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Tal vez estas aceras desaparezcan cuando me marche, cuando el barrio sea sólo un lugar al que volver, cuando los rincones más cotidianos queden escondidos en el recodo de una calle y se asemejen menos a un recuerdo que a un artificio de la imaginación; tal vez de la luminosidad de este mes de julio no queden más que unos minutos de paso para venir a visitar a mis padres, un apresurado viaje que finaliza en estas calles de manera fugaz o trivial; quizás este calor y la brisa a veces fresca que alivia las tardes de verano dejen pronto de evocar ciertos recuerdos que empalidecerán al sol en las fachadas de la cuesta que baja hacia el polideportivo, en el descampado junto al río en el que ahora van a construir un parque, en la acequia subterránea que remontamos alguna vez cuando aún éramos niños para subir desde la Bola de Oro hasta la parte de arriba del Serrallo.

Sé que llegará septiembre para enterrar en el olvido aquel verano en que nos escapábamos todas las tardes del calor, en el que nos escondíamos en cualquier lugar intentando robar los besos de alguna niña, aquel verano que vuelve fluido a través de los años, como babas de un can hambriento, cuando escucho alguna de aquellas canciones o huelo en el aire la sequedad fresca de una brisa efímera. Padi solía cantar El emigrante o alguna canción de Dover, que empezaban a estar de moda, mientras me esperaba al principio de la tarde junto al polideportivo para ir a buscar a Lucía e Irene.

Bajo ahora la cuesta que lleva al polideportivo y veo que el espacio se divide entre el vacío y el aire colmado de luz, no hay nadie allá abajo esperando, apenas sopla de cuando en cuando una brisa fresca que mantiene vivo el recuerdo de Irene y de su boca, aún torpe besándome en la oscuridad del túnel. Quizás Padi mire hacia acá desde su casa al otro lado del río -si aún vive allí-, quizás nuestras miradas se crucen ciegas en algún lugar que la brisa disuelve por momentos. A los pies del Serrallo, al otro lado de la valla metálica, se abre la boca del túnel por el que subíamos, Padi, Lucía, Irene y yo, cogidos de la mano, en fila india, raspándonos los brazos con la aspereza de la pared, suavemente bañados en la fresca corriente de aire del túnel, sumidos en una oscuridad interrumpida a veces por un disco de luz en el suelo, reflejo de una alcantarilla, nerviosos y algo apresurados, sumidos también en un silencio interrumpido a veces por un susurro que advertía de la presencia de alguien unos metros más adelante en el túnel, «he oído la voz de un hombre, venía de allá, quizás haya alguien», decía Irene o Lucía, y nos deteníamos en seco agudizando el oído, escuchando sobre nosotros los pasos de alguien en la superficie y en el cráneo los latidos del corazón. Era aquel el fingido riesgo de quebrantar las prohibiciones, el emocionante secreto de lo levemente peligroso o la negligente temeridad del incauto, la curiosa mirada de quien ansía descubrir cuando nos sentábamos en la oscuridad subterránea del túnel y empezábamos algún juego que terminara con algún beso torpe de Irene, o atrevimiento de Padi de subir la escalinata de la alcantarilla, o alguna verdad cobarde y falsa que yo refrendaba para no pagar prenda.

Me detengo en la cuesta que baja al polideportivo, como nos deteníamos en el interior del túnel, no ante una presencia imaginaria, sino ante la ausencia deliberada de la brisa que alivia el sofoco de la tarde, porque he olvidado la letra de una canción de Celtas Cortos que cantaba Padi, porque el descampado que hay junto al polideportivo ya no invoca más recuerdos, revela en cambio los ardides de la memoria que intenta sobrevivir remendada por la imaginación. Caigo en la cuenta de que Irene y Lucía tenían unos nombres que he olvidado, que invento pasajes de la historia de aquel tiempo pasado, que olvido a las personas, porque aquellos rostros sin nombre desaparecen en el anonimato, se pierden en las calles de Granada, quizás en las de alguna otra ciudad, dejan de existir, como el mío propio, al no haber liga con el presente, porque seguramente habrán cambiado sus facciones y el recuerdo de aquel verano termina por resumirse en caras irreconocibles desasidas de la realidad.

