Archivo de la Categoría “Historia”
Duck and Cover . (USA, 1951)
Anthony Rizzo
En 1951 se rodó en Estados Unidos Survival Under Atomic Attack! , un documental que mostraba al pueblo americano el peligro inminente de un ataque nuclear a la vez que ofrecÃa una soluciones aparentemente eficaces para sobrevivirlo apenas con protegerse en casa y cerrando las cortinas. El documental, de la US Office of Civil Defense, no mencionaba los efectos de la radiación, obviaba la certeza de que la vÃctima más agraciada de un ataque nuclear es la que muere en el acto. Fue uno de tantos.
Duck and Cover , de Archer Productions Inc. y promovida por la FCDA, fue el más popular de los documentales propagandÃsticos de la Guerra FrÃa en Estados Unidos -en 2004 fue incluÃdo en el Registro Cinematrográfico Nacional-. Se proyectó durante los años siguientes a su rodaje en las escuelas estadounidenses para, del mismo modo que Survival Under Atomic Attac!, advertir a la población -en concreto a los niños- del peligro de un ataque por parte de un enemigo al que no se nombra en el documental, dándole un cariz ambiguo, y a la vez asentando la confianza en los sistemas de defensa del paÃs. Por supuesto, de los riesgos de la bomba atómica no se habla del más peligroso: la radiación. En una de las escenas llega a verse a unos jóvenes alcanzados por la intensa luz de la explosión durante un picnic. Estos se protegen sencillamente con el mantel sobre el que están comiendo.
Buscando el documental para ponerlo aquà he encontrado además esta parodia realizada por LorenzoNF :
Duck and Cover. Una parodia (2007)
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«En la antigüedad, no se perseguÃa jamás a un enemigo en huida durante más de cien millas o a un enemigo en retirada durante más de tres dÃas, observando con escrúpulo las reglas de la conducta ritual. Jamás se llegaba a extenuar a un rival débil, mas se tenÃa compasión por el necesitado y el enfermo, haciendo evidente de este modo la benevolencia. Se aguardaba a que el enemigo hubiera formado completamente sus filas para ordenar la señal de ataque, manifestando bondad. Se luchaba por la justicia y no por el beneficio. Y se perdonaba a todos los que habÃan sido vencidos evidenciando asà la valentÃa. [...]. En esto consistÃan las guerras de antaño.»[1]
He enseñado este texto a varias personas -entre ellas a Sebas L. , aunque no le gustan mis “experimentos sociológicos”-, y sólo he preguntado a cada uno qué le parecÃa. Algunos se han declarado en desacuerdo con el texto: la guerra es la guerra, y no hay protocolo que valga. Otros me han dicho que las cosas han cambiado mucho desde la antigüedad hasta ahora -curiosamente a nadie le he dicho a qué antigüedad se refiere el pasaje ni su autor-. Alguien ha llegado a afirmar que parecÃa hablar de una “edad dorada”.
La guerra noble que recuerda nostalgicamente el Sima Fa, era la que se daba en China hasta finales del periodo de las Primaveras y los Otoños, más o menos en el siglo v a.e. HabÃa nobleza en la guerra, justicia, benevolencia, valentÃa; era la edad de oro del honor. Una aristocracia guerrera luchaba contra iguales, se batÃa en duelos que exaltaban la virilidad del vencedor, espada en mano cual falo erecto. Los tiempos cambiaron y la guerra se convirtió en un juego de engaños. La táctica prevalecÃa sobre el honor: ya no se trataba de de una lucha en igualdad de condiciones, sino de un conjunto de ardides para dejar al contrincante en desventaja y garantizar la victoria. El fin no era ya cumplir un ritual, sino lograr unos objetivos: la aniquilación del rival, la dominación de un territorio.
Pero algunas personas han confundido el texto -en chino clásico en el original- con algún tratado occidental no tan antiguo, lo que induce a pensar que, en el fondo, no hay distinciones entre guerras. Los románticos que ensalzan las batalles épicas, los guerrilleros bravos, las resistencias valerosas, los hombres que no podrán evitar en los próximos meses recordar con orgullo la defensa española ante la invasión francesa, han pasado de moda. El honor pasó de moda hace siglos y, quiero pensar, ahora le ha llegado el turno a la guerra en sÃ. Dos mil quinientos años después, tal vez estemos empezando a aprender lo que decÃa Sunzi en el más famoso arte de la guerra: el buen estratega no es el que gana la batalla, sino el que sabe evitarla. Aquà o en PekÃn, ahora o hace tres milenios, la guerra sigue siendo esa actividad vil en la que nadie en su sano juicio se embarcará.
