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Archivo de la Categoría “Ciencia”


Hombre de Vitrubio, por Leonardo. Fuente: Wikipedia

«La pasión por la belleza no es un asunto trivial originado por la cultura machista o el capricho femenino», aseguró Punset hace unos años y lo reafirmó hace unos meses con la publicación de El viaje al amor. Lo que hemos aprendido a creer desde siempre –seguramente sin convencernos totalmente de ello-, el cuento de La bella y la bestia, cuya moraleja nos enseñaba que la verdadera belleza está en el interior, es falso, prueba de ello es la generalizada obsesión por el aspecto físico. La percepción de la belleza está condicionada genéticamente y depende del desarrollo hormonal desde las fases más tempranas de la gestación, incluso en los primeros meses de vida ya sentimos atracción por los rostros que consideramos dentro de una normalidad; es entonces cuando aprendemos a apreciar en las personas marcas físicas que reflejan la fertilidad o la salud de un individuo: la simetría en el rostro que denota un buen sistema inmunológico, las formas curvilíneas de las caderas de una mujer que inspiran fertilidad, las facciones acentuadas en el rostro de un hombre que dan seguridad, las proporciones de nuestros cuerpos, cuyo canon viene dado por el número áureo. La belleza está en el exterior y no se trata de una elección voluntaria: nuestro cerebro escoge por nosotros. (more…)

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La historia de la ciencia ha sido, a lo largo de los siglos, una carrera de ciegos que intentan llegar a una meta cuya existencia es incierta. Sin embargo, muchos de estos ciegos han sabido ingeniárselas para guiarse hacia ese fin: la elaboración de una teoría unificada del Universo, la llegada, por fin, al límite del conocimiento humano. Pero la carrera de la ciencia es traicionera, y justo cuando creemos estar llegando a nuestro destino nos encontramos con nuevas barreras que sortear o, si quieren, nuevos sucesos a tener en cuenta.

Aparte de la naturaleza misma del Universo, la ciencia ha tenido dos grandes obstáculos a lo largo de la historia. El primero ha sido la carencia de tecnología suficiente para avanzar, problema que se fue solucionando poco a poco en el siglo XX, dando paso, por fortuna, a una época rica en descubrimientos -descubrimientos que a su vez son muy interesantes-.

El segundo problema que ha tenido la ciencia, y que parece inevitable, ha sido el condicionamiento social de muchos de los hombres que han trabajado para su desarrollo; tenemos el ejemplo de Aristóteles, que describió la tierra como un disco plano -seguramente por razones místicas- pese a tener indicios para darse cuenta de lo contrario: durante los eclipses lunares, la sombra dejada por la tierra en la luna era siempre circular -nunca elíptica como debería haber sido de ser la tierra plana-. Pero eso ha pasado incluso en nuestros días. En el siglo XX, la teoría del big bang tuvo una gran acogida porque daba una explicación plausible a la formación del universo y, además, dejaba un lugar para la acción de un creador en las primeras fracciones de tiempo posteriores al estallido. La Iglesia católica no tardó en aceptar la teoría, pidiendo, eso sí, que no se investigara más allá de esa barrera, que no se llegara a la raíz del big bang, porque era el lugar que le correspondía al Creador.

Ese mismo problema es el que tenemos en la calle, los humanos de a pie, para concebir el Universo tal y como hoy día creemos que es, porque parece que hasta nuestro idioma se queda corto para entenderlo: un universo finito y sin barreras -parece un poco contradictorio-. Siempre hemos tenido la idea, ya sea por las teorías del big bang y el big crunch o por el mito de la creación del Génesis, de que todo ha de tener un comienzo y un final. ¿Podemos realmente entender un universo en el que un viaje hacia el infinito en el espacio nos devuelva al punto de partida? ¿Podemos entender un universo en el que un viaje en el tiempo hacia la eternidad -pasada o futura- nos devuelva a la actualidad? Podemos, si y solo si desaprendemos ciertos falsos mitos y somos capaces de construir nuestra idea del entorno de una forma distinta. No obstante, habrá quien se niegue a hacerlo, porque, si no existen ni un principio ni un final, ¿qué lugar queda para un creador?.

En cualquier caso, lejos de vivir en un universo que las matemáticas pueden medir, existe un límite que por ahora parece insalvable para la ciencia, aquel que describió Heissenberg y que viene a darnos un margen para la incertidumbre. Dudo que ése sea el nuevo lugar que la ciencia reserva para el Creador, pero puede que sí sea la morada última del libre albedrío.