Llegará el otoño y caerán los recuerdos caducos en el olvido, se borrarán de la memoria y la imaginación los besos adolescentes que aquella chica sin nombre jamás me dio. Volveré a estas calles cuando sean ya algo ajeno a mí y no podré evocar más que las rutinas grabadas a fuego, no hay hueco ya para lo fugaz pero esencial, para el momento exacto en el que creímos hacernos mayores, para verano alrededor del que giran nuestras vidas, el tiempo preciso que nos hizo empezar a sentirnos vivos como un impulso eléctrico en el cerebro, ineludible y vital, pero invisible.

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Tiene el mismo rostro en esta foto reciente, la misma mirada ennegrecida de hachís, torcida de pena o tal vez de cansancio, quizás de impaciencia porque la agonía que siempre ha sido su vida se prolonga en los años como se dilatan las horas viles de una tortura intensificada sin sobrepasar la barrera de la muerte, torciendo el gesto de sus cejas y sus párpados inferiores para camuflar sin éxito y con fiereza la mísera marca de la penuria. Sé que él, que se llama Cebrián o eso dijo, ha sobrevivido porque el bálsamo del instinto y el fingimiento de la dignidad han frenado su caída como el agua cenagosa de un pantano amortigua el peso muerto y mineral de una pierda arrojada a sus profundidades, no con crueldad ni mala fe, sino con desidia e ignorancia. Por eso los rasgos de Cebrián eran y siguen siendo esclavos de unos párpados inflamados y unos ojos enrojecidos de hachís y una mandíbula afilada como una navaja, a causa, tal vez, del hambre o de un agotamiento que le consume y quizás no entienda.

