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Me besó como se besan las láminas del viento, de una manera fugaz e irrepetible. Ahora que lo pienso, me hubiera gustado que aquella tarde hubiese sido negra como una noche cerrada, ahora que sé que en alguna de sus ensoñaciones infantiles aparecían figuras vampirescas, enlutadas y altivas, con sus ropas agitadas por lentas ondas de sensualidad y poderío ocultista; pero ella solía salir de sol a sol, descansando por las noches en una ensoñación casi mortuoria, un óbito de la consciencia en el que se soñaba vampiresa -yo siempre consideré esta condición de alta alcurnia-.  «Nihil est tam simile morti quam somnus», me dijo una vez alguien a quien yo consideré una sombra.

Yo ahora quisiera haber apagado el sol besando el viento como una risa colmada que apagara una vela. De qué me sirve, ahora que mi espacio es oscuro como la sombra de una bandada de mamíferos voladores que sobrevuelan esta ciudad cada noche, ahora que mi piel es la de un lobo que espera paciente en medio de la estepa -¿la llegada de qué?, cabría preguntarse-.

Ahora, sabido esto, me resulta irónico recordar aquel beso sorpresivo, fugaz como dos láminas de viento, porque, abatido por aquellos labios espectrales, había agachado mi cabeza, inclinándola sobre su cuello, dispuesto a apartar su melena morena y lisa y morder su piel tersa -¿habría sucumbido la luz del sol a las tinieblas de mi amor?-, pero me recreé tanto en el tacto de su pelo y en la calidez de su ropa negra, que súbitamente ella agitó sus mangas, anchas como alas membranosas, y se marchó. No había sabido darme cuenta de que yo no era un vampiro, sino una sombra, una sombra del atardecer que esperaba a la noche estirándose hacia ella.

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