[1] Sima Fa, ICS, cap. I, p. 45, citado por Albert Galvany en Sunzi, (2001) El arte de la guerra , trad. Introducción y notas de Albert Galvany, prólogo de Jean Levi, Madrid, Editorial Trotta, p. 126.
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Hace ya mucho tiempo que escuché hablar por primera vez de los Queros, en casa de mis abuelos, cuando la Guerra Civil era para mà tan lejana y absurda como un mito bÃblico -con el tiempo he aprendido que las guerras, independientemente de su lejanÃa, son siempre absurdas-. Quizás porque no era una historia que me llamara la atención en aquella época, a la que correspondÃan más los cuentos infantiles, se quedó en un catálogo de anécdotas que contaban mis abuelos, los viejos de la ciudad de Granada y, hoy dÃa, sus descendientes.
Los Queros, que tenÃan nombre de trÃo flamenco o de grupo de forajidos, como unos Dalton nonainos, eran una banda de quinquilleros, según la versión que más veces he escuchado, bandidos que saqueaban la ciudad de Granada y algunos pueblos de alrededor durante la posguerra. Mi historia no se ha cruzado jamás con la de los hermanos Quero, sin embargo se ha acercado en cierta forma en alguna ocasión -cosa lógica en una ciudad tan pequeña como Granada-. Cuando mi abuelo materno llegó a Granada a mediados de los años cincuenta, desaparecida ya la banda, parece ser que le relacionaron con ellos en algún momento por compartir el primer apellido, además de tener mi abuelo un hermano tocayo de uno de los Quero. Me he encontrado con este apellido en diversas ocasiones, no sin cierta sensación de casualidad: un médico homeópata que pasa consulta en el Camino de Ronda -y que comparte nombre con uno de los hermanos Quero-, un periodista deportivo local, un alcalde de los noventa y una muchacha a la que nunca he visto y que se examinó de selectividad el mismo año que yo.
Hace poco volvió a salir en una conversación con una amiga la historia de los Quero. Me preguntó que si yo tenÃa algún tipo de lazo familiar con ellos -parece ser que ella sÃ- y me contó una versión de la historia que para mÃ, hasta el momento, era minoritaria: el principal delito de los hermanos Quero fue establecer una fuerte resistencia al franquismo en Granada. Me contó también que Miguel Hermoso está preparando un difÃcil documental sobre los bandoleros. Digo difÃcil porque la información es bastante escasa y la historia de la resistencia guerrillera de los Quero acabó hace ya mucho tiempo, a finales de los años cuarenta.
La Historia no sólo la escriben los vencedores, también sus lectores, que serán los encargados de interpretarla y volver a contarla, y los descendientes de sus protagonistas, que la transmiten y la cuentan bajo el marco de la subjetividad familiar. Cuando los pasajes de la historia son tan confusos, surgen leyendas, versiones, y los hechos dan lugar a diferentes leyendas. De segunda mano conozco la historia de una descendiente de los hermanos que establece cierta relación familiar con aquel alcalde granadino de los noventa, incluso recuerda que su abuela aseguraba haber visto al alcalde de niño jugando en su casa, cosa improbable, pues los orÃgenes del ex alcalde no son granadinos, sino manchegos.
La historia de los hermanos Quero apenas tiene documentación bibliográfica. He preguntado a varias personas estos dÃas, he indagado un poco y sólo he encontrado un libro que parece hablar de los Quero en buena parte (no he podido hacerme aún con ningún ejemplar), se trata de Consecuencias de la tragedia española 1936-1939… y los hermanos Quero, escrito y editado por Nicolás Manzanares Artés hace ya bastantes años. Aparte, hay obras que recogen historias de la resistencia de guerrillas en Granada que tocan la historia de los Quero en alguno de sus capÃtulos. También existe en Granada una biblioteca social que lleva el nombre de los hermanos Quero , en cuya web se puede encontrar alguna reseña.