Tiene ese mismo rostro, el de aquel perro que era entonces, el día que se me acercó en un bar al que yo había entrado solo, la misma cara de zagal guapo desgastado por la erosión de unos pocos años duros, la camisa igualmente abierta y sin planchar, la cicatriz en el tabique nasal, el acento hiperbólicamente sevillano al decir «mostruo, me voy a sentá contigo, si no te molesta, vamo, camarero, pon una arbondiguita pa mi primo, así no está tú solo y echamo un buen rato». Cebrián se sentó en mi mesa con otro hombre, de piel morena y pelo oscuro en los rizos y en el mentón, que vestía una camiseta rayas azules y negras ceñidas y me hizo pensar que para rematar su aspecto debería lucir un ancla en su antebrazo musculado no por el deporte ni los gimnasios, sino por el trabajo o quizás la delincuencia. Cebrián comía con compulsión mientras el marinero desviaba la vista, compungida como en un pesar sobreactuado, y ese giro de la mirada era para Cebrián como una ausencia del oído marino de su amigo, porque hablaba de él sin discreción, aparentando un grado creciente de compadrería o fraternidad hacia mí similar al que se gasta en los confesionarios o en los despachos, «perdona si te he molestado», decía, «pero te hemos visto solo, y así seguro que estamos mejor los tres, más a gusto, entre compadres», y alzaba la cabeza y pedía, «camarero, una cerveza pa mi primo», y yo remoloneaba entre trago y trago, en bocado y bocado, entre frase y frase, como si dilatar la conversación me hiciera ganar un tiempo que me permitiría marcharme sin ser descortés o desvelar mi desconfianza hacia Cebrián que sabría fundada más tarde, cuando me dijo que tenía un problema, «anoche jodieron a mi amigo», hablaba Cebrián mientras el otro hacía como si no escuchara, «se fue con una puta y la puta le dio un palo, le quitó todo, todo el dinero, la documentación, la ropa, y yo estoy intentando ayudarlo, porque se tiene que ir a Madrid mañana, que acaba de nacer su primer hijo y no lo conoce todavía, así que yo estoy pidiendo para juntar los cincuenta euros que le faltan para coger el autobús mañana», «qué putada», le dije, y mientras el marinero renegaba de la mendicidad de su compañero, «que no, hombre, que mañana me echo a la carretera y me voy a Madrid haciendo autostop», el pedigüeño daba trabajo al camarero, «camarero, ponte tres cervecitas más», y luego se giraba hacia nosotros haciendo gala de su ardor fraternal y de su generosidad, «si hace falta yo le pego un palo a alguien, por mi amigo lo que sea, de verdad, que yo soy todo corazón, porque ayer me fui a buscar a la puta y le di una somanta al cabrón del chulo, que era un moro culturista así», decía separando los codos del tronco, «y yo soy capaz de coger a cualquiera, por mi amigo, y darle una paliza, pegarle un navajazo y quitarle lo que lleve para éste se vaya a conocer a su hijo, y si hace falta luego lo busco y le devuelvo el dinero, pero no quiero llegar a esos extremos, que te lo digo de verdad, que yo soy todo corazón, si tienes algún problema en Sevilla pregunta por Cebrián el de la Macarena, ¿de dónde eres tú? ¿de Granada? Yo conozco gente allí, en el barrio del Polígono, si tienes algún problema di que eres primo de Cebrián el de la Macarena, verás como no te tocan ni un pelo, y ahora estoy intentando ayudar a mi colega, ¿tú no lo harías?, por un amigo hay que dejarse la piel, ¿es o no es?, por un amigo lo que sea, lo juro por mis hijos que tienen uno tres meses y el otro cinco años, camarero, un par de cervezas más, tú nos dejas lo que lleves, y ya está, y esto lo pagamos nosotros, camarero, una tapita de merluza». Lo primero que pensé es que Cebrián no había leído un libro en su vida, seguramente tampoco había visto demasiado cine y todas las historias que había escuchado consistían en cuentos para chavales que las abuelas u otros chavales cuentan para tratar de construir algún tipo de mito a su alrededor, porque Cebrián tenía la habilidad de hilar frases que no llevaban a ningún sitio que no fuera mi cartera, construía una historia incoherente que se apoyaba tan solo en una vehemencia sobreactuada, en una pasión que no se correspondía con la presencia fiera de sus amenazas veladas, en una necesidad que se hundía en el derroche de platos y vasos, que a su vez pretendía darse un postín incoherente con el bar sucio en el que encontré a Cebrián y al Marinero. Cebrián no habría sido nunca un buen novelista, no era ni siquiera un buen mentiroso, y seguramente el único rasgo cervantino que tenía era el hambre que le había inspirado una picaresca que de puro vulgar no podía ser picaresca. No tardé en imaginar, aquella noche en que vi la cara ruda de Cebrián, la facilidad que tendrían los dos delincuentes barriobajeros en sacarme del bar o acompañarme cortésmente a la calle o darme charla hasta doblar la primera esquina de un callejón sevillano y luego limpiarme de un navajazo los cinco euros que llevaba en la cartera y el espacio que alojaba mi riñón derecho. Ni las novelas de Auster ni la poesía de Juan Ramón Jiménez contenían instrucciones o pistas sobre cómo defenderme de Cebrián y su amigo, tal vez Lorca había escrito sobre el duende carmesí que brotaría a la luz de la luna cuando el resplandor amarillento de una navaja me desollara; quisiera creer que fue la inteligencia en lugar de la cobardía la cualidad que me incitó a entrar en su juego, aparentar que creía todas y cada una de las palabras que me contaban, fingir que me hermanaba con Cebrian de la Macarena y con su amigo el Marinero Putero, ocultar el desprecio que siento hacia la mentira y la prepotencia, aconsejarles y animarlos en su bella y falsa empresa de ir a cuidar un niño recién nacido hijo de putero, ayudar a un buena amigo, reparar los rasgos de unos rostros que ahora se mostraban compungidos, doblados, exagerados, deformados como si pertenecieran a un mundo diferente o como si fueran tan falsos como sus palabras. Fue cuando de manera más vehemente cuando me descubrí no odiando o temiendo a Cebrián, sino despreciándolo, sintiendo hacia él el desdén que se siente hacia una mala hierba o hacia la suciedad infecta de una vivienda y que, más tarde, descubrí, era el mismo desdén que Cebrián sentía hacia sí mismo.

