(Esto es un boceto que no ha llegado a más.)
Durante unas horas he creÃdo ser todos los hombres de la vida de Ana, los pasados, para permitirme la fantasÃa de compartir con ella algunos recuerdos remotos y excluir de su historia la memoria de otros cuerpos, los presentes, para imaginar que aún sigue tendida junto a mà en la cama como parece permanecer su tibieza en las sábanas, y los futuros, porque palpita todavÃa la necesidad de retenerla junto a mÃ, más que unas horas, la duración de toda una existencia. Por eso cuando se ha marchado he seguido respirando de la manera pausada y profunda en que respiraba ella cuando dormÃa conmigo, tumbado en la oscuridad de la habitación, que es el espacio que yo creà inmune a las miradas de otros hombres, lejano de una realidad voraz como una tempestad que pudiera venir a llevársela. Pero ahora la busco con la mano extendida a lo ancho de la cama, con el cuerpo que gira entre las sábanas sin encontrar otro cuerpo, y sé que pronto se encontrará con otro hombre, porque el calor de este tálamo que antes latÃa con una vida aparentemente propia se deshace ahora como el ardor que ella ha dejado junto a mÃ, se confunde con el de mi propio cuerpo y se desvanece con la lentitud de algo que no volverá.
Ahora observo con la imaginación el vacÃo que ha dejado en la penumbra de la habitación y me parece transparente y oscuro como el aspecto de mis manos y de mi cuerpo. Ha empezado a desaparecer como hace una semana, cuando la vi paseando por la Gran VÃa con Armando, a quien quise creer un personaje secundario de la historia que Ana y yo escribimos en misma cama en la que yazgo solo, cuando no supe reparar en su forma de caminar cogidos de la mano, lentos como quien retiene un tiempo que parece escaparse por segundos, cruzándose conmigo sin permitir a los ojos una sola mirada delatora, guareciéndose en un silencio que yo imaginé acusador, porque ya conocÃa del cuerpo de Ana su tacto más secreto. Miro el vacÃo de su cuerpo ausente, que es el vacÃo entero de la habitación y de la casa, y reconozco en él el presagio de la desaparición de Ana sin atreverme a maldecir las horas que pasé incauto junto a ella, mirándola sin saber que miraba el mismo espacio vacuo que ahora me rodea.
Y aún asà he querido imaginar ser todos los hombres de su vida, que jamás me perteneció, para trabar a la imaginación en su desmesurado intento por torturarse con los amores pasados, para retrasar el momento en el que descubra que ella estará con Armando brindándole una vida falaz que creà que me pertenecÃa sólo con desearla, para no descubrir que soy yo en lugar de ella quien está expuesto al olvido y fingir un ego que le reste importancia a la temperatura decreciente de las sábanas, al vacÃo de la habitación que es el de la casa y que se contagia a todos los años de mi vida, al pasado, al momento exacto en el que la he visto salir por la puerta y al porvenir, que transcurre lánguido como todos los tiempos que quisiéramos sortear, como el taconeo de Ana al bajar los escalones, que imagino sin llegar a escuchar, mientras se dirige al portal y sale a la calle para caminar unos metros por la avenida, ya demasiado transitada como para seguirla incluso con los ojos de la imaginación, y tal vez tomar un taxi que la devuelva a Armando, perdiéndola en el tráfico de la ciudad que fluye ajena a nosotros, haciéndola diluirse en un olvido deseable que se desvanece cuando vuelvo a abrir los ojos en la penumbra de la habitación, creyéndome en un cómodo vacÃo, y veo en la mesilla de noche olvidada su alianza de oro.


















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9 Marzo 2008 a las 11:50 am
No llores, vuelve a la Gran VÃa; junto a Callao he visto a varias girando, quizás te puedan indicar donde está Ana y te conceda una segunda oportunidad.
Saludos.
9 Marzo 2008 a las 8:12 pm
Por una vez me gustarÃa ser Ana sentirme amada por mas de uno…..