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Archivo de la Categoría “Cine”


Dancer in the Dark

Contiene spoilers.

Volví a sobrecogerme cuando vi de nuevo Dancer in the Dark de Lars von Trier, igual que la primera vez, cuando después de varios años, con la curiosidad azuzada por la aparición de Björk, la vi una tarde en casa de José L. Ballesteros cerveza mediante. Supongo que lo que me gusta de Lars von Trier (Dogville, Rompiendo las olas) es la mirada abierta y trágica al lado más crudo del ser humano, ese lado animal que se resiste a una evolución hacia lo racional. Fue desagradable ver como ahorcaban el último ápice de esperanza que el personaje interpretado por Björk conservaba hasta segundos antes de morir condenada a muerte por un asesinato justo. La crudeza de la trama radica en parte en la ejecución de una justicia humana que castiga injustamente un comportamiento fiel los instintos maternal y de supervivencia.

Podemos pensar que al morir la protagonista estamos ante un final triste, una historia que mal acaba, con la crudeza necesaria para inocular cierto malestar duradero en el espectador. No todo el mundo lo entiende así. Alguien me dijo que había leído positivamente la película, porque el sacrificio que realiza la protagonista sirve finalmente para curar la enfermedad de su hijo -y puede ser que la canción final sea una seña de ese optimismo-. Esa persona había hecho también una lectura postiva del terrible Ensayo sobre la ceguera de José Saramago según los mismos criterios, porque el grupo de ciegos aguanta estoicamente su maldición hasta que una suerte infusa les devuelve la vista al final de la novela. Del mismo modo, la protagonista de Dancer in the Dark muere viendo su empresa cumplida.

Pensé en quedarme con el lado bueno de esta moneda, desechar la cruz, pensar que las interpretaciones son dobles, que la parte positiva de cada acontecimiento está vigente y hay que aprovecharla, que el mal final para Dancer in the Dark habría sido el fracaso de Björk en su empresa maternal. Sin embargo, al otro lado de la moneda estaba la muerte, el cadalso contemplado fríamente por unos espectadores que deseaban la tortura para un personaje definido por rasgos puros. Incluso en la más bondadosa de las almas había un resquicio animal porque se canalizaba la ira, había capacidad de asesinato, había instintos tan crudos como básicos, comportamientos que pueden, ante cualquier giro de esta moneda de la vida, hacerla caer por cualquiera de las dos cruces.

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“¿Como reaccionaríais si una mañana os levantárais con el sexo cambiado?”

Un inocente deseo de su novio servirá a una chica para ponerse en la piel de los hombres, con todo lo que ello conlleva…

Con Celia de Molina y Álex O’dogherty.

DIRIGIDO POR Yolanda Macías Sauco; PRODUCCIÓN de María José Fernández Moreno; FOTOGRAFÍA DE Kike Ruiz; SONIDO DE Paco González Quevedo; CONTINUIDAD DE Salvador Domínguez Pérez.

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Duck and Cover. (USA, 1951)
Anthony Rizzo

En 1951 se rodó en Estados Unidos Survival Under Atomic Attack!, un documental que mostraba al pueblo americano el peligro inminente de un ataque nuclear a la vez que ofrecía una soluciones aparentemente eficaces para sobrevivirlo apenas con protegerse en casa y cerrando las cortinas. El documental, de la US Office of Civil Defense, no mencionaba los efectos de la radiación, obviaba la certeza de que la víctima más agraciada de un ataque nuclear es la que muere en el acto. Fue uno de tantos.

Duck and Cover, de Archer Productions Inc. y promovida por la FCDA, fue el más popular de los documentales propagandísticos de la Guerra Fría en Estados Unidos -en 2004 fue incluído en el Registro Cinematrográfico Nacional-. Se proyectó durante los años siguientes a su rodaje en las escuelas estadounidenses para, del mismo modo que Survival Under Atomic Attac!, advertir a la población -en concreto a los niños- del peligro de un ataque por parte de un enemigo al que no se nombra en el documental, dándole un cariz ambiguo, y a la vez asentando la confianza en los sistemas de defensa del país. Por supuesto, de los riesgos de la bomba atómica no se habla del más peligroso: la radiación. En una de las escenas llega a verse a unos jóvenes alcanzados por la intensa luz de la explosión durante un picnic. Estos se protegen sencillamente con el mantel sobre el que están comiendo.