En esta foto de Cebrían que han publicado hoy en el periódico, aparece la misma mirada partida de desdén hacia sí mismo a la misma altura que la cicatriz de la nariz partida, con la cabeza alta y presuntuosa, saliendo de los juzgados con libertad condicional un día antes de que lo mataran, según dice el pie de foto, los mismos que no supieron ajustarle las cuentas a través de los tribunales. No utilizaron más armas que sus brazos y sus piernas para tumbar a Cebrián a la salida de una taberna en una calle que desconozco y arrojarlo inconsciente al Guadalquivir, quizás con una fractura simbólica en la nariz, a la altura de la cicatriz que ya lucía la noche en que lo conocí, quizás después de buscar en sus bolsillos algunos gramos de cocaína, alguna china, algo de dinero, quizás acercándose a la barandilla del río y alzándolo sin zarandeándolo, arrojándolo a las aguas como los narcos arrojan la carga para huir de la policía o como el destino arroja a algunos hombres al cieno de la vida -pero estoy seguro de que Cebrián, de haber estado despierto en el momento de morir ahogado, se habría hundido alzando la barbilla y farfullando amenazas de muerte contra sus asesinos, porque lo único había aprendido Cebrián para diferenciarse de un perro era el fingimiento de una dudosa o mal entendida dignidad-.

Ahora que Cebrián está muerto dudo de sus impulsos violentos, dudo de su facilidad para el asalto y el derribo y el robo violento, dudo de sus intenciones aquella noche, cuando lo conocí en aquel bar y le confundí con un perro de labia torpe, porque quizás no era más que un mendigo torpe. Al salir de aquel lugar les dejé a Cebrían y al Marinero mi billete de cinco euros, «tu nos das lo que lleves y nosotros te invitamos», dijo Cebrián, y se despidieron dándome las gracias, el Marinero compungido como una plañidera haciendo ejercicios de calentamiento, Cebrián sonriente como si hubiera logrado algo más que cinco euros, como si hubieran encontrado algo realmente valioso al cruzarse conmigo, al irme de aquel lugar con la mano en el bolsillo buscando la cartera, el móvil, mis órganos vitales, mirando hacia a atrás más tarde, esperando que me siguieran para horadar en mi espalda un túnel que les llevara a un dinero que yo ni siquiera tenía. «Por un amigo lo que sea», había repetido Cebrián una y otra vez, y ahora pienso yo que tal vez me equivoqué, que tal vez Cebrián murió defendiendo una causa tan justa como la amistad o el amor paternal, que no intentó pegarle a una puta en un recodo o en un portal, que frunció el ceño para asaltar a la gerencia de algún lupanar de mala muerte hallando allí precisamente la muerte mala que el mismo destino que le había arrojado al légamo de la vida le había deparado en un alegoría hiperbólica como su acento sevillano: morir hundido en fondo pantanoso de un río sin tan siquiera bracear como un perro, quizás con un último estertor reflejo que inútilmente intentara evitar la asfixia, un estertor alegoría hiperbólica de aquel otro estertor metafórico del bar donde lo conocí mendigando, fingiendo torpemente, jugando a la dignidad sin mas destino que el cruel e insulso acto de morir.