En las fuentes bibliográficas encontramos un relato que difiere en buena parte del popular, inspirado seguramente por la propaganda franquista. Según la obra formal escrita en torno a la figura de los hermanos Quero, la actividad delictiva de estos comienza con la Guerra Civil española como resistencia y huida del franquismo y como defensa familiar ante la represión del régimen durante la Guerra Civil y los años de la posguerra. La imagen que queda de ellos en la versión histórica de este pasaje granadino es la de héroes republicanos y radicales opositores al régimen franquista, en una ciudad que desde un primer momento estuvo del lado nacional y en la que se suele tender ideológicamente a la derecha. La historia de los Quero parece estar situada entre una bruma de leyenda y un relato popular que se tiñe de la oscuridad de los relatos de posguerra y las historias de bandoleros, seguramente porque la Historia en realidad no es más que un borrador que cada cual se encarga de redactar en función de sus intereses o tendencias.
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Durante varios años -creo que siete u ocho- he tenido en mente una frase cuyo origen habÃa olvidado por completo: «la música debe tener el rostro de una mujer a la que se quiere enamorar». Me gustó tanto que la utilicé como cabecera de uno de los peores textos que he escrito -tal vez haga de nuevo que un personaje la cite-, porque me pareció que la carga retórica de estas palabras no quedaba vacÃa: contenÃa una actitud ante la música asà como una forma galante de tratar a las mujeres. No se trata sólo de tener un instrumento entre las manos y utilizarlo con precisión -una precisión que muchos entienden como arte-, sino hacer del sonido una sucesión sugerente de notas musicales, sostener con firmeza las vibraciones de la cuerda o del metal y desencadenar el sonido con la suavidad de un beso; con respecto al trato de a las mujeres, basta preguntarse ¿no es mezquino tocar el cuerpo de una mujer con actitud diferente a la de quien compone una pieza musical sublime, con tacto distinto al de las manos que arrancan las más nobles melodÃas?.
«La música debe tener el rostro de una mujer a la que se quiere enamorar», le dice un profesor de música su alumno en La lengua de las mariposas, una pelÃcula que debà ver en algún momento en el que empezaba a buscarle, no sin torpeza, la cara a la música, a la vez que intentaba por primera vez enamorar a alguna muchacha. Viendo de nuevo la pelÃcula, hace poco, me encontré con un personaje que, en sà mismo, ya es casi tan aleccionador como la máxima del músico, aquel maestro rojo interpretado por Fernando Fernán Gómez cuyo objetivo primordial parece ser conseguir que los niños sublimen su manera de mirar a la naturaleza, y en ella a las chiquillas por las que ya empiezan a sentir curiosidad. El maestro de escuela, quizás intuyendo la barbarie bélica que pronto estallarÃa, le deja a uno de sus alumnos, en contra de todas las supersticiones católicas, una vital enseñanza: «Ese infierno del más allá no existe. El odio, la crueldad, eso es el infierno», es decir, ese ente ambiguo del infierno tiene una manifestación fÃsica a la que hay que temer realmente.
Pero el ser humano se resiste muchas veces a las enseñanzas más básicas, quizás cuando estas se alejan de los comportamientos más instintivos y temerosos, y, al estallar la Guerra Civil, el pueblo que dÃas antes habÃa homenajeado al viejo maestro de La lengua de las mariposas despide al personaje de Fernán Gómez a pedradas y entre insultos: ateo, rojo, traidor. No habÃan entendido ellos que las emociones deben tener el rostro de una mujer a la que se quiere enamorar, la firmeza de unos brazos ebrios de deseo, la dulzura de una lengua que se desenrosca para extraer un néctar único.
DecÃa también aquel maestro encarnado en Fernán Gómez , o tal vez Fernán Gómez encarnado en el personaje del maestro republicano, que si el pueblo español lograba que una sola generación creciera libre ya nadie podrÃa arrebatarles ese tesoro -cito de memoria-. Y al escuchar esas palabras pensé que tal vez esa generación sea la mÃa, una generación de personas capaces no sólo de entender que «la música debe tener el rostro de una mujer a la que se quiere enamorar», sino también libre de ver en la música a aquellas mujeres que nos enamoran, una generación tesorera de canciones propias que expresen con claridad un sentimiento musical, que al fin y al cabo, con la misma vibración del saxo o de la cuerda de guitarra, es lo que pone en movimiento cada centÃmetro de piel, cada segundo de vida que pueda hallarse en el alma del ser humano.