Buscando el documental para ponerlo aquí he encontrado además esta parodia realizada por LorenzoNF:



Duck and Cover. Una parodia (2007)

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PAPAS Y MAMAS - DADDIES & MUMMIES - video powered by Metacafe

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Creo que todos los que sentimos inquietud por la creación literaria hemos fantaseado alguna vez con creaciones cinematográficas. Hace poco, cierta propuesta de rodar un cortometraje de ficción me devolvió a dos secuencias independientes, aisladas, que no pertenecen a ninguna historia y que por tanto nunca rodaré. -Tampoco conozco el lenguaje del cine, el manejo de la cámara, el uso de la luz-.

La primera secuencia es en blanco y negro. Un hombre camina seguido por la cámara por la Gran Vía de Granada. Es de noche pero la calle aún está abundantemente transitada y el paseante se abre paso con agilidad entre la gente. De fondo suena Moanin’ de Art Blakey. La imaginación no me da para más. Quizás sólo sea una forma de ver en el cine lo que Blakey cuenta en su canción.

En la segunda, una mujer está tumbada totalmente desnuda en una cama, con la luz tenue y de color rojizo. Tiene el pelo algo revuelto, como las sábanas -descubiertas al ir abriéndose el plano-, que caen por uno de los laterales de la cama; los brazos reposan sobre la cama, las palmas bocabajo, las piernas relajadas y algo flexionadas. La respiración lenta le dilata el vientre, que tiene cierto brillo de sudor, mientras el resto del cuerpo permanece inmóvil. Todo transcurre en silencio, apenas puede intuirse el sonido de una respiración profunda al ver los labios entreabiertos. No hay ni siquiera una historia: en la pantalla sólo se ve a una mujer que descansa sin guión alguno. El plano termina por mostrar la habitación, en la que no hay nadie más.

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Para hoy sólo quiero dejarles este corto de Herz Frank (URSS, 1978). Quizás mi amigo Bitternut se anime a comentarlo en profundidad en su blog.

Mientras, espero sus comentarios, como siempre.

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Me entristece no poder recordarlo, tener que intentar imaginarla allí y aun así sentir sólo el tacto intenso del aire cuando me senté a su lado, porque apenas puedo fantasear con la suavidad blanca de la piel de su mano o con el aura fresca de su pelo, que jamás he acariciado en la sien ni en la nuca, aunque su perfil, iluminado ahora por el color blanco de la inmensa pantalla, parezca tan cercano en la estrechez del viejo cine, a la vez que el espacio interminable que hay entre nosotros nos separa como separa las butacas en las que estamos sentados. Despierto, he soñado que ella venía a la puerta del cine por el bulevar de la Carrera de la Virgen, que a esa hora de la noche está oscuro y desierto, surgiendo de entre la gente, con el rostro ruborizado de frío y de presura al mismo tiempo, porque la película estaba a punto de empezar, mientras yo esperaba impaciente con la incertidumbre de su llegada, mirando intranquilo el reloj ante la posibilidad de que un retraso se cerniera sobre su llegada y ella no apareciera; pero mi inquietud se ha visto sorprendida al ver su rostro entre la gente, derrumbando la falsa certeza de su demora esquiva, quizás haciendo florecer en mi rostro un rubor de alivio y utopía que flanquea mi vista, fijándola en su abrigo verde y en su caminar ligero e irreal a la vez que me delata un gesto de avidez consumada y me embriaga la urgencia de besarla en los labios.

Tengo miedo de hablarle, porque en el silencio de la sala, antes de comience la película, sólo parecen estar permitidos los murmullos lejanos; tengo miedo de bajar la voz y acercarme a ella y que las palabras queden adheridas a mi garganta seca, quizás emitiendo un sonido homogéneo y humillante que la haga pensar que he estado toda la tarde tan inquieto como al sentarme a su lado. Quizás ella gire hacia mí la cara, ahora iluminada por los colores cambiantes de los anuncios comerciales, y entonces yo venza la escasa distancia que separa su boca de la mía, o tal vez finja mirar hacia otro sitio en el vacío oscuro de la sala, o le hable del calor intenso que hace en el local aparentando la causalidad de nuestro cruce de miradas, o sencillamente se me incendie de nuevo la cara como cuando hemos entrado al cine, incapaz yo de mirarla a los ojos, fijando la vista solamente en el rectángulo de papel rugoso, azul y pequeño que tenía entre los dedos, buscando nuestros asientos, que estarán uno al lado del otro, tapizados del mismo tono rojo de las cortinas que cubren las paredes, pero con un tacto de terciopelo áspero impregnado de olor a rosetas y de ancianidad. Las cortinas que caen desde el alto techo hasta el suelo apenas se iluminan con las imágenes de la pantalla, apenas reclaman el volumen de sus pliegues, rendidos a la sombra de las oquedades que he convertido en un infinito al que mirar mientras imagino que ella me observa ahora que he vuelto la cara, dejando el cuello descubierto, que tal vez ella bese.