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No vi el gol de Torres porque no vi la primera parte del Alemania - España, salí de aquel bar un minuto antes de que el árbitro pitara el final del partido, yo solo, sin vestir los colores rojos -llevaba una camiseta verde que me mantenía ajeno a la marabunta que arrasó cada ciudad española el domingo por la noche-, pero lo peor de todo es que me fui al final del partido como quien sale de una oficina después de largas horas de cola, de la sala de espera de un hospital abarrotado o de una boda aburrida y multitudinaria. Nunca había visto a la Selección Española de Fútbol pasar de cuartos de final, escuché por la radio los penaltis contra Italia con una tensión contagiada a través de la histeria colectiva, temí a los rusos hasta el descanso de la semifinal, pero el domingo, cuando España se convirtió en campeona de Europa, pensé que por fin se había cumplido el trámite de ver un partido más, pagué la cuenta, me levanté y me fui. Tampoco era para tanto.

Estos días, ocupado más de la cuenta por asuntos que en realidad me importan un bledo y por otros que me interesan algo más, he recordado varios campeonatos que pasamos José L. Ballesteros, A. Infante y algún colega más vagando por el barrio, viendo los partidos en la casa de cualquiera de nosotros, comprando refrescos y snacks cochinos en el VIP que hay frente al instituto, intercalando los partidos de la televisión con los partidos en el ordenador. Tal vez el fútbol tuviera entonces algún sentido, puede que incluso la palabra patria tuviera significado -patria eran unas calles y unas personas que se reunían para ver el fútbol-.

Pero el domingo los rostros de los hinchas, con sus pinturas de guerra rojas y amarillas, eran extraños. Caminé entre ellos de madrugada, de vuelta a casa, ajeno su lenguaje de ruidos y salpicones. Aquel húmedo estruendo que arrasaba fuentes y calles y contenedores de basura era tan lejano como los once jugadores que yo sólo pude ver a través de un televisor en un bar. Y reconozco que tuve algo de miedo, el hombre suele envalentonarse en masa y en alguna ocasión temí que un piquete futbolero me obligara a celebrar una victoria que no me pertenece.

Quizás todo habría sido diferente si yo hubiera formado parte de un grupo, aunque fuera pequeño, con José L. Ballesteros y A. Infante, porque seguramente el fútbol es cosa de once, seguramente las victorias no están hechas para los solitarios.

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No me había dado cuenta, pero sucedió el viernes pasado: este blog cumplió un año. Creo que por aquella época escribía sobre todo sobre política, fue tiempo después cuando la temática fue evolucionando hacia temas de menor intrascendencia a la vez que la plantilla que utilizamos evolucionó hacia diseños más o menos legibles.

De las 164 entradas publicadas en Vuelo 714, la mayoría en la categoría Personal, el texto más leído hasta la fecha hablaba sobre Elvis Presley -el segundo más leído sobre Rodolfo Chikilicuatre -, sin embargo, los textos que más les han gustado tenían una marcada temática personal y una total intención literaria. -Saco como conclusión que en esto de Internet hay que hablar de famoseo para captar visitantes y vender intimidad para mantenerlos, así es la vida.-

Desde aquella primera entrada de hace un año hasta hoy, las cosas han cambiado -lo que parece suficiente-. Aún no sé en qué dirección, de modo que el aniversario de Vuelo 714 debería servir para plantearse en qué dirección van estas páginas, tal vez la utilidad de su publicación, la necesidad de buscar la forma de vencer la barrera que forman ahora las palabras -llevo más de una hora escribiendo estas palabras entre llamadas telefónicas, café, correos electrónicos y una entrevista a Mariano Rajoy-. Quizás debiera prometerme y prometerles escribir no más que cuando sea estrictamente necesario, o quizás debería prometerme y prometerles, a quienes quiera que sean ustedes cuyas caras no veo, que escribiré todos los días, que trabajaré para que siempre encuentren algo nuevo en está página, pero seguramente no cumpliría ni lo uno ni lo otro.