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Desde niños nos han enseñado que la tierra nos atrae, que los objetos tienen un volúmen y que el tiempo pasa -con una sensación de mayor rapidez cuando somos mayores- estableciendo un orden en los sucesos que presenciamos a lo largo de nuestra vida. Aún más, lo hemos aprendido de una manera científica en las clases de ciencias que, en la secundaria, apenas se salen de la física clásica; también lo hemos comprobado en el día día, en el pasar de las horas rodeados por cuerpos tridimensionales. Aprendimos a leer la hora en relojes digitales y de aguja y nunca nos preguntamos porqué todos los segundos duraban lo mismo, ni porqué las agujabas giraban siempre hacia el mismo lado: ese dogma que es el sentido de las agujas del reloj . Son conceptos tan tangibles que se han convertido en verdades absolutas.

Que vivamos en un entorno como es el de este planeta no quiere decir que no estemos preparados anatómica o mentalmente para percibir lo que se sale de nuestra naturaleza. La tridimensionalidad del espacio y la continuidad del tiempo fueron conceptos que se desmontaron -como aquel de la tierra plana- cuando alguien descubrió que un haz de luz torcía su camino para precipitarse en un agujero negro. Nuestra manera de entender el universo no funcionaba en las inmediaciones de aquel inmenso agujero devorador de todo, que se tragaba a un asteroide con la misma facilidad que a las creencias humanas, y que se tragarán sino se están tragando ya a Dios y a todos los santos.

Más allá de lo visible -de esa «ineluctable modalidad de lo visible» de la que hablaba Joyce, que quizás no sea tan ineluctable- hay un mundo que, quizás por tener una existencia más discreta al ojo humano, parece escapar a nuestros sentidos e incluso a nuestra imaginación, cuando en realidad es tan real y tangible como éste que sí creemos comprender. Para comprenderlo quizás haya que desmontar primero esa idea del tiempo, medible por los relojes, de avance continuo y de naturaleza casi mitológica, para entender que semejante concepto no es sino un intento de explicar una dimensión más del espacio en que vivimos, un espacio de cuatro dimensiones en el que lo que entendíamos como tiempo no es ni mucho menos constante y, por supuesto, no hay certeza de que transcurra siempre en la misma dirección.

Abre Carl Sagan su introducción a un viejo libro de Stephen Hawkin diciendo que «nos movemos en nuestro ambiente diario sin entender casi nada acerca del mundo». Por eso, si no aprendemos a ver el Universo (y nuestro planeta como parte de él) de una forma ya apartada de esa percepción tridimensional y directa, no entenderemos a Hawkin cuando habla de una quinta dimensión: la dimensión de lo probable, esa que nos permitirá dar marcha atrás y escoger diferentes caminos en la línea del tiempo, porque el tiempo, definitivamente, ni es continuo, ni irreversible, ni único.

Hoy día, aunque no se enseña en los colegios, sabemos también -aunque Joseph Ratzinger no quería que Hawkin lo dijera- que el Universo no necesita tener un principio ni un final y además que, de tenerlo, no necesita de un dios que lo cree o lo destruya a su antojo; se basta el cosmos por sí mismo. Esta idea, que seguramente dejaría a Torquemada en el paro, puede llevarnos a plantearnos sencillamente todo. Al final, como siempre, es la duda la que formula las preguntas; la imaginación esboza las respuestas, siempre con la venia del desaprendizaje de nuestros falsos conocimientos.

Desde niños nos enseñaron que había un dios vigilándonos desde el cielo, quizás velando por nosotros -solían callarse que Dios había muerto-, pero más tarde descubrimos que no podía ser cierta aquella benevolencia de aquel Señor de los católicos, falible como el arma de un feriante, que sonaba más a herramienta de sometimiento que a esperanza eterna; pero ahora sabemos que basta con concebir el Universo de una manera moderna, a través de los indicios que encontramos en esos agujeros negros que se alimentan de luz y de materia cósmica, y descubrimos no sólo que Dios no existe, sino que no le necesitamos, que la existencia eterna del Universo no depende de una fuerza superior de origen divino.

Tal vez sea nuestra eternidad propia, la de cada individuo, la que sí dependa de la existencia un dios que no existe -yo creo que no-; pero en realidad, quizás, no podamos plantearnos qué es la existencia hasta que no sepamos qué hay más allá de esos bordes de atracción voraz de los agujeros negros: será entonces cuando veamos cambiar el tiempo, estirarse y achatarse como un acordeón, y entonces los relojes no servirán para nada, sólo para adornar.