Pero apenas puedo sentir el tacto de su mano, quizás el del aire que nos separa, porque en él flotan algunas partículas de su jersey lila, impregnadas de un perfume que de ser real evocaría su presencia si sorpresivamente, al doblar cualquier esquina, lo encontrara perdido en el aire de la ciudad de Granada; o tal vez la penumbra de la sala, su olor a rosetas y a tela gastada, me ate por siempre a su perfil imaginado, atento e iluminado por el resplandor irregular de la pantalla. Apenas puedo pensar en el título de la película que vamos a ver, ésa que tal vez en un futuro también imaginado recordaremos, ésa que me haría aparecer en los posos de su memoría cuando la volviera ver, porque si esto no fuera una farsa inventada para los dos, para que nuestros recuerdos tuvieran un lazo imaginario con el que aferrarse el uno al otro, si existiera una cuerda floja y real con la que salvarnos del abismo del olvido, no tendría sentido el fondo negro y vacío en el que aparece la palabra fin.

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En toda guerra, mientras los vivos entierran a los muertos y los mutilados se debaten entre el instinto de supervivencia y la imposibilidad de vivir, los vencedores, que suelen ser pocos y de un solo bando, echan mano de la parafernalia para honrar a quienes, victoriosos, han defendido con honor a la patria arriesgando su vida y su integridad. Los novios de la muerte que han pasado por el altar del campo de batalla se convierten en nombres inscritos en lápidas, recuerdos de viudas y huérfanos, cuando no meros cadáveres anónimos. (more…)

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Durante varios años -creo que siete u ocho- he tenido en mente una frase cuyo origen había olvidado por completo: «la música debe tener el rostro de una mujer a la que se quiere enamorar». Me gustó tanto que la utilicé como cabecera de uno de los peores textos que he escrito -tal vez haga de nuevo que un personaje la cite-, porque me pareció que la carga retórica de estas palabras no quedaba vacía: contenía una actitud ante la música así como una forma galante de tratar a las mujeres. No se trata sólo de tener un instrumento entre las manos y utilizarlo con precisión -una precisión que muchos entienden como arte-, sino hacer del sonido una sucesión sugerente de notas musicales, sostener con firmeza las vibraciones de la cuerda o del metal y desencadenar el sonido con la suavidad de un beso; con respecto al trato de a las mujeres, basta preguntarse ¿no es mezquino tocar el cuerpo de una mujer con actitud diferente a la de quien compone una pieza musical sublime, con tacto distinto al de las manos que arrancan las más nobles melodías?.

«La música debe tener el rostro de una mujer a la que se quiere enamorar», le dice un profesor de música su alumno en La lengua de las mariposas, una película que debí ver en algún momento en el que empezaba a buscarle, no sin torpeza, la cara a la música, a la vez que intentaba por primera vez enamorar a alguna muchacha. Viendo de nuevo la película, hace poco, me encontré con un personaje que, en sí mismo, ya es casi tan aleccionador como la máxima del músico, aquel maestro rojo  interpretado por Fernando Fernán Gómez cuyo objetivo primordial parece ser conseguir que los niños sublimen su manera de mirar a la naturaleza, y en ella a las chiquillas por las que ya empiezan a sentir curiosidad. El maestro de escuela, quizás intuyendo la barbarie bélica que pronto estallaría, le deja a uno de sus alumnos, en contra de todas las supersticiones católicas, una vital enseñanza: «Ese infierno del más allá no existe. El odio, la crueldad, eso es el infierno», es decir, ese ente ambiguo del infierno tiene una manifestación física a la que hay que temer realmente.

Pero el ser humano se resiste muchas veces a las enseñanzas más básicas, quizás cuando estas se alejan de los comportamientos más instintivos y temerosos, y, al estallar la Guerra Civil, el pueblo que días antes había homenajeado al viejo maestro de La lengua de las mariposas despide al personaje de Fernán Gómez a pedradas y entre insultos: ateo, rojo, traidor. No habían entendido ellos que las emociones deben tener el rostro de una mujer a la que se quiere enamorar, la firmeza de unos brazos ebrios de deseo, la dulzura de una lengua que se desenrosca para extraer un néctar único.