De modo que inauguro el segundo año de vida de Vuelo 714 prometiéndome que escribiré sin pensar en ustedes, quienes me leen, pese a que eso suene a pose, a independencia artística fingida, pero puedo demostrar que no es así: piensen en mí y escriban un comentario en esta entrada, si aparecen más de cincuenta comentaristas distintos significará que tengo la suficiente presión mediática como para no considerarme independiente, en caso contrario ustedes me liberan del impulso de publicar lo que escribo.

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Ahora es de noche. Abajo, en el jardín, reinan las sombras entre las ramas del jazmín recién podado, junto al tronco del naranjo que comienza a florecer, tras las pequeñas zarzamoras que brotan al pie del muro, allá donde la salamandra posa sus ventosas mudas como si ya durmiera. Es aquí, en el dormitorio, donde podemos mirarnos a los ojos con la luz que se filtra por las cortinas del balcón -será su cara la luna llena en estas noches en las que el verano no parece un quimérico porvenir-. Hablamos al amparo del sigilo, con susurros tan ligeros como el humo de penumbra de habitación, mientras la abrazo y le cuento la historia de esta casa, de esta habitación, de esta cama a la que no volvía desde las noches de infancia, tantos años atrás que la memoria la ha circunscrito en un altar de recuerdo sedimentado.

Mañana, le digo, te enseñaré el barrio, las calles en las que nos escondíamos y perseguíamos, las esquinas que doblaba temerariamente con una bicicleta de la marca BH heredada de algún primo mayor con los frenos gastados y oxidados. Subiremos desde la Plaza de los Arcos hasta la Rosaleda, pasando por esa calle empedrada donde aún viven los árboles de morera que alimentaron a mis gusanos de seda. Verás mañana aquellas calles que casi había olvidado, las verás tal y como las veía yo entonces, porque allí la luz parece estancarse, menguar los días nublados, refulgir si sale el sol al cielo raso, pero es siempre la misma, partículas que vuelan en círculos entre los nísperos desde mil novecientos ochenta y tres, tal vez impacientes, jamás inquietas, porque te esperaban a ti, ahora lo sé. En esta calle había una carnicería donde solía comprar mi abuela, aquella casa de allí, la que hay junto a la Rosaleda, era la de Trini, que también tenía un árbol de morera, y ésta de aquí, la que hay justo al doblar la esquina, es la casa, aquel el balcón donde yo me asomaba a escondidas de pequeño porque al atardecer se podían ver las primeras estrellas de las noches de verano y el humo de la fábrica de cervezas.

No le hablo de los discos de música clásica de mi abuela, de los archivadores con partituras impresas en papel amarillento, no le hablo de Juan, que tenía la misma edad que yo y al que no he vuelto a ver desde entonces, guardo silencio porque ahora se suspende el tiempo como las flores de azahar del jardín, se detienen los segundos concentrados en un solo pétalo blanco o en un mínimo ápice de olor a galán de noche, se confunden los años, la noche en que charlo con ella y la mañana soleada en que mi padre le quitó las ruedas pequeñas a la bicicleta, me callo ahora que intuyo en la noche que hay un doblez de tiempo en este preciso instante,  el pasado nos mira como un tornasol crecido sólo para orientarse hacia nosotros y el futuro se abate en esta habitación para arroparnos con su perfume de recuerdos de infancia, tal vez porque es el momento, aquí y ahora, de encontrar el orden indescifrable que nos ha tendido abrazados en esta cama, junto a este balcón frente al que revolotean a ritmo de vals los murciélagos, los mismos o idénticos murciélagos cuyo vuelo he contemplado durante el último cuarto de siglo, desde aquellos atardeceres cercanos a mil novecientos ochenta y tres mientras mi madre me llamaba para cenar, en el presente exacto de esta habitación en la que he recuperado, con el olor a jazmín y azahar y limón que penetra por el balcón abierto, el gusto inexplicable por las noches de verano.