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Algunos preferimos el otoño, el resurgir cálido del vacío en las ramas, el vuelo impredecible de las chispas que avivan la castañeras; otros, dicen que por la falta de luz y el exceso de actividad frenética, se hunden en una melancolía irremediable. Para esta depresión otoñal no basta la caducidad arbórea, tampoco es suficiente el nublo plomizo, es necesaria una problemática de fondo. Oí decir a un experto, en una entrevista, que a nivel de calle se suele recomendar ánimo al deprimido, cuando lo mejor es permitirle el lujo de sentirse mal, de encontrarse con su depresión para después remontar.

Esto me hizo pensar en ella -para qué decir su nombre- y en lo que vi ayer por la mañana. Estaba sentada cerca del río, a una hora temprana y solitaria, la de un amanecer ya consumado sin que el sol acabe por despuntar. La ví desde lejos, sentada en un banco con la cara oculta entre las manos. Tardé un poco en reconocerla y no pude evitar detenerme a mirar desde lejos cómo lloraba. Ladrón de su soledad íntima y de su llanto desnudo, vi cómo se concentraba en sus lloros, cómo deshacía su rostro en aquella penas derretidas que colmaban sus manos. La creí desconsolada e intenté imaginar algunas frases que la aliviaran, «recuerda a aquel que piensa en tí cuando vuelve a casa al amanecer», «recuerda aquella foto que alguien observará cada noche con la nostalgia que los otoños le tienen a las primaveras», «piensa en definitiva en los llantos que tú, musa inagotable de la nostalgia, has inspirado a quienes no sabemos escribir poemas»; no entendí que aquel llanto ya le servía de consuelo. Dijo alguien -no sé si me repito- que no lloramos porque estamos tristes, sino que estamos tristes porque lloramos. Superando este error, ella había encontrado un lugar cerca del rumor del río donde llorar sus lágrimas otoñales con tal abundancia que todo parecía dejar de respirar. Yo que la vi de lejos, como un asesino mezquino, sin que ella reparara en mí, guardé silencio; no sería yo quien pronunciara palabras de abrigo inútiles -no quiero en mí palabra alguna-. Ya me entenderá la desnudez de los jardines si usted no puede hacerlo.

Cuando la he visto hoy al medio día, lucía un aspecto de nuevo veraniego, un halo soleado que ha pasado de largo cerca de mí, siguiéndola con la mirada, conocedor de sus secretos, yo, que también sé disfrazarme, que me visto cada invierno de manantial florecido y cada primavera de otoño, cada verano soy hoja caduca y cada otoño, como en primavera, me enamoro.

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Tal vez se equivoca en parte el refranero español cuando dice que nadie nace sabiendo. Ya en los primeros momentos de nuestra vida contamos con un conocimiento infuso y animal: el instinto, esa inercia que nos inspira los llantos y nos impulsa a aprender lo necesario de nuestra supervivencia. Decía que el error del refranero es sólo parcial, porque desde ese momento emprendemos un periodo de aprendizaje que, en el mejor de los casos, durará hasta el último de nuestros días -hasta la última lección de la vida, que es la muerte-. Es en este periodo del aprendizaje cuando adquirimos unas herramientas que creemos que nos diferencian del resto de los seres vivos. Poco después de alcanzar la edad adulta contamos con ciertas nociones que nos ayudan a entender el universo, desde la escala macroscópica de una galaxia hasta las invisibles órbitas de los electrones que giran alrededor de los núcleos atómicos. Aprendemos a realizar cálculos tan sencillos como la vuelta que nos tienen que dar en el supermercado, a veces tan complejos y tan cotidianos como la estructura de un puente que ha de sostener una carretera. Heredamos unos valores morales, unos recuerdos históricos tanto recientes como ancestrales y, en ocasiones, cierto gusto por determinadas obras de arte. Parecería entonces que hemos llegado a un nivel de conocimiento completo, pero es posible que en realidad ese bagaje de décadas sea inexacto e incluso equivocado, una base descalibrada que nos puede guiar por un camino equivocado en el caso de que continuemos esa búsqueda del conocimiento. ¿Ha llegado por lo tanto el momento de desaprender lo aprendido?

En el caso de la ciencia puede que nos encontremos en el error de creer que nos ofrece las respuestas que el hombre ha perseguido duramente de milenios cuando, ciertamente, lo que hace es arrojar preguntas -que la hacen más interesante si cabe-. Hay quien ha encontrado en las matemáticas un lenguaje universal, inherente a la naturaleza, en el que leer supuestos mensajes que se interpretan como venidos de algún ser superior, un dios invisible que se manifiesta a través de casualidades numéricas. Astrólogos, numerólogos, incluso estadistas, saben manipular los resultados matemáticos de la naturaleza para provocar diversas reacciones sociales o individuales, quizás aprovechando esa obsesión humana por los números que tan bien supo reflejar Saint-Exupéry en El principito, obesión que quizás nace en esos tempranos años de aprendizaje científico y que puede llegar a convertirse en una superstición más.