Decía también aquel maestro encarnado en Fernán Gómez, o tal vez Fernán Gómez encarnado en el personaje del maestro republicano, que si el pueblo español lograba que una sola generación creciera libre ya nadie podría arrebatarles ese tesoro -cito de memoria-. Y al escuchar esas palabras pensé que tal vez esa generación sea la mía, una generación de personas capaces no sólo de entender que «la música debe tener el rostro de una mujer a la que se quiere enamorar», sino también libre de ver en la música a aquellas mujeres que nos enamoran, una generación tesorera de canciones propias que expresen con claridad un sentimiento musical, que al fin y al cabo, con la misma vibración del saxo o de la cuerda de guitarra, es lo que pone en movimiento cada centímetro de piel, cada segundo de vida que pueda hallarse en el alma del ser humano.

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Me enamoré de Londres una noche de marzo, hace tantos años que no recuerdo cuándo, desde la distancia del vuelo que me llevó a Gatwick, a la vez que caían las primeras bombas de la guerra de Irak. Me enamoré con la avidez de lo exótico, quizás porque en algún momento pensé que quería vivir en lo atemporal de sus edificios victorianos, en la libertad anónima de Camden Town, en el gris azulado de su niebla fría, en la bohemia estilizada de su cielo, de los libros de Oscar Wilde y los discos de The Beatles, en los compactos polvorientos de las pequeñas tiendas. Tenía, en mayor o menor medida, esa claustrofobia desvelada de las ciudades natales. Londres, quizá como cualquier otra ciudad de apariencia remota, parece desde Granada una telaraña infinita de calles por descubrir, las mismas calles que recorría aquel agente secreto de Joseph Conrad.

Como soy una persona de pasiones efímeras, pronto sustituí mi pasión británica por un escarceo con las calles de Madrid, que son, al fin y al cabo, otro grupúsculo más de luces de feria capaces de encandilar a cualquier provinciano. Creo que en algún momento también tonteé con Málaga, con mi primer romance, que fue Florencia, e incluso con Barcelona, con la que tuve un amor platónico porque nos separa, parece ser, cierta diferencia idiomática. Me gustan París y Ruán, Venecia y casi cualquier pueblo del Mediterráneo. Se trata, en definitiva, de esa vocación viajera de los poetas románticos que también tenemos algunos hombres aunque no seamos ni románticos ni poetas, quizás porque de vez en cuando nos resulta necesario sentir un falso cosquilleo de víspera de viaje, o porque creemos encontrar, como donálvaros, cierto alivio en un vaivén ebrio por la geografía mundana, o porque a veces creemos que es necesario evadirse de lo cotidiano en algún Hotel Existencia, como decía Paul Auster, o en alguna isla griega, como hizo Leonard Cohen, para escribir algo brillante y volver triunfal, incluso erudito.

Una de mis últimas pasiones, como saben ustedes, mis cuatro gatos lectores, no es geográfica ni urbanística, sino literaria. Fue leyendo a los poetas románticos chinos cuando intenté heredar, definitivamente, cierta obsesión compulsiva por observar en lugar de querer ir y venir. Basta con observar, como decía Lu Ji en su Wenfu, «observo los diez mil seres y medito sobre la diversidad». Observar, pensé, y utilizar un lenguaje sencillo y sugerente a la hora de escribir, como Altolaguirre, «era mi dolor tan alto que la puerta de la casa de donde salí llorando me llegaba a la cintura», como Neruda, «puedo escribir los versos más tristes esta noche». Pero no puedo. Más allá de los motivos técnicos, que por ahora obviaremos por piedad al arriba firmante, hay que encontrar la razón en el fondo en lugar de buscarla en la forma, porque después de cruzarme con tanta gente perdida en los mapas de ciudades extranjeras, en los colores cruzados del croquis del metro de Londres, quizás habría que preguntarse si no estamos mirando hacia el lugar equivocado y con los ojos equivocados, porque, como dijo Lu Ji, «la poesía nace de los sentimientos, borda la delicadeza», e imagino que con ‘sentimientos’ se refería a ese ‘corazón’ que en chino antiguo hacía referencia a la mente, al alma y a lo sentimientos –aunque de esto no estoy muy seguro- y ninguna en ciudad que yo conozca he visto ni un ápice de delicadeza o de sentimiento. Ni un alma.

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