Recuerdo a un niño que removÃa vasos de leche calentada en un cazo, disolviendo los grumos del Nesquik, y emparejaba galletas MarÃa con capas de mantequilla que se desbordaban al apretar lentamente con los dedos. Era el tiempo en que aún se asaban castañas en las casas, los espejos no se podÃan mojar porque perdÃan el azogue, los frigorÃficos duraban para toda la vida, no habÃa necesariamente una televisión en cada hogar, sà un cuarto de las ratas un tanto infuso, y los entretenimientos se buscaban en la calle o en un tablero, con palomitas de maÃz a las que llamaban rosetas, al calor de una estufa de butano que tejÃa una cortina de fuego al encenderse.
Recuerdo a aquel niño que se peinaba con la raya al lado y agua abundante cada mañana, que se despeinaba en apenas unos minutos, dejando sobre la frente un flequillo castaño que nunca llegó a rizarse del todo. La noche era todavÃa un misterio que apenas llegaba a intuir en verano o en aquellas tardes frÃas de noviembre, cuando habÃa ya que atarse la bufanda y calarse el gorro de lana, poner cara formal y comportarse bien, haciendo méritos ante la inminente llegada obsequiosa de los Reyes Magos, que observaban con voluntad admonitoria el mal comportamiento de los traviesos.
A través de los rincones sombrÃos del patio del colegio, de las misteriosas ventanas enrejadas de la iglesia, de los lugares que nunca habÃa visitado, aquel niño que fui yo querÃa encontrar un retazo de la ficción que habÃa imaginado, que habÃa encontrado en los libros ilustrados y en las mentiras que todos los niños necesitan creer. Recuedo que desde el balcón de la casa de mi abuela, en la que era mi habitación y antes habÃa sido de mi padre, se podÃa ver cada tarde una estrella -que ahora sé que no es tal-, y mi abuela me contaba que era aquella la estrella que estaban siguiendo los Reyes Magos, que venÃan ya de camino. Pronto aprendà yo que aquel astro luminoso no era la estrella que guiaba a los Magos de Oriente: estos se guiaban gracias a la cola luminosa del cometa Halley, que yo no recuerdo haber visto -pero sé que vino a la Tierra casi a tiempo de darme la bienvenida y sé que quizás llegue a tiempo de despedirme dentro de unas décadas-.
Aquella ficción onÃrica se derrumbó poco a poco. Era imposible viajar hacia Nunca Jamás, porque era imposible alcanzar las estrellas. Peter Pan envejecÃa en algún lugar del mundo con la eterna juventud vencida por el paso del tiempo, Wendy siempre supo que tendrÃa que volver a casa dejando a los Niños Perdidos y, por último, Campanilla asumÃa que su destino era tan Ãnfimo como su cuerpecito.
Ahora suelo pasear al atardecer por este barrio, lejos de aquella ventana desde la que veÃa la estrella de los Magos de Oriente, y observo las nubes que cubren un cielo sin estrellas; a media tarde caliento café en el microondas y enciendo la calefacción. Me siento a escribir con la libertad deshinibida de los inconscientes; no temo ya al ojo vigilante de Melchor y sé a ciencia cierta, de la época en que estuve trabajando en el colegio, que los pasillos no esconden rincones mágicos.
Sólo aquel misterio de la noche empezó a desvelarse, de una manera sugerente, haciéndome pensar que siempre tiene algo más que ofrecer. Ahora salgo de casa despeinado, agito el vaso en el que el camarero mezcla lÃquidos aberrantes y me cruzo con desconocidas que me hablan sin yo entenderlas. Wendy se desdibuja, porque su falta de Ãmpetu en la lucha contra la vejez acabó por arrastrarla a un claroscuro, hace tiempo que no sé nada de Campanilla y los Niños Perdidos me llaman de vez en cuando. Los que escogimos envejecer como Peter Pan aprendimos a viajar en la noche, aquella noche que nos maravillaba y de cuya magia inventamos una comunión cada vez que el sol se pone, perdiéndonos en un astro, luego otro, y por último todo recto hasta el amanecer.


















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23 Noviembre 2007 a las 4:38 pm
Aunque somos jóvenes, parece que (lamentablemente) ya hay algunas cosas que se han perdido y ya somos conscientes de que muchas otras, por no decir todas, se perderán también.
Pero sigue habiendo algún refugio en la noche, ¿verdad?… so, “take me out tonight where there’s music and there’s people who are young and alive”
24 Noviembre 2007 a las 9:04 am
HacÃa tiempo que no leÃa a nadie escribir tan bien en un blog. Gracias por dejar comentario en el mÃo. Me alegra saber que gente con entendederas me visita…
Saludotes!!
24 Noviembre 2007 a las 1:24 pm
A mà me dió la bienvenida el Halley…
Dicen que Campanilla cambió la luz de las velas por las luces moradas y amarillas al borde de la carretera. De los niños perdidos, sólo sé, que buscan (buscamos) el mar en un vaso de ginebra.
24 Noviembre 2007 a las 3:47 pm
Como te decÃa el otro dÃa, estamos hechos de recuerdos. Yo me acuerdo de Campanilla y de otros personajes que me acompañaron durante un largo viaje y, de hecho, no los he abandonado. Ahora utilizo una máquina mágica para descargarme esas pelÃculas, las únicas que puedo entender de principio a fin pese a estar en otra lengua. Cambiamos…aunque añoro las castañas, el brasero, el vaso de leche y las galletas para los Reyes Magos en la ventana, asà como la despensa mágica en la que puedes encontrar todo tipo de cosas, todo ello sustituido por el cansancio incondicional que deja la noche en aquellos que pactamos con la noche.
26 Noviembre 2007 a las 5:32 pm
Hola.Tu blog está muy interesante. Estudio la tradición también,además,lingua y la cultura extranjera.Granada es la ciudad buena.Mi español no está bien,pero puedo ayudarte con chino.
Un saludo
26 Noviembre 2007 a las 7:46 pm
Muchas gracias a todos.
Anoncia, será un placer escuchar todo lo que tengas que contarnos.