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Quizás mañana, veinte de noviembre, más que otros años, se calienten a hostias las vertientes radicales de las ideas en España, los que luchan por ideas obsoletas e incongruentes y los que dicen defender la libertad callando bocas.
Los fascistas españoles ya no exhiben parafernalia, sino sino trajes decrépitos o ropas de pandilleros que esconden armas blancas y cobardes. No defienden a los vivos, sino la memoria rancia de los muertos -Franco la diñó, mi menos sentido pésame-. No predican un ideal patriótico, sino radicalismo asesino. Ya no arrastran multitudes, porque no es suya ya la extorsión convincente de la fuerza militar, sólo la brutalidad del pandillero, y sólo les queda la mentira propagandÃstica, decir que hace un año habÃa siete mil personas en Plaza de Oriente de Madrid, cuando los vÃtores franquistas eran desentonados por unos pocos centenares de exaltados.
Los fachas del antifascismo han estado últimamente nerviosos, con ganas de zurrar a quien se pusiera delante, escondidos en la excusa de la lucha contra la represión. Como toda forma de barbarie se apoyan en una incongruencia falta de sutileza, intentando situarse a la izquierda de las ideologÃas, como si la guerrilla urbana fuera una forma de ejecución polÃtica y no de terrorismo barato y cobarde.
La imbecilidad se reparte en dosis idénticas por los cabos de una cuerda de ideas mal construÃdas. Los extremos siempre se encuentran, faca en mano y a chuletaza limpia, en esa singularidad ideológica que se llama violencia.
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A aquella hora, el primer avión era sólo un rumor incierto, un desafortunado accidente, una columna de humo que se levantaba sobre Manhattan . DecÃan en Televisión Española, manteniendo un tono de discreción -o de ingenuidad-, que una avioneta se habÃa precipitado sobre la Torre Norte -y pese a lo estadÃsticamente descabellado de la hipótesis, tiempo después sucedió un accidente similar en Nueva York -. En casa recogÃamos la mesa, fregábamos los platos del almuerzo, preparábamos café y mirábamos curiosos las imágenes que televisaban. Un cuarto de hora después el mundo vio cómo un avión se estrellaba contra la Torre Sur. Ya no cabÃa duda de que no se trataba de un accidente.
Alguien dijo aquella misma tarde que todo el mundo recordarÃa el resto de su vida dónde estaba en el momento en el que se cayeron las Torres Gemelas . Yo habÃa terminado de comer y seguÃa el curso de los acontecimientos por televisión cuando José L. Ballesteros me llamó por teléfono para preguntarme por A. Infante , que por aquellas fechas andaba por Manhattan . Teniendo en cuenta los ciclos de sueño matinales a los que A. Infante se habÃa acostumbrado por razones académicas, supuse que estarÃa durmiendo, más aún teniendo en cuenta el retraso horario del viejo TÃo Sam . No te preocupes, respondÃ, conociéndolo no se habrá enterado todavÃa. Llamé a su casa de Granada y me dijeron que estaba bien, que el huevazos se habÃa enterado gracias a ellos cuando lo llamaron para saber cómo andaban las cosas por la isla del Pero Grande. Unas semanas después, cuando los estadounidenses se preparaban para invadir Afganistán , me llegó una postal suya desde Manhattan en la que, en un alarde de su humor particular, el muy mamón habÃa escrito al márgen: «viva Bin Laden!!! ». Qué tÃo.
Aquella tarde, la del 11 de septiembre de 2001 , yo habÃa quedado por segunda o tercera vez con los que se iban a convertir en mis compañeros de local y escenario durante los siguientes dos o tres años. Me eché el bajo a la espalda y me fui a nuestro local de ensayo del ZaidÃn . Por supuesto, el único tema de conversación de la tarde fue el atentado. Varios dÃas después dimos nuestro primer concierto juntos y tocamos Sunday, Bloody Sunday de U2 -censurada en los USA junto con otros temas como Imagine de John Lennon - y a alguno de nosotros se le ocurrió cambiar algo de la letra para cantar «bodies strewn across a dead Wall Street », dudo que alguien lo entendiera, porque el garito era diminuto y la voz apenas sonaba.
Ahora dudo, ciertamente, si recuerdo el lugar en el que estaba cuando cayeron las Twins o, a revés, recuerdo los atentados que tuvieron lugar aquellos dÃas de los primeros conciertos.
