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Archivo de la Categoría “Guerra Civil”


Hace ya mucho tiempo que escuché hablar por primera vez de los Queros, en casa de mis abuelos, cuando la Guerra Civil era para mí tan lejana y absurda como un mito bíblico -con el tiempo he aprendido que las guerras, independientemente de su lejanía, son siempre absurdas-. Quizás porque no era una historia que me llamara la atención en aquella época, a la que correspondían más los cuentos infantiles, se quedó en un catálogo de anécdotas que contaban mis abuelos, los viejos de la ciudad de Granada y, hoy día, sus descendientes.

Los Queros, que tenían nombre de trío flamenco o de grupo de forajidos, como unos Dalton nonainos, eran una banda de quinquilleros, según la versión que más veces he escuchado, bandidos que saqueaban la ciudad de Granada y algunos pueblos de alrededor durante la posguerra. Mi historia no se ha cruzado jamás con la de los hermanos Quero, sin embargo se ha acercado en cierta forma en alguna ocasión -cosa lógica en una ciudad tan pequeña como Granada-. Cuando mi abuelo materno llegó a Granada a mediados de los años cincuenta, desaparecida ya la banda, parece ser que le relacionaron con ellos en algún momento por compartir el primer apellido, además de tener mi abuelo un hermano tocayo de uno de los Quero. Me he encontrado con este apellido en diversas ocasiones, no sin cierta sensación de casualidad: un médico homeópata que pasa consulta en el Camino de Ronda -y que comparte nombre con uno de los hermanos Quero-, un periodista deportivo local, un alcalde de los noventa y una muchacha a la que nunca he visto y que se examinó de selectividad el mismo año que yo.

Hace poco volvió a salir en una conversación con una amiga la historia de los Quero. Me preguntó que si yo tenía algún tipo de lazo familiar con ellos -parece ser que ella sí- y me contó una versión de la historia que para mí, hasta el momento, era minoritaria: el principal delito de los hermanos Quero fue establecer una fuerte resistencia al franquismo en Granada. Me contó también que Miguel Hermoso está preparando un difícil documental sobre los bandoleros. Digo difícil porque la información es bastante escasa y la historia de la resistencia guerrillera de los Quero acabó hace ya mucho tiempo, a finales de los años cuarenta.

La Historia no sólo la escriben los vencedores, también sus lectores, que serán los encargados de interpretarla y volver a contarla, y los descendientes de sus protagonistas, que la transmiten y la cuentan bajo el marco de la subjetividad familiar. Cuando los pasajes de la historia son tan confusos, surgen leyendas, versiones, y los hechos dan lugar a diferentes leyendas. De segunda mano conozco la historia de una descendiente de los hermanos que establece cierta relación familiar con aquel alcalde granadino de los noventa, incluso recuerda que su abuela aseguraba haber visto al alcalde de niño jugando en su casa, cosa improbable, pues los orígenes del ex alcalde no son granadinos, sino manchegos.

La historia de los hermanos Quero apenas tiene documentación bibliográfica. He preguntado a varias personas estos días, he indagado un poco y sólo he encontrado un libro que parece hablar de los Quero en buena parte (no he podido hacerme aún con ningún ejemplar), se trata de Consecuencias de la tragedia española 1936-1939… y los hermanos Quero, escrito y editado por Nicolás Manzanares Artés hace ya bastantes años. Aparte, hay obras que recogen historias de la resistencia de guerrillas en Granada que tocan la historia de los Quero en alguno de sus capítulos. También existe en Granada una biblioteca social que lleva el nombre de los hermanos Quero, en cuya web se puede encontrar alguna reseña.

