté por qué fabrican demonios gigantes con cámaras infestadas de esos nuevos insectos que se llaman megapÃxels, con no sé cuántas maneras diferentes de lanzar ondas electromagnéticas a discreción, y me vinieron a la memoria esos frigorÃficos con televisión incorporada, para que congeles los filetes mientras ves la muerte de Carlota en Amar en tiempos de guerra. Los fabricantes de gadgets, después de haberle puesto USB a cualquier cosa con pilas, ahora se han apuntado al mestizaje, eso que inventó el que puso un espejo en los estuches de maquillaje, tendencia muy útil en la vida doméstica: pronto podremos tener relojes con conexión Wi-Fi para sincronizar nuestra hora con la de nuestra perica, condones con radio para escuchar el fútbol en la trilla, fajas MP3 para comprimir la figura, ortodoncias con reproductor de DVD y tamagochis polÃglotas que sepan decir en treinta idiomas distintos que se han cagado encima.
Yo, mientras, estaré con mi móvil sin cámara de fotos, sin iPod y sin home cinema, como un cro-magon del siglo XXI, perdido de la mano de Dios, excomulgado de estos cultos a la tecnologÃa absurda, como un anarquista contra la dictadura de las baterÃas de litio, porque ya lo dijo aquel: Deus est machina, y no se equivocaba.











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3 Agosto 2007 a las 2:47 pm
bueno, como ya se sabe que en la práctica no soy muy puntual, la buena noticia es que todavÃa te queda una sorpresa. pistas: no es hi-tech, no es útil, no abriga, y después de superar la tentación de regalarte un libro, me he ido a buscar algo en la noche de los tiempos; no doy más pistas, alguna idea de lo que es?
4 Agosto 2007 a las 2:33 pm
Interesante punto de vista el de tu post…
Doctor,
CrÃtico de Blogs