El engaño se lo puedo demostrar a usted, ahora, de una manera muy sencilla, a través de este texto, sin que sea necesaria una conversación en tiempo real en la que yo pueda condicionarle. Siga los siguientes pasos y después juzgue usted si soy un embaucador barato o un adivino: elija un número, el que usted quiera, multiplíquelo por diez, al resultado súmele seis, al nuevo resultado súmele tres, al nuevo resultado réstele el número que pensó inicialmente, si el resultado tiene más de una cifra súmelas todas; ahora concéntrese en el número que ha obtenido como resultado -es muy importante que la concentración sea máxima-. Está usted pensando en el número nueve. El resultado no es casual: medite en cuántas religiones y doctrinas el número nueve tiene un significado místico; de hecho, el próximo día veintisiete de los corrientes, seremos testigos del temido salto cuántico, ya que, si sumamos las cifras de la fecha 27/09/2007 obtenemos un resultado tan curioso como preocupante: 2+7/0+9/2+0+0+7 = 9/9/9. Arrepentíos. Los ricos de espíritu que sobrevivan al fin de los días que me lo cuenten el próximo día veintiocho.

Cuando las matemáticas se entienden como una manifestación natural en lugar de como una herramienta humana de estudio humana, nos encontramos ante un problema. Hace poco escuché decir a Eduard Punset, en una charla acerca del número aureo con no recuerdo qué científico, que de encontrarnos con vida inteligente en otro planeta, descubriríamos que tienen unas herramientas matemáticas completamente diferente a las nuestras, de modo que nuestros números mágicos o especiales, nuestros π, Φ y e, por ejemplo, no tendrían ningún significado para ellos.

Puede que padezcamos con las matemáticas -y con la ciencia en general- ese extraño efecto de ceguera que provocan las palabras según decía Lao Zi, que estemos tan distraídos pensando en ellas que no nos fijemos en lo que tenemos que fijarnos -del mismo modo que el mal escritor podría a veces olvidar una historia distraido por la escritura de una novela-. Puede que, como decía antes, sea necesario olvidar lo aprendido y volver a un punto de partida en el que encontrar la perspectiva necesaria para fijarnos en la naturaleza, en lugar de prestarle tanta atención a esas herramientas, que no son más que medios, y a esas supersticiones.

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(Parte II)

A las doce y veinte de la madrugada del día quince de septiembre recibí una llamada telefónica de mi amigo Ernesto. Después de unos pocos minutos hablando, contándome él lo impresionante de las vistas de su nuevo apartamento junto a Central Park, lo vertiginoso de encontrarse a miles de kilómetros de su casa del Zaidín, asegurándole yo que tal distancia no era tal, Ernesto se disculpó y se retiró unos segundos porque, según decía, estaban llamando al timbre. No volvimos a tomar la conferencia.

Aunque tenía tiempo suficiente decidí no esperar, cogí dinero, en una mochila metí varias cosas que a las que llamaría mis efectos personales, y salí de mi casa con paso decidido. Diez minutos después encontré un taxi que me llevó a la estación de autobuses, a las dos salí hacia Madrid y a las ocho de la mañana estaba tomando café y magdalenas -de esas a las que llaman muffins- en un Starbucks cercano al Parque del Retiro.

Pueden comprobar que en realidad no tenía prisa. Mi agilidad a la hora de partir de viaje se debió a una emoción que hormigueaba cada vez con más intensidad entre mi pubis y mis pulmones. Si hubiera tenido la más mínima necesidad o urgencia de salir de viaje, habría sido comprensible mi ligereza de equipaje, pero yo tenía tiempo. ¿Por qué tanta prisa entonces?. Seguro que lo entienden perfectamente: estaba deseando ver lo que iba a ver. Me había embarcado en un viaje inútil sólo por placer -seguro que eso también lo entienden perfecamente-.

A medio día comí en el aeropuerto de Barajas con un billete de avión en el bolsillo y a media noche salí hacia Nueva York. Trece horas después aterricé en el JFK y puse mi reloj en hora: las siete de la mañana del dieciseis de septiembre. Entre la media noche y las siete de la mañana habían transcurrido trece horas. El tiempo, pensé, es un jodido engaño; la distancia, deduje, también.