En las fuentes bibliográficas encontramos un relato que difiere en buena parte del popular, inspirado seguramente por la propaganda franquista. Según la obra formal escrita en torno a la figura de los hermanos Quero, la actividad delictiva de estos comienza con la Guerra Civil española como resistencia y huida del franquismo y como defensa familiar ante la represión del régimen durante la Guerra Civil y los años de la posguerra. La imagen que queda de ellos en la versión histórica de este pasaje granadino es la de héroes republicanos y radicales opositores al régimen franquista, en una ciudad que desde un primer momento estuvo del lado nacional y en la que se suele tender ideológicamente a la derecha. La historia de los Quero parece estar situada entre una bruma de leyenda y un relato popular que se tiñe de la oscuridad de los relatos de posguerra y las historias de bandoleros, seguramente porque la Historia en realidad no es más que un borrador que cada cual se encarga de redactar en función de sus intereses o tendencias.

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Durante varios años -creo que siete u ocho- he tenido en mente una frase cuyo origen había olvidado por completo: «la música debe tener el rostro de una mujer a la que se quiere enamorar». Me gustó tanto que la utilicé como cabecera de uno de los peores textos que he escrito -tal vez haga de nuevo que un personaje la cite-, porque me pareció que la carga retórica de estas palabras no quedaba vacía: contenía una actitud ante la música así como una forma galante de tratar a las mujeres. No se trata sólo de tener un instrumento entre las manos y utilizarlo con precisión -una precisión que muchos entienden como arte-, sino hacer del sonido una sucesión sugerente de notas musicales, sostener con firmeza las vibraciones de la cuerda o del metal y desencadenar el sonido con la suavidad de un beso; con respecto al trato de a las mujeres, basta preguntarse ¿no es mezquino tocar el cuerpo de una mujer con actitud diferente a la de quien compone una pieza musical sublime, con tacto distinto al de las manos que arrancan las más nobles melodías?.

«La música debe tener el rostro de una mujer a la que se quiere enamorar», le dice un profesor de música su alumno en La lengua de las mariposas, una película que debí ver en algún momento en el que empezaba a buscarle, no sin torpeza, la cara a la música, a la vez que intentaba por primera vez enamorar a alguna muchacha. Viendo de nuevo la película, hace poco, me encontré con un personaje que, en sí mismo, ya es casi tan aleccionador como la máxima del músico, aquel maestro rojo  interpretado por Fernando Fernán Gómez cuyo objetivo primordial parece ser conseguir que los niños sublimen su manera de mirar a la naturaleza, y en ella a las chiquillas por las que ya empiezan a sentir curiosidad. El maestro de escuela, quizás intuyendo la barbarie bélica que pronto estallaría, le deja a uno de sus alumnos, en contra de todas las supersticiones católicas, una vital enseñanza: «Ese infierno del más allá no existe. El odio, la crueldad, eso es el infierno», es decir, ese ente ambiguo del infierno tiene una manifestación física a la que hay que temer realmente.

Pero el ser humano se resiste muchas veces a las enseñanzas más básicas, quizás cuando estas se alejan de los comportamientos más instintivos y temerosos, y, al estallar la Guerra Civil, el pueblo que días antes había homenajeado al viejo maestro de La lengua de las mariposas despide al personaje de Fernán Gómez a pedradas y entre insultos: ateo, rojo, traidor. No habían entendido ellos que las emociones deben tener el rostro de una mujer a la que se quiere enamorar, la firmeza de unos brazos ebrios de deseo, la dulzura de una lengua que se desenrosca para extraer un néctar único.

Decía también aquel maestro encarnado en Fernán Gómez, o tal vez Fernán Gómez encarnado en el personaje del maestro republicano, que si el pueblo español lograba que una sola generación creciera libre ya nadie podría arrebatarles ese tesoro -cito de memoria-. Y al escuchar esas palabras pensé que tal vez esa generación sea la mía, una generación de personas capaces no sólo de entender que «la música debe tener el rostro de una mujer a la que se quiere enamorar», sino también libre de ver en la música a aquellas mujeres que nos enamoran, una generación tesorera de canciones propias que expresen con claridad un sentimiento musical, que al fin y al cabo, con la misma vibración del saxo o de la cuerda de guitarra, es lo que pone en movimiento cada centímetro de piel, cada segundo de vida que pueda hallarse en el alma del ser humano.

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