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Según cuentan la Historia, la tradición y la leyenda, el Emperador Valeriano I empezó a perseguir a los cristianos en el año 258. El 6 de agosto de ese mismo año, el Papa Sixto II fue condenado a muerte. Camino de la crucifixión, se cruzó con Lorenzo, uno de los siete diáconos de Roma, hispano de nacimiento y santo de destino, quien compungido quiso seguirle hacia la muerte: «¿A dónde vas, querido padre, sin tu hijo? ¿A dónde te apresuras, santo padre, sin tu diácono? Nunca antes montaste el altar de sacrificios sin tu sirviente, ¿y ahora deseas hacerlo sin mÃ?»; la respuesta del Papa fue poco tranquilizadora: «En tres dÃas tú me seguirás». El 10 de agosto, el diácono Lorenzo se ganó el tÃtulo de mártir en una parrilla cerca de Roma.
El 10 de agosto de 1557, las tropas de Felipe V vencieron en la batalla de San QuintÃn. El Rey ordenó construir en El Escorial un Monasterio como conmemoración de la victoria y en agradecimiento a la ayuda divina que les habÃa llevado a la victoria. El homenaje al santo que les ayudó aparece en el nombre, Monasterio de San Lorenzo del Escorial, y en el propio edificio, que tiene la forma de una parrilla como en la que el diácono de Roma fue martirizado. El nombre San Lorenzo, tradicionalmente, reaparece cada año en torno al 10 de agosto para rebautizar a las estrellas fugaces que caen sobre la Tierra desde la constelación de Perseo.
Las Perseidas, popularmente más conocidas como lágrimas de San Lorenzo, caerán en mayor número esta noche, un poco antes del amanecer. La luna nueva y los cielos despejados del sur de la PenÃnsula facilitarán su avistamiento fuera de Granada, una ciudad que brilla cada noche como una constelación urbana -desgraciadamente lo digo sin retórica-, con un techo de ceguera astronómica. Por fortuna, el verano acompaña; habrá siempre alguna montaña, alguna cala apartada de esta parrilla de calles, desde la que contemplar el fuego del cielo, del mismo modo que San Lorenzo, quizás, alzó la cabeza mientras se abrasaba en la hoguera, con el sudor confundiéndose con sus glándulas lacrimales, clamando por última vez hacia el cielo, donde lo único que habÃa eran unas Perseidas invisibles, que aún no llevaban su nombre, sobrevolando su cabeza a miles de metros de altura.
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Swing de Paris es el tÃtulo de una joya que compré por correo hace ya tiempo, una caja de cuatro compactos que recoge más de cien canciones de Django Reinhardt . El nombre de Reinhardt no es especialmente conocido para el oyente profano y, sin embargo, más de cincuenta años después de su fallecimiento, su música aparece en bandas sonoras tan populares como la de la pelÃcula Matrix o el videojuego Mafia y es también la pesadilla del protagonista de Acordes y desacuerdos de Woody Allen .
Reinhardt vivió las dos guerras mundiales. La segunda podrÃa haberle costado la vida por su condición de gitano y músico de Jazz, pero salvó la vida gracias a Dietrich Schulz-Köhn , un oficial de la Luftwaffe admirador de la música de Reinhardt . Aunque estuvo activo desde 1928, su primera grabación no se editó hasta el año en que Hitler cayó. Además de perseguido por las fuerzas nazis, musicalmente fue un extranjero. Django Reinhardt era seguramente el único europeo capaz de codearse con los grandes del Jazz americano.
No era para menos. HabÃa introducido sus raÃces gitanas en el Jazz, innovó en la técnica de la guitarra y poseÃa una capacidad ciclópea de improvisación. Reinhardt sabÃa medir cada pulsación, cada rasgueo. Manejaba la mano izquierda de una manera singularmente ágil pese a tener dos dedos inútiles. Es todo un ejemplo de superación: sobrevivió a un contexto histórico contrario a su raza, fue más allá de una zona geográfica que no se correspondÃa con su obra, superó sus problemas fÃsicos, adaptándose a ellos para pasar a la historia del Jazz con estilo propio, y venció al tiempo y a la memoria de la gente que, habiendo convertido a Django Reinhardt en un olvidado popular, convive con su música monumental.