Mañana, empiezo a decir acariciando su flequillo y mirándola a los ojos, pero las palabras se detienen porque no encuentran sentido en esta extraña mezcla de tiempos, y caigo en la cuenta de que aquellas mañanas de sol sucedieron en un tiempo remoto que se me antoja presente, mucho antes de que yo aprendiera a leer, mucho antes de que el universo se nublara irremediablemente de palabras. Era entonces, cuando las letras parecían dibujos sin sentido, cuando la morera y los rosales no eran más que formas de color, quizás nombres expresados con sonidos, y es ahora cuando la miro a ella y digo su nombre en voz alta, sin calificativos ni adornos innecesarios, sin gramática ni oraciones completas, sin más palabras que las de sus ojos cansados y su sonrisa atenuada en la penumbra de la habitación, su nombre sin más necesidad que la de mirarla de cerca.

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Dancer in the Dark

Contiene spoilers.

Volví a sobrecogerme cuando vi de nuevo Dancer in the Dark de Lars von Trier, igual que la primera vez, cuando después de varios años, con la curiosidad azuzada por la aparición de Björk, la vi una tarde en casa de José L. Ballesteros cerveza mediante. Supongo que lo que me gusta de Lars von Trier (Dogville, Rompiendo las olas) es la mirada abierta y trágica al lado más crudo del ser humano, ese lado animal que se resiste a una evolución hacia lo racional. Fue desagradable ver como ahorcaban el último ápice de esperanza que el personaje interpretado por Björk conservaba hasta segundos antes de morir condenada a muerte por un asesinato justo. La crudeza de la trama radica en parte en la ejecución de una justicia humana que castiga injustamente un comportamiento fiel los instintos maternal y de supervivencia.

Podemos pensar que al morir la protagonista estamos ante un final triste, una historia que mal acaba, con la crudeza necesaria para inocular cierto malestar duradero en el espectador. No todo el mundo lo entiende así. Alguien me dijo que había leído positivamente la película, porque el sacrificio que realiza la protagonista sirve finalmente para curar la enfermedad de su hijo -y puede ser que la canción final sea una seña de ese optimismo-. Esa persona había hecho también una lectura postiva del terrible Ensayo sobre la ceguera de José Saramago según los mismos criterios, porque el grupo de ciegos aguanta estoicamente su maldición hasta que una suerte infusa les devuelve la vista al final de la novela. Del mismo modo, la protagonista de Dancer in the Dark muere viendo su empresa cumplida.

Pensé en quedarme con el lado bueno de esta moneda, desechar la cruz, pensar que las interpretaciones son dobles, que la parte positiva de cada acontecimiento está vigente y hay que aprovecharla, que el mal final para Dancer in the Dark habría sido el fracaso de Björk en su empresa maternal. Sin embargo, al otro lado de la moneda estaba la muerte, el cadalso contemplado fríamente por unos espectadores que deseaban la tortura para un personaje definido por rasgos puros. Incluso en la más bondadosa de las almas había un resquicio animal porque se canalizaba la ira, había capacidad de asesinato, había instintos tan crudos como básicos, comportamientos que pueden, ante cualquier giro de esta moneda de la vida, hacerla caer por cualquiera de las dos cruces.

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Me fue concedido hace unos días una especie de galardón en forma de meme contagiado desde La linterna trágica. El galardón en sí es más bien una carga que un honor: carece de dotación en metálico y me obliga a premiar nada menos que a otros siete blogs a cuyos autores, como a mí, posiblemente se la traiga al fresco cualquier premio que no sean cantidades industriales de divisas o, en su defecto, ávidos lectores. Por coherencia, los premios fantasma que yo debería otorgar -y que no otorgo- deberían estar en mi blogroll además de no pertenecer al grupo de amigachos que escriben en Lenguas de Fuego -por eso y porque Sebas L. es un perro y ya no escribe ha quedado descartado el Bisturí Eléctrico-.

Dos blogs que siempre recomiendo, los únicos que miro con cierta frecuencia por poco tiempo que tenga, son El Chavalín y ProgramandoAndo, por una razón muy sencilla: si hay algo nuevo,