Un taxista latino me llevó a Central Park. Para entonces yo ya no podía evitar torcer una sonrisa cruel y divertida. Caminaba tan emocionado por mi tarea que apenas reparé en la gente, en las calles, en las cosas que salen en las películas de Woody Allen.

Entonces me planté en la puerta del apartamento de Ernesto. Abrí la bolsa de mis efectos personales, saqué mi viejo Viceroy-Virgin digital y tecleé en el horario de Nueva York: 17:20 horas del 14 de septiembre. En España ya habían cruzado la media noche. Cuando llamé al timbre, Enersto abrió la puerta estupefacto, con la boca abierta, como en estado de shock. En su mano izquierda el teléfono inalámbrico empezó a emitir un tono, como si alguien hubiera colgado al otro lado.

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(Parte I)

«Ayer te aconsejé no escribirme a diario. Hoy sigo opinando lo mismo; considero que sería un beneficio para ambos y vuelvo a aconsejártelo, con mayor insistencia aún», escribía Franz Kafka a Milena Jesenská, dos víctimas de la distancia entendida como sinónimo de la separación con todo lo que ello implica, y proseguía: «Sólo que, por favor Mílena, no sigas mi consejo y escríbeme a diario. Me basta con unas pocas líneas, algo más breve que las cartas de hoy, dos líneas, una, una palabra … pero el privarme de esa palabra me causaría un terrible dolor». El dolor de la ausencia, provocada por la distancia, se enardecía en la mente depresiva y catastrófica de Franz Kafka. No faltará en esta historia de amor una lucha encarnizada contra la distancia que, a su vez, tendrá que librar terribles batallas contra los obstáculos ciclópeos que el escritor veía en toda difícultad; uno de estos obstáculos sería burocrático: «Sólo podré decirte en qué fecha viajaré, cuando reciba el permiso de residencia. Para una estancia de más de tres días se requiere un permiso especial de las autoridades locales. Lo solicité hace ya una semana».

Entre tanto, en estado constante de separación, el único enlace entre Franz Kafka y Milena Jesenská era espistolar y compulsivo. La ausencia de ella era recibida por el escritor como una soledad imposible y frustrante. Si, por un lado, podemos imaginar que ambos habrían deseado la quietud pacífica del silencio, sostenido en un abrazo o un beso, las palabras configuraban el solo sustento de su unidad -de ahí la postura bipolar de Kafka ante la frecuencia de las cartas de Milena-. Suponemos a Kafka hipnotizado por las misivas de su amada: «He permanecido hasta la una y media de la mañana sobre esta carta, sin hacer nada más; pero la contemplaba y, a través de ella, te contemplaba a ti» . Era para ellos el silencio un antónimo de paz interior, lo que llevará a Kafka a perseguir la inmediatez a costa de la razón: «No sé exactamente por qué escribo, probablemente por nerviosidad, como esta mañana, cuando te mandé por pura nerviosidad una torpe respuesta telegráfica a tu carta por expreso, recibida anoche».

Pensaré que, debido a la distancia, Kafka y Milena eran dos ávidos amantes puestos del revés ante una situación imposible: «Para eliminar en lo posible todo lo fantasmal que se interpone entre los hombres y para lograr una comunica­ción natural, para recuperar la paz de las almas, ha inventado el ferrocarril, el automóvil, el aeroplano.» El pesimismo natural en Kafka le llevará a concluir: «Pero ya es tarde; es obvio que esos inventos han surgido en plena caída. La otra parte es mucho más serena y fuerte: después del correo inventó el telégrafo, el teléfono, la telegrafía sin hilo. Los fantasmas no morirán de hambre, pero nosotros sucumbiremos». Kafka sucumbió a la distancia, quizás por su vocación de rendido al fracaso. Quizás esta rendición se debía a una adicción inexplicable al dolor -sería el dolor mismo de la lejanía el equivalente al amor que habrían disfrutado en la cercanía-. No tuvieron en cuenta, por desconocimiento, el placer de los reencuentros en los andenes humeantes, antídoto para la distancia que hoy se ha convertido en la frialdad de los aeropuertos y la suciedad grotesca de las estaciones de autobús.

La distancia -y ya se habrán dado cuenta de que obvio las consideraciones euclídeas- está en todo aquello que no ha sido elegido por nosotros mismos, en el vacío de las cartas que no llegan, en los barrotes gélidos de una prisión, en el pudor absurdo que nos imponen las convenciones sociales, en definitiva, en los límites que van más allá de las millas, los que sí podemos cruzar pero no nos atrevemos. Debía haber una distancia mínima entre el sueño obseso de Kafka y su realización, pero esa distancia era la propia infelicidad de Kafka, su propia naturaleza